Hubo un momento en la vida del país en que uno podía estar cerca de una balacera, una explosión, un mensaje escrito en una barda o en un cuerpo sin vida, un agujero en la pared, un canto triste, un rastro de sangre, un testigo oculto, un arma apuntando, un cadáver, una advertencia.

Muchas personas desaparecían sin dejar rastro y otras buscaban a los que habían desaparecido sin dejar rastro. También se hablaba de policías, militares o jueces que jugaban en el equipo contrario. Ese tiempo se conjuga todavía en presente.

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Ilustraciones: Alberto Caudillo

Este trabajo reflexiona en voz alta sobre un tema del que apenas se empieza a hablar. La literatura requiere reposo y, en el caso de la poesía, la incorporación de la realidad inmediata es lenta.

“Me convierto en pena clavada/ en carne vacía/ en perseguido persiguiéndote/ cavador de gritos/ en habitante/ de este cuerpo/ desierto”, escribió Susana Chávez, poeta y activista, poco antes de ser asesinada por tres adolescentes en Ciudad Juárez.

¿En qué momento los mexicanos fuimos desplazados de nuestro propio territorio? ¿De qué manera estos temas fueron ocupando un sitio en las páginas de los medios, en las líneas de un poema, en un poema entero o en un libro?

La violencia en México, vista desde las letras, es parte de una ruta que señala hacia una geografía dañada de la cabeza a los pies. “Un país cayéndose a pedazos” es la propuesta lírica, lúdica, trágica del poeta José Eugenio Sánchez (Guadalajara, 1965). Porque como dice en “La felicidad es una pistola caliente”: “la vida es un invento del dinero”.

Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954), en La patria insomne (Hiperión/UANL, 2011), habla de un México sin remedio: “¿Dónde caíste, patria insomne…?/ De que estés, no hay duda./ ¿Pero a dónde vas?/ Entre los humos de una guerra entre todos,/ en la que nadie/ sino mercenarios/ participa/ —las balas que vuelan no tienen convicciones…”.

Para Eric Uribares “la poesía es el mejor fusil a nuestro alcance” y a la sombra del desencanto se pregunta: “¿Cuándo perdimos el país?”. Carlos Ramírez y Javier Moreno Hernández, en Los salvajes de Aka, cuestionan: “¿Cuándo nos ganó el miedo?”.

El tema de la violencia no es nuevo. José Emilio Pacheco, Juan Bañuelos y Óscar Oliva lo incorporan a sus textos desde los años sesenta. Bañuelos lo hace en Escribo en las paredes, Espejo humeante y No consta en actas, tres libros fundamentales, y podría decirse que fundacionales, en la poesía mexicana y referentes del  poema social.

Finalmente toda poesía es social y toda poesía es política. “He mirado la patria largamente. Se le nota la tristeza en el mapa”; “Silencio que ahora llegan perros de barro/ con sus mandíbulas buscando negros huesos”; y “¿Ensartaremos cráneos como cuentas/ y se ha de repetir lo que el augur/ grabó en el silencio de la piedra”, escribe Bañuelos.

“Porque hay palabras que no tienen cabeza ni piernas,/ llegan arrastrándose a las entrañas del hombre,/ para morderlo y hacerlo hablar”; “Yon Sosa fue perforado por 8 balas de alto poder/ que le destrozaron el cráneo, el corazón, los pulmones y el hígado./ Enrique Cahueque Juárez y Fidel Raxcacoj Ximutul,/ fueron como él, destrozados”, escribe Óscar Oliva en Trabajo ilegal, poesía 1960-1982.

Imposible olvidar Responsos (1967) de Efraín Huerta, sobre todo “Sílabas para el maxilar de Franz Kafka y “Responso para un poeta descuartizado”. Testimonio y consigna, crónica y voz de todos, es la herencia vital de estos tres poetas.

Desde una perspectiva cercana al holocausto, ¿qué es el mudo sino una suma de terrores?, José Emilio Pacheco es certero en su “Disparo”, incluido en La arena errante: “Nadie come balas./ Nadie juega a los dados con balas./ Si no me utilizas/ te volveré mi blanco:/ dispara.”

Ante la ausencia de una vida pública como epígono o personaje central, más allá de los festivales de poesía, las lecturas de poemas y las presentaciones de libros, la voz del poeta se reduce casi siempre al silencio. La sociedad de hoy necesita publicistas, vendedores de imagen, estrellas del marketing, no poetas. Los poetas no estorban, pero tampoco hacen falta. Suena paradójico, sobre todo si pensamos en Hölderlin, quien creía que si hay algo que perdure en esta vida es lo fundado por los poetas.

Malva Flores nos amplía la idea:

De aquella poesía rebelde que, mediante el uso de vocablos y formas que violentaban las convenciones sociales, políticas o culturales buscaba denunciar un mundo cuyos valores sólo despertaban escepticismo, se llegó a una poesía de la “experiencia”, cuyo interés central fue replantear, a partir de un “yo poético” íntimo y muchas veces melancólico, su relación con la realidad inmediata —la de las cosas menores—, transformando así su rebeldía escéptica en una comunión con la realidad más vasta del mundo, percibido, no obstante, desde nuestra realidad de todos los días. Su centro de irradiación fue la ciudad. Su palabra, cotidiana. (“¿Donde estaban los poetas?”, Folios, primavera de 2011.)

