Alejandro García Abreu: En “Pizzería Kamikaze” —relato largo en el que narras el periplo de Haim después de suicidarse— el protagonista hace la pregunta “¿por qué se suicidaría uno en lugar de morirse sin más?”, y después afirma que “quien se ha suicidado una vez y sabe los dolores que comporta morir no lo vuelve a intentar”. Y en diversas ocasiones has hablado del suicidio de tu mejor amigo. ¿Cuándo decidiste explorar el suicidio literariamente?

Etgar Keret: Pensé que el suicidio es una metáfora literaria muy fuerte, porque quien considera el suicidio está a la vez dentro y fuera de la vida. De modo que te puede dar alguna perspectiva de la vida que no puedes sentir cuando estás totalmente dentro. Es como cuando estás dentro de un coche, tienes puntos ciegos, y si los superas sales adelante. El de la persona que piensa en el suicidio es un punto de vista existencial muy fuerte. En mi caso es personal, porque así perdí a mi mejor amigo y porque fue la razón principal por la que empecé a escribir. Creo que los primeros temas que traté cuando empecé a escribir fueron el porqué elijo la vida, y mi gran entusiasmo y amor por ella.

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AGA: También has hablado en otros relatos de la muerte voluntaria. “El deschavete de Nimrod” —perteneciente al libro Pizzería Kamikaze— y “Yosoyel” —incluido en Un hombre sin cabeza— abordan el suicidio. ¿Cómo fue el desarrollo de estas historias?

Keret: El suicidio funciona de manera diferente en las distintas historias. En “Pizzería Kamikaze” no es más que una metáfora de las personas que renunciaron a la vida. Diría que es un suicidio emocional. La idea de ir por la vida sin sentir no es concreta ni física. “El deschavete de Nimrod” trata de pérdidas y de quienes se sienten culpables después de que alguien se mató.

AGA: En “Yosoyel” se insinúa el suicidio.

Keret: El personaje considera el suicidio, pero no lo lleva a cabo. Cuando mi mejor amigo se suicidó, mi vida cambió, porque era muy cercano a mí. Al preguntarme por qué yo no me suicidaba, supe que no quería matarme y me comprometí con la vida; eso me dio una actitud totalmente diferente. Me di cuenta de que estaba enojado, no sabía por qué no era feliz. Es como vivir en un departamento que no elegiste. Entender que escogía la vida y que quería ser parte de ella me volvió responsable. De modo que cuando me di cuenta de que la vida era el departamento que yo escogía, comencé a barrer el suelo y a arreglarlo.

AGA: Has dicho que una de tus mayores influencias es tu familia y en una entrevista con The New Yorker afirmaste que tu padre te dijo una vez: “En la mitad de tus relatos el personaje del padre muere y en la otra mitad es simplemente estúpido, pero en todos ellos siento que me amas”. ¿Cómo percibes la influencia de la familia tras la muerte de tu padre?

Keret: Mi padre ya no está, pero siento que aún me acompaña. Lo que mi padre me enseñó en mi infancia existe en el fondo de mi literatura. Es la idea de que las cosas pueden mejorar, incluso en el peor de los momentos. Es el deseo de no juzgar a las personas y verlas por lo que son, no según su lugar de servicio a la sociedad. Mucho de eso se quedó conmigo. El que muriera me causó una gran tristeza, pero al mismo tiempo sé que su legado sigue vivo.

AGA: Después de la muerte de tu papá escribiste “Seguir los pasos de mi padre”, incluido en Los siete años de abundancia. ¿Cómo fue el proceso de escritura del texto?

Keret: Fue casi terapéutico en el sentido de que cuando escribes sobre tu vida y tus emociones hay algo que necesitas expresar. Tienes que tomar todos esos elementos que no trabajaste antes y ponerlos en palabras. Este proceso —sentarse a escribir— me hizo aprender mucho de mí mismo.

AGA: En “Seguir los pasos de mi padre” escribiste acerca de sus zapatos, que te quedaban a la perfección. ¿Cómo es tu relación con los objetos de los muertos?

