Las revelaciones del ex contratista de la Secretaría de la Defensa, Edward Snowden, y de su periodista asociado Glenn Greenwald, produjeron que en los meses recientes se haya puesto especial atención en los usos y costumbres del espionaje estadunidense. Algunos países como Alemania, con una sensibilidad histórica particular a todo lo que tenga que ver con la acción encubierta de las policías secretas, se han mostrado escandalizados por el espionaje de Estados Unidos a sus líderes políticos. Incluso Dilma Roussef, presidente de Brasil, pospuso una visita de Estado a Washington. Sin embargo, el hecho también ahora conocido de que Estados Unidos intervino los teléfonos de los presidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, así como penetrado las redes de la Secretaría de Seguridad Pública, provocó una respuesta apenas mínima de parte del gobierno mexicano. Aunque ya pocos toman en serio las teorías de Freud sobre la mente, las declaraciones de los más recientes ocupantes de la Oficina de la Presidencia parecen alinearse, de alguna manera, con el modelo tripartita de la psique. Felipe Calderón, el superego moralizador, fue el más escandalizado: escribió en Twitter que el espionaje era “una agravio a las instituciones del país”. Vicente Fox, el ego ex presidencial, manifestó una perspectiva diferente: “Todo mundo te hace estas trampas, entonces no hay nada nuevo, yo no entiendo por qué el escándalo”.1 Y Enrique Peña Nieto jugó el rol del ego mediador: prometió una investigación mientras no daba ninguna señal de estar, en efecto, ofendido.2
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Pasarán años o probablemente décadas antes de que sepamos la dimensión del espionaje estadunidense en México y el mundo. Sin embargo, la perspectiva de Calderón es de cierta rareza histórica puesto que, durante la Guerra Fría, México se convirtió en unos de los principales nodos del espionaje global. Un agente de la Central Intelligence Agency (CIA) que residía en la ciudad de México en la primera mitad de la década de los cincuenta la describió como una “especie de versión Latinoamericana de Casablanca: una gran ciudad llena de ideologías en conflicto, con agentes provenientes de distintos países espiándose los unos a los otros; alzamientos campesinos con grandes negocios tratando de controlarlos; tráfico de armas, tráfico de drogas; lavado de dinero; personas escondiéndose; personas buscando personas escondidas; y todas las demás permutaciones de una lucha de poder internacional apenas imaginable”.3 Se había trocado en una ciudad de primer orden para los espías durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi, los Estados Unidos y la Unión Soviética expandieron su presencia enormemente; sobre todo para vigilarse el uno al otro. Después de la creación de la CIA en 1947, su estación en la ciudad de México creció hasta ser una de las más importantes en el mundo. La embajada soviética era la base del centro de espionaje más grande de América Latina y, después de la revolución en Cuba, la ciudad de México fue también uno de los sitios más importantes para la inteligencia internacional cubana. Sin embargo, México sólo intervenía para detener las más egregias de las actividades ilegales. “El gobierno mexicano observa las diabluras internacionales —escribió otro agente de la CIA— con perplejidad y tolerancia”.4

Tolerancia, en efecto, pero perplejidad quizá no  sea la palabra adecuada. La decisión mexicana de aceptar la presencia de espías extranjeros parece no haber sido tomada por oficiales confundidos, sino por los habilidosos. De hecho, si entendemos que una  de las claves de la hegemonía del PRI fue su habilidad para mantener el disenso dentro de los límites prescritos, entonces la actitud tomada frente a los espías extranjeros puede ser vista como una extensión de sus prácticas domésticas. Ahí también el disenso fue administrado con violencia ocasional, a veces mediante el fraude, pero normalmente mediante subsidios discretos. Lo que hizo al PRI extremadamente inusual, si no único, no fue que subsidiara prensa y partidos considerados como amigables, sino prensa y partidos de la oposición. Visto de esta manera, la libertad de movimiento otorgada a los espías funcionó como una especie de subsidio operativo a poderes extranjeros que —de otra forma— habrían estado interesados en socavar la estabilidad del gobierno mexicano. Los antagonistas de la Guerra Fría podían monitorearse mutuamente vía México, y ninguno tenía razones de peso para apoyar una transformación en la forma en que México era gobernado. De esta forma, México transformó la acción encubierta y el espionaje internacional en una fuerza estabilizadora, evitando los efectos desestabilizadores que tuvieron en la mayor parte de América durante las turbulentas décadas de la Guerra Fría.

