La Carta escrita por Franz Kafka a su padre en noviembre 1919, a la edad de 37 años, vio luz sólo en 1950 cuando Max Brod cedió a la editorial Schoken los derechos exclusivos de publicación. Cabe leerla (y leer es interpretar) desde múltiples ángulos. Se trata de un texto que emite resonancias ineludibles; filoso e incisivo, estremece al lector y lo conduce perentoriamente a una autoindagación. Es un “yo acuso” que permite a Kafka trazar las raíces de su parcial oquedad afectiva. En fin, representa algo más que una magistral pieza literaria; expone por añadidura una laberíntica dialéctica entre un padre y un hijo. En las ajustadas palabras de uno de los biógrafos del celebrado escritor checo: “la Carta constituye una lección de psicoanálisis desprovisto de cualquier intención terapéutica”.1

Al abordarla, este ensayo pondrá acento tanto en aristas psicológicas como históricas. Las referencias a los escritos de Kafka (K será desde aquí suficiente) emanan de versiones en castellano publicadas por las editoriales Edaf y Emecé.2

Kafka

Como pieza literaria y psicológica, el texto refiere una no relación —que es strictu sensu una relación—3 extremadamente conflictiva entre generaciones. Un alegato —entre jurídico y psicológico— que esboza la precaria capacidad afectiva de dos seres entrampados en un incómodo marco familiar. Ninguno de ellos es capaz de amar salvo lo que consideran la única justificación de su existencia: la laboriosa sobrevivencia en un entorno burgués en un caso, y el impulso irrefrenable a la creación (oración diría K) literaria en el otro. Claramente, la responsabilidad por este trágico eslabonamiento generacional es del padre; K-niño padece su tiránica y ubicua autoridad en tanto que K-adulto no atina a mitigar las ausencias afectivas de la infancia. Refugiarse en un pertinaz encapsulamiento es su inevitable elección existencial.4

Cabe subrayar: no se trata de una Carta remitida formalmente al padre. K la entrega a la madre y su hermana Otlla, sabiendo que ellas jamás —por temor a las represalias o por franca apatía— la harán llegar al esposo y al progenitor. La Carta no será conocida por su destinatario. Sólo Max Brod y Milena Jesenská leerán más tarde su contenido.5
Para entender mejor los móviles y contenidos de este documento es pertinente aludir a sus contextos históricos. Padre e hijo experimentaron vivencias desiguales del judaísmo y del entorno conformado por el imperio austrohúngaro. Vivencias que tuvieron raíz en la escabrosa transición, ocurrida en Europa Central en el siglo XIX, del gueto opresivo a la liberal modernidad. Se incubaron a la sazón nuevas alternativas existenciales para los judíos; en particular, la asimilación irreversible al medio dominante (esencialmente alemán y, en el caso de Praga, el nacionalismo checo hostil a Viena y Berlín) que se tradujo en conductas dispares como la posibilidad de adoptar otra fe religiosa, el matrimonio con no judíos, la adhesión a ideologías y prácticas seculares (el sionismo y las desiguales vertientes del socialismo), la migración a países sin memoria feudal, como las Américas, y, en fin, agresivas posturas de auto-odio y repudio a las raíces originales.

Kafka no escoge ninguna de estas opciones: prefiere la indefinición, o mejor, la definición que el Otro le hará a su antojo. Ciertamente, una postura irresponsable —es decir, de no-respuesta en términos de Heiddeger— es también una opción del ser. Como se verá, K tiende a adoptarla, aunque al final de sus días corregirá sus matices.

En los términos de Hanna Arendt se antoja decir que su padre fue en estas circunstancias un arribista; su proyecto vital se enfiló a injertarse plenamente en el medio praguense, mientras que K es el pariah, “un apestado” que impugna todas las opciones existenciales del momento consciente del castigo que habrá de merecer.6
Vayamos al texto.

Una vida sin infancia
Los contenidos del texto no sorprenden; ya se insinúan en los desarticulados reproches del hijo al padre dispersos en los Diarios, que se inician en 1911 (K nació en 1883). En esas páginas, donde el escritor consignó experiencias personales y esbozos de su fecunda imaginación literaria, hallamos en efecto atisbos preliminares, vivencias, sentimientos en disputa, que tendrán articulada y explícita expresión en la Carta.

