En noviembre de 2010 salió a la luz el Diccionario de mexicanismos, publicado por la Academia Mexicana de la Lengua y Siglo XXI Editores. En enero y febrero de 2011 aparecieron reseñas críticas de Gabriel Zaid y Luis Fernando Lara, respectivamente, sobre ese diccionario en la revista Letras Libres. En abril de 2011 apareció una nota mía sobre el mismo diccionario en Letras Libres, a la vez que sendas nuevas notas de Zaid y Lara sobre el Diccionario de mexicanismos en ese mismo número de esa revista. Doy contestación en este texto a las críticas realizadas por Gabriel Zaid y por Luis Fernando Lara al Diccionario de mexicanismos.                  

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Una crítica general, compartida por Zaid y Lara, es que el Diccionario de mexicanismos es erróneo en su noción de mexicanismo. Para ubicar al lector, recordaré aquí lo expresado en la introducción del Diccionario: son mexicanismos aquellas voces y acepciones caracterizadoras del habla de México, que distancian la variante mexicana respecto del español peninsular, concretamente, de su variedad castellana. Un mexicanismo puede provenir de la lengua considerada patrimonial para el español, la latina, puede provenir del árabe, del español europeo, de las lenguas vernáculas mesoamericanas, del inglés, del francés o de cualquier otra lengua, pero el origen de la voz no fue un criterio considerado en el Diccionario de mexicanismos. Lo que otorga carácter de mexicanismo a una forma es que ésta se emplee en México y no en el español europeo castellano y que su uso esté generalizado en nuestro país porque los hablantes, cualquiera sea nuestra escolarización o falta de ella, le hemos otorgado carta de naturaleza, mediante su empleo y/o reconocimiento.

Expuesto lo anterior, pasemos a la contestación.

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Concluye Gabriel Zaid su valoración del Diccionario de mexicanismos (véase su nota “Lejía”, número 145, Letras Libres, p. 65, a partir de aquí todas las referencias corresponden a esta revista) diciendo que “Compilar tonterías en orden alfabético no es hacer un diccionario”.

La base de esta valoración son dos palabras, lejía y hot dog, de las más de 11 mil entradas y más de 18 mil acepciones que tiene el Diccionario de mexicanismos. Para Zaid las voces anteriores no son mexicanismos. En ambos casos es totalmente erróneo su comentario. En el primer caso, porque lejía en el español mexicano actual es sosa cáustica y sirve fundamentalmente para destapar cañerías mientras que en España lejía es hipoclorito de sodio diluido en agua y sirve principalmente para blanquear ropa, es decir, el cloro o blanqueador del español mexicano.

La crítica sobre lejía de Zaid pone en evidencia el desconocimiento de que la relación entre el significado y el significante (la forma fónica) de las palabras es arbitraria, es decir, no hay ninguna razón para que a determinado significante corresponda un cierto significado y viceversa. Gracias a esa arbitrariedad, el significado y el significante pueden cambiar de manera independiente. Por ejemplo, patre(m) mantuvo casi inalterado el significante, sólo cambió la sorda t a su correspondiente sonora d, pero realizó un cambio radical en el significado, puesto que patre en latín clásico era el padre social, el pater familias, mientras que el padre biológico se denominaba genitor; con el cristianismo, padre cambió drásticamente su significado y adquirió el valor de “padre biológico”. Un caso inverso es el del latino lacte, que requirió numerosos cambios en el significante a lo largo de varios siglos para llegar al español leche, pero el significado de la palabra latina y la española son el mismo.

La palabra lejía es un caso similar al de patre para efectos dialectales: mantiene, con pequeños ajustes fónicos, el significante, lixiva, pero el español de México y el de España han realizado una especialización semántica, que es un cambio en el significado. El mexicanismo lejía es un ejemplo de la arbitrariedad del signo lingüístico. Eso es todo.