En Perros habitados por las voces del desierto, poesía infrarrealista entre dos siglos, preparada por Rubén Medina (Matadero/UANL, 2016), hay un poema de Edgar Artau Jarry que narra con puntualidad hechos de ayer que parecen de hoy: “¡Se están matando fuera de casa/ los narcos contra los narcos/ o sabe Dios qué pasa!/ …Escucho el tracatraca y a Nine Rain/ México woke up, Terrorist attack/ los narcos se están matando…”.

Si poesía y política parecen incompatibles, como dice Jorge Fernández Granados, poesía y violencia suenan disonantes. Hay sin embargo atisbos, matices, poemas, sueltos y algunos libros que abordan la violencia y escapan a la burbuja de cristal en la que hiberna la poesía mexicana. El tema de la violencia en la poesía se lee de dos maneras: por una parte, empleando un vocabulario propio de la violencia misma para abordar ejes temáticos distintos; por la otra, convirtiendo el texto en noticia poética, a veces desde el lugar mismo de los hechos o bien desde la voz del otro. A veces se habla de una realidad inmediata, otras desde una perspectiva histórica. A veces se aborda el tema de una forma propia de un cuadro hiperrealista, en otras permea cierta sutileza, cierto distanciamiento, se habla a trazos o en dibujos que se difuminan.

Sé de al menos dos libros que reúnen voces que hablan desde la desgarradura, la rabia y la herida: País de sangre y fuego (Maná/Selva Negra/Universidad de Guadalajara, 2010) y Espejo de doble filo, antología binacional de poesía sobre la violencia Colombia-México (2014). La primera preparada por Jorge Esquinca y la segunda por Iván Trejo. La antología virtual contra la violencia, proyecto de Nadia Contreras, registra a más de 60 voces en el link: https://poesiacontralaviolencia.wordpress.com

Uno de los primeros libros que llaman la atención, por su factura, su temática, ondulante entre la violencia fronteriza y la remembranza generacional, y además por haber obtenido el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013, es Te diría que fuéramos al Río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto de Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, 1958). En los versos finales del poema “2006”, se lee: “En el año 2006 mi país empezó a adelgazar/ la calle y la noche más flacas cada vez/ la ciudad crecida de cadáveres”. A la manera de los cronistas, Chávez escribe una gesta que desafía los estrechos caminos de la poesía exquisita y se mete a los atolladeros fronterizos, donde empiezan a caer como moscas, “primero los del otro lado de la ciudad/ luego los de la colonia contigua más tarde los conocidos/ después los vecinos”. La atmósfera de sus textos es intencionalmente narrativa: “Miedo se llama la avenida que se extiende llena de luces y sin autos un sábado a las 10 de la noche en la frontera norte”.

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En un tono fresco y dolorosamente certero Antonio Salinas Bautista (Acapulco, 1977) traza en Serial (2011) un itinerario de la muerte en dos rutas. Una, delimitada por un lenguaje que pudiéramos denominar las metáforas del narco, en el que se habla de ojos a sueldo, mujeres amadas a mansalva, ráfagas de besos, decomisos de sudor, “déjame morir plagiario de ti”, tristeza serial; “Los que conocen del amor saben de la pólvora en los ojos…”. La otra, en poemas contundentes que brotan desde la brutalidad de la guerra misma, y en la que abundan los disparos a quemarropa, lluvias de casquillos, falanges carbonizadas, festines de encapuchados, desprecio por la muerte: “Cuando despertó la noche, ella estaba ahí, amortajada, bella aún; tenía un lucero que iluminaba sus ojos profundos, como la duda y el espanto…”.

“Al filo de la navaja” se llama este poema:

Un hombre fuma y tira las colillas
como cabezas humanas en las aceras,
como un balón de un equipo de nimios resultados,
sucede a cuentagotas
contagiar uno que otro día el sueño con lágrimas.
Alguien pone un recado al lado de las colillas
¿de las cabezas? No interesa el mensaje.
La selección acaba de ser eliminada en tiros de penales:
También el año comienza ejecutado.

Como bien señala Jorge Fernández Granados, Balacera de Armando Alanís Pulido (2016) es un compendio de la violencia como código colectivo. Los poemas de este libro se llaman “Zetas”, “Guillotina”, “Cuerno de Chivo”, “Olor a pólvora”, “Ráfaga”, “Levantón”, “Narcobloqueo” o “Cortar cartucho”. Sin duda un libro que reúne de manera un tanto desproporcionada una parte considerable de los estallidos de violencia vistos desde el bárbaro norte. Alanís, fundador en 1996 del movimiento literario denominado Acción Poética, incorpora en Balacera una serie de fotos de sus bardas más emblemáticas en torno al tema. El lector puede leer el grafiti “ando por ti” custodiado por el cascarón de un auto incendiado o “¿qué hicimos mal?” en una pared manchada de sangre. Un texto más amplio sobre Balacera se incluye en la reseña “Tiros en el concierto”, hecha por el que esto escribe.

