Se cumplen ya 100 años de la promulgación de nuestra ley suprema, donde se establecen los principios que guían los más altos ideales de la nación. Conmemorar la promulgación de la Constitución de 1917 representa el momento propicio para reafirmar la convicción de nuestra capacidad colectiva en aras de construir el país de libertades, justicia y bienestar al que han aspirado distintas generaciones de mexicanos a través de nuestra historia.

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Ilustración: Víctor Solís

Al ser herederos de los más notables juristas de la patria contamos hoy con una ley fundamental que, desde su primer artículo, obliga a todas las autoridades a promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos de conformidad con los principios de universalidad, interdependencia, indivisibilidad y progresividad. La Constitución es también el pacto federal que representa el proyecto de vida de nuestra identidad colectiva; es un instrumento irrenunciable para la convivencia y para la integración; es el modo de ordenación de la vida social que, adoptando una forma superior al resto de las leyes, respeta la condición soberana y libre de los individuos y establece vías eficaces de control del poder.

La Constitución es la consolidación de la soberanía que reside esencial y originariamente en el pueblo y, por tanto, la máxima expresión de su autodeterminación. La Constitución es un proceso social cuyo valor, como norma jurídica de mayor jerarquía, radica también en preservar los avances de fondo que incorpora respecto al pasado y sus proyecciones hacia el futuro. Es la prueba de lo que generaciones de mexicanos hemos sido, y la más elevada intención de lo que queremos ser.

La Constitución recoge las decisiones fundamentales y los principios que, a lo largo un siglo, se han ido adecuando, modificando y reformando para establecer con nitidez el andamiaje institucional que se requiere para la consecución de los fines del proyecto nacional. Muchos de estos principios permanecen inmutables; tienen la solidez que les imprime el paso del tiempo, y a partir del establecimiento de la estructura fundamental del Estado mexicano, el texto constitucional ha evolucionado para ir incorporando nuevos diseños institucionales, orientados a una mayor democratización, a la transparencia, a la rendición de cuentas, al combate a la corrupción, entre otros tantos.

Las instituciones han tenido y deben tener un proceso de perfeccionamiento continuo para responder a las exigencias de la sociedad. Por tanto, es saludable que el constitucionalismo mexicano se nutra también de los acuerdos que a nivel internacional nuestro país suscribe y, de ese modo, México se mantiene al día, como participante destacado en el concierto de las naciones.

Es evidente la influencia de distintas fuentes históricas, tanto extranjeras como nacionales, que tuvieron eco en la conformación del texto constituyente redactado en Querétaro hace un siglo. La Carta Magna, de 1215; La Constitución de Estados Unidos de América, de 1787; la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789; la Carta de Bayona, de 1808; y la Constitución gaditana, de 1812; entre otros tantos, contienen principios y disposiciones que reverberan en buena parte de nuestra Constitución vigente. Indudablemente, la Constitución mexicana es el resultado de un largo camino que coincide con el devenir histórico nacional, desde sus albores como país independiente, hasta la consagración de los principios defendidos por el Ejército Constitucionalista al mando de Carranza.

El Decreto Constitucional para la libertad de la América Mexicana, promulgado en Apatzingán el 22 de octubre de 1814, suele ser considerado como la semilla del constitucionalismo mexicano, y si bien tuvo una vigencia efímera, no puede sino ser visto como un precedente valioso porque aglutinó principios e ideales que trascienden el tiempo y las fronteras. La Constitución de Apatzingán definió a la ley como la expresión de la voluntad general en orden a la felicidad común y, concretamente, el artículo 24 expresó que la felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad.

El periplo constitucionalista prosiguió con la Constitución Federal de 1824, el monumento legislativo que marcó el derrotero republicano, federal y democrático de nuestra organización política, rumbo por el que habría de desenvolverse, definitivamente, con posterioridad. Fue entonces cuando el general Guadalupe Victoria, primer presidente de México, exhortó al Congreso General a: “¡Que vuestro ardiente celo por la Constitución, que vuestro constante amor a la Patria y a la Libertad, que vuestra previsión y energía os facilite el dulce placer de elevar a los Estados Unidos Mexicanos al alto punto de prosperidad y grandeza que ha decretado el Árbitro Supremo de los destinos!”.