Keret: Mi padre estaba enfermo. En Israel tenemos marihuana medicinal y si estás muy enfermo un médico te puede recetar marihuana. Cuando mi padre murió, las dos cosas que recibí de él fueron sus zapatos y su marihuana. Después del funeral, mi madre arrojó una bolsa sobre la mesa y nos dijo a mi hermano y a mí: “esta es su herencia”. Debo decir que lo que conservo de mi padre está en mi corazón y en mi mente, no necesito tener su reloj o su ropa o cualquier otra cosa, pero el hecho de que tuviéramos la misma talla de zapatos fue casi una metáfora de la vida real, estar en sus zapatos. Recuerdo la canción de Elvis Presley “Walk a Mile in My Shoes”. Pienso que cuando estás en los zapatos del otro te conviertes en la persona, entonces sentí que me convertí un poco en mi padre.

AGA: La historia del conductor de autobús que quería ser Dios es tu único libro traducido al árabe y además fue traducido del inglés. ¿Cómo percibes la necesidad de un mediador entre el hebreo y el árabe?

Keret: Hay muchos palestinos que hablan hebreo y muchos israelíes que hablan árabe, pero es casi metafórica la idea de que la comunicación entre ambos no pueda ser directa. Me gustaría que un día los palestinos y hebreos no necesiten intermediarios y puedan comunicarse directamente desde ambos lados de la frontera.

AGA: En el relato “Un pensamiento en forma de cuento” —perteneciente a Un hombre sin cabeza— narras la historia de un joven habitante de la luna que termina encerrado en una celda “donde tuvo un último pensamiento de desespero en forma de soga, una soga a la que hizo un lazo y de la que se terminó colgando”. ¿Qué causó la historia sobre soledad y desesperación?

Keret: El relato está basado en una historia que me contó mi padre cuando yo era un niño. Su historia era en realidad feliz, porque trataba de gente que podía tener pensamientos con forma, y al final, este curioso hombre que vivía en la luna pensó en un boomerang, como en el cuento, y se fue volando. De esta manera fue capaz de recolectar todos los pensamientos del mundo. Y de alguna manera tomé esta historia feliz y la convertí en una triste. No sé por qué, pero le pedí permiso a mi padre para utilizar la historia de una manera diferente y él aceptó.

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AGA: ¿Qué dijo tu padre después de haber leído la versión final?

Keret: Que estaba sorprendido por el hecho de que recordé la historia que me contó cuando yo tenía cuatro o cinco años, y de que a pesar de que me la contó sólo una vez la recordara durante todos estos años. Dijo que ni siquiera la recordaba en detalle porque me la contó en la cama y nunca la escribió.

AGA: En “Tu hombre” —incluido en Un hombre sin cabeza— el narrador evoca a Roni, su “novia de la milicia”. ¿Cuál es la influencia del servicio militar israelí y el militarismo en la vida cotidiana?

Keret: Muchas veces me preguntan qué sentido tienen mis historias sobre la realidad en Israel. “Tu hombre” es un buen ejemplo, porque es una historia sobre cómo la violencia y el conflicto nacional se filtran en la relación de un muchacho y una muchacha. He dicho que si dos parejas jóvenes, una en Israel y otra en México, pelean y la chica cierra la puerta y le pone el cerrojo y le dice al hombre: “eres un idiota, vete a casa”, enseguida ambos jóvenes se irán a casa. La diferencia entre estos países es que el joven mexicano se irá pensando que era lo único que podía hacer, mientras que el israelí se irá a casa sabiendo exactamente dónde dejar la puerta abierta, porque es lo que te enseñan en el ejército. Israel es una civilización muy sensible e inteligente, pero cada persona que está dentro también ha estado fuera de la misma. Ha estado en una situación en la que tal vez mató a alguien o vio a un amigo morir asesinado. Y todo esto hace que la civilización no sea una parte ontológica de tu vida, sino una especie de elección.

AGA: En “Gaza blues”, relato de Extrañando a Kissinger —también incluido en Gaza blues, libro en colaboración con el escritor palestino Samir El-Youssef—, un personaje dice: “Cada vez que vuelvo de Gaza me digo lo mismo: ‘Weissman, tendrías que haber nacido negro’. Pero no aquí, sino en cualquier sitio bien lejano, puede que en Nueva Orleans”. ¿Por qué decidiste recurrir al blues y al deseo de haber nacido en Nueva Orleans para abordar el conflicto entre Israel y Palestina?