Uno de los primeros atisbos a la Casablanca mexicana procede no de los registros del espionaje exterior, sino de la improbable fuente de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. A fines de la década de los años treinta, uno de sus mandos era el economista y escritor Eduardo Villaseñor; entre sus tareas estaba asegurarse de que el oro no fuera traficado fuera del país sin pagar impuestos. Con ese fin contrató los servicios de un espía gringo con una esposa mexicana, cuyo nombre aparece tachado de los registros, pero que merece ser reconocido como un héroe nacional. El gringo se propuso voluntariamente para enviar información al gobierno mexicano después de descubrir evidencia de una banda de traficantes operando en la ciudad de México y en San Diego; tráfico en que el oro era intercambiado por armas y municiones. Él reportó compañías telefónicas que tenían intervenida la línea del presidente, sobre un atentado a la vida de Lázaro Cárdenas y sobre compañías petroleras traficando armas y sobornando a trabajadores mexicanos para que impulsaran huelgas contra el gobierno mexicano. No obstante, muy pronto empezaría a reportar sobre el funcionamiento interno de las redes de espionaje avecindadas en la metrópoli en expansión. La inteligencia nazi había estado bajo presión para cerrar sus actividades en territorio estadunidense, así que las mudó a la ciudad de México y a Cuernavaca. Los agentes empezaron a llegar. Los puntos para Alemania se hacían al comprar espacio en los periódicos y comprar las opiniones de los escritores mexicanos. En 1941 varios diarios —incluyendo a Excélsior— recibían sumas sustanciales de la embajada alemana y daban el beneficio de revisar muchos artículos, previos a su publicación, a los agentes de propaganda de la embajada. En respuesta a las actividades nazis, el FBI envió sus propios agentes para mantener vigiladas a sus contrapartes alemanas. El periodo en que el espía gringo transmitía reportes a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público coincidió con el pacto nazi-soviético, y la explicación comunista tradicional al respecto (que Stalin sólo quería ganar tiempo para preparar las tropas y evitar la invasión germana) pareció ser completamente ignorada por los agentes soviéticos que se lanzaron a colaborar intensamente con los espías nazis. Colaboraron tanto financieramente como en sus iniciativas de propaganda. En noviembre de 1940 los comunistas llevaron a cabo su principal objetivo en México: el asesinato de León Trotsky. Después de eso intentaron, sin mucho éxito, varias estrategias para sacar al asesino de Trotsky de la cárcel. Con todo, los reportes del espía gringo son un registro extraordinario de la Casablanca mexicana y hacen mención de agentes soviéticos escondiendo dinero en el ala de sus sombreros, de medicamentos para inducir la amnesia, de Emilio Azcárraga otorgando financiamiento a las juventudes hitlerianas, y de mujeres espías trabajando afuera del notorio cabaret Waikiki en avenida Reforma.5

Aunque los reportes de campo de aquel gringo desaparecieron en 1941, otra fuente ayuda a completar el registro de aquellos años. Las señales de la inteligencia estadunidense interceptaron los cables soviéticos y, a lo largo de los años, comenzaron a descifrarlos parcial o totalmente. Más tarde fueron hechos públicos en un catálogo conocido como los Venona decrypts; los documentos muestran el tráfico de cables entre Nueva York, Washington D.C., San Francisco, Moscú y la ciudad de México. La mayoría fechados entre 1943 y 1945, los documentos decodificados muestran que Moscú estaba interesada en la ciudad de México por dos razones principales. Una era la de pagar la deuda en la que había incurrido con el hombre que habían mandado a asesinar a Trotsky, aunque todos sus intentos posteriores por liberar al asesino fallaron. Sin embargo, lo más importante era usar la ciudad de México como un conducto para facilitar el espionaje soviético en Estados Unidos.6

