Desde las páginas inolvidables de Octavio Paz y Alfonso Reyes, Jesús Silva-Herzog Márquez revive la conversación fraternal e intelectual que sostuvieron los dos más grandes escritores mexicanos durante varias décadas. La obra literaria de Paz y Reyes, dice el nuevo integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, está inserta en la vida pública: no hizo a un lado nunca el sentido de responsabilidad nacional.


La palabra no es solamente la voz que entretiene y comunica, el vocablo que transmite información, deseo, recuerdos, órdenes. La palabra es nuestra casa. El lenguaje es una habitación que nos esculpe. Residencia, la palabra moldea, en su voz, nuestra experiencia. Es el puño de una jaula o el aire de un plaza. La filosofía política ha trazado a lo largo de los siglos arquitecturas penitenciarias de la palabra. Ahí está la República de Platón —sin poetas, el Leviatán de Hobbes— sin comediantes, la democracia de Rousseau, sin actores. No hay tiranía que no reconozca el inmenso poder de nombrar y que no trate, en consecuencia, de imponer un lenguaje. Todo despotismo aspira a ser un regimiento de palabras. Fuera el poeta que reinventa el lenguaje; fuera la metáfora que subvierte los significados; fuera los discutidores que riñen; los conversadores que opinan, los comediantes que provocan risa, los dibujantes que ridiculizan. El súbdito demuestra su rendición repitiendo las palabras muertas del poder.

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Dos escritores mexicanos han levantado, con palabras, otra arquitectura común. Vivificando nuestro lenguaje nos ofrecen otra república. No me refiero a la república de las letras, a la sociedad de los escritores, a la mafia de los intelectuales, al universo de la letra impresa. Creo que en las páginas, en los poemas, en las notas, en los ensayos de Alfonso Reyes y de Octavio Paz hay un modelo de convivencia, una estancia para el encuentro y la divergencia, una casa del entendimiento y un lugar para la controversia. Algo nos dicen hoy esas construcciones cuando vivimos en casa rota.

Paz y Reyes no se empeñaron solamente en su obra. Estaban convencidos de que esa obra literaria se insertaba en otra, de carácter público. “No es lo mismo escribir en un país que se da por hecho —dice Gabriel Zaid—, en una cultura habitable sin la menor duda […], que escribir sintiendo la urgencia de crearlo todo.1 Tiene razón Zaid, Reyes y Paz están sellados por un denso sentido de responsabilidad nacional: lo que se escriba puede hacer de México un país más habitable. Su relación comienza a finales de los años treinta. Muchas cosas los acercaban a pesar de la diferencia de edades. Escritores refugiados en la diplomacia, descendientes de hombres incendiados por la pasión política, escribieron poesía y ensayo buscando, cada uno a su modo, poner al país en diálogo con el mundo y proyectar a México fuera de su mapa. Su epistolario muestra la cercanía y el cariño, la admiración mutua. Admiración certera, hay que decir porque atina como nadie en el blanco del elogio. En París, el 26 de julio de 1949, Octavio Paz le escribe a Reyes:

Por todas partes encuentro sus huellas —le dice—. No hablo del escritor, sino del hombre. Y sólo hasta ahora puedo comprender de veras la tristeza que alguna tarde —en Industria 122— me dejó ver. Tristeza, ya sé, sin amargura. Es cierto; aparte de lo que le debemos todos como aprendices de literatos y poetas, su mejor lección ha sido su incapacidad para el rencor y la envidia.

Nunca apareció el tuteo pero el abrazo es auténtico y hondo. Los dos brazos se abren al terminar cada carta. Al recibir uno de los primeros ejemplares de El laberinto de la soledad, publicado en 1950 por Cuadernos Americanos, Reyes le agradece así el envío, con los signos de admiración por delante:

¡Qué libro tan claro y noble, querido Octavio Paz, su Laberinto de la soledad! ¡Qué probidad, qué justicia y qué elegancia! (¿no serán lo mismo en el fondo?) Me resisto a empañar la expresión de mi enhorabuena con agradecimientos de orden personal. Pero ¿cómo evitarlo, si lo quiero de veras y ninguna palabra suya me deja indiferente?