Keret: “Gaza blues” es una historia de la que estoy ciento por ciento seguro que es autobiográfica. La historia detrás del relato es que fui como activista a favor de la paz con un grupo de personas a recopilar testimonios de palestinos que fueron torturados o heridos por el servicio secreto israelí y uno de ellos, que había recibido una patada muy fuerte en los testículos y que tuvo que someterse a una cirugía para que le extirparan uno de ellos, dijo que lo que más deseaba era ver el nombre de su torturador publicado en un periódico israelí. Y el abogado, uno de los personajes, le dijo: “nunca verás su nombre publicado en un artículo del periódico porque tiene que pasar por la censura”. Así que me dije: si escribes ficción no tiene que pasar por ésta. El propósito de escribir esta historia fue la petición del joven palestino de tener por escrito el nombre de ese sujeto llamado Steve. Dijo que quería que la gente se enterara de lo que este hombre le hizo. Entonces me senté y escribí esta historia sólo para poner el nombre de la persona que lo había torturado, y recuerdo claramente que cuando volvimos de la Franja, mientras escuchábamos blues en la radio mencionó la frase que aparece en el relato. Dijo: “¿Sabes?, yo hubiera tenido que nacer negro. Cada vez que vuelvo de Gaza me digo lo mismo: ‘Weissman, tendrías que haber nacido negro’. Pero no aquí, sino en cualquier sitio bien lejano, puede que en Nueva Orleans”. Cuando dijo eso lo que en realidad estaba pensando era que quería vivir en otro país y no tener que enfrentarse a esas dificultades. Fue algo tan poderoso que se convirtió en el título de la historia, porque “Gaza blues” es el deseo de estar en este mundo del blues en el que compones una canción sobre cómo tu novia te abandona y no una canción sobre un país lleno de conflictos, odio y actos inhumanos.

AGA: ¿Cómo fue tu colaboración con Samir El-Youssef en Gaza blues —antología que incluye 15 relatos tuyos y una novela corta del escritor palestino?

Keret: Fue una experiencia diferente. El libro fue su idea, su iniciativa. Lo hicimos muy rápido, así que no lo veo tanto como una colaboración literaria sino como una especie de declaración humana, lo hicimos en el punto más álgido de la segunda Intifada, básicamente tratando de mostrar al mundo que los palestinos y los israelíes pueden convivir. Como dijo Samir, si las personas no pueden coexistir en este momento, por lo menos podemos mostrarles que nuestras historias sí pueden coexistir. Admiro mucho a Samir, es un hombre muy valiente. Para mí, publicar un libro en colaboración con un escritor palestino fue una decisión fácil, pero a él le trajo muchas consecuencias, porque muchos otros palestinos no lo vieron positivamente. Pero Samir sintió que tenía un mensaje humanizador y no le importaron las consecuencias que habría de pagar por eso. Samir me dijo: “Quiero que los lectores vean cómo los personajes de tus relatos y el personaje de mi novela podrían haber sido buenos amigos”.

 AGA: ¿Cómo fue el proceso de adaptación de “Pizzería Kamikaze” a la novela gráfica de Asaf Hanuka?

Keret: Hay algo en “Pizzería Kamikaze” que tiende a producir adaptaciones, una de ellas la película Wristcutters: A Love Story, con Tom Waits, y la otra esta novela gráfica. Lo interesante es que no estuve muy involucrado en las adaptaciones. En uno de los casos la adaptación provino más de Asaf y en el otro de Goran Dukic, el director, pero fueron hechas casi al mismo tiempo y para mí fue increíble mirarlas, ver cómo dos personas podían ver la historia de maneras tan diferentes. Wristcutters es una historia guiada por el alcohol sobre personas que están completamente desatendidas, con grandes bigotes, que escuchan rock balcánico. Mientras que Asaf llevó el relato a un mundo de superhéroes, donde todos los personajes son limpios y heroicos. Goran lo transportó a un lugar antiheroico mientras que Asaf hizo lo opuesto. Como escritor nunca sé cómo la gente lee mis historias. Y la única manera en la que puedo percibir cómo lo hacen es a través de las adaptaciones. Es sorprendente cómo estuve expuesto a dos lecturas extremadamente distintas de un mismo texto.

