Dice el diccionario de la RAE que un “almodrote” es una salsa a base de aceite, ajo y queso que se le pone a las berenjenas. También significa, hay que decirlo, una mezcla confusa de varias cosas o especies. El proyecto de constitución para la Ciudad de México es un almodrote hecho y derecho.1 Me imagino que el de las berenjenas es sabroso; sin embargo la mezcolanza de la CDMX es una bazofia. Es más que eso, es una palpable constatación de que no hemos aprendido nada de nuestra historia constitucional. Reproduce uno de los defectos fundacionales de nuestro constitucionalismo, la ingenuidad irresponsable de hacer de las cartas vehículos de nuestras más puras intenciones. Cualquier estudioso del constitucionalismo decimonónico reconocerá el tono lírico inconfundible de esa frivolidad política e ideológica en el preámbulo del proyecto: “Seamos ciudadanas y ciudadanos cabales, inventores del porvenir; espejo en que se mire la República y orgullo universal de nuestra estirpe”. Lo que se mira en ese espejo es la irresponsabilidad de confundir el poder con el corazón. Tiene razón Jesús Silva-Herzog Márquez cuando señala que el proyecto abraza una concepción equivocada de los deberes y se equivoca en su configuración del poder.

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Ilustración: Belén García Monroy

Quienes descalifican fácilmente las críticas al proyecto aduciendo las “retóricas de la intransigencia” de Hirschman evaden el duro trabajo de defender las ocurrencias constituyentes con argumentos. El proyecto no tiene, en rigor, técnica jurídica: es una mezcla de reglamento, constitución y plan de gobierno. No tiene claridad ni precisión y los arranques líricos abundan. El texto es reiterativo hasta el cansancio, como si se tratara de una plegaria. Es un mole normativo de difícil digestión. Los pecados del almodrote son muchos, empezando por su origen, pero dos destacan en particular. El primero tiene que ver con su naturaleza aspiracional. Por doquier el texto inventa derechos, sujetos, deberes y obligaciones. No sólo el derecho a la plenitud sexual; también el derecho de los niños a participar en la política. Muchas de esas ocurrencias son abiertamente inconstitucionales, como la invención de la “ciudadanía universal” o la redefinición de la mayoría de edad a los 16 años para votar. La constitución general es la que determina esas materias. La carta local simplemente no puede reconfigurarlas. Sin embargo, los constituyentes suspiran: “es cierto, pero ¿no sería hermoso?”. La política aspiracional no siempre es absurda. Plasmar buenos deseos abre el horizonte de posibilidad hasta el día en que se puedan hacer realidad. El problema es que en países donde las leyes no tienen ningún prestigio y la realidad las viola cotidianamente la política aspiracional mina activamente el propósito de hacer de la ley una guía efectiva de la conducta de ciudadanos y autoridades. Para un país como México ello constituye una irresponsabilidad mayúscula. Esa ingenuidad no es inocente. Una constitución como la que se proyecta, al dar la espalda a la realidad, abona a la irrelevancia y al desprestigio de la carta como norma viva y actuante. Será una referencia literaria más en el país imaginario en el que las cosas son de una forma, mientras que en el país real la política transcurre por otro camino. Así, subvierte a la constitución como instrumento de gobierno efectivo. En El Federalista, colección de artículos de periódico escritos en el contexto de la ratificación de la constitución federal norteamericana a finales del siglo XVIII, Madison criticó la idea de establecer límites al poder exclusivamente declarativos. Los ridiculizó llamándoles “barreras de pergamino” porque, sin otra fuerza que sostuviera esas disposiciones, no valían el papel en el que estaban escritos. Nuestros constituyentes han hecho exactamente eso: su origami constitucional les quedó muy bonito. Ahora, si alguien se confundiese y tratara de hacer efectivos todos esos derechos se llevará una desilusión. O son inexigibles o llevarían a la quiebra de la hacienda pública. Quedaría pendiente, por supuesto, la manera de hacer valer nuestro sacrosanto derecho a la plenitud sexual. Me temo que habría millones de amparados.

El segundo problema tiene que ver con la naturaleza de las buenas intenciones de los constituyentes. No se trata solamente de improvisados e ingenuos constituyentes, aportando cada uno su ingrediente favorito al almodrote. La salsa sí tiene sabores distintivos, aunque no sean coherentes del todo. A pesar de su garantismo desbocado, el proyecto es realmente deficiente desde el punto de vista de los derechos individuales. La libertad individual en su concepción más básica no está definida ni protegida. Tampoco se reconoce el derecho a la seguridad personal. Derechos convencionales no son mencionados, como el de la propiedad privada. La “actividad económica” es redefinida como un “bien de interés público”. El antiliberalismo del proyecto es rampante: en el artículo 28 de ese catecismo se establece que se promoverá “el interés público por encima del interés particular”. Esto es un precepto filosófico, no una norma constitucional. Este es el almodrote propuesto: una mezcla de demagogia de la más pura cepa, ignorancia jurídica, lirismo fuera de lugar, antiliberalismo, corrección política y comunitarismo naif, etcétera. Buen provecho.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Para muestra véase el artículo 22.

 

Un comentario en “El almodrote constitucional

  1. Las miserias de la pedestre izquierda mexicana, su nulo rigor y su mundito en el altiplano donde las estrellas piñatas son.