Algunos ejemplos: “…dormir, despertar, dormir, despertar, una vida miserable… Cuando reflexiono debo confesar que mi educación me ha dañado… Este reproche alcanza a una cantidad de personas; es decir, a mis padres… Estamos presos entre nuestro pasado y nuestro porvenir…”. Reflexión que apunta el 19-07-1910. Y ésta se insertará ulteriormente en una narración que, para K, constituye una suerte de biblioterapia. “Por fin —dijo el padre apenas Oskar puso los pies en la habitación— …Quédate en la puerta… Estoy tan furioso contigo que no respondo de mí mismo… ¡Silencio! Silencio, te ordeno. Y guárdate para ti tus ‘peros’, ¿entiendes? …No pienso seguir soportando tu vida de inútil… Un hijo así se lo regalo a cualquiera… Ya he perdido la costumbre de mirarte”. Y Oskar calló un momento con la boca abierta y murmura: “Mi verdadero padre me habría abrazado…” (21-2-1910). El 31-10-1911 K apunta “…mientras escribía casi he llegado a odiar francamente a mi padre…”. Comentario que se amplía tres días más tarde cuando el padre censura el vínculo del hijo con un amigo (un actor judío venido de la Rusia zarista): “…quien se acuesta con perros se levanta con pulgas” (expresión que reaparecerá en la Carta y en sus piezas literarias). K añade: “cuando no me pude contener y dije alguna inconveniencia, mi padre contestó: Bien sabes… que hay que tratarme con consideración… Ya tengo suficientes causas de agitación”.

Estos mordiscos verbales, que lastiman la subjetividad y la memoria de K, se reiteran dos meses más tarde: “Mi padre me reprochó a mediodía que yo no me preocupara por la fábrica… Y no paró… Yo me quedé junto a la ventana y callé…” (14-12-1911). Y unos días después: “… es desagradable oír a mi padre… con sus agraviantes indirectas a los jóvenes de ahora, y sobre todo a sus hijos… Escucharlas en un tono de vanagloria y de reproche es un tormento…” (26-12-1911).

K busca consuelo en lo que habría heredado de su madre, suave voz que contrasta con los ofensivos reproches del padre. Consigna: “en hebreo me llamo Amschel como el abuelo paterno de mi madre… Ella tenía seis años cuando él murió; recuerda que era un hombre instruido y venerable, de larga barba blanca… Y también evoca los numerosos libros que cubrían las paredes” (25-12-1911). No debe sorprender que en la Carta se declara “un Lowy” y no un “Kafka”, es decir, un personaje más apegado a la dulzura y erudición de la rama materna que a las asperezas de la paterna (el abuelo fue carnicero), a pesar de que la madre, para atender los negocios del marido, apenas pudo dedicarle cuidados.7 Él y sus hermanas fueron criados por una ama doméstica (Marie Werner) que apenas compensó la ausente devoción materna.8

“¿Por qué te tengo miedo?”
En la Carta escribe: “no supe qué contestarte; en parte, precisamente por el miedo que me inspiras… El miedo y sus efectos me atenazan cuando pienso en ti, porque las dimensiones del tema exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi entendimiento”.

Para explicarse, K alude inicialmente a una primaria experiencia: la muerte de los hermanos que nacieron después de él; Georg cuando contaba dos años y Heinrich cuando cumplía cinco. Dos traumas (también para los progenitores) que turbaron su infancia; así fue el varón que, por único y primogénito, suscitó desmesuradas expectativas en el padre. No pudo ni quiso satisfacerlas.

En su último relato (Josephina, la cantante) refirió la trágica ausencia de la vivencia infantil, reflejo de estas huellas: “…Una generación abruma a la otra… los niños no alcanzan a ser niños… Apenas nacen, y ya no son niños… No podemos darles una genuina infancia…”.9

La Carta reitera los desiguales rasgos que habría recibido, por accidente genético, del padre (“Kafka”) y de la madre (“Lowy o Levi”). “Soy un Lowy” —dice con distintivo orgullo, insinuando su delicadeza y vulnerabilidad—. “Tú eres un verdadero Kafka por tu robustez, salud, apetito, humor, elocuencia, tenacidad…”. Sin embargo, “debo decir que he heredado mucho de ti en este punto… sin disfrutar, no obstante, en mi personalidad de las imprescindibles compensaciones que tú dispones para mantener el equilibrio…”. Es pertinente sugerir aquí —siguiendo al psicoanalista Ferenczi— “una confusión de lenguajes” entre el hijo y su progenitor, pues K introyecta equívocamente las actitudes del padre y crece abrumado por culpas cuando sus necesidades infantiles alumbran enojo y rechazo. Procura aceptar —sin éxito— que lo que no recibió del padre era excusable, y asimila así “una madurez precoz”.10

K continúa su alegato: “… éramos tan distintos y tan peligrosos el uno para el otro que si alguien hubiese pretendido conocer anticipadamente cómo habíamos de comportarnos, yo el niño en lenta evolución, y tú, el hombre formado, habría podido aventurar que tú me aplastarías bajo tus pies, no quedando nada de mí…”. Un miedo elemental que vestirá matices sombríos en La metamorfosis.