AGA: ¿Cómo fue la realización de Medusas, película codirigida y escrita por Shira Geffen, tu esposa?

Keret: Fue un proceso interesante porque leí el guión que ella escribió y me pareció asombroso. Al leerlo podía imaginarlo y sabía que sería una película hermosa. Conocía a muchos directores, así que le pregunté cuáles eran sus dos favoritos para mostrarles el guión. El que entregara la mejor presentación sería el que dirigiría el proyecto. Se lo dimos a dos directores, pero ninguno quiso tomarlo. Uno de ellos dijo: “esto no es un guión, es un poema de 84 páginas”, y el otro afirmó: “sólo porque no eres un director de cine puedes pensar que se puede hacer una película de esto”. Así que allí estábamos mi esposa y yo sentados y le dije que quería ver la película llevada a la pantalla. Tuve el presentimiento de que si queríamos que esta película se hiciera, nadie más podría encargarse. Hubiera preferido tener un director inteligente que la filmara, pero nadie quería hacerlo. Entonces o la hacíamos nosotros o no habría película, y eso fue lo que nos llevó a realizarla. No era que quisiéramos dirigirla, sino que no pudimos encontrar a nadie más que estuviera dispuesto a hacerlo.

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AGA: ¿De qué manera contrastas la experiencia audiovisual con la experiencia literaria?

Keret: La escritura es una experiencia muy privada. Lo que me parece más difícil del proceso de escritura es la soledad, mientras que realizar películas es algo parecido a una fiesta, conoces a mucha gente, te prestan su tiempo para el proyecto. Me atrajo porque en algún punto supe que quería colaborar, no quería hacerlo por mi cuenta. El cine te brinda flexibilidad y atención. Lo más hermoso de mis películas no fueron mis ideas. Alguien del elenco tenía una idea y yo estaba ahí para escucharla y entenderla. Agradezco eso. Si tuviera que elegir entre escribir libros y hacer películas, seguro elegiría la escritura porque resulta más intuitiva y reflexiva para mí. Pero la capacidad de contar una historia en otros medios hace que mi vida sea más completa y más feliz.

AGA: ¿Cómo percibes la influencia de Amos Oz y David Grossman en Israel?

Keret: En Israel tenemos una tradición en la que el escritor tiene una tarea muy pesada. Los escritores son una especie de profetas seculares porque la tradición escrita del país siempre se remonta a la Biblia. La palabra escrita en hebreo es muy importante. En vista de que Israel es un país joven, la gente siempre busca orientación y los escritores constantemente la proporcionan, autores como Amos Oz y David Grossman. Me alegra que Amos Oz sea un escritor nacional, pero igual estaría feliz de verlo como presidente o primer ministro, porque no sólo es un escritor talentoso, sino que también es muy inteligente y de alguna manera un hombre pragmático. Lamentablemente no poseo ese talento, por lo que elegí una tradición literaria que me conecta mucho más con los escritores judíos de la diáspora como Franz Kafka, Isaac Bashevis Singer, Sholem Aleijem. Son escritores con defectos, que comparten sus debilidades con los lectores, lo cual contrasta con la tradición israelí en la que se tiene escritores capaces de proporcionar al lector una especie de guía. Eso es algo que yo no puedo hacer. No puedo guiar a mis lectores a ninguna parte porque no conozco el camino.

AGA: ¿Cómo recuerdas la primera vez que leíste a Franz Kafka?

Keret: Fue una experiencia muy fuerte porque lo leí cuando tenía 20 años, durante el servicio militar obligatorio. Fue el momento más difícil de mi vida. Lo primero que sentí fue un gran consuelo: supe que había una persona en el mundo más jodida que yo, que tenía más problemas. Sentí que había encontrado un pequeño grupo de apoyo, como cuando vas a Alcohólicos Anónimos. Yo sentía que la soledad absoluta del ejército, en la que podía estar consciente de mi estrés y mis fallas, sólo yo podía padecerla. Después descubrí a Kafka y no me sentí solo nunca más.

