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Carlos Herrejón Peredo
Hidalgo. Maestro, párroco, insurgente,
Editorial Clío/Fomento Cultural Banamex
(con el apoyo del INAH, Conaculta y El Colegio de Michoacán),
México, 2011.


Hace unos meses apareció una nueva edición del que, en su momento, fuera el libro más esperado del bicentenario de la independencia de México: Hidalgo. Maestro, párroco, insurgente de Carlos Herrejón Peredo. Las diferencias entre ésta, que no está disponible en librerías, y la original de 2011 no son de contenido, pues el texto se mantiene intacto, sino de otro tipo. En primer lugar, la nueva edición tiene un precio relativamente accesible (350 pesos), un formato “normal” y unas cuantas imágenes en blanco y negro; por su parte, la edición original tenía un precio estratosférico (mil 400 pesos), un formato inmanejable por su tamaño y su peso (es un coffee table book que pesa cuatro kilos, con lujosa funda incluida) y un sinnúmero de imágenes en color. Otra diferencia es que la nueva edición, de un tiraje mínimo, está a cargo de Editorial Clío exclusivamente, mientras que la primera era una coedición de esta misma editorial y Fomento Cultural Banamex (con apoyo del INAH, Conaculta y El Colegio de Michoacán). La última de las diferencias entre ambas ediciones refiere a una cuestión que no es menor. Por motivos difíciles de entender, en la edición de 2011 Editorial Clío y Fomento Cultural Banamex decidieron prescindir, tanto en la portada como en la funda, del nombre del autor. En la nueva edición el nombre sí aparece en la portada; algo que seguramente agradece Carlos Herrejón y sin duda también los lectores, sobre todo quienes conocen su larga y destacada trayectoria académica.

Cabe esperar que en un futuro se haga un tiraje importante de la nueva edición del libro de Carlos Herrejón; en cualquier caso, creo que no hay motivo para dejar pasar más tiempo sin dar a conocer al público un libro notable desde diversos puntos de vista. Hidalgo. Maestro, párroco e insurgente es una excelente biografía; de hecho, pasará mucho tiempo antes de que se pueda decir algo medianamente nuevo sobre la vida de Miguel Hidalgo y Costilla. Es cierto que son apenas 123 días los que transcurren entre la madrugada del 16 de septiembre de 1810 y la desastrosa derrota insurgente en Puente de Calderón (ocurrida el 17 de enero del año siguiente); sin embargo, esos cuatro meses marcaron indeleblemente al virreinato novohispano. Qué tanto de lo ocurrido durante esas jornadas influyó sobre la manera en que fue consumada la independencia de México es algo abierto a discusión, aunque sólo sea porque el consumador de la misma fue Agustín de Iturbide, un acérrimo enemigo de Hidalgo y de los insurgentes durante una década entera.1 En todo caso, fue Hidalgo quien desencadenó el cataclismo sociopolítico que cambió la faz del virreinato, quien sembró la semilla de la independencia y quien, más allá de la naturaleza de la consumación, se convirtió en el “padre de la patria” y en uno de los pilares y símbolos de la historia nacional, del nacionalismo mexicano y de la lucha popular contra la opresión.2

Estamos a 65 años de la publicación de Hidalgo. La vida del héroe de Luis Castillo Ledón y a casi 50 de The Hidalgo Revolt: Prelude to Mexican Independence de Hugh Hamill, que son los dos grandes estudios escritos hasta la fecha sobre el cura de Dolores. Dicho de otra manera, ya era hora de contar con una biografía integral, documentada y actualizada del iniciador del proceso emancipador en el virreinato más importante del imperio español en América.

Hidalgo. Maestro, párroco e insurgente consta de 26 capítulos. Desde “Los parientes y la infancia” hasta “La ruta del cadalso”, en poco más de 500 páginas Herrejón le sigue la pista, literalmente, a su biografiado. Este pormenorizado seguimiento de los pasos de Hidalgo y el relato que hace Herrejón con base en un minucioso trabajo de archivo son extraordinarios. Esto, sin embargo, no implica que no puedan surgir discrepancias en cuanto a la interpretación que hace el autor de algunos aspectos de la vida y obra del cura novohispano. En esta reseña centraré mi atención en una cuestión que me parece relevante y sobre la cual el autor se pronuncia de un modo rotundo. Me refiero a su planteamiento en el sentido de que Hidalgo propugnó, desde el principio del proceso emancipador, la independencia absoluta.3