En La Constitución y la dictadura Emilio Rabasa hace una justa apreciación de aquel momento fundacional de México: “El Acta y la Constitución de 1824, llegaron al punto más alto a que pudieran aspirar los pueblos como institución política, estableciendo la división y la separación de los poderes públicos, la organización del Legislativo y el Judicial como entidades fuertes y autónomas y la independencia de los Estados limitada por el interés superior nacional. Lejos de revelar la ignorancia que escritores de la época atribuyeron a sus autores, demuestran que éstos eran conocedores no superficiales de las teorías democráticas y federalistas… La obra estaba lejos de la perfección; pero era noble”.1

La ley fundamental de 1824 tuvo vigencia hasta 1835, sin alteración alguna, hasta que en septiembre de ese año el Congreso ordinario se atribuyó el carácter de Constituyente, y el 23 de octubre promulgó la Ley de Bases para la Nueva Constitución, que cambió el régimen federal por uno centralista, y sustituyó a una ley fundamental y suprema por un conjunto de leyes, también fundamentales y supremas. Fue así como, entre 1835 y 1836, surgieron las Siete Leyes Constitucionales, concernientes, respectivamente, a: derechos y obligaciones de los mexicanos y habitantes de la República; organización del Supremo Poder Conservador; el Poder Legislativo; el Supremo Poder Ejecutivo; el Poder Judicial; la división del territorio, el gobierno local y las reformas a las leyes constitucionales, estableciéndose una cláusula pétrea: “En seis años, contados desde la publicación de esta Constitución no se podrá hacer alteración en ninguno de sus artículos”.2

Tras años de inestabilidad, derivada de la lucha entre federalistas y centralistas, en 1841 se firmó el Plan de Tacubaya, convocándose a un nuevo Congreso Constituyente que acordó —con la correspondiente sanción de Santa Anna— la promulgación de las Bases Orgánicas de la República Mexicana, de 1843, adoptándose para el gobierno la forma de República representativa popular. El Acta Constitutiva y de Reformas, promulgada el 21 de mayo de 1847, contiene un conjunto de modificaciones a la Constitución Federal de 1824, cuya vigencia se había restablecido. Al respecto, como sostiene el maestro Fix Zamudio: “No obstante su brevedad de solo treinta artículos, posee una importancia muy significativa en el desarrollo constitucional de México. Dicho documento fundamental se apoyó esencialmente en el Voto Particular elaborado por el insigne jurista y político jalisciense Mariano Otero…[y] es conocida esencialmente por la introducción del derecho de amparo en el ámbito nacional, y como antecedente inmediato de la consagración de nuestra máxima institución procesal…”.3

En su Crónica del Congreso Extraordinario Constituyente (1856-1857) Francisco Zarco da cuenta de la respuesta que el diputado León Guzmán dio al presidente Comonfort durante la sesión de clausura de las sesiones. Decía el diputado Guzmán: “… El Congreso Extraordinario Constituyente pone hoy término a los trabajos que le encomendaron el Plan de Ayutla y la Convocatoria que en su virtud fue expedida. Dos fueron los puntos principales de su augusta misión: la expedición de un código fundamental y la revisión de los actos de la administración dictatorial de Santa-Anna y del Gobierno provisional que le sucedió… En cuanto al primer punto, la obra del Congreso está concluida. La Constitución queda sancionada y Vuestra Excelencia, con la suma de facultades necesarias para llevar a ejecución sus soberanos preceptos. ¡Plegue a Dios que en esta Constitución encuentre el pueblo mexicano los bienes supremos que tanto anhela y que le cuestan ya tan dolorosos sacrificios: la paz, el orden, la libertad!… Los actuales representantes, al volver al común de ciudadanos, de donde los sacó la voluntad del pueblo, hacen los más fervientes votos por la felicidad de ese mismo pueblo, para quien siempre han deseado y anhelarán siempre orden, progreso y libertad”.4

La de 1857 fue una Constitución de libertades, plasmando que los derechos del hombre son la base y el objeto de las instituciones sociales. Puso, asimismo, los cimientos de la República Federal, y el andamiaje preciso a la división de poderes al expresar que es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una república representativa, democrática, federal, compuesta de estados libres y soberanos, y que el pueblo ejerce su soberanía por medio de los poderes de la Unión y los de los estados. Fue, sin duda, la Constitución de 1857, un documento de exquisito valor, epítome del pensamiento liberal, que dotó al país de una organización jurídica y política acorde con la nueva situación del país. Los liberales vieron a la Constitución y a las leyes como instrumentos para la transformación de la sociedad, y como los medios para inducir una modernidad que giraba en torno a la creación del ciudadano moderno y al establecimiento de un sistema político que le diera viabilidad al régimen y estabilidad al país.