AGA: ¿A qué otros autores admiras?

Keret: Me gusta Raymond Carver. Me encantan Nikolái Gógol, Isaak Bábel, los cuentos de Bashevis Singer, los de Sholem Aleijem. Entre los escritores contemporáneos me gustan mucho las historias de Nathan Englander. Estos son los nombres que me vienen a la mente.

AGA: ¿Qué opinas de Antón Chéjov?

Keret: Me encantan sus historias también. Chéjov es increíble. Generalmente cada escritor tiene algo —un conjunto de cosas— en lo que sobresale. Y creo que su empatía con la condición humana es única.

AGA: ¿Cómo es tu proceso de escritura?

Keret: Mi escritura suele venir de algo que experimento en la vida, que no puedo procesar o articular en su totalidad, pero que se queda conmigo. Es como una piedra en mis zapatos, escribir de ella es la única manera de sacarla. Es la forma de articular aquello que no puede expresarse de ninguna otra manera. Por lo general trato de escribir el primer borrador una sola vez aunque me tome 10 o 12 horas, porque si puedo escribir una historia en una sola sentada puedo mantener el mismo tono, pero si no soy capaz de hacerlo, escribo fragmentos y después de unirlos a veces vuelvo a escribir la historia desde el principio, para que funcione en el mismo tiempo y espacio, porque muchas de mis historias son narraciones en primera persona y hay monólogos. Lo más difícil en un monólogo es que cuando lo escribes en tiempos separados tienes estados de ánimo diferentes. A veces estás cansado, otras enojado, en otras habrá un ruido del exterior o un ramo de flores en la mesa. Es muy difícil crear algo continuo. Así que muchas veces si escribo una historia en diferentes periodos, al final la leo y la descarto y trato de volver a escribirla de nuevo en una sola sesión.

AGA: ¿Cómo recuerdas la escritura de “Tubos”, tu primer cuento?

Keret: Fue una experiencia muy fuerte. Lo escribí durante mi servicio militar, 10 días después de que mi mejor amigo se suicidara. Escribí la historia en la misma habitación en la que mi amigo se disparó, porque teníamos turnos en el ejército y estábamos en la misma unidad. Después de su muerte yo tenía que seguir con mi compromiso. Para mí fue una especie de carta que le escribí o una explicación para él y para mí de por qué había optado por seguir viviendo. Cuando escribí el cuento no sabía lo que estaba escribiendo, ni siquiera sabía que era un cuento. Me tomó tiempo procesar y comprender aquello por lo que había pasado.

AGA: ¿Por qué “Extrañando a Kissinger” tiene ese título enigmático?

Keret: Muchas veces cuando escribes algo que es obvio para ti piensas que cualquiera lo entenderá, pero es una asociación privada. Cuando yo era joven Henry Kissinger era el secretario de Estado de Estados Unidos y cada vez que Israel y uno de sus vecinos se encontraban al borde de la guerra, él volaba a Jerusalén, luego a Damasco y luego a El Cairo, y mediaba la situación y creaba una especie de paz. “Extrañando a Kissinger” es sobre un tipo cuya novia quiere el corazón de su madre como una prueba de su amor definitivo y cuya madre quiere el corazón de su novia, entonces el sujeto echa de menos algún tipo de mediador en su vida, alguien que pueda concertar la paz entre ambas partes, que no se aceptan la una a la otra. Para mí fue una asociación privada y creo que en Israel tal vez algunas personas la entendieron. Pero cuando el libro se publicó en Estados Unidos, Kissinger representaba algo completamente diferente, la falta de honradez y una clase de político deshonesto. Algo que para mí era muy obvio se convirtió para muchas personas en algo completamente enigmático. De una extraña manera tuvo un efecto diferente en el lector, no menos poderoso.

AGA: En “Mi llorada hermana” abordaste la religiosidad de tu pariente. ¿Cómo surgió esa idea?