Hot dog es también mexicanismo, aunque sea préstamo del inglés. Es un extranjerismo, como está dicho en mi nota y señalado en el Diccionario de mexicanismos mediante la tipografía en cursivas e indicación de la pronunciación entre corchetes, porque a un panecillo alargado y caliente con una salchicha cocida o asada en medio, acompañado por lo regular de mostaza y catsup, los mexicanos lo llamamos hot dog y no perrito caliente, que es la denominación usual en España. El mismo caso de hot dog es el de la lista de anglicismos considerados mexicanismos en nuestro diccionario (jeans, cash, motel, aerobics, traveller check, entre muchos otros) y que vuelven a escandalizar y a provocar las iras de Gabriel Zaid y a causar sus irónicas críticas en su segunda nota (“La mala suerte”, número 148, pp. 32-34).

Parece ignorar Zaid que las lenguas no cambian por sí solas sino que somos los hablantes quienes cambiamos la lengua, y uno de los mecanismos básicos de ese cambio es que los hablantes nos desplazamos geográficamente, entramos en contacto con otros hablantes y, como consecuencia del contacto humano, viene el contacto lingüístico y se producen préstamos, calcos, etcétera, cualquiera de los posibles resultados del contacto. Las lenguas no son entidades puras abstraídas de las migraciones, de las necesidades tecnológicas de una sociedad, de las modas culturales ni de los sentimientos o deseos de sus hablantes. El préstamo es algo usual y cotidiano en todas las lenguas, incluida la española, y una vez que una lengua toma en préstamo una voz, esa voz pertenece a esa lengua aunque pueda ser etiquetada y reconocida como extranjerismo; con el tiempo se suele debilitar o perder la conciencia de que es extranjerismo. Los hablantes y, en consecuencia su lengua, adoptamos aquello que nos es útil y que nos va a producir interacción exitosa con nuestros interlocutores.

Para las ciencias del lenguaje no existen lenguas completas ni incompletas, ni mejores ni peores, ni bonitas ni feas; no existen, en consecuencia, sonidos, palabras, estructuras ni significados malos o buenos, peores o mejores. Cualquier lengua tiene absolutamente todo lo que necesita para cumplir rigurosamente con todas sus funciones sociales, no le sobra ni le falta nada. La valoración, positiva o negativa, que se haga de los hechos de lengua surge a partir de las estrategias identitarias de las personas, de los hablantes, porque en cada hablante y en cada acto de habla confluyen lengua y sociedad, pero la aceptación o el rechazo no está en las lenguas ni surge de ellas.

Lo más grave, a mi modo de ver, no son las apreciaciones particulares sobre lejía o hot dog o sobre los anglicismos por parte de Gabriel Zaid, sino que esas apreciaciones reflejan un desconocimiento de la estructura básica de la lengua y de los mecanismos esenciales de la variación y del contacto lingüístico que regulan el funcionamiento de cualquier lengua.

Escandalizarse porque un diccionario de mexicanismos incluye anglicismos es mostrar un purismo no sustentado y rayano en lo ridículo. Debo pensar que Zaid, en aras de ese purismo, evita todo tipo de extranjerismos en su habla o escritura. Por lo tanto, no se afeita ni se deleita, porque sus bases, afeite y deleite, son provenzalismos, más precisamente occitanismos de viejo cuño medieval, como muestran las graficaciones usuales medievales afeyte y deleyte; ni empleará el hermoso adjetivo rozagante porque es catalanismo; no tendrá alberca, no comerá ajonjolí ni aceite y no usará alcohol ni hará alharaca, porque todas estas cinco palabras son arabismos; no se sentará en un sofá ni tendrá chofer ni comerá puré porque son galicismos; no dirá máxime porque es un cultismo, es decir, un préstamo del latín que entró tardíamente por la vía escrita, y desde luego no podrá usar nahuatlismo alguno, desde chocolate hasta molcajete serán evitados, porque todos los nahuatlismos son tan extranjerismos como los anglicismos para la lengua española, aunque entre ellos exista distinta profundidad histórica y distinto grado de adaptación.