Conviene advertir, de entrada, que esta propuesta, que recorre todo el libro que nos ocupa, está lejos de ser una cuestión puramente terminológica. Implica, entre otras cosas, concederle a Hidalgo una claridad meridiana en cuanto a los objetivos a alcanzar, dotar de un sentido político específico a la lucha insurgente, suponer que Hidalgo tenía un proyecto político relativamente elaborado y darle una connotación añadida a la expresión “padre de la patria”. Una connotación que, pese a toda la retórica “pro hidalguense” que recorre la historia nacional, no había tenido en la historiografía mexicana reciente un defensor de tanto peso como Herrejón.4

 ¿Cómo arribó Herrejón a la convicción de que lo que Hidalgo quería para el virreinato novohispano era la “independencia absoluta”? Durante el encuentro organizado por Gabriel Torres Puga en mayo de 2013 en El Colegio de México sobre el libro que reseñamos, ante la pregunta expresa que le hice a Herrejón sobre esta cuestión, él contestó que había llegado a esa conclusión por la interpretación que hacía de ciertos conceptos y de ciertos documentos, por la acumulación de algunos datos y por las inferencias que podían legítimamente hacerse con base en ambos (documentos y datos). Entre los elementos que lo llevaron a esa conclusión, en dicho encuentro refirió los que consideraba más importantes: la manera en que Hidalgo concebía a la nación, la afirmación que hizo en Guanajuato en el sentido de que Fernando VII era “un ente que ya no existe” y el hecho de que en ninguno de los bandos que emitió en Valladolid menciona a Fernando VII. Además, Herrejón afirmó que la convocatoria de Hidalgo a integrar un Congreso implicaba la búsqueda de la independencia absoluta. Por último, en aquella ocasión mencionó la sustitución que ordenó Hidalgo del apelativo “real” por el de “nacional”.

Por supuesto, todos los elementos mencionados aparecen en el libro que nos ocupa. La pregunta que se impone es si estos elementos son suficientes para concluir que Hidalgo buscaba la independencia absoluta. Desde mi punto de vista, la respuesta es negativa. En cuanto a la figura de Fernando VII, apenas Hidalgo había abandonado Valladolid con destino a Guadalajara cuando a su paso por Zamora redactó una proclama en la que temía perder para siempre “nuestra religión, nuestro rey, nuestra libertad, nuestras costumbres y cuanto tenemos más sagrado y más precioso que custodiar”, y añade casi enseguida: “…el objeto de nuestros constantes desvelos es mantener nuestra religión, el rey, la patria y pureza de costumbres”. Según Herrejón, el rechazo a Fernando VII por parte de Hidalgo llegó en Guadalajara a “su punto culminante”. Esta afirmación contrasta con las conclusiones que a este respecto ha alcanzado Jaime Olveda, un historiador que ha estudiado detenidamente la región de Guadalajara durante la etapa independentista. Para Olveda, la sombra fernandina acompañó a la insurrección de Hidalgo “hasta el último momento”. Dicho de otra manera: “…la insurrección que se inició en Dolores, planeada por los criollos conspiradores, estuvo dirigida contra el despotismo de los españoles radicados en América, pero no contra España”.5

En cuanto a la proclama de enero de 1811, en la que Hidalgo se pronuncia porque cada nación se gobierne a sí misma, Herrejón afirma que el contexto del documento lleva a una interpretación que excluye el autonomismo. Una vez más, creo que esta conclusión es una de varias posibles, pues de la manera en que Hidalgo entendía la nación (en este y otros documentos) y de su firme decisión de que sólo los americanos debían estar al frente del gobierno virreinal no se infiere necesariamente una postura independentista (como la entiende Herrejón).

Lo expresado anteriormente no pretende, sobra decirlo, zanjar la cuestión. Varios de los argumentos de Herrejón son atendibles; sin embargo, tiendo a coincidir con Olveda cuando afirma que Hidalgo carecía de claridad en cuanto a sus objetivos políticos y que las preguntas al respecto “siguen abiertas”.6 De hecho, cabe plantear que el propio Herrejón siembra dudas sobre su interpretación cuando, por ejemplo, refiere el interés que mostró Hidalgo en participar en las Cortes de Cádiz como representante de la Nueva España. Textualmente, el autor escribe: “Al cura no le desagradó la idea, pues finalmente veía una alternativa pacífica para el cambio donde él podría estar entre los protagonistas”. Finalmente,  el ayuntamiento de San Miguel el Grande se decantaría por otros candidatos para las Cortes, pero esto es secundario para el punto que quiero transmitir aquí.