Una de las figuras fundamentales en estos esfuerzos era Vicente Lombardo Toledano, el líder obrero marxista que se había asociado con Lázaro Cárdenas para empoderar a la Confederación de Trabajadores de México, y para crear el grupo obrero continental conocido como la Confederación de Trabajadores de América Latina. La evidencia proveniente de los reportes Venona deja claro que Lombardo fue reclutado como un activo de la inteligencia soviética durante la guerra; ayudó a procesar documentos de viaje que otros agentes de Moscú pudieran usar para entrar a Estados Unidos. Su contacto fue una famosa espía conocida por algunos como Kitty Harris. Cuando se conocieron por primera vez, Lombardo le ofreció una taza de café que ella pidió “negro con un poco de leche” —un error que Lombardo encontró entretenido para convertir “negro con un poco de leche” en su clave secreta.7 Sin embargo, Lombardo mantuvo cierta independencia mientras se mantenía perfectamente pro soviético; también tenía contactos con la inteligencia británica y prefería trabajar directamente con el erudito embajador soviético Constantin Oumansky.8
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El fin de la Guerra Mundial llegó, pero la mayoría de los espías se quedaron. El orden de posguerra sería construido alrededor de un nuevo consenso: el desarrollo capitalista, teniendo al desarrollo industrial como sustituto de la redistribución como la esencia del compromiso oficial revolucionario. De la mano con esto, la colaboración durante la guerra había suavizado muchas de las dificultades creadas por la expropiación petrolera, y México participó por completo en los esfuerzos estadunidenses por definir la política comunista como algo fuera de los márgenes legítimos de la política en general. Miguel Alemán prometió que, en caso de estallar una guerra entre Estados Unidos y la URSS, México estaría firmemente del lado estadunidense.9 Cuando disminuyó la amenaza exterior, el reto para México fue el monitoreo de su propia seguridad interior. Las agencias de espionaje mexicanas también habían crecido durante la guerra. En 1947 Alemán reformó la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales, que le rendía informes al secretario de Gobernación, y creó otra agencia paralela, la Dirección Federal de Seguridad (DFS) que al principio reportaba directamente al presidente. La DFS estaba organizada siguiendo el modelo del FBI y fueron agentes estadunidenses quienes entrenaron a los primeros agentes mexicanos. Por momentos, la DFS parecía operar casi como un subcontratista de inteligencia para Estados Unidos. Al hacerlo, también cumplía con las necesidades domésticas del PRI, y la inteligencia política que obtenía pronto se volvió un insumo esencial para limitar las amenazas políticas que enfrentaba el PRI.10

Éste no era un asunto que se limitara sencillamente a recopilar información sensible con el fin último del chantaje, y es precisamente esa característica de la historia de Lombardo Toledano la que revela la flexibilidad del nuevo arreglo. Lombardo, quien fuera un aliado muy cercano a Lázaro Cárdenas y luego un activo de la inteligencia soviética, era alguien al que parecería quedar poco espacio en un México que había roto con ambas partes. Sin embargo, pudo mantenerse útil para todos. Su Federación Continental de Sindicatos, la CTAL se había convertido en la afiliada regional de la Federación Sindical Mundial, un organismo internacional fundado en 1945. En pocos años, los sindicatos anticomunistas habían roto con la FSM y firmaron grupos rivales, dejándola en control casi total de organizaciones pro soviéticas como la CTAL. Alineadas a la nueva línea política anticomunista del gobierno mexicano, la CTM rompió con Lombardo Toledano y con la CTAL. Los subsidios oficiales a la CTAL fueron eliminados.

En su lugar llegaron otros subsidios, de la Unión Soviética vía la FSM. A pesar de que las ambiciones de la URSS para América Latina eran modestas, por lo menos la CTAL le proporcionaba, en teoría, un vehículo para influir sobre los trabajadores sindicalizados de la región. Un reporte de la DFS basado en reportes bancarios mostraba que las transferencias de la FSM a la CTAL eran de 30 mil dólares al año a mediados de los años cincuenta: un poco menos de 250 mil dólares a precios de 2010. Dos mil pesos mexicanos eran el salario para cada uno del personal principal de la CTAL, incluyendo a Lombardo, y para importantes comunistas que también eran parte del movimiento obrero en América Latina como Lázaro Peña de Cuba y Víctor Manuel Gutiérrez de Guatemala. (Representativo de las dos caras del comunismo latinoamericano, Lázaro Peña asumió un rol importante en la reorganización laboral bajo los restrictivos auspicios de Fidel Castro, mientras que Víctor Manuel Gutiérrez fue secuestrado, torturado y asesinado por las fuerzas de seguridad guatemaltecas en 1966.) Los fondos sobrantes después de salarios y gastos se iban en los programas y publicaciones de la CTAL.
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Sea o no que Lombardo se mantuvo como un “espía” para la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial, no queda tan claro, pero quizá ni siquiera sea tan importante. El punto clave sobre Lombardo no es que sus actividades fueran ilícitas o de plano ilegales. Lo que sí es significativo, en cambio, es que estas actividades eran conocidas por la DFS y aun así hayan tenido pocas o nulas consecuencias en el tratamiento que el gobierno le daba a Lombardo. Aunque algunos de sus subsidios estatales ya habían sido eliminados, algunos otros como los dirigidos a la Universidad Obrera y para el periódico El Popular, se mantuvieron en pie. Unos documentos del FBI reportaron que el liderazgo del partido que había fundado en 1949 (el Partido Popular) había aceptado moderar su crítica frente al gobierno a cambio del apoyo financiero.11 La inteligencia del Estado mexicano podía estar alineada semioficialmente a Estados Unidos, pero Lombardo podía mantener algunos privilegios de gobierno aun estando en la oposición.