Califica Gabriel Zaid numerosas veces de “peregrino” (número 148, pp. 33 y ss.) el hecho de haber incluido los préstamos duros (así se denominan en lingüística) del inglés en el Diccionario de mexicanismos. Seguramente todos los diccionarios son peregrinos en el momento en que dan cuenta de la lengua española en toda su variedad y complejidad léxica, sean sus palabras procedentes de la lengua que sea, porque el español, como cualquier otra lengua, vive en y con su variación.

En este asunto de los préstamos, yo me pregunto por qué no se escandaliza Zaid con el Diccionario del español de México, dirigido por Luis Fernando Lara (El Colegio de México, 2010), que también contiene la voz hot dog (y hot cake y muchos otros anglicismos) y, además, la pone con tipografía en redondas, tipografía indicativa de que para el equipo que elaboró el Diccionario del español de México la palabra hot dog está ya plenamente integrada en el español, con el mismo estatus de mesa o zapato. El Diccionario del español de México, sin embargo, muestra en este punto una contradicción metodológica y teórica, ya que pone “se pronuncia jot dog”, “se pronuncia jot kéik” para palabras que considera español pleno y no extranjerismos puesto que no les asigna tipografía especial. ¿Si es una palabra integrada al español, por qué aclarar cómo se pronuncia? No creo que haya que aclararle a ningún usuario cómo pronunciar mesa o zapato.

También es erróneo el señalamiento de Zaid al decir (número 148, p. 34) que abreviar, abusivo y alfombrar son español general y que es una “confusión obvia” incluirlas en un diccionario de mexicanismos. Esas voces son mexicanismos a la vez que americanismos, como se indica en el Diccionario de mexicanismos con la marca supran, porque en el español de España no se emplean esas voces para esas acepciones, o son de uso muy raro, hecho este conocido como “diferencia relativa” en lexicografía; por ejemplo, el equivalente de nuestro abusivo es abusón en España. Parece no saber Gabriel Zaid que el Diccionario de la lengua española, mejor conocido como DRAE, de la Real Academia Española, quita el señalamiento de países cuando cinco o más países hispanoamericanos comparten la voz o acepción.

En la misma página del número 148, Zaid señala que la definición de apiñonado es mejor en la obra de García Icazbalceta que en el Diccionario de mexicanismos, porque este contiene dos acepciones en lugar de una y porque Icazbalceta incluyó piñón en la definición. Difiero de la opinión de Zaid. La definición de apiñonado de García Icazbalceta es adecuada para la época en que se publicó su Vocabulario (que sólo llega hasta la letra G, pero es obra ya clásica además de pionera), pero actualmente esa voz tiene dos acepciones, ya que no es lo mismo “ser de color apiñonado”, color inherente, que “haber adquirido color apiñonado”, color pasajero. Sin duda, la moda de tomar el sol es culturalmente muy reciente y el Diccionario de mexicanismos, que refleja el español actual mexicano, debe dar cuenta de la ampliación semántica que la palabra en cuestión ha adquirido al día de hoy. La entrada de apiñonado en el Diccionario de mexicanismos no incluye la palabra piñón como base de la definición, cosa que sí hace el Vocabulario de García Icazbalceta, porque es lo correcto no incluirla, ya que, de haberlo hecho, se violenta la norma básica de la lexicografía de que un derivado no debe incluir ninguna palabra de su propio paradigma.

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Pasemos a las críticas realizadas por Luis Fernando Lara en sus dos reseñas (números 146 y 148), mismas que me dan pie para hacer una breve valoración del Diccionario del español de México.

