“Me mato para no matar a otro”. Escribió Otto Weininger poco antes de suicidarse (según lo describe Josep Casals en su libro Afinidades vienesas). Y también, otra sentencia de Weininger: “El hombre perfectamente bueno debe morir joven”. Hemos escuchado estas sentencias más de una vez, y no expresadas por un escritor joven, atormentado, alucinado y torvo como Weininger; sino por cualquiera que, presa de un rapto de lucidez, comienza a sentir la gravedad y el inconveniente de haber nacido y de madurar. O que simplemente se percata de que la vida —desde el nacimiento a la muerte— no se desplaza en línea recta, sino que tal vida llega a concentrarse en un punto o en un lapso cuya brevedad es bella e hiriente, intensa y a veces dichosa: un lugar fugitivo desde el cual se mira y se presiente el pasado y el futuro. Por ello Ernst Mach, afincado en Viena, concebía el yo como una conciencia disgregada y dispersa en busca de la objetividad. Existe un conjunto de paisajes, hechos, rostros, continuidad y memoria que nos dicen que hemos tenido una vida, pero ello es sólo una afirmación endeble e indemostrable. El joven Mach, se cuestiona él mismo, aparece en la memoria del viejo científico Mach unido sólo por hechos que parecen ciertos, pero no se trata más que de otra teoría de la memoria. Y es que uno no es mucho más que una pobre teoría de sí mismo: de una articulación pretenciosa de significado, de una aglomeración de accidentes que llamamos pasado, fotografías, recuerdos. El escritor francés Roland Jaccard (Lausanne, 1941) escribe en su libro Retorno a Viena, de muy próxima publicación en castellano: “Incluso el lector más ingenuo sospecha que cualquiera que cuenta su vida la transforma inevitablemente en una novela, único modo de escapar de la mediocridad y la única vía de acceso a una verdad interior que no cesa de ocultarse. No tomamos forma y consistencia alguna, sino hasta que nos convertimos en la ficción de una ficción, lo que implica una cierta inclinación y talento para el desdoblamiento, así como un tanto de crueldad”. Jaccard narra en el libro citado su visión de la Viena envejecida de los años treinta y narra una ficción verdadera y memoriosa de una ciudad ideal y milagrosa donde se ejerció la filosofía, el arte, la ciencia, el desquiciamiento y el suicidio. Y Jaccard nos dice algo más: “Los tartamudeos de la Historia, su incapacidad de producir novedad alguna, la pulsión de repetición que nos anima, la certeza de que cada uno ha de llevar una vida mentirosa y falsa: tantos motivos de satisfacción para quien ha renunciado a esperar cualquier cosa de los demás o de sí mismo”. Allí, descrito, bellamente, se encuentra la cima desde la que miramos pasado y futuro; la repetición incesante de los motivos y las reacciones; los mismos rostros que nacen y declinan arrugados y avejentados; los idiotas de siempre gritando a los cuatro vientos las idioteces de siempre; ¿qué carajos vamos a hacer sino contar mentiras, como Weininger (autor de Sexo y carácter: una investigación de principios, obra que tuvo 28 reediciones y le valió el absurdo apelativo de misógino entre los lectores ordinarios), como Broch, Musil y cualquier novelista o ensayista que posea el instinto suficiente para percatarse que el suicidio es una teoría tan buena o falaz como cualquier otra. Thomas Bernhard escribió, lo subraya Jaccard: “Las personas pueden escribir y contar lo que quieran, el odio al judío es la naturaleza más auténtica del austriaco”. En Bernhard casi todo es desmesurado, excepto la ternura que inspira su odio y su debilidad, su procacidad e inclinación a la imprudencia y al ataque de hiena. Mas bien sabemos que Austria no se concentraba en Viena; claro, Austria era, en todo caso Alemania. Y Viena podría ser concebida como una Grecia judía y un centro de culto a la inteligencia, la muerte, la desgracia, el incesto y el inconsciente, por ejemplo. (Todos —y ojalá fueran todos— conocemos la crónica de ideas y biografías de José María Pérez Gay sobre el ocaso del imperio austro-húngaro, El imperio perdido, obra en que este escritor y divulgador de ideas narra los bosquejos filosóficos y vitales de Joseph Roth, Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus y Elias Canetti, principalmente).

04-suicidio

Ilustración: Sergio Bordón

“Quien no ha muerto joven merece morir”, escribió Cioran. Se trataba tan sólo una bravata metafísica y, sin embargo, después de escuchar al gobernador de la Ciudad de México hacernos notar el incremento de suicidios de jóvenes en la ciudad no puedo más que exclamar: ¿y qué queríamos? Todo se conjuga contra ellos, los jóvenes, una ciudad lacrada por la escasez de parques, río, plazas y lugares para propiciar el bienestar público (en proporción a la cantidad de habitantes de la ciudad no existe nada parecido: en cambio, nos corroe esa metástasis abominable llamada desarrollos inmobiliarios); atestada de automóviles; abocada a hacer la crítica inocua de los presidentes y políticos sin que la realidad se desplace un ápice de su estado de ignominia; ahogada en una alta demografía proveniente de la locura, la esquizofrenia natal y la ausencia de planeación a largo plazo; y todo ello sumado a la ausencia de oportunidades para la educación de calidad y la cruel distribución de la riqueza: ¿qué queríamos? Los jóvenes —y no halago su juventud, pues no me despiertan la menor envidia, ni tampoco deposito en ellos mi idea de futuro— saben muy bien lo que hacen. De qué les sirve habitar una democracia cuando ésta no los lleva más que a una mentira paterna e institucional: nada cambia, ni cambiará, y su apreciación es perfecta en su inocencia. Uno de los autores al que más alude Roland Jaccard es Carl Amery (1922), y aprovecho para traerlo yo también a este artículo: “Que Stalin acabase con muchas más personas y que construyera un Estado de Terror y de vigilancia mucho más sólido que el de Hitler es innegable; pero lo construyó sobre una mentira humanista, de una amputación oportunista de su propia teoría y tradición, no sobre un dogma de la cría proclamado abiertamente”. Yo estoy de acuerdo con Amery y he expuesto esta idea varias veces obteniendo rechazo y suspicacias. La mentiras humanistas puestas en escena y que tienen como consecuencia el crimen, la enfermedad social, la ausencia de progreso y el hundimiento de la población en la iniquidad y en la pobreza son todavía más cruentas que las de un demente fascista que alberga sueños raciales y megalómanos y a quien es sencillo considerar como enemigo. Y arriesgo ahora una conclusión, sin aparente sustento y, sólo en apariencia, melodramática: ¿quién desea habitar una mentira humanista y democrática que en sí cancela un futuro en el que desarrollarse como seres humanos? Muchos jóvenes no, y su suicidio es más que un argumento o una estadística banal. Es un hecho triste, muy triste.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.