Frente al ataúd de mi hermano, una tempestad de emociones me impedía escuchar las condolencias de los amigos. Aturdido por su muerte, fatigado por las horas sin dormir, impresionado por el tiempo que había pasado ante su cadáver tendido en la cama que ocupó una parte de su estudio, de su biblioteca, entré a la capilla ardiente a decirle adiós.
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