Keret: En Israel hay dos tribus: la secular y la religiosa. Cuando mi hermana se convirtió en religiosa vi de manera objetiva que era cada vez más feliz. De repente había encontrado algo en la vida que la hacía feliz. Tiene 11 hijos; el concepto de familia ha cambiado. Escribí “Mi llorada hermana” para tratar de marcar una cercanía entre estas dos tribus. Creo que se puede creer que hay un dios y se puede no creerlo y vivir en paz. Mi hijo de ocho años, que es muy abierto ante esto, cuando le preguntan si él y su familia creen que dios existe, contesta: “Mi tía cree que hay un dios, mi madre no cree que haya un dios y mi padre y yo aún no lo hemos decidido”.

AGA: En “Amor al primer whisky” afirmas que tu esposa te dijo una vez que reinventas la vida para que sea interesante, porque eso es lo que hacen los escritores. ¿De qué manera concibes la reinvención de la vida?

Keret: Muchas veces cuando mi hijo dice algo, mi esposa comenta que lo que afirma no es verdad y yo le digo: “lo que dices no es exacto” o “no es correcto pero es cierto”. Hay algo acerca de la verdad que puede ser una reducción de la experiencia de vida. Por ejemplo, hay un niño en una habitación, ves un jarrón roto y él dice que no lo rompió. No importa si lo hizo, lo que está diciendo es que no quería romperlo. Este tipo de diferenciación entre mentira y verdad es algo que yo no acepto. Lo más importante es la sinceridad y la intención. Mucha gente piensa que para ser una buena persona se necesita decir la verdad todo el tiempo, pero creo que decir la verdad todo el tiempo es la solución de alguien perezoso. Es fácil decir la verdad todo el tiempo. Una mentira es como un cuchillo: puede utilizarse para apuñalar a alguien y entonces es malo, pero puede usarse para ponerle mantequilla al pan y resulta bueno. Cuando cuento una historia sobre mi vida tal vez los datos no sean correctos, pero soy más amable y sincero cuando miento que cuando digo la verdad.

AGA: Escribiste acerca de la importancia del mundo onírico en “Réquiem por un sueño”.

Keret: En mi caso los sueños muchas veces provienen de mis ansiedades. En la vida real no me permito tener miedo, pero en mis sueños se manifiestan mis temores. Cuando me enfrento al miedo en mis sueños no veo a un enemigo, sino a una parte de mí que sólo quiere ser reconocida. Cuando observo mis temores no los quiero desechar, sino comprenderlos.

AGA: Tu hijo y tu padre son los motivos de Los siete años de abundancia. ¿Cómo fue el desarrollo del libro?

Keret: Originalmente lo que me hizo escribir este libro fue la muerte de mi padre. Tuve el impulso de escribirlo casi como una especie de lápida para él y una especie de declaración para mi familia. Lo que tuve en mente fue cómo pasé de ser un niño a un padre. Comenzar con el nacimiento de mi hijo provino de pasar de estar protegido a ser un protector. No puedo explicarlo, pero si viéramos la vida como una guerra, mi padre estaría al frente luchando por mí. Con el nacimiento de mi hijo y la muerte de mi padre, sentí que de repente llevaba puesto el casco y cargaba el fusil, y que me habían enviado a diversos frentes. En cierto sentido, tanto el título como el proceso son una historia triste, la de alguien que perdió a su padre y que ahora tiene que ser un defensor. No voy a negar su tristeza, pero siento que también es el relato de la belleza de la vida. Para mí las emociones son como colores; la tristeza, el dolor y la pérdida lo son. Por supuesto preferiría que mi padre estuviera vivo, pero su partida es otro color en la pintura de la humanidad. Puedo llorar y al mismo tiempo apreciarlo.

AGA: ¿Cómo comparas tu escritura habitual con la de Cachorro peludo de niño-gato, libro para niños?

