Un niño en cada mano y cruzábamos la plaza redonda que hace treinta años empezó a llamarse de la Cibeles.

A un célebre profesor y político se le ocurrió que era bonito intercambiar cortesías con la madre patria y poner una fuente, igual a la madrileña, en ese redondel que en la infancia de mi madre y hasta mi primera juventud fue la Glorieta de Miravalle. Ahí la dejaron, siempre una copia, en el centro de lo que perteneció a la hacienda de la condesa con tal nombre.

01-procrastinar

Ilustración: Gonzalo Tassier

Adivinar de dónde salió una condesa en un país sin reyes, lo cierto es que tan noble señora le heredó su título a esa tierra, efervescente como una quimera, que es la célebre colonia Condesa.

Un hijo en cada mano. ¿De qué tamaño eran sus manos perdidas en las mías? Las extraño palpitando al mismo tiempo, abandonadas a mi certeza de que no había peligro. Eran pequeñas. No hubo peligro. No sé ya si pensar que no lo habrá. Cruzábamos hasta el mercadito apretado de puestos que lo mismo vendían trabajos manuales, listones y pasadores para el pelo; que discos, medias, calcetines, aspirinas “americanas”, tenis, pantalones de mezclilla, caramelos, juegos de Nintendo. Entrábamos ahí como a nuestra personal y pequeña Tierra de Nunca Jamás. Algo encontrábamos. Casi siempre nos arrastraba Mateo, para preguntar si de casualidad habría llegado ya el último juego que un señor de mediana edad y mirada inquieta mandaba traer, no sabíamos cómo ni con quién, a Estados Unidos. Ahí había un misterio que nunca intenté descifrar. Ya bastante rompecabezas era dar con los rompecabezas electrónicos de mi hijo. 

Sabía yo, con la misma fe que les perdí a los dioses, que su infancia duraría un segundo. Quizás dos.

Hace unos días pasé por la rotonda. Ya no vi el mercado de los domingos. Pensé que está mejor en mi memoria. Como tantas cosas que ahora son distintas. Incluso para bien.

No importaban los cambios antes de que mis hijos nacieran, tampoco mientras iban creciendo. Es apenas ahora que los noto y me turban.

En donde estaba su colegio hay una torre de consultorios para los médicos del Hospital Mocel. Lo que era nuestra fuente lo cubre ahora una terraza más bella, pero no más divertida. Extraño el primer piso de esa casa que es esta misma pero con una escalera y tres cuartos arriba de lo que fue la de antes. No cambiaría ésta por aquélla, lo que no quita que la extrañe. 

Procrastinare es un verbo latino que en una palabra resume el silabario de actividades que hacemos para no hacer otras. Pequeñas cosas que nos entretienen —por ejemplo: darle estas vueltas a  la memoria— para postergar las que deberíamos hacer.

Yo ejerzo este verbo con verdadera pasión, y no me doy cuenta de que lo hago hasta que alguien me lo dice. 

Cuando llené las tardes con clases de inglés, para repasar y leer a Jane Austen en su idioma, mi amiga Leonor llamó a eso procrastination. Porque a pesar de que el verbo es latino, y está en el diccionario de la RAE, se usa más en inglés. Aquí no le decimos procrastinar, sino hacerse guaje.

Ahora que me ha dado por ir a comprar sábanas para unas camas que visitaré poco, mi hermana me ha visto con el rabo del ojo y sé que ha pensado que esto de inventar un campamento de vacaciones, en lo que fue la casa de nuestra madre, es otra manera de discurrir por un tiempo huyendo de otros. O buscándolos.

Al jardín de su abuela, en Puebla, íbamos con los niños todas las vacaciones. También iban mis hermanos con sus hijos. Y no sé cómo llegamos a pasar varias noches diez niños y siete adultos en la casa de dos recámaras ampliadas a cuatro contando el altillo y lo que ahora es un armario. Nunca nos peleamos por el baño, ni hubo discusiones en torno a la comida. No todo el mundo se daba cuenta de que tal caos tenía un orden oculto bajo el ala protectora de una mujer de tal modo tenaz que a los setenta años terminó la carrera de antropología.

Fue tanta la condición idílica de esas vacaciones que al evocarlas y con la casa cerca, yo he querido copiarlas invitando a Rosario y a sus hijos a pasar unos días bajo ese techo.

A ver qué sucede. Es peligroso desafiar a la memoria pidiéndole al presente que la equipare. Ir en busca de una emoción que convoque otras.

Me ha tocado vivirlo hace poco. Remodelaron lo que yo consideraba mi hotel en Cozumel. “¿Por qué le hicieron esto?”, pregunté como si hubieran tenido que consultarme.