Este pragmatismo también le sirvió a México cuando el ambiente de la Guerra Fría se volvió más complicado después del triunfo de la revolución cubana. La Cuba revolucionaria mantuvo una agenda ambiciosa de política exterior, lo equivalente a un Estado mucho más grande. Estaba, por supuesto, comprometida con el cambio de regímenes: buscaba construir a partir de la historia de su propia revolución —de manera posiblemente equivocada— las condiciones revolucionarias en otros países de América Latina y de África. Entrenó soldados cubanos y voluntarios extranjeros. También desarrolló un ambicioso programa de espionaje. Con la CIA intentando sabotear la revolución, invadir la isla y asesinar a Castro, Cuba desarrolló un aparato de contraespionaje extremadamente efectivo; tan efectivo que incluso un ex analista de la CIA ha afirmado que la CIA estaba completamente infiltrada por una agencia más efectiva.12

Fue bastante sonado que México se rehusó a seguir la iniciativa estadunidense para expulsar a Cuba de la Organización de Estados Americanos, y la abierta relación diplomática de México con Cuba hizo de la ciudad de México el centro de espionaje más grande para los cubanos en el extranjero. Sus espías gozaban de considerable libertad de movimiento. Pero lo que resultó de abrir la puerta a Cuba fue que todos se beneficiaron, incluyendo Estados Unidos, quien pronto descubrió que podía utilizar a México para monitorear las actividades cubanas. Las operaciones de inteligencia entre México y Estados Unidos estuvieron tan bien integradas que al menos tres presidentes aparecieron en la nómina de la CIA. Winston Scott, el jefe de la oficina de la CIA en México, hizo un arreglo con López Mateos para tener agentes pagados en la oficina del presidente: el presidente mismo recibía la modesta suma de 400 dólares al mes. Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, más tarde, fueron designados como agentes del programa “LITEMPO”, como también lo fue el jefe de la DFS, Fernando Gutiérrez Barrios. Scott, además, adquirió automóviles tanto para López Mateos como para Díaz Ordaz.13

Sin embargo, estas relaciones eran probablemente menos incriminatorias de lo que parecen. El escritor Ricardo Garibay recordaba un día particular de 1968 en que se le acercó un gringo ofreciendo dinero que, explicaba, era en favor de la “la paz mundial y la democracia”. Garibay respondió con una pregunta obvia: que si él y su dinero venían de parte de la CIA. No hubo afirmativa y tampoco negativa; sin embargo, pronto el hombre le solicitó sospechosamente que escribiera algo en contra de la invasión soviética a Checoslovaquia. Garibay rechazó la petición pero de todas formas le permitieron quedarse con el dinero. La siguiente ocasión que Garibay tuvo una audiencia con Díaz Ordaz le contó la historia y preguntó si creía que el gringo venía de la CIA. “Es probable, muy probable”, respondió el presidente. “Pero no se preocupe —continuó—, no tiene nada que reprocharse. Más bien, lo envidio un poco. Yo, hasta la fecha, no he podido sacarle un centavo a esa punta de cabrones”.14 Díaz Ordaz estaba siendo modesto (¡ya había obtenido un automóvil para su amante!), pero seguramente su comentario sí representaba con precisión el sentimiento de que no estaba recibiendo lo suficiente a cambio de su relación con la CIA.