Pero en los años que siguieron a la promulgación de la carta magna la estabilidad pretendida fue una quimera. Prevalecía en Yucatán la denominada “guerra de castas”; y en el país el conflicto entre el Estado y la Iglesia desembocó en la guerra de Reforma. En 1862 se dio la intervención francesa y, pocos años después, las luchas internas que sucedieron a la restauración de la República y que, a la postre, dieron paso al Porfiriato que duró más de 30 años. Todo eso ocurrió durante la vigencia de la Constitución del 57, y como sostiene Justo Sierra en su Evolución política del pueblo mexicano: “… no hubo un día sin un pronunciamiento, sin una sedición, un motín, una revuelta en algún punto de la República; era un perpetuo movimiento trepidatorio… La situación del país era realmente espantable, nada podía volver a sus quicios; conciencias, hogares, pueblos, campos y ciudades, todo estaba profundamente removido”.5

Fue en ese marco telúrico que Juárez, al contestar el discurso de bienvenida por su entrada a la Ciudad de México, en julio de 1867, sostuvo que ni la Constitución, ni la Independencia habían sufrido menoscabo, a pesar de haber sido terriblemente combatidas. Y fue durante su administración cuando se emitió la Convocatoria a elecciones y a plebiscito sobre reformas constitucionales, y la circular que explicaba el objeto del plebiscito. Reconocía dicha circular que: “Con muy justo título ha sido la Constitución de 1857 la bandera del pueblo, cuando ha derramado su sangre por conquistar la Reforma, por defender la independencia y por consolidar la República. Pero no se rebaja ninguno de esos justos títulos, porque en algo se crea conveniente y aun necesario, adicionarla o reformarla”. Se afirma ahí la pertinencia de llevar a cabo una reforma en lo referente a la composición y a las atribuciones de los poderes Legislativo y Ejecutivo pues —sostiene la circular—: “Según están organizados en la Constitución, el Legislativo es todo y el Ejecutivo carece de autoridad propia enfrente del Legislativo”. Como es sabido, el plebiscito no se llevó a cabo, pero los motivos contenidos en la circular constituyen una revisión crítica al texto constitucional de inapreciable valor.

El 1 de diciembre de 1916, en la sesión inaugural del Congreso Constituyente, don Venustiano Carranza reconoció que los pueblos han necesitado y necesitan todavía de gobiernos fuertes. Como afirmó el “Primer Jefe del Ejército Constitucionalista”: “… Los legisladores de 1857 se conformaron con la proclamación de principios generales que no procuraron llevar a la práctica, acomodándolos a las necesidades del pueblo mexicano para darles pronta y cumplida satisfacción; de manera que nuestro código político tiene en general el aspecto de fórmulas abstractas en que se han condensado conclusiones científicas de gran valor especulativo, pero de las que no se ha podido derivar ninguna, o muy poca, utilidad positiva”.

En su concepción original la idea de Carranza era conservar intacto el espíritu liberal de la Constitución de 1857 y la forma de gobierno en ella establecida, y que las reformas sólo se reducirían a quitarle lo que la hacía inaplicable, a suplir sus deficiencias, a disipar la oscuridad de algunos de sus preceptos, y —como decía Carranza— a “limpiarla de todas las reformas que no hubiesen sido inspiradas más que en la idea de poderse servir de ella para entronizar la dictadura”.

Fue así que hace 100 años, 218 diputados se congregaron para reformar la Constitución de la República. Representaban no sólo a 29 estados y al (entonces) Distrito Federal, sino también a distintas vertientes de la actividad humana. Así, la Constitución de 1917 fue obra igual de farmacéuticos, comerciantes, abogados, periodistas, médicos, ingenieros, escritores, telegrafistas, maestros, economistas, tipógrafos, obreros, ferrocarrileros, topógrafos, impresores, militares, hasta un actor y un cochero. En palabras de uno de ellos, don Manuel Aguirre Berlanga (diputado al Congreso Constituyente por Saltillo, Coahuila): “obra tan importante fue forjada en los talleres de tres grandes arquitectos. El del pueblo, cuyas necesidades tomaron cuerpo en la opinión, penetraron en todas las conciencias y, manifestándose en forma de fuerza irresistible, engendraron la revolución para alcanzar su objeto; el del artífice que la modeló, y, producto de su sabiduría exteriorizó su pensamiento en su cabal Proyecto de reformas que sometiera a los representantes del pueblo; y el de éstos, integrantes del Congreso Constituyente de Querétaro, quienes, después de sujetar el Proyecto a largos debates y reñidas discusiones en que se dieron cita el talento, la erudición, la elocuencia y el patriotismo, convirtieron aquel modelo en lo que es hoy ley fundamental de la República”.6