Señala Lara (número 146, pp. 71-72) que el Diccionario de mexicanismos “registra sin discriminar todos los vocablos que encontró en sus fuentes”, y concluye que “la lexicografía no se improvisa” (p. 72). Afirma Lara que el Diccionario de mexicanismos recogió voces indiscriminadamente y que, por ejemplo, igor “ano”, julián “nalgas”, larailo “homosexual”, ¡chanclas! para indicar sorpresa, o ibm “ayudante” no son mexicanismos, que quizá sean ocurrencias pasajeras de algún hablante y no se entienden en México; afirma asimismo que el Diccionario de mexicanismos asienta voces aumentativas o diminutivas que no tienen un significado distinto de sus bases, como acostadote o afuerita, y afirma que el significado del adverbio siempre en siempre o siempre no, el de recién en recién llegamos, o el significado de inicio de la preposición hasta en el doctor llega hasta las tres no son genuinamente mexicanos porque pertenecen al español de otros países hispanoamericanos y, si acaso, son de uso reciente en México.

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Es equivocada la apreciación de Lara y además es, a mi modo de ver, muy restringida y estática la noción de lengua en general y de español de México en particular que subyace a esa apreciación. En primer lugar, el Diccionario de mexicanismos no es un diccionario basado exclusivamente en fuentes, sino que confirmó, como está dicho en la introducción, mediante encuestas de uso y reconocimiento que las voces incorporadas pertenecieran al español mexicano. Así, las cinco voces iniciales del párrafo anterior son de empleo popular y extendido para un amplio número de hablantes del centro del país. Posiblemente, Luis Fernando Lara, como muchos otros mexicanos, sólo emplea un registro cuidado culto en su hablar, pero ello no significa que las voces que él no reconoce no tengan carta de naturaleza en el español de México.

Igualmente, el Diccionario de mexicanismos incorporó diminutivos o aumentativos cuando éstos se han fijado con un significado que es distinto o no transparente respecto del significado básico o usual del sufijo en cuestión: acostadote tiene un significado valorativo de “flojo, holgazán” no inferible directamente del sufijo aumentativo ote; afuerita tiene una connotación de “inmediatamente fuera” que no es extraíble del significado básico del sufijo diminutivo ita.

Por último, los usos adverbiales y preposicionales que Lara cuestiona como mexicanismos sí lo son porque se emplean en el español hablado en nuestro país, sin importar su posible procedencia dialectal, y no se conocen en el español de España. Por supuesto, es más frecuente en México recién llegado que recién lo vi, pero ambos son español de este país. Además, debo precisar que estas expresiones adverbiales y preposicionales no son en modo alguno de uso reciente en el español de México: hay documentaciones antecedentes de esos usos adverbiales y preposicionales, conocidas en la lingüística como “contextos puente”, al menos desde finales del siglo XVIII para recién y desde la cuarta década del XIX para siempre y hasta.

En mi nota aparecida en Letras Libres digo que una pauta de lexicalización del español de México que se observa a lo largo del Diccionario de mexicanismos es la recurrente codificación de la transgresión a las normas: mordida, mocharse, arreglo, pa’ su refresco, corta, brincarse las trancas, abogánster, perjudicial, coyote, coyotear, cooptar, no darse por mal servido, etcétera. Contesta Luis Fernando Lara (número 148, p. 59) a esa observación mía diciendo que “la transgresión, que ahora nos hace el favor de resaltar, no caracteriza nuestra identidad, sino un momento del estado social que nos ha tocado vivir”.

