En este texto la investigadora Elena Azaola compila un puñado de historias de adolescentes encarcelados por haber cometido algún delito grave. En el fondo de sus vidas han quedado los sedimentos de abusos y débiles vínculos familiares

A principios de 2016 había en las instituciones de justicia para adolescentes de nuestro país un total de 13 mil 327 adolescentes de entre 14 y 17 años que se hallaban sujetos a diversas medidas educativas y de supervisión ya que, en su mayoría, habían cometido algún delito que no se consideró como grave. De ellos, sólo tres mil 761 adolescentes, 28% del total, se encontraban privados de libertad —casi siempre durante periodos de entre tres y 10 años— por haber cometido algún delito grave.1

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Ilustraciones: Estelí Meza

Entre 2014 y 2016 tuve la oportunidad de llevar a cabo dos estudios que me permitieron entrevistar a 730 adolescentes (631 hombres y 99 mujeres) privados de libertad en 17 estados de la República, que fueron seleccionados como representativos de todas las regiones del país. Dado que esta cifra significa la quinta parte del total de los adolescentes encarcelados en nuestro país, estamos seguros de haber obtenido un panorama muy amplio y completo acerca de quiénes y cuáles son los motivos que los impulsaron a cometer delitos graves haciendo uso, muchas veces, de la violencia extrema. Gracias a que aceptaron voluntariamente participar y proporcionaron información muy valiosa, contamos con material de una enorme riqueza, tanto en datos como en historias, cuyo análisis estamos aún muy lejos de haber podido agotar. Nos permite visualizar lo que está ocurriendo en las familias, las escuelas, los pueblos, los barrios, las comunidades, etcétera; es decir, lo que desde el sustrato mismo de la sociedad podemos aprender acerca del fracaso de las políticas de seguridad emprendidas durante la última década en nuestro país.2 

Vista la sociedad desde ahí, queda claro que uno de los temas a los que se ha prestado muy poca atención en las políticas de seguridad es a las razones que permiten a los grupos criminales reclutar a un número imparable de adolescentes, cuyo reemplazo está inclusive previsto y asegurado, entre otras cosas, porque los niños y adolescentes ni siquiera están contemplados en esas políticas. Porque tampoco hemos entendido cómo y por qué su reclutamiento tiene lugar y porque mucho menos tenemos idea de cómo detenerlo.

Esto fue lo que nos llevó a emprender un estudio que pudiera documentar con detalle las historias de estos niños; las circunstancias en que crecieron; los factores de vulnerabilidad que han enfrentado en su familia, su escuela, su trabajo y su comunidad; factores que precedieron, y en buena medida contribuyeron, a su involucramiento en actividades delictivas.

Después de escuchar cientos de historias podemos decir que una buena parte de los adolescentes que escuchamos atravesaron por experiencias difíciles y dolorosas que les han producido daños importantes, mismos que, a su vez, ellos han replicado en los demás. Desafortunadamente, su contacto con las instituciones de seguridad y de justicia, una vez que son detenidos, no siempre les ayuda para poder hacerse cargo de su responsabilidad, comprender a fondo su situación y estar en condiciones de reparar los daños físicos y emocionales que ellos mismos han sufrido y que han hecho padecer a otros.

Sólo por mencionar unos cuantos datos en lo que se refiere a los factores de vulnerabilidad que detectamos en el ámbito familiar de los adolescentes vale la pena tomar en cuenta que:

• 62% señaló que sus padres se separaron.

• 60% dijo tener en ese momento o haber tenido a uno o más familiares en prisión.

• 31% abandonó sus casas por problemas familiares.

• 22% nunca conoció a su padre.

• 30% padeció descuidos o negligencia por parte de sus padres o cuidadores.

• 40% sufrió malos tratos físicos con frecuencia.

• 34% padeció frecuentemente insultos, burlas, humillaciones.

• 12% sufrió abusos sexuales.

• 68% consumía alcohol y drogas con frecuencia.

• 12% dice que no tiene confianza en nadie.