Keret: Fundamentalmente no hay diferencia, los niños son adultos pequeños que no se afeitan ni fuman cigarrillos. Lo que se ha dicho sobre la inocencia de los niños es una completa mierda. Todo el espectro de emociones que sentimos lo experimentan los niños. Muchas veces en un libro para niños o en un espectáculo infantil, se dicen cosas en una voz tonta y pienso: “¿qué están sugiriendo, que son retrasados?”. Ellos sienten la angustia de vivir tanto como tú y también sienten miedo. No tienes que tratar de embellecer palabras para los niños, es como la propaganda en un país totalitario que dice “la vida es bella”, “sus padres están muy bien, nunca se pelean y su madre es hermosa”. El niño ve que sus padres se pelean, incluso si tratan de ocultarlo y observa que su madre es fea, incluso si la quiere. No se le puede decir esta mierda a los niños. Cuando escribo para ellos pretendo hacer lo mismo que cuando escribo para adultos. Quiero ser sincero y hablar de los temas más delicados. El problema con los libros para niños muchas veces es que los padres eligen el libro y están en una posición de poder, entonces lo que hacen es algo parecido a un acto colonialista. Desean forzar algún punto de vista que quieren que adopte su hijo. Pienso en los padres que cuando ven un gato muerto en la calle y su hijo les pregunta: “¿qué pasó con el gato?”, ellos contestan: “el gato está dormido”. “Claro, está dormido y tiene marcas de llantas en la panza y sus tripas están de fuera, así es como duermen los gatos”. Pero los niños lo saben. Al escribir sobre sus problemas les ayudas a identificarse y haces que se sientan mejor. Cuando un niño siente que los ecos de su mente no tienen eco en el mundo piensa: “tal vez estoy mal”. Cuando ven que sus problemas también aparecen en un libro eso los reconforta, les ayuda a identificarse. Lolita no promueve la pedofilia, sino que reconoce el hecho de que cuando nos fijamos en una hermosa muchacha de 15 años podemos tener un pensamiento sexual y sentirnos avergonzados. Los libros nos hacen sentir mejor al respecto. Y lo mismo esperaría de uno para niños. Cuando publiqué Cachorro peludo de niño-gato una madre en una librería cercana dijo que no lo compraría para su hijo porque el niño del libro mentía. ¿Qué haces con eso? Sabes que tu hijo miente, tú le mientes a tu hijo, le mientes a tu marido y tu marido miente para pagar menos impuestos. Si intentas crear un mundo en el que no existen las mentiras, estás poniendo una enorme carga sobre los hombros de tu hijo. Cuando escribo mis historias hablo sobre el marido casado que quiere engañar a su esposa, sobre las personas que quieren golpear a los niños que golpean a sus hijos. No escribo sobre las cosas que defiendo, sino para legitimar estos pensamientos. En cierto modo siento que este es el libro infantil que me hubiera gustado leer cuando era niño.

AGA: En la introducción de Keret en su tinta, que incluye adaptaciones al cómic de tus relatos, escribiste acerca de tu fascinación por Maus de Art Spiegelman y Watchmen de Alan Moore. ¿Cómo han influido los cómics en tu vida y obra?

Keret: Cuando yo era niño sufría de un problema llamado disgrafía. Sabía leer con fluidez desde que tenía tres años, pero si leía un párrafo a veces cortaba el texto de una manera diferente a como estaba escrito originalmente. Fui al médico y me dijo que lo mejor para mí era leer cómics porque las porciones de texto eran muy cortas. Me dijo que si ensayaba leyendo cómics entonces sería más fácil para mí no perder la posición al leer un libro, por lo que empecé a leerlos. Todavía tengo una colección muy grande de cómics, creo que tengo más de mil. Descubrí que este tipo de lenguaje es a la vez literario y gráfico y me sorprendió la idea de que una palabra y una imagen pudieran cohabitar en un mismo espacio. Conocía los libros y las películas, pero la conjunción de ambos fue increíble. Creo que los cómics son un medio asombroso que sufre por el hecho de que el 95 por ciento de lo que está en el medio es pura mierda. Imagina un mundo lleno de malos poemas. Eso no significa que la poesía no sea un medio admirable. Al recordar los libros que me han influido, siempre incluyo el trabajo de Chris Ware —el dibujante de cómics— o Watchmen, que me marcaron cuando era adolescente, o Maus, que es muy cercano a mí porque también soy un hijo del Holocausto, un sobreviviente. En mi canon tengo libros, obras de teatro, películas y cómics que se encuentran en el mismo nivel, porque cuando alguien dice la verdad en su propia manera única y original, no creo que cierto medio sea menos importante o fuerte que otro.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Traducción del inglés de Álvaro García.