El comentario de Lara en términos de que se trata “del momento… que nos ha tocado vivir” indica un desconocimiento de la relación directa existente entre transversalidad categorial, esto es, diversidad o variedad categorial, y profundidad histórica de los hechos de lengua. Cuando un mismo fenómeno, en este caso la codificación de la transgresión, se manifiesta en muchas categorías —verbos, sustantivos, adjetivos, locuciones de todo tipo, frases hechas, etcétera—, ello significa que el fenómeno tiene bastante o mucha profundidad histórica, y significa que la comunidad lingüística en cuestión ha sedimentado por décadas o siglos ese hecho social, se ha referido a ese fenómeno desde antiguo, ha creado paulatinamente múltiples denominaciones para codificarlo y, como consecuencia, el fenómeno se manifiesta en múltiples categorías. No existe en el funcionamiento de ninguna lengua creación léxica acumulada en periodos muy breves ni se producen desplazamientos metafóricos que sean aceptados o convencionalizados en una sociedad en lapsos muy breves. Por desgracia, no es “el momento que nos ha tocado vivir”, o ese “momento” dura ya siglos.

La opinión que vierte Lara (número 148) sobre la noción de “identidad” es reducida y elitista, además de que están superpuestas en esa opinión las nociones de identidad y de reflexión sobre esa identidad. En su texto, “identidad” es “construcción imaginaria, largamente elaborada y criticada por el concurso de pensadores, escritores, artistas, historiadores…” (p. 59). Por mi parte, identidad es el “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás” y “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás” (DRAE, 2001: s.v. identidad). Desde mi punto de vista, la identidad la construimos todos, cualquiera sea nuestra escolarización o lugar en la vida y en la sociedad, hagamos o no una construcción o una reflexión sobre ella.

Construcción imaginaria de Luis Fernando Lara parece más bien la confrontación constante en sus dos notas, con visos de encono y batalla, contra el español de España, el de la “metrópoli”, como él la llama, contra los trabajos y aparente actitud imperialista de la Real Academia Española y contra el hecho de que hacer diccionarios de “mexicanismos” (o argentinismos o peruanismos, da lo mismo), es un sometimiento a la “metrópoli”, porque para él establecer la diferenciación dialectal implica un sometimiento de las academias hispanoamericanas a la de España.

Este discurso está caduco y superado, está en el imaginario de Lara pero es inexistente en el de muchos otros estudiosos de la lengua, incluidos los mexicanos. Por el contrario, como ya he dicho muchas veces, saber cuál es la norma o las normas del español de México, o de cualquier otro país, es estar seguros de cómo hablamos y es conocernos mejor. En la medida en que sepamos quiénes somos, cómo somos y por qué hablamos y nos comportamos lingüísticamente de una determinada manera, estaremos más seguros de quiénes somos y de cómo podemos situarnos frente al otro y ante nosotros mismos.

Los mexicanos cruzamos cuadras y no manzanas, tomamos el camión y no cogemos el autobús, compramos zapatos café y no marrones, tenemos pases de abordar y no tarjetas de embarque. Estar seguros de cómo hablamos es saber en qué somos iguales y en qué somos diferentes frente al otro y a los otros; es, en definitiva, conocernos mejor y situarnos seguros de nosotros mismos, y más tolerantes, frente a la otredad.

Finalmente, afirma Lara (número 146, p. 69) que “Concepción Company y sus colegas de la Academia se muestran hábiles en el ninguneo del conjunto de estudios y publicaciones del equipo del Diccionario del español de México”. Me parece muy desafortunado, y grave, emplear el sustantivo ninguneo porque significa el no reconocimiento deliberado y el desprecio. El Diccionario de mexicanismos contiene un corpus con las fuentes consultadas (pp. XXXIX-XLII), en el cual se encuentra el Diccionario del español usual en México (El Colegio de México, 2009). Por lo tanto, no hubo omisión en el reconocimiento de la investigación lexicográfica que se realiza en El Colegio de México ni del equipo que elaboró el Diccionario del español de México.

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Tres comentarios sobre el Diccionario del español de México. Primero, que es, posiblemente, uno de los proyectos de investigación lingüística más costosos para el erario público (mexicanismo, por cierto) realizado en nuestro país en las últimas décadas. A lo largo de 36 años una institución de educación pública, El Colegio de México, costeó un equipo de cuatro o cinco investigadores de tiempo completo, más bastantes más investigadores contratados por tiempo parcial en diversos periodos. El resultado son mil 708 páginas de un diccionario integral del español de México, con unas 24 mil voces y algo más de 80 mil acepciones, aproximadamente.