Por lo que se refiere a otras condiciones de vulnerabilidad, como la escolaridad y la situación socioeconómica de los adolescentes, cabe destacar que:

• 4% nunca fue a la escuela.

• 15% sólo cursó primaria incompleta.

• 17% cursó primaria completa.

• 28% cursó secundaria incompleta.

• 20% cursó secundaria completa.

• 16% cursó algún grado de la preparatoria.

• 53% dijo que no le gustaba la escuela.

• 51% calificó la situación económica de su familia como “regular”.

• 31% calificó la situación económica de su familia como “mala” y dijo que en su casa faltaba comida.

• 89% de las y los adolescentes habían trabajado antes de ser privados de su libertad, siempre en condiciones precarias y con bajos salarios (habían trabajado como jornaleros, vendedores de frutas, tacos, pizzas, flores, o bien como repartidores, cargadores, cerillos o ayudantes de albañil, de mecánico, herrero, pintor, etcétera).

• 37% había trabajado aun antes de cumplir 12 años.

En lo que sigue quisiera centrar la atención en 255 adolescentes, que representan 35% del total de los que entrevistamos, y que se hallan privados de libertad por haber cometido algún delito grave. Estos adolescentes reconocieron que formaban parte del algún grupo de la delincuencia organizada, independientemente de que ello hubiera sido, o no, el motivo por el cual los detuvieron. Citaré sólo algunos pequeños fragmentos de estas entrevistas.

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Maribel vivía en Ciudad Juárez con sus padres, pero se salió de su casa por problemas familiares y se fue a vivir con su novio; los dos juntos cometieron el delito de secuestro. Relata que, cuando era pequeña, un tío abusó de ella, pero no les dijo a sus padres a pesar de que no podía dejar de pensar en eso y tenía dificultades para concentrarse. Esto hizo que buscara relacionarse con algunas personas porque tenía la idea de vengarse de su tío. Fue así que conoció a su novio a través de Facebook y él le ofreció un “trabajo”, ya que, junto con otras tres personas, una de ellas un ex militar, formaba parte de un grupo que se dedicaba a secuestrar. Maribel cuenta: “secuestramos a una mujer y cuando íbamos a cobrar el rescate nos agarraron a los cuatro. Yo cuidaba a la señora que secuestramos, le daba de comer, la llevaba al baño… yo no lo hice por dinero, sino porque quería que este grupo me ayudara a vengarme del tío que había abusado de mí”.

Por su parte, Alexis, del Estado de México, se vinculó con el crimen organizado porque unos amigos lo invitaron a integrarse a La Familia Michoacana. Desde los 12 años comenzó a trabajar como chalán de mecánico y de albañil y, desde esa edad, conoció al jefe de la plaza quien lo integró a su grupo como vendedor de drogas al menudeo, aunque Alexis le pidió poder mantener su empleo “para no llamar la atención”. A los 14 años el jefe de plaza lo designó como escolta y coordinador de la misma, lo que le valió subir en el nivel de incidencia y tareas, así como de ingresos, por lo que dejó sus trabajos ocasionales para dedicarse de tiempo completo al grupo y se alejó definitivamente de su familia. Alexis fue acusado de secuestro y robo de vehículo. Relata lo siguiente: “Comencé vendiendo drogas y hacía trabajos por la derecha, al principio lo hice para ganar más lana, pero después para que no sospecharan… Después me fui ganando la confianza del jefe pues comencé ganando cinco mil y llegué a ganar hasta 30 mil o más a la quincena”. Cuenta que su patrón, un ex militar, organizó diferentes grupos, “uno de secuestro, otro de venta de droga, otro de choque… tenía varios. En cada uno había un jefe que mandaba y se entendía con el patrón, pero yo no conocía todos porque eran muchos”. Sobre el delito por el que fue detenido, Alexis cuenta: “… ese día el patrón nos pidió darle piso a uno que no quería pagar o algo le hizo, uno no preguntaba, nomás cumplía… Fuimos por la persona que nos pidió el patrón. Los esperamos a la salida de un antro, ahí lo subimos en su coche y nos fuimos para darle piso, pero en el camino había un retén, nos pararon y al revisar nos encontraron armas y al secuestrado”. Antes de esa ocasión lo habían detenido muchas veces, pero su jefe pagaba a los policías quienes lo liberaban, por eso ni siquiera se detuvo en el retén, porque pensó que sería igual que en las ocasiones anteriores. Su patrón murió días después de que detuvieron a Alexis en otro operativo de la policía.