Ya va Ud. por su camino derecho. Desde mi cansancio y mi alegre vejez, le abro los dos brazos, efusivamente.

Alfonso Reyes

En el ensayo que Paz dedica a Reyes tan pronto recibe el telegrama con la noticia de su muerte, el poeta aclara las fuentes de la admiración, al tiempo que esboza el origen de sus distancias. Vivimos un mundo que perdió respeto por la forma. Las frases hechas lo inundan todo. Por eso, dice Paz, “el amor de Reyes por el lenguaje, a sus problemas y sus misterios, es algo más que un ejemplo: es un milagro”. Reyes es el enamorado de la mesura y la proporción. Hombre para quien todo ha de resolverse en equilibrio. “En una época de discordia y uniformidad — dos caras de la misma medalla— Reyes postula una voluntad de concierto, es decir, un orden que no excluya la singularidad de sus partes”. Pero ese afán de concordia es también motivo de distancia. Paz advierte tibieza en su carácter; debilidad, indecisión, reprobables silencios. Cauteloso siempre, se negó aventura, incluso las más seductoras de su tiempo: la aventura del arte moderno, la aventura de la poesía contemporánea; la aventura de la denuncia. Si se asomó a la nueva poesía lo hizo fríamente, sin pasión amorosa.

En esta estampa necrológica está la pista de una disyuntiva vital y literaria, la bifurcación de las dos vocaciones intelectuales más fértiles del siglo XX mexicano. No son solamente dos acentos literarios, dos intensidades, dos tonos; dos concepciones del papel del intelectual en la vida pública. Se trata de una controversia sobre la naturaleza misma de la ciudad, un desacuerdo implícito sobre la textura que la palabra debe tener en la plaza. Palabra tersa o punzante; escritura conciliadora o belicosa. Crema que alivia o ácido que corroe.

 

Tomemos un librito de poemas de Alfonso Reyes publicado en 1948 con título justo: Cortesía. Lo ilustran dibujos del propio Reyes quien busca rescatar en ese volumen la costumbre de los versos de ocasión. Habría que tomárnoslos más en serio, dice. O sea: en broma. “Desde ahora te digo —le advierte al amigo que abra el libro— que quien sólo canta en do de pecho no sabe cantar; que quien sólo trata en versos para las cosas sublimes no vive la verdadera vida de la poesía y las letras, sino que las lleva postizas como adorno para las fiestas. Déjate convencer poco a poco… Haz cuenta que charlamos un rato, y ponte cómodo”.

El autor de la Ifigenia cruel es maestro de la cuartilla acerca de nada, escribió Hugo Hiriart. “Reyes está disperso en la delicada orfebrería de sus pequeñas obras maestras”. La dispersión, la variedad de sus temas, la suavidad con la que los aborda y se desprende de ellos, la juguetona curiosidad con la que abre los ojos y deja correr la tinta, la cordialidad de su pluma, siempre clara y generosa muestran al escritor como “el centro atractivo de una sociedad de inteligencias”. La fórmula que Reyes encuentra para describir

a Montaigne le es perfectamente aplicable: sus textos lo retratan como una comunidad de sensibilidades, una congregación de múltiples percepciones, un coloquio de agudezas.

La pluma de Alfonso Reyes se alegra en excursiones, no en alegatos. No pretende imponer una idea, lucir lecturas, dar lecciones. Se maravilla de la inteligencia de un comprador de jamón, encuentra en su organismo pistas para una filosofía, comparte su trato con los libros, reconstruye las conversaciones de la calle, observa insectos, microbios, el polvo. Es un comentarista de lo mundano que aprecia el necesario desorden de una casa o los milagrosos oficios de los barredores. Un amigo que tiene siempre presente a sus amigos: cuando temo que me he documentado imperfectamente, se me aparece como un reproche la cara de Menéndez Pidal; cuando no me expreso con precisión veo a Pedro Henríquez Ureña, cuando quiero más sensibilidad, viene Azorín; cuando me pongo un poco cursi llega Borges y me reprocha en silencio. Y cuando me pongo un poco pedante, aparece, en protesta, ese gran maestro de sencillez que fue Enrique Diez Canedo. Alfonso Reyes es un moralista que encuentra en la sonrisa el verdadero signo de inteligencia. Un sensualista que acaricia los misterios de la piel. Un pícaro. Es también un hombre que se asoma a la teología: un filósofo que medita sobre el derrumbe cósmico. Ahí está, tal vez, la circunferencia que Borges exaltó: de la curvatura de la sonrisa al abismo universal. Todo —el cuerpo, los libros, la casa, la amistad, el barrio y el universo— bordado con la calidez de la palabra diaria.