El resultado académico es un diccionario con buenas definiciones, como ya he dicho, y muy cuidado tipográficamente, como también he dicho; malo sería que no fuera así tras 36 años. Pero el resultado es un diccionario que no pone todas las marcas gramaticales esperadas, marcas que son necesarias para orientar a los usuarios y que son útiles para los estudiosos de la lengua. Por ejemplo, no indica que valer madres, poner en la madre son locuciones y menos aún indica que sean verbales. La misma carencia de marcación gramatical de locuciones y expresiones existe a lo largo de todo el diccionario. Si no se marca, desde luego no hay riesgo de equivocarse. Aunque ésa sea una práctica en la lexicografía actual, los usuarios hubiéramos agradecido las marcas, y más, tras 36 años de esfuerzos institucionales.

Nuestro diccionario, el Diccionario de mexicanismos, hizo un marcado gramatical sistemático; nos habremos equivocado en algunas marcas, pero nos tomamos el trabajo de clasificar todo el material léxico.

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Tampoco pone el Diccionario del español de México marcas sociolingüísticas o las pone tan ocasionalmente que no se perciben. No indica, por dar un ejemplo, que oler a madres es vulgar, marca que orientaría al usuario sobre cuál es la situación comunicativa adecuada para emplear esa locución. Tampoco indica que papalote o chapopote, o muchas otras voces, sean mexicanismos, porque para el Diccionario del español de México todo es español de México y sería sometimiento a la “metrópoli” poner la marca de mexicanismo. Y está en lo cierto, todo es español usado en México, pero el usuario hubiera agradecido que le indicaran que chapopote es voz exclusiva de México, un mexicanismo, para poder ubicarlo, relacionarlo y diferenciarlo de las voces del español general que contiene el Diccionario del español de México y que son compartidas con la totalidad del mundo hispanohablante, como mesa, reír, papel, leer, etcétera.

Segundo, el Diccionario del español de México parece seguir un criterio de polisemia —y digo parece porque no está explícito—, es decir, parece que en él se establece una red semántica de relaciones de significado bajo una cierta voz. Así, siguiendo con madre, las locuciones y expresiones que contienen la voz madre: poner en la madre, hasta la madre, de a madre, madrecita, etcétera, están al final de madre. Aparte de la inconsistencia de que madrecita esté ejemplificada aunque carezca de lugar propio en el artículo lexicográfico (y no es lo mismo una madre “cosa” que una madrecita), para mí es muy dudoso que la madre biológica, primera acepción, esté presente o siquiera sugerida ya en esas expresiones, porque se ha producido un proceso de debilitamiento semántico de la voz originaria a la vez que un enriquecimiento expresivo y es la locución toda y no la voz madre la que aporta los numerosos matices de significado, es decir, es un significado de construcción, de ahí la diversidad categorial que se crea con madre, diversidad que debiera estar marcada y quizá en algunos casos reubicada.

Tercero, el Diccionario del español de México contiene voces generales de uso común como mesa, leer, llorar, silla, naranja o papel, contiene asimismo voces generales poco comunes, tales como ahíto, heterótrofo, hiato, hinduista, jónico, odre, romanilla o urdir, entre muchas otras, para las que no parece posible el calificativo de usual, adjetivo que se incluía en el título de los diccionarios que constituyen las versiones antecedentes del Diccionario del español de México: el Diccionario usual del español de México de 2006 y 2009, publicados por El Colegio de México. Si por usual entendemos “que común o frecuentemente se usa o se practica” (DRAE 2001: s.v. usual), las voces anteriores no serían cotidianas ni frecuentes bajo ningún punto de vista en el español diario de México. El Diccionario del español de México contiene también mexicanismos, sin que se marquen como tales como ya señalé, pero numerosos mexicanismos no están: mexicanismos de registro culto o cuidado como parteaguas o emeritazgo están ausentes de ese diccionario, mexicanismos no marcados o generales en México como chicanada, torito “pregunta retadora”, “centro de reclusión…” o chamoy, etcétera, tampoco están, y mucho menos está la mayoría de los mexicanismos de la vida afectiva, íntima, coloquial o festiva que usamos día a día los mexicanos, como aquellito, descontón, deschongarse, desmechar, desmondongar, naquiza o rapidín.