Así creció “…como un niño temeroso, lo que no obsta para que también fuera testarudo, como es común que lo sean los niños”. Insinúa sin embargo una excusa: “… lo cierto es que tú, eres bondadoso y tierno, mas no todos los niños poseen el tesón y la intrepidez necesarios para buscar la bondad hasta encontrarla”… “sólo puedes tratar a un niño según hicieron contigo, con dureza, gritos y cólera”.

“También a mí me hurtaron la infancia”
En efecto, el padre padeció ingratas vivencias al compartir con 11 hermanos una estrecha habitación; abandonó el hogar a los 16 años para abrirse rocoso camino en una pluralidad de actividades, incluyendo el exigente servicio militar. Pero en el juicio que K entabla al padre, se trata de circunstancias que no lo exoneran de culpa.
Los tonos del alegato se encienden cuando K eleva un recuerdo que desarma cualquier solicitud de perdón por parte del padre: un acto de violencia verbal y física que estampó cicatriz imborrable. “Una noche no cesaba de lloriquear pidiendo agua… Como tus gritos de amenaza no producían efecto me sacaste de la cama, me llevaste a la terraza y allí me dejaste un rato solo, en camisón ante la puerta cerrada… Esto significaba que yo no era absolutamente nada para ti…”. Múltiple agravio: la violación del refugio que ofrece la cama, la noche peligrosa, la exposición vergonzante de su cuerpo desnudo a los probables ojos de los vecinos. Mutilada su frágil identidad, K frisa la Nada al evocarse: “fui un cero”.

Sigue un reproche que constituye otro tema embriagante para la reflexión psicoanalítica. “Sólo tu simple corpulencia” (¿física, genital?) “me hacía sentirme ya oprimido. Recuerdo… cuando nos desvestíamos juntos en la misma caseta de baños… Allí mismo sentía verguenza de mí… porque tú representabas para mí la medida de todas las cosas…”.

“La brecha es irreparable”

Las distancias crecieron con el tiempo. El padre apenas descifraba los vericuetos de la gramática alemana (el checo era el idioma en el hogar) y sus relaciones sociales se constreñían a las ineludibles en el comercio. Durante más de 40 años prefirió el juego de naipes con la sumisa esposa antes del retiro nocturno.11

En contraste, K tenía un círculo selecto de amigos imbuidos en la alta cultura (bildung) judeo-alemana. Circunstancia que no sorprende, pues en la capital checa de principios del siglo XX los judíos representaban el 85% de una población alemana de 35 mil ciudadanos.12 Sin embargo, sólo a muy pocos se entregó totalmente; su íntima y excepcional amistad con Max Brod fue alimentada más por éste que por K.13 Cuando se unía a círculos sociales para leer en voz alta sus relatos, K recibía coincidentes expresiones de admiración. Pero en el hogar sólo suscitaba punzante indiferencia.

Su testimonio: “bastaba… llegar a casa y exponer alguna satisfacción para recibir como respuesta un suspiro irónico, un golpear en la mesa con los dedos, o un he visto cosas mejores”. A lo que seguían “insultos, calumnias, humillaciones… Nadie ni nada te conmovían… No era posible defenderse de ti…”.

Este pertinaz eslabonamiento de desafectos lastimó facultades yoicas y físicas elementales. “El no ser posible una relación serena trajo otra consecuencia: perdí la facultad de hablar”. Ausencia que se manifestaba sólo con el padre y en su entorno, pues K se distinguía —según testimonios de amigos— por un hablar suave, articulado, casi magnético.14

La disposición irascible del padre (que K procura sin éxito perdonar evocando sus penurias y ausencias en la casa-habitación del abuelo) también se manifestó en el lugar de sustento de la familia, “…en la tienda te oía y te veía gritar, insultar y enfurecerte hasta límites que, según me parecía entonces, no tenían semejanza en todo el mundo”. El padre habría querido que el hijo se incorporase al negocio, con el fin de superar carencias y ensanchar sus alcances comerciales. K lo defrauda para dedicarse “a inquietudes más elevadas” que, sin remilgos, el padre desprecia.

