La indigestión de racionalismo del siglo pasado generó que las emociones humanas fueran vistas como una temática menor y hasta como un acto inconveniente. El entendimiento profundo de la mente y los estímulos que llevan a comportarse de un modo u otro, se entregó casi de manera absoluta al psicoanálisis, que ha contribuido a la mistificación del yo en un grado superlativo. Un libro de Lacan admite una lectura mistérica, de acento oculto. A este momento, con todo lo que se ha logrado en términos tecnológicos y de exploración espacial, permanece erguido el misterio más hondo: el ser humano.

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Encuentro que Catalina Aguilar Mastretta (Ciudad de México, 1984) no rehúye a las preguntas respecto al entendimiento del abismo emocional —una clara derivación de la postulación socrática puesta en su máxima—, y se arroja a cartografiar la “historia de un rompimiento”, según la califica la narradora. No se aleja la idea (no podría ser de otra manera) de las posibilidades que ofrece la familia como escenario en el cual se actúan y padecen los actos y hechos que nutren la microhistoria de las sociedades. Todos los días son nuestros (2016) narra la simbiosis franca o soterrada de una pareja que vive una historia de fracturas, a salto de mata entre el éxito y el fracaso. Historia que puede ser de la cualquiera que salta al tablado de la vida y elije el amor como la forma más auténtica de comunión con el otro y acaso también de autodesfallecimiento.

Es motivo de celebración el estilo de la escritura, que avanza con eficacia, ya que los laberintos de pasión no admiten una escritura desperdigada, fuera dialectal o barroca. El enamoramiento, sea una jaula o cielo azul, acoge con mano gentil a quienes son favorecidos y con golpes a quienes padecen la ausencia. Emiliano Cervera, protagonista masculino de la novela, se permite la confusión y el arrobamiento, la gallardía y la celebración de la propia belleza. Es un personaje de impacto para los lectores y la voz femenina que narra, que lo perfila con una prevención insólita: “Emiliano fue el primer hombre al que le gusté”. ¿Qué más puede decirse? Un primer roce es capaz de marcar una vida entera.

La doble formación de la autora en el cine y la escritura permea el libro. El cruce de emociones entre los protagonistas y los demás personajes alrededor, se muestra conectado con películas y productos asociados. La escuela sentimental que provee el cine al mundo entero, permea en la tarea creativa de las nuevas generaciones y estamos una prueba de ello. Explica la narradora: “Nada más es que algunas cosas no terminan nunca. Y ésta es una de esas cosas”. Rompimiento, sí, aunque igualmente reinicio hacia un horizonte diferente en el que todo aprendizaje anterior ayuda en las nuevas arquitecturas para imponerse a la inquina, el dolor de la pérdida o la conquista de la paz de ánimo.

Otro acierto en la construcción es el uso de la ironía y el registro bravucón, que hace avanzar las páginas en la constatación permanente por parte del lector: “sé de qué hablas porque yo he estado ahí”. La vivencia compartida se convierte en auxiliar y la historia cuenta el camino habitual que va del enamoramiento (repentino, fugaz, inexplicable) a la constatación de que la pareja tiene defectos y el futuro jamás es una vuelta al paraíso perdido que anuncia el mercantilismo más vulgar. Esta novela no es para el 14 de febrero sino para el resto del calendario, cuando es necesario volver al pasado para reubicar en qué momento una persona se ganó nuestra voluntad hasta el punto más elevado. El escalamiento en una relación, para prueba este relato, es un constante esquivar obstáculos en el que sólo los temperamentos de más aplomo resisten la inclemencia de los elementos, que son demasiados y no pierden oportunidad para multiplicarse.

Estamos ante la novela que Stefan Zweig leería complacido al verificar que la “confusión de sentimientos” se cumple en cada generación, que hace del aprendizaje en materia amorosa una divertida y/o trágica secuencia de errores fundamentales, que pasadas las décadas serán la sustancia misma de los consejos que los jóvenes se negarán a escuchar. Y, entonces, todo reinicia. Para fortuna de los lectores, Aguilar Mastretta da un salto doble y escapa de la tiranía actual que impone la escritura de novelas celebratorias de la violencia, al optar por entregarse a una consignación de perplejidad de lo que fue y ya nunca volverá, materia del presente que se encuentra destinado a suceder con cada individuo que amanece a la adolescencia.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

 

Un comentario en “Todos los días son nuestros:
la perplejidad de lo que fue

  1. Luis: Como las mamás somos metiches, más me vale reconocerlo, te escribo para agradecer tu lectura del libro de Catalina y tu complicidad. Un abrazo.