Mi percepción en este punto es que el Diccionario del español de México, a pesar de ser un diccionario integral del español, no será el diccionario de referencia de la lengua española porque finalmente, como su propio título indica, es un diccionario del español de México, pero tampoco será muy consultado para buscar mexicanismos, o será un tanto decepcionante la búsqueda del usuario, porque no se marcan las voces mexicanas como tales y, por lo tanto, el hablante no las reconoce y porque muchos mexicanismos no están consignados.

Es decir, el Diccionario del español de México está entre dos aguas, aunque sea un buen diccionario del español. Los hablantes usuarios de diccionarios seguirán usando el Larousse, o los muchos Larousse, y, si son un poco más exigentes o curiosos intelectualmente, usarán el DRAE como diccionario de referencia, así sean mejores o peores las definiciones del diccionario de la Academia respecto del Diccionario del español de México. Para muestra basta un botón.

En el número 80 de la revista Algarabía, correspondiente al mes de mayo de 2011, aparece una nota de Lara “El Diccionario del español de México. Primera de cinco partes” (pp. 24-29) precedida de una breve nota introductoria de la redacción de la revista, que a la letra dice (p. 24): “En febrero de 2011 en Algarabía se anunció que nuestro principal diccionario de consulta es ya el Diccionario del español de México”. Es decir, Algarabía descarta cualquier otro diccionario como base de consulta. Sin embargo, en la página 33 de ese mismo número, en la nota de Jorge F. Camacho, intitulada “Escribir, redactar”, leemos: “Redactar según el DRAE es poner por escrito…”, es decir, el colaborador de Algarabía usa el DRAE como diccionario de referencia y no hay en esta nota una sola referencia al Diccionario del español de México, aunque las voces redactar y escribir sí están consignadas en este diccionario. Es decir, incluso con declaración de adhesión, el Diccionario del español de México no es un diccionario de referencia.

El diccionario de la Academia seguirá siendo el diccionario de referencia de la lengua española le pese a quien le pese, y el Diccionario del español de México será consultado y citado sólo por algún “respetable” estudioso, el adjetivo con que Lara se permite calificar mi persona en su primera nota (número 146, p. 71).

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El Diccionario de mexicanismos contiene información léxica ya consignada en otros trabajos y nueva información, toda ella definida, marcada y estructurada adecuadamente, y contiene mucha información gramatical en las definiciones y en la estructura de las entradas, posiblemente más que las de otros diccionarios. Esta valoración inicial y general de la estructura y sustancia de una obra es la esperada en cualquier reseña crítica y no debe ser soslayada. El Diccionario de mexicanismos es perfectible, como toda obra, es la primera edición, y a perfeccionarlo y enriquecerlo está dirigiendo sus empeños la Comisión de Lexicografía de la Academia Mexicana de la Lengua para una segunda futura edición.

El recurso al sarcasmo, la óptica sesgada, el encono personal y las calificaciones a las personas no enriquecen el trabajo académico; por el contrario, lo empobrecen, lo llenan de falta de objetividad y, por ello, son estériles, porque entorpecen el avance del conocimiento y, en lo personal, me hacen cuestionar la altura humanística y el carácter científico de las personas que emplean tales recursos.

Concepción Company Company.
Es investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas y profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.