Reyes, la indescifrable Providencia que administra lo pródigo y lo parco nos dio a unos el sector o el arco pero a ti la total circunferencia.

El aro que Borges ubica como el regalo que los dioses obsequiaron a Reyes corresponde a una sabiduría que bien vale llamar doméstica. Saber ver, saber leer, saber reír, saber expresar, saber convivir. No es la sapiencia que se desprende de la hazaña, el conocimiento que desciende de la teoría, la victoria que alardea el eficaz. Es lo más lejano a una doctrina, a la ciencia envanecida por su hallazgo: es la sabiduría de un escéptico que no se establece en la certeza. La escritura fluye así en el vaivén de la conversación: platiquemos un rato, es lo que nos propone Reyes.

Esa conversación que se presenta, a veces, como botana, como un bocadillo para abrir boca, es cimiento de país. Dibujo de otro país. La plática, más que pasatiempo, representa un “ideal de sociabilidad” que, como apuntó Benedetta Craveri,2 se convierte en emblema y modelo para la nación”. Frente a la brutalidad de los instintos y el imperio de la fuerza, la cortesía del intercambio. Frente a la arrogancia del dogma, la modestia fértil de la duda. Si hay un mensaje en la obra de Reyes es este: seamos, como estas líneas, conversación.

Se acusa al paseante de no haber concentrado su talento en la elevación de una torre magnífica que expresare el genio de su pluma. Pero ¿cómo habría de condensarse quien hizo de la dispersión, el mensaje. En su sátira del sistemático hizo que un bobo dijera:

Yo quiero mirar el mundo
por aquel agujerito:

como estará más redondo,

parecerá más bonito.

La divagación, como nos enseñó Montaigne, también es método. Es la luz de la razón vacilante. El paseo es el único camino del escéptico: para advertir los vaivenes del mundo hay que vivir “con el trasero en la montura”. Pasear: avanzar, dar la vuelta a la izquierda, chapotear en el lago, permanecer un tiempo bajo el árbol, retroceder, virar a la derecha. En el paseo se viven los azares de una conversación, tan negada al itinerario como ese viaje de caprichos. La palabra de Reyes es por ello una imagen de civilización en donde no hay voz que se imponga sobre otras, donde no hay plan que destierre el azar, ciencia que suplante la prudencia, ni itinerario que esclavice al tiempo. La palabra de Reyes levanta la ciudad conversada: no busca la verdad, aspira a la convivencia; no destruye ideas, las enlaza, las concilia. Supone una diversidad de voces, una multiplicad de tonos y acentos pero un código común de concordia. El filósofo conservador Michael Oakeshott dijo que lo que distingue al ser humano del animal y al civilizado del bárbaro no es la profundidad de sus razonamientos ni la complejidad de sus herramientas sino “su habilidad para participar en una conversación”. La palabra de Alfonso Reyes es la esperanza mexicana de esa civilización.

Encuentro un ejemplo perfecto para ilustrar esto: la discusión que Alfonso Reyes no tuvo con José Ortega y Gasset. En abril de 1932, el filósofo español publicaba en la Revista de Occidente un ensayo sobre Goethe bajo la forma de carta a un alemán. El texto irritó profundamente a Reyes quien veía en Goethe su modelo vital. Pero no levantó la voz para expresar públicamente su molestia. Sólo acertó a desahogarse con el argentino Eduardo Mallea a quien envió una carta que debía mantenerse en secreto. Ortega será un seductor pero es un sofista y un arbitrario, le dice. Y emprende la crítica:

El ensayo de Ortega y Gasset es el fruto de dos sentimientos que él lleva a una temperatura de sublimidad: la soberbia y la envidia. La soberbia es casi otro nombre de la filosofía: yo me forjo una idea a priori de la realidad y comienzo por establecer que es la única idea legítima. Luego, si la realidad no la cumple, trato a puntapiés a la realidad. ¿Entender a la realidad en sí misma? ¿Aceptarla siempre como hizo Goethe? ¡Eso ni por asomo se me ocurre!