Carlos es originario de Veracruz y dice que desde los 13 años se salió de su casa por problemas familiares; que desde entonces se mudó de un lugar a otro “por sus actividades” y que vivía con los integrantes de la organización para la que trabajaba. La situación económica de su familia era mala y no siempre había qué comer. Por eso, desde los 12 años, comenzó a trabajar, primero como albañil, igual que su padre, y luego como cerillo. Más tarde comenzó a consumir frecuentemente todo tipo de drogas: marihuana, cocaína, crack, cristal y pastillas.

Carlos está acusado de secuestro, portación de arma prohibida y delincuencia organizada. Relata que él solicitó ingresar a un grupo delictivo pues tanto en los bares como en algunas tiendas se topaba a menudo con narcomenudistas y les pidió que le presentaran a su jefe. “Hablé con el comandante de la organización y le pedí trabajo. Me mandó a capacitarme a Piedras Negras, Coahuila; ahí durante cuatro meses me capacité en armas, tácticas militares, posiciones de tiro, ascenso y descenso de vehículos. Me tocó ir a reventar y cuando se va a reventar una casa o un rancho de otra organización es para apoderarte de todo lo que hay ahí, pero se producen enfrentamientos, muertos, aunque todo se planea de antemano. Estuve dos años con la misma organización y en ese momento me gustaba porque me lavaban el cerebro. Te hacen ver que son como tu familia porque encuentras en ellos lo que no encuentras en la tuya. Son casi siempre mayores de edad”.

Ricardo comienza diciendo que su padre era secuestrador pero que lo mataron cuando él tenía apenas cinco años. Desde los 14 años se salió de su casa por la violencia que había en su familia. Cuando era pequeño nadie lo ayudaba con las tareas, ni lo llevaban al médico cuando se enfermaba, ni se preocupaban de prepararle los alimentos. La situación económica de su familia era mala, faltaba comida y no tenían lo suficiente para ropa, zapatos, etcétera. Con frecuencia su madre lo golpeaba, lo insultaba y lo humillaba, y cuando eso ocurría Ricardo no encontraba alguien que lo apoyara. Tanto su papá como uno de sus hermanos, sus tíos y primos han estado o estuvieron alguna vez en prisión. Ricardo se encuentra acusado por homicidio, robo con violencia y lesiones. Relata lo siguiente: “Yo formaba parte de un grupo, como un cártel. Había otros señores más grandes que nos decían qué hacer, yo los conocía desde que era chavo, desde que tenía 12 años. En ese entonces yo compré un arma y maté a alguien. Era un grupo que vendía drogas, armas y nos ponían a empresarios o a diputados para que los secuestráramos o los matáramos. Matábamos porque había agravios contra esas personas, porque eran de otros grupos; a mí también me tocaba matar. Era normal, era parte de mi vida. Aunque ahora me doy cuenta de que también hay otras cosas. Los señores nos daban las órdenes por teléfono y nos decían: en tal lugar va a haber una persona que lleva dinero, se lo quitan o lo matan. Primero secuestrábamos y nos decían que teníamos que amedrentarlos para que sintieran el rigor… no sabría decirle a cuántos maté, pero fueron más de 10. De todas las personas que pertenecían a ese grupo, que eran como 40, sólo dos eran menores de edad. El jefe de ese grupo había pertenecido a la Marina. Para reclutar, observaban a los chavos que andaban robando y veían quiénes eran los buenos. A mí me decían que observara a los nuevos y me decían que, si no eran de confiar, los matara”. Cuando le pregunto a Ricardo qué quisiera hacer en el futuro, responde: “dejar esta vida y tener una familia”.