A pesar de qué tan verídica sea esta anécdota, el hecho de que el jefe de la DFS, Gutiérrez Barrios, apareciera en la nómina de la CIA no significa que siempre estuviera actuando en favor de los intereses estadunidenses. Gutiérrez Barrios también era amigo personal de Fidel Castro: se conocieron cuando Gutiérrez Barrios era capitán y Fidel Castro estaba detenido en México, esperando quedar libre para continuar los entrenamientos y seguir con su plan de invasión de Cuba. Su amistad sobrevivió los años.15 Las implicaciones de la dependencia diplomática que Cuba tenía con México tuvieron consecuencias profundas para México. Casi todos los revolucionarios latinoamericanos que viajaban a Cuba podían obtener entrenamiento si así lo querían, en el caso de los mexicanos, Castro no quiso arriesgar su ventana diplomática y evitó entrenarlos. Hay testimonios de potenciales guerrilleros que al llegar a Cuba simplemente languidecieron ignorados. Aunque parece que algunos grupos sí fueron entrenados en Cuba, la evidencia sugiere que sucedió con la anuencia tácita de la inteligencia mexicana, esperando desmantelar sus organizaciones después.16
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Las redes eran complicadas y seguramente mucho sigue sin saberse. Lo que sí queda claro es que había peligro en la Casablanca mexicana, pero que a la vez —siempre y cuando estuviera bien administrado— también había oportunidad. Para bien y para mal, en América Latina probablemente sólo Costa Rica fue tan “estable” como el PRI en los años que le siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Buena parte de aquella estabilidad provenía del autoritarismo suave practicado por el PRI en sus asuntos domésticos. No obstante, casi una excepción en el concierto de naciones, México no tenía enemigo externo. Tolerar los juegos de espionaje de las potencias extranjeras en rivalidad puso a México en una posición de poder: ni Cuba, ni la Unión Soviética o Estados Unidos estuvieron interesados en promover un cambio de régimen en México que pusiera en riesgo el arreglo existente. Lo mismo que sus subsidios a la cuasioposición local que barrían desde la derecha hasta la izquierda (sin significar ningún apoyo), la tolerancia mexicana al espionaje extranjero constituyó una suerte de “subsidio” dirigido a las fuerzas con más potencial desestabilizador en el mundo con el fin de mantenerlas interesadas en preservar al gobierno de México en el poder. La policía secreta mexicana llegó a ser, especialmente en los años sesenta y setenta, un agente de represión en su propio país. Pero, en el ámbito internacional, ayudó a canalizar la intervención extranjera y a administrar los riesgos que aquella era tuvo para México.

A aquellos días de la Casablanca mexicana ya se los llevó el tiempo. El viejo equipo de espionaje fue vendido en los años 1990, la década en que muchas otras cosas se pusieron a la venta. Durante la Guerra Fría, México pareció haber cedido apenas suficiente soberanía a los espías extranjeros que, a fin de cuentas, terminó perdiendo muy poco. Hoy en día los retos a la soberanía estatal vienen desde dentro y son considerablemente más siniestros. La política del espionaje de la Guerra Fría era sucia y corrupta, pero al menos tuvo una chispa de glamour y un ocasional toque de comedia. Fueron malos tiempos aquellos, pero hoy parecen haber sido, quizá paradójicamente, demasiado buenos para durar.

Patrick Iber
Profesor de historia en la Universidad de California, Berkeley. Su libro sobre la Guerra Fría cultural en América Latina será publicado por Harvard University Press en 2015.
Traducción de Mario Arriagada Cuadriello.


1 http://mexico.cnn.com/nacional/2013/10/23/mexico-no-deberia- ofenderse-porque-tambien-espia-vicente-fox

2 http://nsarchive.wordpress.com/2013/10/24/mexico-privately-hoped- to-put-to-bed-tensions-raised-by-snowden-leaks/

3 E. Howard Hunt y Greg Aunapu, American Spy: My Secret History in the CIA, Watergate, and Beyond, Hoboken, N.J., John Wiley & Sons, 2007, p. 58.

4 David Atlee Phillips, The Night Watch, New York, Ballantine Books, 1977, p. 145.

5 Los registros de este espía se encuentran en los documentos personales de Eduardo Villaseñor, en los archivos de El Colegio de México, en las cajas 53-55. Más detalles de las actividades nazis en México, incluyendo los subsidios a diarios, se pueden encontrar en Juan Alberto Cedillo, Los nazis en México, Debate, México, 2007, pp. 113–114.

6 Sobre Venona en México, véase Stephen Schwartz, “La Venona mexicana”, Vuelta 249, agosto de 1997, y Guillermo Sheridan, “Rescatando a Mercader. Un episodio del espionaje soviético en México”, Letras Libres, marzo, 2006.