 

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Reyes desarrolla en una carta larga, intensa, vehemente, su rechazo a la lectura que Ortega haace de Goethe. Puntualmente recoge ocho tesis centrales de su ensayo y las hace polvo. El texto del filósofo hace agua por todos lados: son parrafadas pedantes que siguen la moda; frases cautivadoras que sirven para tapar la realidad. Un ensayo simplón e ignorante. Una pieza polémica ejemplar que, significativamente, Reyes aborta. Al final de la carta le insiste a Mallea:

Y ahora ¿puedo esperar de usted que guarde esta carta como secreto? Mire que no quiero hacer junto a Ortega y Gasset el papel que él hace junto a Goethe. Mire que discutir públicamente con Ortega y Gasset quien se siente menor que él y no tiene siquiera posibilidad de combate periodístico, quien al fin lo quiere y admira de veras, quien quizá siente que choca con él por un fenómeno de “adoración”, quien nunca se acercó a él sin utilidad y provecho en pro o en contra, sería absurdo.

La polémica muere antes de nacer porque la palabra en la que Reyes creía era la que se desprendía de cualquier principio de hostilidad. Y en la polémica Reyes veía un combate que no quería librar. Estaba enfáticamente contra el uso belicoso de las letras. Su labor era la otra, armonizar.

 

“Tomar partido es lo peor que podemos hacer”, escribe Reyes en su “Discurso por Virgilio”. “No estoy en el crucero: elegir es equivocarse”, dice Paz, como si confirmara la idea. Pero la voluntad de conciliación que se encuentra tan presente en Paz, se expresa de modo radicalmente distinto. Sí: toda su obra es búsqueda de la conciliación de los contrarios. Pero el lenguaje paciano tiene otra textura y cumple otra función en la ciudad. Las palabras se hacen y se habitan pero son, en Paz, residencia en estallido permanente. Su escritura no apacigua, corta; no conforta, carcome. La poesía es hendidura, le dice a León Felipe en una carta-poema: “ruptura instantánea, instantáneamente cicatrizada, abierta de nuevo por la mirada de los otros”. Herida, costra, herida. Alguna noche soñó con un lenguaje de “cuchillos y picos, de ácidos y llamas. Un lenguaje de látigos”. No es el lenguaje de la avenencia, sino el de la cisura: “un lenguaje guillotina”, dice en los “Trabajos del poeta”. Paz acomete las palabras:

Dales la vuelta,

cógelas del rabo (chillen, putas),
azótalas,

dales azúcar en la boca a las rejegas,
ínflalas, globos, pínchalas,

sórbeles sangre y tuétanos,

sécalas,

cápalas,

písalas, gallo galante,

tuérceles el gaznate, cocinero,
desplúmalas,

destrípalas, toro,

buey, arrástralas,

hazlas, poeta,

haz que se traguen todas sus palabras.

La contrastante arquitectura verbal levanta otra ciudad. Su adobe es la pasión crítica, esa paradoja que nutre lo moderno. Pasión crítica, dice Paz: “amor inmoderado, pasional, por la crítica y sus precisos mecanismos de desconstrucción, pero también crítica enamorada de su objeto, crítica apasionada por aquello mismo que niega”. El poema aparece aquí como una máquina de antihistoria, un artefacto que disuelve todo lo que se presume permanente, que niega cualquier principio, afirma el cambio perpetuo y ama el ahora. Pasión crítica: ambas palabras son cruciales: lenguaje ardiente, palabra cortante.