Cabe puntualizar que estas actitudes paternas —alejadas y rígidas— no se manifestaron sólo con K. También sus tres hijas las padecieron según documentan los Diarios. Sólo una de ellas —Otlla— escogió su propio camino (abandonó prematuramente la autoridad paterna, contrajo nupcias con un no judío sin apelar a gestiones de intermediarios matrimoniales, pero debió divorciarse cuando se aplicaron en los treinta las normas nazi, y terminó en Auschwitz).15

“Escribir es mi oración”

Acaso la fractura mayor, inexcusable y lacerante, fue la actitud el padre a su vocación de escritor, única tarea que a su juicio justificaba su existir en este mundo. “De un modo abominable atacaste mi actividad de escritor… En cierta medida me encontraba a salvo escribiendo…”. “…recibías la aparición de mis libros… con la frase: déjalos en la mesilla de noche…”. Ofensas que lastimaron su vocación como escritor. No cabe sorprenderse cuando insinúa tendencias suicidas. “Continuamente oigo una voz en mi oído: cuándo llegarás invisible sentencia” (Diarios, 20-12-1910). Y una angustia agónica lo acompaña: “No termino nunca nada… y esto me deprime mucho. ¿Podré soportar esto indefinidamente? Y si hay alguna razón para soportarlo, ¿mereceré algún tiempo?” (17-10-1991).

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K remata su alegato imaginando cuál podría ser la respuesta del padre: “eres un parásito”…“careces de la capacidad de vivir por ti mismo”…“mi permiso para el (tema que nos ocupará más adelante) no ha evitado tus reproches… Y si no estoy equivocado, continuarás viviendo a costa mía a pesar de esta carta”. La respuesta: “No niego alguna legitimidad a tu acusación… Pero la vida es algo más que un ‘puzzle’ que hay que resolver…”. Y K, en el párrafo final, reclama al padre y a sí mismo serenidad “…para tornar más aceptable la vida y la muerte”. Sólo su nombre (Franz), sin adición alguna, suscribe acremente la Carta.

Repercusiones de una subjetividad desmembrada

Las ausencias emocionales de K expuestas en la Carta aparejaron consecuencias significativas. Ya se insinuaron: la lastimosa autopercepción de su cuerpo, un reiterado síndrome depresivo que oscilará entre la hipocondría, el ensimismamiento y la angustia, dudas lacerantes en torno a su capacidad creativa, la resistencia a cualquier compromiso formal y confiable que lo conduzca a iluminar una familia propia y, en fin, oscilaciones importantes en los contenidos de su identidad judía. Cabe decir algo más en torno a cada una de ellas.

El desprecio del cuerpo

Escribe en los Diarios: “…estoy francamente desesperado por mi cuerpo y por el porvenir que le espera…”. Elegía apenas sustentada en la realidad. Con una estatura de 1.88 y un peso de 61 kilos, K presentaba una figura que, según variados testimonios, carecía de visibles defectos. Por el contrario, revelaba un aire juvenil merced a la natación, dieta vegetariana, largas caminatas, y la práctica de una gimnasia concebida por el danés Jean Peters Mueller (baños en agua fría y ejercicios frente a una ventana abierta tanto en verano como en invierno). Pero su imaginaria endeblez lo condujo a adoptar hábitos estrictos en la alimentación (como masticar veinte veces cualquier bocado) y la franca renuncia al tabaco, té, café y alcohol, que explica en carta a Felice del 11-7-1912. No debe sorprender que prefería a cenar solo en la casa de los padres.16
Este cuadro hipocondríaco opondrá escollos a su capacidad de escribir: “mi salud y mi carácter constituyen un impedimento para dedicarme a lo que en el mejor de los casos sería una vida incierta” (28-03-1911). Desconfiado de la medicina convencional, K explora remedios alternativos. “El dibujante Kubin recomienda ‘Regulín’ como laxante, un alga molida que se hincha en el intestino y lo hace vibrar…” (26-09-1911).