Unas páginas antes, Herrejón había planteado que de no haber sido por la efervescencia política provocada en la Nueva España por los acontecimientos peninsulares de 1808 (concretamente, por la invasión napoleónica), Hidalgo “pudiera haber seguido el resto de su vida como cura ilustrado y benefactor, sin tener participación destacada en una revolución”. En el mismo sentido, llama la atención que Hidalgo no haya participado en la conspiración de Valladolid de 1809 (en la que tomaron parte varios de sus amigos) y que se resistiera hasta el final a dirigir la conspiración de Querétaro (a pesar de la insistencia de Allende). Basta revisar la lista que proporciona el propio Herrejón de “momentos clave” que, desde su perspectiva, llevaron a Hidalgo a levantarse en septiembre de 1810, para poner en duda ese cura que, supuestamente, a toda costa quería separarse de España: “la negativa del fiscal Sagarzurrieta a que se estableciera un convento de mo[n]jas indias en Dolores, las noticias de la invasión francesa de Andalucía, el miedo del gobierno ante la persuasión de los Bonaparte, el secuestro riguroso de sus emolumentos, la decepción de su candidatura a las Cortes, el activismo de Allende y, en fin, la reprehensión tácita que significaba el valor de una mujer como la Corregidora”. Independientemente de que no me queda claro el último punto, en mi opinión este listado sugiere más un Hidalgo que reacciona de modo progresivo a la crisis política que desató la invasión napoleónica, que un sacerdote que desde 1792 ponderaba la independencia absoluta (como plantea Herrejón en el capítulo IV).

Imposible hacer justicia aquí a la riqueza de fuentes, datos y acontecimientos que recorren Hidalgo. Maestro, párroco e insurgente. Herrejón ha culminado décadas de trabajo dedicado al cura de Dolores con una biografía que, con razón, era el libro bicentenario más esperado por los especialistas. Sin embargo, insisto en este punto, para que el número de lectores del libro no se limite a unos cuantos, habrá que esperar un nuevo tiraje de la reciente edición; el tema y el libro lo ameritan.

Entre los aciertos más destacables del libro está su tratamiento del ancho y complejo mundo religioso novohispano, incluyendo algunas cuestiones teológicas de cierta complejidad. En general, apenas hay algún aspecto de la vida de Hidalgo sobre el cual Herrejón no nos diga algo que nos ayuda a comprenderla mejor. Ya sea la decisión de Hidalgo de no atacar la ciudad de México después de la victoria en Monte de las Cruces7 o los “asesinatos injustificables” que ordenó de cientos de ciudadanos españoles (primero en Valladolid y luego en Guadalajara).8 Lo mismo se puede decir sobre su rivalidad con Allende (de tal magnitud que éste planeó envenenarlo), sobre su creciente “despotismo autocrático” (hasta convertirse en “Alteza Serenísima”),9 sobre su monumental derrota en Puente de Calderón (en cierto sentido, una derrota anunciada) o sobre su triste final. Poco antes del mismo, tuvo lugar la denominada “retractación” de Hidalgo, cuya autenticidad ha negado la historiografía nacionalista.10 Sin mucho sentido desde mi punto de vista, pues este documento no disminuye la entereza que caracterizó a Hidalgo hasta el último instante de su vida.

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Que el debate sobre la insurgencia y la consumación sigue vivo se puede comprobar al revisar las contribuciones a la discusión historiográfica que tuvo lugar hace poco en el blog cultural de nexos: http://cultura.nexos.com.mx/ En este intercambio participaron, entre otros, Juan Ortiz, Alfredo Ávila, Rodrigo Moreno, Catherine Andrews, Marco Antonio Landavazo y Jaime del Arenal; historiadores como Jaime Olveda y el propio Herrejón participaron también con comentarios críticos.

2 Como señala Herrejón (p. 470), la expresión “padre de la patria” fue aplicada al cura de Dolores en el último número del primer periódico insurgente, El Despertador Americano; este número está fechado el 17 de enero de 1811 (es decir, el mismo día que tuvo lugar la batalla de Puente de Calderón).