La crítica y la pasión dan a la escritura de Paz (lo mismo en poesía que en prosa) una vehemencia polémica única en nuestras letras. No es el conversador que aborda un tema sin querer sujetarlo, sino el polemista que afila su argumento en la disputa. Paz estaba constituido para la confrontación. Le gustaba discutir. Y es que la crítica es la pulpa misma de nuestro tiempo. Nada es sagrado, nada intocable para el pensamiento. Sin crítica no hay razón libre, no hay creación que valga, no hay sociedad sana. La palabra hace ciudad precisamente cuando la interroga y la condena; cuando la insulta y desmantela. Ése es el servicio de la palabra: desencajar todo lo venerable: familias, templos, bibliotecas, cárceles, burdeles, colegios, fábricas, academias, juzgados, bancos; la revolución, la justicia, la fe.

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Al celebrarse los cien años de Octavio Paz, el ensayista francésMarc Fumaroli lo describió como una especie de Montaigne moderno. El elogio es desafortunado. Lo es porque el ensayo del mexicano no es un paseo sin rumbo, un vaivén de conjeturas, un mirarse a sí mismo para apiadarse de los otros. Es, siempre, toma de posición en una controversia. El ensayo de Paz pertenece, desde luego, a otra tradición. No el ensayo cordial y vacilante sino el ensayo de confrontación. No el ensayo personal, sino el histórico, escritura implicada en su tiempo, fascinada por el sacrilegio y la blasfemia, anhelante de comunidad, celoso de su independencia.

La poesía que en Reyes aparece a veces como pasatiempo, como ejercicio amistoso de cortesía es, en Octavio Paz, una auténtica pasión revolucionaria. No es una forma de pasar el rato, un obsequio de cumpleaños. Videncia, profecía: el rival del pensamiento religioso. No es distracción: es saber. “El poeta —dice Paz en Los hijos del limo— es el geógrafo y el historiador del cielo y del infierno”. La palabra del poeta no es un mensaje en el florero, es la palabra de la fundación y de la desintegración. Pero el poema, dice Paz de muchas maneras, no es sólo un acontecimiento de palabras: es acto. “El poeta dice y, al decir, hace”. Puesto así, la responsabilidad de las palabras es otra. Ya no es el esmero ecológico de quien vela por el equilibrio, la prudencia de quien modula voz y tono para no desgarrar el fino tejido de la comunidad, sino el afán de descifrar el mundo, la determinación de subvertirlo. “Si el arte es un espejo del mundo, ese espejo es mágico: lo cambia”.

Hasta en la erótica de Paz hay combate. Todo amor, dijo, es una transgresión, un crimen social: “todo amor es inmoral”. Por ello saluda el delito en Piedra de sol:

mejor el crimen,
los amantes suicidas, el incesto
de los hermanos como dos espejos enamorados de su semejanza,
mejor comer el pan envenenado,
el adulterio en lechos de ceniza,
los amores feroces, el delirio,
su yedra ponzoñosa, el sodomita que lleva por clavel en la solapa un gargajo,
mejor ser lapidado en las plazas que dar vuelta a la noria que exprime la substancia de la vida, cambia la eternidad en horas huecas,
los minutos en cárceles, el tiempo en monedas de cobre y mierda abstracta;

Para Alfonso Reyes la política fue el reino de las disyuntivas salvajes. La palabra evocaría en él la imagen de su padre acribillado. No era sólo distancia: era pavor. La marca que le dejó, según confesó alguna vez, fue la imposibilidad de pensar políticamente, esto es “insistir en un solo aspecto de las cuestiones, fingiendo ignorar todo lo demás”.3 Afirmar la hospitalidad de la palabra lo llamaba a evadir la política, a renunciar al debate. Para Paz, nuestro peligro es otro. No la guerra, la abdicación. Que el mundo muera y ni siquiera estalle. El monstruo de la apatía se alimentaba en el barroquismo de nuestras formas, la solemnidad de nuestro trato, el griterío y la repulsiva costumbre del ninguneo. Paz sabía que discutir es una forma elemental del respeto. Que polemizar es tejer otra trama de comunidad, tan valiosa, tan digna como la malla de la conversación. Sus personajes más cercanos comparten esa fibra crítica: sor Juana y Duchamp; Rousseau, Tamayo y el marqués de Sade; Baudelaire, Marx. La familia de los disidentes. Mientras Reyes teme a la violencia, Paz teme, como Tocqueville, la sedación. La pesadilla de los hombres huecos que describe T. S. Eliot.