Hay una amplia variedad de programas de partido, planes y material bibliohemerográfico que, de manera decisiva, influyeron en los constituyentes. Entre los programas destaca el del Partido Liberal Mexicano (1 de julio de 1906);7 el del Club Organizador del Partido Democrático (20 de enero de 1909); el del Centro Anti-reeleccionista de México (15 de junio de 1909), y el del Partido Nacionalista Democrático (22 de septiembre de 1909). Por su parte, la entrevista Díaz-Creelman produjo la aparición de numerosos artículos de prensa, folletos y libros en que se discutieron los problemas políticos y electorales del país; y a la agitación por la imprenta siguió la formación de partidos políticos en la capital de la República y en los estados.8

También hay diversos planes revolucionarios que contienen principios que a la postre fueron reflejados en la Constitución del 17; entre ellos: Plan de San Luis (5 de octubre de 1910); Plan Político-Social (18 de marzo de 1911); Plan de Texcoco (23 de agosto de 1911); Plan de Ayala (28 de noviembre de 1911); Plan de Santa Rosa (2 de febrero de 1912), y el Plan de Chihuahua (25 de marzo de 1912).

Con referencia al material bibliohemerográfico, en 1914 un grupo de destacados juristas preparó un proyecto que se llevó ante el Primer Jefe, el cual ordenó su impresión, y que se intitula La Constitución Federal de 1857 y sus reformas. Prólogo de la Confederación Cívica Independiente. Por otra parte, el encargado del Ejecutivo ordenó que se imprimiese nuevamente Historia del Congreso Constituyente de 1857, de Francisco Zarco, para que sirviese como un verdadero “Manual del Diputado Constituyente”; esta obra quedó impresa a mediados de octubre de 1916, y se les repartió a los diputados en Querétaro.9

Es parte destacada del vasto patrimonio jurídico de la nación el Diario de los Debates del Congreso Constituyente 1916-1917; su revisión enriquece la lectura que se haga del texto original de la Constitución aprobada en Querétaro hace un siglo.

Tienen también un valor que trasciende a lo meramente anecdótico, las crónicas y las memorias de algunos de los congresistas reunidos para redactar la ley fundamental de la República. Así, en Crónica del Constituyente, Juan de Dios Bojórquez (que también publicaba bajo el seudónimo “Djed Bórquez”), escritor, ingeniero agrónomo y diputado constituyente, recuerda: “… fuimos llegando a la antigua Academia de Bellas Artes de Querétaro, tímidos y reservados… en cuestión de trámites, lucen los renovadores su experiencia parlamentaria. A la hora en que nadie sabe lo que ha de hacerse, es José J. Reynoso, el “reglamento viviente”… Ya se sabe que Querétaro es una ciudad levítica. Sus casas y sus árboles invitan a la meditación. La soledad de sus grandes edificios coloniales y hasta el aire que se respira, están insinuando a todas horas la vida conventual, el recogimiento… Los constituyentes [hicimos que] Querétaro se transformara por varios meses. Ya no era la ciudad quieta, pacífica. El tráfico, triplicado y los habitantes, duplicados. Ya no cabían los fuereños en los pocos hoteles. Se alquilaban cuartos en todas las casas particulares… Querétaro era capital de la República, por habitarla don Venustiano y ser la sede del Constituyente… Al fin se da lectura al primer dictamen de la comisión de reformas, la mañana del lunes 11 de diciembre [de 1916]. Se refiere al preámbulo de la Constitución y con esto se plantea un asunto enconado; ¿nos llamaremos República Mexicana o Estados Unidos Mexicanos?”.10

Otro constituyente, José Álvarez, integró un valioso álbum con las fotografías de cada diputado, que a su vez, fue anotando un mensaje al lado de cada imagen; así, el general Donato Bravo Izquierdo, diputado propietario escribió: “Jamás he pretendido que el Congreso Constituyente de 1917, al que tengo el honor de pertenecer, esté verificando una labor de perfecta sabiduría, pero sí creo que su obra es de evolución social, que hace conmover el cerebro y el alma del pueblo mexicano, ya que la Revolución le ofreció un horizonte de nueva vida que desconocía y que ha debido estudiar para obtener un progreso verdadero. Así, la sangre derramada en nuestras luchas intestinas no será estéril”. Por su parte, Lorenzo Sepúlveda, diputado suplente, plasmó: “En la Constitución están escritas todas las leyes. El patriotismo consiste en cumplir con ellas”.11

Pero el mejor colofón fue dado el 31 de enero de 1917, durante la Sesión Solemne de Clausura del Congreso Constituyente, cuando el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista se dirigió a los miembros del honorable Congreso Constituyente en los siguientes términos: “Ahora sólo nos queda la obligación de ir a la práctica de la ley suprema que acabáis de sancionar, llevándola en nuestras manos como la enseña que nos hará grandes, justos y respetados entre los demás pueblos de la tierra, que nos traerá la paz y la prosperidad, y que acabando con todas nuestras rencillas, con todos nuestros odios intestinos, nos llevará a vivir la vida tranquila de los pueblos libres, por el respeto a la libertad y al derecho de cada uno”.