3 Es más, en algunas partes del texto (pp. 97, 291) Herrejón sugiere que desde mucho antes de 1810 Hidalgo consideró esta opción.

4 Debe señalarse, sin embargo, que Hugh Hamill (en The Hidalgo Revolt) hizo también esta propuesta interpretativa y que Herrejón no es el único historiador mexicano actual en defenderla. Moisés Guzmán Pérez mantiene una postura similar; véase su libro Miguel Hidalgo y el gobierno insurgente en Valladolid (IIH/Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, 2011). Contrariamente a lo que han planteado autores como Zavala, Mora, Sierra, O’Gorman y el propio Hamill, Guzmán Pérez piensa que Hidalgo sí tenía un plan político. A este respecto, yo tiendo a coincidir con O’Gorman cuando afirma que la vaguedad de Hidalgo al respecto se presta “a toda clase de aventuras hermenéuticas”; “Hidalgo en la Historia”, en la antología Imprevisibles historias, Eugenia Meyer, ed. (UNAM/ FCE, México, 2009), p. 390. Esto, por lo demás, no implica que los planteamientos políticos de Hidalgo sean “simples ocurrencias”, como plantea Guzmán Pérez en su libro (p. 177).

5 De la insurrección a la independencia. La guerra en la región de Guadalajara (El Colegio de Jalisco, Zapopan, 2011), pp. 10 y 176 (como lo señala Olveda en la introducción de su libro, el título del mismo hace referencia al carácter progresivo de los objetivos insurgentes).

6 De la insurrección a la independencia, p. 101. A este respecto, Hamill apunta en la misma dirección que Olveda: “The confusion of motives and stated objectives three months after the Revolt began was most unfortuna- te…Only vague concepts were introduced by Hidalgo…His ideas of the type of government which should succeed the achievement of liberty were indefinite, and his indecision is revealed in the vagueness of his statements” (The Hidalgo Revolt, University of Florida Press, Gainsvillle, 1966, p. 192).

7 Por las implicaciones que hubiera tenido para el movimiento insurgente de haber tenido éxito, se ha derramado mucha tinta respecto a los motivos de Hidalgo para no atacar la ciudad. Herrejón descarta el posible saqueo por parte de sus huestes (un motivo referido con frecuencia) y, en cambio, proporciona cuatro razones puntuales: la falta de adhesión dentro de la capital, la mortandad que había causado la artillería realista en Monte de las Cruces, el avance de los ejércitos realistas hacia la ciudad y, por último, la carencia de municiones (p. 388).

8 La expresión entrecomillada es de Herrejón (p. 411). Sobre estas matanzas, las cuales han sido “puestas entre paréntesis” o sencillamente ignoradas por algunos historiadores mexicanos, véase el segundo capítulo de un libro reciente: Nacionalismo y violencia en la Independencia de México de Marco Antonio Landavazo (FOEM, Toluca, 2012).

9 Un despotismo del cual, por cierto, difícilmente se puede hacer responsable a Allende (como sugiere Herrejón en la página 473). Más allá de esta sugerencia, en su libro Herrejón muestra la inclinación de Hidalgo a actuar despóticamente casi desde el principio de la insurrección.

10 En dicho documento, que Herrejón reproduce íntegramente (pp. 507-512) y sobre cuya autenticidad no duda, aparece en una ocasión el verbo “retractar” (en primera persona del singular). En realidad, como lo señala Herrejón, el documento es un sincero arrepentimiento de un cura ante Dios y ante la Iglesia por excesos cometidos, no una “retractación” propiamente dicha.

 

4 comentarios en “Hidalgo de cuerpo entero

  1. Coincido con los comentarios de Roberto Breña. A mi lo que no me ha dejado de sorprender es que todavía varios historiadores actuales no se han podido despojar del legado de la historiografía tradicional y oficial, al atribuirle a Hidalgo proyectos que a lo mejor nunca se los imaginó porque le atribuyen a algunos conceptos manejados por el cura un significado distinto al que él les asignó. El colmo de los elogios, tampoco digo que hay que restarle méritos al Padre de la Patria, lo encontramos en Ignacio Ramírez, quien escribió: “Hidalgo, con solo declarar la independencia de la patria, proclamó, acaso sin saberlo, la República, la Federación, la tolerancia de cultos y todas nuestras Leyes de Reforma” (Obras Completas, t.III, p.39).