Somos los hombres huecos

Los hombres rellenos de aserrín
Que se apoyan unos contra otros
Con cabezas embutidas de paja. ¡Sea!
Ásperas nuestras voces, cuando
Susurramos juntos

Quedas, sin sentido

Como viento sobre hierba seca O el trotar de ratas sobre vidrios rotos
En los sótanos secos
Contornos sin forma, sombras sin color,
Paralizada fuerza, ademán inmóvil;
Aquellos que han cruzado

Con los ojos fijos, al otro
Reino de la muerte
Nos recuerdan —si acaso—
No como almas perdidas y violentas
Sino, tan sólo, como hombres huecos,
Hombres rellenos de aserrín.

Discutir era, tal vez, la verdadera forma de dialogar.

Mi abuelo, al tomar café

me hablaba de Juárez y de Porfirio,
los zuavos y los plateados.

Y el mantel olía a pólvora.

Mi padre, al tomar la copa,

me hablaba de Zapata y de Villa,
Soto y Gama y los Flores Magón.
Y el mantel olía a pólvora.

Yo me quedo callado:
¿De quién podría hablar?

La política, lejos de ser ocupación fugaz, fue presencia constante. En algún momento Octavio Paz lamentó volver a hablar de política y abordar los asuntos del día: Me había propuesto ya no hablar nunca de política pero aquí estoy, volviéndolo a hacer. Paz se disculpa pero reincide. En realidad, la política fue, a pesar de todas las advertencias, su idea fija, su preocupación constante. ¿Es acaso una casualidad que Itinerario, el prólogo que escribiera para sus reflexiones políticas, fuera el más extenso de todos? De ninguna manera, Paz lograba entenderse en el espejo de la historia del siglo XX, ante el cristal de la política mexicana y mundial. Si el poeta cree que la palabra no es un decir sino un hacer, reconoce en su escritura una forma de hacer historia y de rehacerla. Un terreno, sobre todo, para combatirla.

Reyes se equivoca cuando señala al polemista como un tramposo simplificador: subrayar un ángulo y pretender olvidar todos los demás. El filo polémico de Paz no lo empujó en ningún momento a ese engaño. Si, como dijo Gracián en el Criticón, “todos tropezamos con nuestro pero”, Octavio Paz aloja siempre un sin embargo en su argumento. La vehemencia argumentativa de Paz no lo lleva nunca al olvido de la verdad contraria, esa fuente tan común de la soberbia racional, como advirtió el sabio Pascal. Discute con otros pero discute también consigo mismo. No se detiene a cuidar la idea pensada, no se aferra a lo dicho. El viejo cuestiona al joven pero no lo traiciona.

Si se equivocó fue porque arriesgó, porque el arte de la crítica es, como dijo en su ensayo sobre Duchamp, un juego de cuchillos.

 

Dos casas frente a frente: la casa de la conversación, la casa de la polémica. Paradoja de los nombres: Reyes, un ciudadano de la cordialidad; Paz, un guerrero de la confrontación. Tal vez sea necesario decir que ambas residencias nos son necesarias. Aprender los dos tonos del diálogo. Palabras para la comprensión y palabras, también, para la indignación.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez.
Profesor del Departamento de Derecho del ITAM. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Versión recortada del discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. 11 de septiembre de 2014.


1 Gabriel Zaid, “Octavio Paz y la emancipación cultural”, Reforma, 24 de marzo de 1994.

2 La cultura de la conversación, Editorial Siruela, 2003.

3 De la carta a Martín Luis Guzmán del 17 de mayo de 1930, recogida en Alfonso Reyes, Cartas mexicanas (1905-1959), p. 225.

 

9 comentarios en “El conversador y el polemista

  1. Magnífico ensayo sobre el adicto a la civilidad y el adicto a definir su posición frente a ideas, opiniones y acontecimientos: necesitamos aprender algo de ambos, aunque no sepamos en estos días aciagos en dónde encontrar el punto de equilibrio.

