Sea el poema de Fernando Pessoa atribuido por él mismo a su heterónimo Álvaro de Campos (versión del portugués de Rodolfo Alonso, Fabril Editora, Buenos Aires, 1961; 2ª. edición, 1972):

entrega

Todas las cartas de amor son
Ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
Ridículas.

También escribí en mis tiempos cartas [de amor,
Como las otras,
Ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
Tienen que ser
Ridículas.

Pero, al fin,
Sólo las criaturas que nunca escribieron
Cartas de amor
Son
Ridículas.

Quién me diera el tiempo en que escribía
Sin darme cuenta
Cartas de amor
Ridículas.

La verdad es que hoy
Mis recuerdos
De esas cartas
Son
Ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
Como los sentimientos esdrújulos,
Son naturalmente
Ridículos.)

Sea ahora la entretenida noticia, llegada en forma de libro, de que se reúnen en español las cincuentaiún cartas que Pessoa le escribió a Ophélia Queiroz durante sus dos noviazgos, entre marzo y noviembre de 1920, y entre septiembre de 1929 y enero de 1930. Cartas de amor de Fernando Pessoa (Editorial Funambulista, Madrid, noviembre 2012) trae también la nueva de que sólo hasta el pasado 2012 hubo acceso a las 60 cartas (y al parecer falta una, censurada por la familia) que Ophélia Queiroz le escribió a Pessoa.

No vendo trama si digo que Pessoa concluyó los dos noviazgos por temor al “compromiso” marital; sólo atrajo mi atención, y me dispuse a leer las cartas en ese sentido, la frase final de la cuarta de forros donde se dice que “las misivas de Pessoa desmienten” muy bien el poema “Todas las cartas de amor son ridículas”. La traductora del volumen Isabel Lacruz titula incluso su postfacio (donde glosa algunas de las cartas de Ophélia Queiroz): “Todas las cartas de amor no son ridículas”. La edición busca igualmente darle “seriedad” a estas cartas, pongamos, por lo que revelan de “la psique fragmentada” de Pessoa al permitir que meticheara en ellas, y a veces se interpusiera en el noviazgo, el mismo Álvaro de Campos. Me sorprendió más enterarme de que el loco de Pessoa dio vida, con el número 61 en la increíble lista de sus heterónimos y personajes ficticios, a Mr. A. A. Crosse, al que menciona en cinco cartas. En una le dice a Ophélia: “No te olvides del señor Crosse. Mira que es muy amigo nuestro y puede sernos muy útil”. Es que bajo el nombre de A. A. Crosse, Pessoa se ganaba algún dinero mediante el envío a la prensa inglesa de soluciones a enigmas y crucigramas. Uno de los prestigiados heterónimos de Pessoa, Ricardo Reis, ameritó una dilatada novela de José Saramago; este Crosse valdría por lo menos un cuento o un ensayo narrativo.

Y ahora bien: no encontré en las cartas de Pessoa el desmentido al verso o al poema “Todas las cartas de amor son ridículas”. Por el contrario: son cartas plagadas de diminutivos, baby-talk, militante o inexpugnable cursilería. En una de ellas la traductora Lacruz se aplica para dar este equivalente en español: “Me pono zólo a scribir pa decile a Bebecito que ma gustao mucho zu catita. Y también sentí muicha pena de no está ceca de Bebé pa dale vesitos”. Conté cerca de ciento cuarentaiocho apariciones de estos “bebecitos” o “bebé pequeñín”, y similares, y más de cuarenta “besos-besitos” enviados o pedidos a Ophélia Queiroz, entre ellos: “Quiero besitos, muchos besitos. Tengo hambre de besitos, tengo sed de besitos, sueña [sic] con besitos. Sólo besitos es lo que no tengo”.
Las cartas de amor de Fernando Pessoa son, siguen siendo, cual debe y naturalmente, ridículas.

Luis Miguel Aguilar. Poeta y ensayista. Entre sus últimos libros: Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas y El minuto difícil.