A continuación, Carranza protestó guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

La Constitución es la expresión de la voluntad de una sociedad que opta, desde luego, al fundarse en ella, por la legalidad y la institucionalidad, tutelando libertades, la equidad social, la responsabilidad y limpieza en el desempeño de las funciones públicas, las garantías para la defensa eficaz de los derechos, que abata la impunidad, erradique la violencia y preserve, en consecuencia, la paz. Nuestra ley fundamental pone en blanco y negro los anhelos e ideales del pueblo de México. El texto constitucional se afirma así como la guía suprema para seguir edificando el país que queremos para las generaciones presentes y futuras. Su transformación en la inmutabilidad de sus principios es lo que nos da, a su vez, una sociedad dinámica y permanente.

A propósito del centenario de la Constitución, es preciso impulsar que cada ciudadano sea guardián de nuestra ley fundamental, que cada ciudadano exija a la autoridad, al Estado, el cumplimiento de la norma constitucional pero, también, que cada ciudadano respete y honre a la Constitución cumpliendo también con sus obligaciones.

No basta, por tanto, con que nuestra carta magna sea reconocida y conmemorada año con año, sino —con mucha mayor relevancia— que se observe y que se cumpla por todos, para tutelar el proyecto de vida de cada individuo y para garantizar la vigencia y fortaleza de la nación mexicana. La Constitución es el referente único e insuperable de toda legitimidad y legalidad en el país. Nada, ni nadie sobre la Constitución.

Como presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Consejo de la Judicatura Federal, los exhorto a que en el centenario de nuestra ley suprema trabajemos con infatigable perseverancia para cumplir, en los hechos, con el anhelo emanado de la gesta independiente de nuestra República, cincelado por Morelos hace más de 200 años: “Que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario”, y con el legado del Constituyente de 1916-17, para que seamos “grandes, justos y respetados entre los demás pueblos de la tierra”.

 

Luis María Aguilar Morales
Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Consejo de la Judicatura Federal.


1 Rabasa, Emilio, La Constitución y la dictadura: estudio sobre la organización política de México, México, Revista de Revistas, 1912, p. 6.

2 Séptima Ley Constitucional, artículo 1.

3 Fix-Zamudio, Héctor, Acta Constitutiva y de Reformas de 1847, Colombia, Instituto de Estudios Constitucionales, Carlos Restrepo Piedrahita, 1997, pp. 60-61.

4 Zarco, Francisco, Crónica del Congreso Extraordinario Constituyente (1856-1857), Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2013, p. 982.

5 Sierra Méndez, Justo, Evolución política del pueblo mexicano (1900), en: http://bit.ly/2jwpuD5, pp. 166 y ss.

6 Manuel Aguirre Berlanga (diputado al Congreso Constituyente por Saltillo, Coahuila), El Pueblo, 8 de abril de 1917.

7 Al respecto, en su artículo publicado en Cuadernos Americanos, en la edición marzo-abril de 1967, Jesús Silva Herzog dice: “… El autor de este artículo puede asegurar, porque le consta personalmente, que muchos de los jefes revolucionarios conocieron bien el Manifiesto y Programa del Partido Liberal y que, indudablemente, influyó en su pensamiento”. Cfr. Silva Herzog, Jesús, “La Constitución Mexicana de 1917”, en La Constitución de 1917. Visión Periodística, México, Gobierno del Estado de Querétaro, INEHRM, 1986, pp. 110-115.

8 Cfr. Ferrer Mendiolea, Gabriel, Historia del Congreso Constituyente de 1916-1917, México, Biblioteca Constitucional, INEHRM, 2014, p. 16.

9 Ibíd., p. 25.

10 Cfr. Bórquez, Djed, Crónica del Constituyente, México, Biblioteca Constitucional, INEHRM, IIJ, 2014.

11 Álvarez y Álvarez de la Cadena, José, Memorias de un Constituyente, México, El Nacional, 1992, pp. 111 y ss.