Hilario fue acusado de haber matado a una chica en un hotel “por problemas personales”, sin embargo, relata que pertenecía a un grupo delictivo: “Yo me junté con un grupo un tiempo cuando viví solo. Me pedían que les guardara la droga. En ese grupo puedes estar hasta arriba o hasta abajo. Cuando estás hasta abajo te puedes salir, como yo, que era ‘guerrero’. Los guerreros se encargan de cuidar al ‘tiendero’, que son los que venden la droga. El guerrero se encarga de ‘entusar’ [esconder] al tiendero. El guerrero es el nivel más bajo, luego sigue el tiendero y luego el halcón. Después del halcón siguen las estacas y luego el RT. Los RT andan en los coches con los aparatos para avisarles a los tienderos; el RT es el encargado de llevar los radios, las armas, y andan en dos coches, pero depende de cada zona. En donde yo andaba sólo había que cuidarse de policías, militares y marinos, pero no había contras, aunque a veces había ‘chapulines’, que son los que venden por su cuenta, pero a ésos los matan rápido porque al grupo no le gusta que vendan sin pagar cuota, sin pago de piso. Es más difícil defenderse cuando hay contras que cuando sólo hay autoridades. Los policías municipales estaban todos comprados, no nos hacían nada, nos dejaban trabajar, pero a otros niveles era más difícil que estuvieran comprados”.

Al preguntarle cómo ingresó por primera vez al grupo, dijo: “En mi caso fue cuando me salí de vivir con mi hermana y me puse a trabajar por mi cuenta. Ahí llegaban halcones, tienderos, y pues como te ofrecen dinero y droga, entonces caes…”.

Si bien sólo hemos podido citar unos cuantos fragmentos de las muchas historias que recogimos, hay varios elementos que podemos destacar.

En primer término, lo que llama la atención y es preocupante, es la corta edad en la que los adolescentes dicen haber sido reclutados y haber iniciado su participación en la delincuencia organizada. La mayoría señala que se unió a dichos grupos entre los 12 y los 14 años, lo que refuerza la convicción de que esos grupos aprovechan de manera deliberada tanto las circunstancias de vulnerabilidad de los adolescentes como su inmadurez y el hecho de que, a esa edad, son altamente influenciables y es relativamente fácil dirigir el curso de sus vidas, sobre todo cuando se hallan desprotegidos o cuentan con lazos débiles que los unan a su familia o a la sociedad. Por otro lado, se encuentran también los chicos que dicen haber crecido en una familia que ya formaba parte de esos grupos, por lo que la pertenencia a los mismos en esos casos es un destino o un curso de vida que les resulta “normal”.

Quienes los invitan a formar parte de esos grupos, claramente utilizan en su beneficio la inmadurez de estos adolescentes. Es decir, si bien los adolescentes saben que están cometiendo actos ilegales, de ninguna manera cuentan con la capacidad ni con la madurez para comprender plenamente el significado y la trascendencia que cometerlos tendrá para el resto de sus vidas. Muchos adolescentes nos dijeron frases como: “se me hizo fácil…”, “no pensé en las consecuencias…”, “quería saber lo que se siente…”, “quería tener lo que ellos tienen…”, “me llamaban la atención las armas, el entrenamiento, la droga, los vehículos…”, etcétera.

Otros elementos que destacan entre los adolescentes que se unieron a grupos de la delincuencia organizada, son:

• Tienen el deseo de formar parte de un grupo que les brinde la sensación de pertenencia, de protección, de solidaridad, equivalentes o sustitutas a las de una familia.

• Se les hace creer que las personas a las que dañan lo merecían porque habían obtenido dinero, bienes o un estatus social de manera indebida.