Saben los viejos que al principio, antes aun de que José Arcadio Buendía descubriera que el mundo es redondo como una naranja, el gobierno de la República mexicana tenía entre sus haberes múltiples fideicomisos, diversas fábricas y sin duda varios hoteles. Ahora resulta incomprensible, pero entonces parecía lógico. El gobierno era dueño de hoteles y éstos se llamaban, ¿cómo si no?: Hoteles Presidente. Al de Cozumel iba yo desde tan raros tiempos. Luego llevé a mis hijos tantas veces, que los tengo ahí, creciendo, en las fotos de todas sus edades. Pero eso cómo podía saberlo el muchacho que entonces no había ni nacido y ahora es el gerente de habitaciones que con tan ensimismada gentileza nos acompañó hasta un cuarto “con vista a la playa”.

Reservé mi lugar en enero, cuando supe que lo cerrarían seis meses por remodelación, temiendo que con semejante palabra entraran las fuerzas de la voluntad que tienden a igualar todo paisaje, a desaparecer la originalidad en aras de un presente que se empeña en repetirse. Avisé que yo quería ir cuando volvieran a abrirlo. Nada más para saber cómo había quedado ese lugar que con tanto equívoco llegué a poner entre mis pertenencias.  

Yo, que he cambiado tantas veces, de repente he dado en molestarme con los cambios. Y lo cuento para exorcizar mi actitud. Al ver las novedades me entró un temblor de hojas secas. Le pusieron un grill y un bar junto a la playa perdida tras las palapas. Le cambiaron la forma a la alberca para obtener lo que llaman en inglés vista al infinito, algo en el aire perdió encanto, lastimaron las plantas que llevaban ahí media vida, pusieron unos espejos de agua y piedras de granito que nada tienen que hacer junto a la playa. 

A lo largo de los años y a partir de que lo vendieron, cuando el gobierno decidió adelgazar, el  Hotel Presidente ha pasado por el manejo de varias cadenas. Por eso y con razón, oí de cerca el “no es tuyo”, dicho bien por el escritor de mi casa, que en los últimos tiempos es el cuerdo de la pareja y en esto de encariñarse con los lugares ajenos lo ha sido siempre. “No es tuyo”, decía para que yo lo oyera, pero supongo y espero que también para convencer al muchacho que nos acompañaba a la habitación de que uno de los dos visitantes era confiable.  

Ya lo dije, pero lo repito como una necia. Durante mucho tiempo volvía a cada tanto a ese hotel de piedras blancas y a cada tanto el lugar me bendecía siendo el mismo. Le cambiaban los muebles, las sábanas, el nombre de la cadena que lo administraba; pero sus huesos, sus elegantes huesos vestidos con sobriedad, eran los mismos.

“¿Una alberca ovalada? ¿A quién se le ocurre?, si toda la construcción es una prosa de ángulos rectos”, dije para sorpresa del piadoso gerente que nunca entendió nada. Todo un tango que cuento avergonzada, aunque piense que me disculpa mi lealtad a la memoria.

Para eso han sido ejemplares los europeos, para conservar, para recuperar idéntico hasta lo que les destruyó la guerra. Aquí ya hubiéramos entubado el Sena, el Tíber y el Arno. Ya habría un edificio con tinacos Rotoplas en lugar de la cúpula de Brunelleschi. Ya hubiéramos enderezado la torre de Pisa. ¿Por qué intentan convertir un hotel insólito, en Cozumel, en uno igual a cualquier otro en la Riviera Maya? Adivínelo quien pueda, mientras yo le doy vueltas a la noria de los recuerdos. Procrastinare. Gran verbo.

“Vayan al Playa Azul”, me decía Don Nassim. Tenía noventa y nueve años la última vez que lo vi. Murió un mes antes de cumplir cien. Para celebrar su nacimiento es que fuimos a Cozumel.

Don Nassim no conocía el verbo latino. Su vida es un ejemplo de concentración, de ir al deber como al agua de todos los días. Procrastinare, no fue lo suyo. Ni muerto consiguió distraerse. Quizás vivió tanto tiempo porque nunca se dispersaba haciendo unas cosas para no hacer otras. Estaba en el juego todo el tiempo. Pienso ahora que tal vez desde el todo que parece la nada, aquel hombre tan cuidadoso de los suyos movió las playas y nos condujo a su horizonte. Bendigo su lección. ¿Qué hago dándole vueltas al pasado, cuando ha de haber en mi presente otras manos pequeñas con las que cruzar la calle?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

8 comentarios en “A cada tanto

  1. Me encantó lo que escribiste del verbo procastinar ( que práctico con frecuencia), Gracias ERES MI FAVORITA

  2. Hola, Me encantó su texto por muchas razones pero no puedo dejar escapar su referencia a Jane Austen que escribió esto en Emma:

    A very few minutes more, however, completed the present trial. Mr. Weston, always alert when business was to be done, and as incapable of procrastinating any evil that was inevitable, as of foreseeing any that was doubtful, said, “It was time to go;” and the young man, though he might and did sigh, could not but agree, and rise to take leave.

    Saludos!

  3. Maestra, es una delicia leerla, saludos afectuosos desde la tierra del Bravo, que no se de dònde saliò ese nombfe del rìo, pues era tierra, segùn la historia, de Indios Mansos. Vale.

  4. La encontré por casualidad hace algunos meses y desde entonces espero con gusto sus artículos, es un placer leerla.