27 de enero, Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto

A pesar de ser una fecha más, una que hace eco a la elección de un tipo de memoria específico, ver el calendario hoy remite una vez más al enojo, las dudas, el llanto silencioso que cada injusticia antes y después de Auschwitz provoca. Como tantos, hoy recuerdo (re-cordare. cordis: corazón) una vez más el Holocausto como el lingüista, pasándolo por el corazón. Sin embargo, así como el lingüista, al pasar la memoria por el corazón, los que conmemoramos hoy el Holocausto quedamos atrapados entre la posibilidad de actuar y la imposibilidad de hacerlo; entre un futuro inciertamente precario y un pasado ciertamente atroz. Recuerdo como la que habla, narra y escribe, a momentos desearía recordar como aquellos que no lo pueden hacer más. Mis dudas, mi memoria, mi ser entero promete en ocasiones reducirse a ellos, las víctimas que hoy la UNESCO conmemora, a las personas que fueron reducidas a objetos y amenaza. El 27 de enero es un día dedicado a los que como yo, recuerdan, y a los que algún día recordarán.

memoria

Todos los días me levanto de la cama con ganas de ir al baño, ducharme y lavarme los dientes, como un ente de hábitos de limpieza cualquiera, pero la memoria de las víctimas me lleva a reconocerme en el espejo como un ser sensible además de humano. Ellos me lo recuerdan. Todos los días también me levanto queriendo ser más responsable, más bondadosa, más implacable con la opresión. Esta fecha me lo recuerda. No obstante, ella también confronta a los que recuerdan con el peso de la nostalgia, el pesar que provoca el deseo de regresar a un hogar que ya no existe o que quizá nunca existió.

Como escribe Svetlana Boym, la “nostalgia es un sentimiento de pérdida y desplazamiento, pero también es un romance con la fantasía propia.”1 El amor nostálgico solamente puede sobrevivir en una relación a distancia. A distancia de casa, pero también a distancia de la realidad. Al menos desde que Imre Kertész escribió Sin destino,2 sabemos que cualquier lugar (e incluso la utopía, el no-lugar) puede convertirse en nuestro hogar. Sin importar cuán horroroso sea ese lugar, al final nuestra flexibilidad humana nos traiciona: aprende las reglas del lugar, y se ajusta a éste, registrándolo como su hogar. Ese ser sensible que aparece en el espejo se moldea. Inevitablemente, lo que habitamos, incluso el horror, puede convertirse en nuestro mundo entero. Narra Kertész, “fue en esa hora particular, reconozco incluso ahora, aquí —mi hora favorita en el campo, y fui tomado por un doloroso, punzante, fútil deseo: nostalgia, homesickness”.

La nostalgia es un sentimiento de pérdida y aceptar que ciertos eventos pertencen al pasado es crucial. El evento que permanece en el pasado pasa por el corazón para sensibilizarnos. La nostalgia que se convierte en utopía, transforma la esperanza y la imaginación de un posible mejor lugar en uno que quizá fue un horror, que probablemente lo sea. El peligro de la nostalgia no yace en el imaginar la utopía, sino en basar la utopía en aquel recuerdo de un hogar pasado y distante.

La nostalgia para algunos es un tabú: el predicamento de la esposa de Lot, el miedo de que viendo para atrás, uno quede por siempre paralizado, un pilar de sal. Para otros, la nostalgia adquiere cálidas texturas: huele al arroz de la abuela mientras hierve el agua, y se escucha como el peluche de la alfombra siendo lentamente aplastado por el pie de un sobrino. Para otros más, la nostalgia se pinta de un futuro que acelera la imagen de ese pasado prístino: “Make America Great Again”. En cada conmemoración se abre el espacio para la construcción de nuevas realidades, que tal vez reflejan las ilusiones y fantasías de un pasado que alguna vez se habitó… o que quizá nunca existió. La nostalgia no tiene una función fija: quienes conmemoramos decidimos de qué forma y con qué sentido pasamos la memoria y el deseo de un hogar por el corazón.

Si hoy recordamos a las víctimas del Holocausto, no es para enaltecer sus cadáveres y hacer un fetiche de sus cenizas restantes, sino para recordar a los vivos. Pasamos por el corazón a quienes fueron ellos, individualmente, comunitariamente, culturalmente, y a los vivos que no fueron, que jamás serán; los vivos que no estuvieron, que los vieron morir y también a los vivos que los mataron. Las víctimas y sus victimarios: vivos. Como cualquier memoria que guardamos con cierto cariño y distancia, la conmemoración del Holocausto se convierte entonces en una forma de nostalgia: un pesar por el dolor que ya no existe, por compartir el dolor con aquellos que sufrieron. Pero la memoria muta, y en lugar de una nostalgia que cristaliza pasados, puede transformarse en una responsabilidad que mueve posibles futuros.

El deseo de compartir con otros también puede cambiar: de querer compartir el dolor con los muertos a solidarizarse con los vivos. Vivimos aquí, con lo que tenemos —con lo que algunos que vivieron, murieron, mataron y fueron asesinados antes de nosotros nos dejaron. Los muertos tienen nuestro dolor, mas la responsabilidad y deuda de los vivos está con el resto de los vivos. Los muertos pueden vivir en nosotros, pero es con los vivos que nos seguimos moviendo. La vida se celebra en vida, con los vivos, viviendo y tal vez, si la inquietud y el dolor nos superan, cuestionando al menos una vez al año: ¿por qué algunos vivos quieren que otros vivos estén muertos? Y jamás pasando por alto la pregunta: ¿por qué algunos vivos quieren que otros vivos estén muertos? Volviendo a pasar por el corazón la duda: ¿por qué algunos vivos quieren que otros vivos estén muertos?

 

Tessy Schlosser Presburger


1 Svetlana Boym, The Future of Nostalgia, Basic Books, Nueva York, 2001, p.84.

2 Imre Kertész, Sin Destino, Acantilado, Barcelona, 2006.