  2. Disfrute tanto la lectura de este articulo, me dejo reflexiva, inquieta y saboreando el exqisito placer de la palabra escrita, todo un arte la elocuencia de palabras, ah! Y como cereza en pastel las imagenes, GRACIAS y felicidades

  3. Realmente es un boccati di cardinalli leer este exquisito trabajo. Placer de leer y placer de reflexionar. Sobre todo hoy.

  4. ¿Que son los poetas si no sólo palabras?; ver las palabras como causas es confundirlas frente al instante que significa toda comunicación; la carga emotiva de un lenguaje poético es instantánea y por ende no tiene más secuela que una intuición, más o menos profunda, de que algo sucede detrás de la imagen que se forma cuando recibimos un mensaje. El conjunto de sucesos (horizonte, dice la ciencia), establece nuestra noción de estancia y vida, por lo que a un poeta debe referísele por los sucesos que aporta al oyente de sus versos y por la cercanía de estos sucesos con el instante vital del espectador, sus emociones atemporales. ” Mi voz que se quema…” es algo que sucede en la conversación; los poetas referidos en el artículo nos dieron sucesos que cada vez suenan más lejanos y se ven más pequeños, y sinceramente creo que esto pasa porque no se les recuerda y cita más que en su mera deliberación circunstancial, en su “historicidad”, en otro tiempo que se trasmuta en un juego de palabras petrificadas y, en verdad, hoy por hoy tenemos una ansiosa y trágica nostalgia de grandes poetas mexicanos que nos aporten un poderoso lenguaje deliberativo que suponemos podría existir, que podría impulsar un proyecto comunicativo amplio, pero que solo avizoramos en el horizonte como una lira enmudecida, quizá por culpa de los “estetas” improvisados que se dan como milpas en el paisaje mexicano. Nuestras dos máximos autores del siglo XX mexicano a que se refiere el articulista considero que deben ser releídos más allá de sus palabras, destacando solamente la más profunda de sus intenciones, sólo su actitud al margen de su “crítica” (¿por qué inmiscuirlos con la “modernidad”?) y, quizá, a partir de sus ya mortecinas hogueras pudieran ayudarnos a pensar lo que sucede. Hablar de ellos como mera cita y referirlos como “dialécticos”, cual Platones disminuidos, me parece que no es correcto ni justo al momento de tratar de rescatarlos, porque en vez de traerlos a la mesa del banquete los llevamos llanamente a la rotonda de los hombres ilustres.

  5. Buen ensayo, aunque susceptible a la polémica. Decir que Reyes no fue un polemista es un error que se ha venido repitiendo. Es una injusticia. Abran ustedes el libro El Suicida (tomo 3 de sus Obras completas). Ahí hallarán una voz mucho más filuda que la de Paz. Reyes, por otra parte, no pensaba que polemizar era insistir en un solo lado de las cosas. Eso lo decía de la política, no de la polémica en sí. Creo que a Silva-Herzog le hace falta una lectura más minuciosa de El suicida y de algunos ensayos de El cazador (ambos en el tomo 3) por mencionar dos de los libros más polémicos de Reyes. Saludos.

  6. Jesus Silva-Hersog Màrquez nos comparte una lectura excelente de Alfonso Reyes y Octavio Paz protagonistas del siglo XX de la literatura mexicana donde muestra sus mèritos como nuevo miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Un buen regalo en el centenario de Paz.

  7. Excelente artículo; el pensamiento de dos figuras en el mismo espacio, en la misma época. Dos partes de un todo, ¿me pregunto? No cabe ni la menor duda que Jesús Silva-Herzog Márquez magistralmente nos revela dos plumas de nuestra literatura mexicana que dibujan, trazan, confrontan pero al mismo tiempo respetan sus ideas, sus ideales reunidos en un México de por si enigmático. De seguir existiendo ¿qué expresarías de este México actual tan desarticulado, deshecho, violento, sin armonía y con muchísima incertidumbre. Pero Silva Herzog-Márquez nos podría seguir brindando sus ensayos y enriquecernos con la verdad o los diferentes caminos para llegar a ella.