• También se les hace creer que ellos deben estar dispuestos a acatar y ejecutar las órdenes que se les den. Esto contribuye a neutralizar su sentido de responsabilidad, pues tienden a convencerse de que sólo obedecían órdenes.

• Formar parte del grupo les produce también una sensación de dominio, de control, de formar parte de un poder paralelo que disputa o pretende disputar el poder del Estado.

• La participación en algunos grupos de ex militares o policías contribuye a que la línea que divide lo legal de lo ilegal se difumine, y contribuye también a que los adolescentes adopten una actitud cínica frente a sus propios actos ilegales. 

En conclusión, los resultados que obtuvimos en este estudio nos permiten sostener que el fracaso de las políticas de seguridad no tiene que ver solamente con el número de operativos o con el tipo de fuerzas que se desplazan para combatir al crimen organizado ni tampoco con el mando único, estatal o local. Entre los puntos ciegos de las políticas de seguridad se encuentra el descuido de las políticas de protección a la infancia, de los programas de prevención y atención a la violencia familiar y de género, la incapacidad y las deficiencias del sistema educativo para tener una oferta educativa idónea y capaz de retener a los niños en las escuelas. Tiene que ver con los pobres salarios que percibe la gran mayoría de la población y que arroja a los niños al mercado laboral a edades muy tempranas, también para percibir salarios de miseria. Y tiene que ver, asimismo, con la calidad de los vínculos y de los lazos rotos en las comunidades que se han mostrado igualmente incapaces para proteger a los niños. Asimismo, tiene que ver con la falta de un sistema de protección social que ofrezca menos incertidumbres y la posibilidad de vislumbrar una vida digna para la vejez. Con todo esto tiene que ver una política de seguridad, entendida en su más amplia acepción, que no se reduzca, de manera obsesiva, al combate mediante el uso de la fuerza, sino que también se ocupe de contribuir a fortalecer la capacidad que tienen las familias y las comunidades para hacerse cargo y proteger a sus hijos.

 

Elena Azaola
Antropóloga y psicoanalista. Es investigadora del CIESAS. eazaola@ciesas.edu.mx

Este texto es un resumen del Informe Especial. Adolescencia: Vulnerabilidad y Violencia, publicado por la CNDH.


1 Los datos provienen del Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social. A principios de 2016, los períodos máximos de internamiento para adolescentes podían variar, dependiendo de la entidad, entre los cinco y hasta los 20 años. A partir de la aprobación, a mediados de 2016, de la Ley Nacional del Sistema Integral de Justicia para Adolescentes, la pena máxima de privación de libertad para adolescentes es de cinco años para todo el país, parámetro que se ajusta a las mejores prácticas y a las recomendaciones de los organismos internacionales.

2 Los dos estudios a que me refiero son: Azaola, E. (2015): Diagnóstico de las y los adolescentes que cometen delitos graves en México, UNICEF-Segob, México; y CNDH (2017): Informe especial. Adolescencia: vulnerabilidad y violencia, CNDH, México. Agradezco la valiosa colaboración que para realizar estos estudios tuve por parte de Christian Rojas, Cristina Montaño y Fernando Figueroa en el levantamiento de las entrevistas.

 

3 comentarios en “Los niños, puntos ciegos de la política de seguridad

  1. Mientras no halla una educación sexual adecuada, ese problema seguira creciendo. Tiene que haber un control de natalidad, pobres chav@s nunca fueron deseados. Yo les llamo lis que no debieron nacer. Por eso esez gran resentimiento.

  2. Pues ese es precisamente el negocio del PRI-ESTADO, no entiendo por qué no se vislumbró antes? La educación en México demanda obediencia para el “10”, adiós a critrerio, de ahí lo que sea… Religión o que no me rechacen en la casa! Lo que llegue a pensar no importa!

  3. Excelente articulo e investigación. Muestra el compromiso por el tema, por sus víctimas. Excelente crítica a la política de inseguridad: la militarización del pais.
    Problema a resolver para contrarrestar la violencia en el país: combatir la corrupción combatiendo la impunidad