Un rasgo sobresaliente de nuestra vida política —que quizá se acentúe— es el de la fragmentación. De un partido (casi) omnipotente a un pluralismo moderado que giraba en torno a tres partidos parece que transitamos hacia una mayor dispersión. Es uno de los frutos maduros del proceso democratizador pero también del desencanto con las organizaciones tradicionales. La escisión en la izquierda, la caída relativa de las votaciones del PRI y el PAN, el fortalecimiento en algunas zonas de los partidos menores y la irrupción de los candidatos independientes conforman un haz de opciones mucho más dividido que el del pasado inmediato.

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Ilustración: Jonathan Rosas

En sí misma la fragmentación expresa —de alguna manera— el estado de los humores públicos, e impactará y está impactando eso que llamamos gobernabilidad (en su sentido más estrecho: la capacidad de un gobierno para hacer prosperar sus iniciativas en el circuito legislativo). Por ello, no han faltado los exorcistas que quisieran conjurarla. Su consigna parece ser: “vámonos haciendo menos”. El problema es que esa reducción de la diversidad no se piensa como una derivación de la política, sino como resultado de operaciones normativas que artificialmente podrían disminuirla. “Reintroduzcamos una cláusula de gobernabilidad” que convierta a una mayoría relativa de votos en una mayoría absoluta de escaños; removamos el tope que no permite una sobrerrepresentación mayor de 8%; subamos el umbral para el refrendo de los registros de los partidos, y por ahí.

Tenemos que aprender a vivir con y en la pluralidad. Habría incluso que buscar que los votos se tradujeran de manera exacta en escaños. Sin premios ni castigos artificiales para nadie. Que la voluntad —dispersa— de los electores se refleje cabalmente en el mundo de la representación. Es un logro del tránsito democrático que en los circuitos legislativos estén representadas las grandes y pequeñas corrientes políticas del país. Y es necesario preservarlo.

Pero, en efecto, así como hay necesidad de forjar un cauce para la expresión y representación de la diversidad, es imperioso contar con instrumentos que permitan la gobernabilidad. Y la reforma constitucional que diseñó la posibilidad de armar gobiernos de coalición es una muy buena medida. Imaginemos el post-electoral de 2018 y démosle la palabra a Perogrullo. Tendremos un presidente de mayoría relativa y un Congreso en el que ninguna fuerza política contará con los escaños suficientes para hacer su voluntad. Pues bien, la nueva facultad del presidente permitirá a éste intentar construir un gobierno de coalición. ¿Cómo? Con las artes tradicionales de la política: negociando y pactando con otros un programa de gobierno, una plataforma legislativa y un gabinete. Eso le permitiría contar, de partida, con un acompañamiento a su gestión por parte del Legislativo.

Los gobiernos de coalición surgen por necesidad. Es natural y legítimo que cualquier partido quiera gobernar en solitario, sin complicados acuerdos. Pero la aritmética democrática es contundente: si se tienen los escaños suficientes —mayoría absoluta— no se necesitan auxilios para nadar; pero si no se cuenta con esa mayoría, una buena opción es intentar construirla con acuerdos políticos.

Hay quien quiere hacer obligatorias las coaliciones si ningún partido obtiene la mayoría de los escaños. Se inspiran en la mecánica parlamentaria (que por cierto no estaría mal estudiar, y discutir el tránsito de nuestro sistema presidencial a uno parlamentario). Pero en un régimen presidencial ello sólo se traduciría en que el Congreso podría convertir en su rehén al titular del Ejecutivo. No se necesita ser demasiado imaginativo para sospechar el eventual comportamiento de los grupos parlamentarios al saber que tienen “el sartén por el mango”, es decir, que el presidente está obligado por ley a convenir con ellos. Me parece entonces que hacer opcional la forja de una coalición de gobierno resulta pertinente, porque si existe la voluntad de las partes podrá producirse, pero si no, el presidente encabezará —como desde 1997— un gobierno de minoría.

Pero falta un “pequeño detalle”. Dada la fragmentación podemos tener cuatro o cinco candidatos presidenciales competitivos y un ganador con menos de 30% de votos. Esa fragmentación puede hacer presidente a alguien que tenga más rechazos que adhesiones, y eso no presagiaría nada bueno. Por ello sería conveniente agregar, cuando se requiriera, una segunda vuelta electoral para los cargos ejecutivos, que evitaría que alguien con más aversión que apoyos arribara a la presidencia o las gubernaturas. Además en la segunda vuelta se podría estar perfilando ya el probable gobierno de coalición. Hay quien ha señalado que esa fórmula construye artificialmente una presidencia demasiado poderosa. Pero es una objeción sin base. Porque en el Congreso seguirá expresándose la diversidad política y el contrapeso institucional al presidente.

Total: ajustes para intentar conjugar el máximo de representatividad con buenas dosis de gobernabilidad.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

2 comentarios en “Ajustes

  1. Me parece que la “pluralidad” está enteramente basada en los partidos, y no la pluralidad funcional de la sociedad. En efecto, hay un pluralismo de partidos, y por lo menos los tres más importantes -PRI, PAN, MORENA y un cuarto eventual que es Movimiento Ciudadano – reflejan la división de visiones en la sociedad. Pero los partidos más pequeños, PANAL, PVEM, PT, PRD, lo único que hacen es chupar recursos públicos y gobernabilidad. La solución sí está en aumentar el umbral de votación en cada elección, aumentar el umbral en su registro, eliminar la representación proporcional, aumentar la sobrerrepresentación, no poner segunda vuelta, y que nuestra legislación construya mayorías artificiales.
    Nuestro país refleja divisiones que es necesario romper, y ello sólo se logra cuando el gobierno no tiene trabas para imprimirle una orientación al curso de las cosas. Sí, somos un país dividido, pero esta vez el fantasma de esa división no nos hará perder por segunda ocasión la mitad del territorio.