7 Igor Damaskin y Geoffrey Elliott, Kitty Harris: The Spy with Seventeen Names, St Ermin’s Press, London, 2001, pp. 210-211. Véase también John Earl Haynes y Harvey Klehr, Venona: Decoding Soviet Espionage in America, Yale University Press, New Haven,1999, pp. 283-85, y Nigel West, Venona: The Greatest Secret of the Cold War, Harper Collins, London,1999.

8 Para más detalles sobre esta relación, véase Patrick Iber, “Managing Mexico’s Cold War: Vicente Lombardo Toledano and the Uses of Political Intelligence”, ed. por Tanalís Padilla y Louise E. Walker, Journal of Iberian and Latin American Research 19, no. 1, Spy Reports: Content, Methodology, and Historiography in Mexico’s Secret Police Archives (julio 2013), pp. 11-19.

9 Stephen R. Niblo, Mexico in the 1940s: Modernity, Politics, and Corruption, Scholarly Resources, Wilmington, Del.,1999, p. 201.

10 La historia institucional de las oficinas de inteligencia está contenida en dos libros excelentes: Sergio Aguayo, La charola: una historia de los servicios de inteligencia en México, Grijalbo, México, 2001; Aaron W. Navarro, Political Intelligence and the Creation of Modern Mexico, 1938- 1954, Pennsylvania State University Press, University Park, Pa., 2010. Información adicional puede encontrarse en Tanalís Padilla y Louise Walker, “In the Archives: History and Politics”, Journal of Iberian and Latin American Research 19, no. 1 (2013), pp. 1-10. Ese número de la publicación contiene varios artículos que analizan el uso de las fuentes de la DFS para escribir la historia del México de la posguerra, incluyendo mi propio trabajo sobre Lombardo Toledano, inspiración parcial para escribir este artículo.

11 Para más detalles, véase Iber, “Managing Mexico’s Cold War”.

12 Brian Latell, Castro’s Secrets: Cuban Intelligence, the CIA, and the Assassination of John F. Kennedy, Palgrave Macmillan, New York, 2013, p. 1.

13 Jefferson Morley, Our Man in Mexico: Winston Scott and the Hidden History of the CIA, University Press of Kansas, Lawrence, 2008, pp. 90-94.

14 Ricardo Garibay, Cómo se gana la vida, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1992, p. 271.

15 Aguayo, La charola, pp. 106-107; Gregorio Ortega, Fernando Gutiérrez Barrios: diálogos con el hombre, el poder y la política, Planeta, México, 1995, p. 21.

16 Bertrand de La Grange y Maite Rico, Marcos, la genial impostura, Aguilar, México, 1998, pp. 124-138.

 

7 comentarios en “Paraíso de espías. La ciudad de México y la Guerra Fría

  1. tremendamente ilustrativa y fidedigna resulta la investigación documental del historiador Iber, Recordar Alpha 66, y a los alemanes en el pozo (era el acceso) de la càrcel en Perote.Muy Bueno.

  2. Muy buen relato y de la astucia con la cual el gobierno mexicano manejo a los espías internacionales, el tema da para una novela de espías, porque nadie lo ha hecho?

  3. Interesante el artículo, hábil el PRI en manejar estas situaciones. Sobre el comentario de una novela de espías pueden leer El complot mongol de Rafael Bernal donde describe como un espía soviético y un estadounidense trabajan junto con un “agente” mexicano.

  4. Lo expuesto en este artículo por Iber siempre se supo. Fue motivo por el cual el partido hegemónico se mantuvo incólume en el poder. Se debe reconocer que durante mucho tiempo, sobre todo en el período más álgido de la Guerra Fría, se actuó de manera inteligente, dándole juego a una y otra potencia hegemónica mundial. Y en efecto, fue una acertada estrategia para no sufrir una desestabilización del gobierno. Los gobiernos de muchos países admiraron la estabilidad de un gobierno que de democrático no tenía ni un ápice; pero también admiraban la forma de llevarlo sexenio tras sexenio sin sufrir un golpe de Estado tan común en otros países de América Latina.

  5. Indudablemente este es un aspecto de la historia de Mexico que seria muy interesante conocer y que aun permanece en la oscuridad, quiza porque algunos de sus protagonistas todavia estan vivos o porque quienes ya murieron navegaron en vida con las banderas de la conveniente ambiguedad.