En Sicarii, Esther M. García (Ciudad Juárez, 1987) toma como partida al Niño Sicario, un adolescente de 14 años, considerado sicario de un cártel, apodado “N”, detenido junto con su hermana de 19 años en el aeropuerto de Cuernavaca cuando intentaban tomar un avión hacia Tijuana. Tenían la intención de reunirse con su madre en San Diego. En este libro abundan los padres que aman más la droga que la vida de los hijos y madres que se deshacen de sus hijos al nacer. El de la voz es un pequeño sicario enfrentado a un destino fatal. Mientras sus pares niños juegan con su colección de dinosaurios el personaje limpia su kit de navajas. Como en la trama de una novela negra, el yo del poema abandona su niñez y se transforma en asesino: “Soy yo el que decide quién vive o muere Soy Barrabás pisando la arena ardiente mientras degüello a un hombre Soy Judas Iscariote besando la sangre de la cruz”.

“Me llamo Antígona González y busco entre los muertos el cadáver de mi hermano”, escribe Sara Uribe en Antígona González. Poema dramático, canto lírico desde la raíz del dolor, monólogo del reclamo sin resignación, camino pavimentado con muertos y desaparecidos. Estética de la muerte desde la desgarradura. Por el libro transcurren las imágenes del hermano muerto, desfilan sombras y seres invisibles; el norte es Tebas. Junto a la tragedia personal la tragedia del otro. “¿Cómo se reconoce un cuerpo? ¿Cómo saber cuál es el propio si bajo tierra y apilados? Si la penumbra. Si las cenizas. Si este lodo espeso va cubriéndolo todo”. Apropiación, intervención y reescritura al servicio de una voz poética que lo mismo se remonta a la Antígona de Sófocles que a los migrantes de San Fernando, Tamaulipas.

¿Para qué escribir poemas si todo lo que hiere tiene el tacto vacío, usura de una tumba?, se pregunta Julián Herbert en “Oscura”, incluido en Judas Iscariote, un libro arriesgado en el que el autor experimenta, se burla y exhibe, y donde lo mismo se habla con imágenes fotográficas que con códices. La patria acéfala vista desde la esquina de la muerte. Poema collage que exhiben lo mismo cuerpos arrojados sin cabeza a una plaza que un tono sarcástico que desnuda lo exquisito y opone una estética de la subversión a partir de la mezcla de voces. El poeta, en el caso de Herbert, y concretamente de este libro, es una especie de DJ que ensaya ritmos sórdidos, oscuros y estridentes sobre los oídos castos de la poesía mexicana.

En Tratado de bengalas Ana Karen Sandoval aborda la violencia desde una perspectiva más sutil. Será porque “La guerra trae azahares invisibles…/ y a los dos nos gusta Paul Celan”.

Hay poemas que ya son emblemáticos, como “Los muertos” de María Rivera o “La reclamante” de Cristina Rivera Garza. Textos de Marco Antonio Campos, Javier Sicilia, Juan Domingo Argüelles, Dana Gelinas, María Baranda, Luis Armando Malpica, Ernesto Lumbreras, León Plasencia Ñol, Luigi Amara, Coral Bracho, Claudia Hernández de Valle-Arizpe, Ángel Ortuño, Camila Kraus, Luis Alberto Arellano, Luis Jorge Boone, Óscar de Pablo, Alí Calderón, Lorena Ventura.

La lista es extensa, a los autores y textos mencionados sumamos: Arnulfo Vigil: Balas & flores (2004); Cicatrices y cenizas (2007) de Norberto de la Torre; Bala por mí el cordero que me olvida (2011) de Joaquín Cosío; Filipo contra los persas de Víctor Cabrera (2012); Luz-ligth (2013) de Juan Armando Rojas Joo; Código cero (2014) de Mario Isalsáinz; Ese cuerpo no soy (2015) de Verónica González Arredondo; El flart del narco (2015) de Moisés Ayala; Perusia de los muertos (2015) de Pablo Piceno; Memorial de Ayotzinapa (2016) de Mario Bojórquez y Dogma (2016) de Iván Cruz Osorio. A la lista se suman voces que desde el extranjero tratan el tema en sus textos, como el colombiano Carlos Aguasaco, autor de Diente de plomo, poemas en prosa escritos como reacción a la narcoviolencia y crímenes contra la mujer en México, y John Gibler: 20 poemas para ser leídos en una balacera (2013).

Poemas, poetas, libros que seguramente aumentarán y se irán depurando. “Si en los poemas nos tocamos para acompañar, primero que nada, una sobrevivencia común, busquemos a partir de ella la acción que imponga un alto a esta coalición y convivencia de intereses que destruye la vida de mucha gente, estén involucrados o no en la venta de drogas”, dice Pedro Serrano.

 

Margarito Cuéllar
Con Las edades felices obtuvo en 2014 el Premio Iberoamericano de Poesía para Obra Publicada convocado por el INBA y el gobierno de Tabasco.

 

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