  2. Hola Roberto: comparto, antes que nada, tu preocupación por discutir el libro de Herrejón sobre Hidalgo; aunque que creo que es más urgente generalizar esta idea a la nueva bibliografía que ha salido, cuando menos, en los últimos 30 años. Somos unicornios en la tierra historiográfica del siglo XIX. Casi nadie dialoga con los demás o lo hace periféricamente. El silencio o la indiferencia de lo que dicen otras voces –muchas veces, antes que lo imaginaramos nosotros– se vierte en contra de los nuevos hallazgos o enfoques históricos. De ahí la urgencia de activar foros de debate sin enojos y con espíritu abierto a la crítica. Pero vuelvo al punto central de tu reseña. Me parece que la discusión de si Hidalgo promovió la independencia absoluta o sólo actuó en contra del “mal gobierno” tiene que ver con una vieja polémica entre la escuela de los “autonomistas” (los que piensan que la mayor parte de los actores de la independencia no querían romper con Fernando VII) vs los independentistas. Los principales defensores de la primera postura recae en académicos como Jaime Rodríguez y Virginia Guedea y, en forma renovada, con autores de las nuevas generaciones como Marco Landavazo. Los impulsores de la segunda postura tiene que ver con académicos como Lemoine y el propio Herrejón. Estos últimos son historiadores que han sido considerados resguardadores de la historia “tradicional” y nacionalista; mientras que los primeros, se revisten como renovadores o revisionistas. Por lo tanto, no entiendo porqué poner en primer plano a un historiador como Jaime Olveda, dado que sólo ha repetido muchas de las cosas que ya habían sostenido otros historiadores como el referido Jaime Rodríguez (pienso que hubiera sido mejor en tu reseña señalar de donde parte el origen de la polémica). Por otro lado, sabemos que la cuestión no es tan sencilla. Que la calificación de tradicionalistas o revisionistas puede ser engañosa. Es mejor centrarnos en la manera cómo tejen sus argumentos y “sustentos” unos y otros. Por ejemplo, Moisés Guzmán ha intentado darle una nueva vuelta de tuerca a los llamados “tradicionalistas”. Ha propuesto, lo cual me parece muy sensato, diferenciar los distintos actores de las insurgencia. Morelos y los de Chilpancingo fueron abiertamente separatistas. No autonomistas o fernadistas. Por consiguiente, no todo actor insurgente estuvo desprovisto de un “proyecto político de nación”. Guzmán añade una conato más polémico: el papel de la Junta Subalterna Gubernativa, que prolongó su existencia hasta 1820. Entonces, no estoy en condiciones de afirmar si Hidalgo fue autonomista o separatista “enmascarado”; pero si me parece que los autonomistas deben aceptar la crítica de haber “extendido” la idea fernandista a todos o casi todos los actores de la guerra de independencia. En contraste, creo que los “independentistas” desde la insurgencia tienen que revalorar los hallazgos de la “escuela autonomista”: el fernandismo que atravesó a algunos de los actores insurgentes; el tomar en serio al conjunto de actores e instituciones de la postura hispanista: el juntismo de 1808-1809, la convocatoria a cortes constituyentes de Cádiz, las cortes generales ordinarias, el regreso del constitucionalismo gaditano en los años 20… Hay que discutir al iturbidismo casi en los mismos términos que a Hidalgo… en fin. Y aquí me detengo. Desgraciadamente no he tenido la oportunidad de leer el libro de Herrejón, y no sé puede polemizar sin su lectura previa. Sin embargo, he leído múltiples cosas de la obra de Herrejón y todas ellas son sólidas, con independencia de si compartimos o no enfoques o posturas sobre puntos específicos. Prometo leer su libro en lo futuro, si duda. Felicitaciones a ti Roberto por reactivar los debates historiográficos. Creo que este el camino. Ojalá sea perdurable y sin enojos personales.
    Israel Arroyo.

  3. Desde mi punto de vista, el comportamiento del cura Hidalgo reflejaba una constante variación en sus ideas, los conjurados de Querétaro nunca lo tuvieron como uno de sus principales líderes, fue más bien el mar de acontecimientos los que lo fueron obligando a actuar de determinada manera, si hubiera tenido realmente un proyecto el movimiento hubiera sido radicalmente distinto, felicidades por el artículo y el análisis del texto