Naturalmente, esta precaria autoestimación se refleja en su actitud respecto del sexo. Dice despreciarlo. Juzga que la cópula íntima es la antítesis del amor, una impúdica experiencia. Escribe en los Diarios: “el coito es un castigo por la felicidad de estar con otro” (14-8-1912). Una muchacha (Selma Kohn) que conoció en 1900, cuando ambos cursaban los vivaces 17 años, recuerda que esperaba, en aquel encuentro, algún contacto físico. Nada de esto ocurrió. K se limitó a leerle párrafos de Nietzsche.17
Confiesa, sin embargo, que sus impulsos libidinosos reclamaban alguna expresión. Atiéndase esta avergonzada confesión. “Me paseo adrede por las calles donde hay prostitutas. Pasar a su lado me excita; esta posibilidad lejana pero siempre concreta de acostarme con una de ellas… Sólo deseo a las gordas y viejas, de vestidos anticuados… Ningún hombre habría encontrado (en ellas) algún atractivo; sólo yo… Me volví dos veces para mirarla; vio que la miraba, pero entonces me fui; en realidad me escapé” (19-11-1913).

Sólo algunas mujeres lograron relajar, al menos por algunas semanas, estas torturantes inhibiciones físicas, acaso por los rasgos particulares de cada una de ellas: no involucraban amenaza alguna a su vocación. Tuvo encuentros fugaces con Greta Bloch, amiga de Felice; con Milena se citó un par de veces después de asegurarse que ella jamás abandonaría a su marido; y con la adolescente Dora Dymant que lo acompañó en los dos últimos años de su vida, sin que se consumara contacto íntimo alguno.18 Sin embargo, la biógrafa de Milena19 pone en duda la verificación de algún encuentro sexual entre ellos, a pesar de las exaltadas expresiones de K: “…Me regalas fuerza vital, madre Milena… Por que te amo, amo a todo el mundo”.20 Milena fue su “luz en las tinieblas” (Diarios, 21-12-1921), mas la llamarada apenas alumbró.

Fragilidad y esquizofrenia
La melancolía es un rasgo constante en el ánimo y en la escritura de K. En contraste con su madre que tenía accesos depresivos ligeros y transitorios, el hijo describe y se describe, sin pausas, como débil, fatigado, imsomníaco. K anotó frecuentes testimonios de sus dolencias en los Diarios. “Me siento inquieto y bilioso. Ayer, poco antes de conciliar el sueño, sentía en el costado izquierdo de la cabeza, arriba, una llamita fría y vacilante. Una especie de tensión se ha instalado definitivamente en mi cuerpo” (4-10-1911). “Noche de insomnio. Me duermo perfectamente, pero después de una hora me despierto, como si hubiera metido la cabeza en un agujero equivocado…”
(2-10-1911). “Tres noches sin dormir; ante el menor intento de hacer algo, me quedo inmediatamente exhausto” (16-11-1911). “Hoy, durante el desayuno, hablé por casualidad con mi madre sobre casamientos e hijos; apenas unas palabras, pero por primera vez pude comprobar claramente qué fácil y pueril es la imagen que mi madre se forja de mí. Me cree un joven sano, que padece a veces la ilusión de estar enfermo…” (19-12-1911). Y a menudo se pregunta: “¿Estás bien de salud? No, el corazón, el insomnio, la digestión…” ( 9-03-1914).

Sus constantes afecciones psicosomáticas y los estados depresivos se combinan con rasgos que el lenguaje psiquiátrico denomina esquizoide. “Soy incapaz de vivir con la gente, de hablar con ella. Inmersión total en mí mismo, sólo pienso en mí. Apático, alelado, atemorizado. No tengo nada que comunicar, nunca, a nadie” (27-04-1915). Tendencia que acaso explica su aparente apatía a dramáticos eventos que ocurren en su vida y en la época, como sangrientos pogromes, falsas acusaciones a los judíos por crímenes rituales, y los estruendos bélicos. Dos breves apuntes indican su encapsulamiento. El primero: “…Alemania declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, en la escuela de natación…” (2-08-1914). Nada más. Y el otro: cuando uno de sus mejores amigos (F. Weltsch) contrae matrimonio, para consolar a su madre, preocupada por el alejamiento de su hijo, K le dice: “… Yo también pierdo a Félix. Un amigo casado ya no es amigo…” (15-02-1914).

Esta huraña tendencia es otra expresión de su entrega total a la escritura como razón excluyente de su vida y de su yo genuino: “…todo lo que no sea literatura me aburre y me inspira odio, porque me perturba o me hace perder el tiempo…” (21-09-1913). Se justifica endilgando la responsabilidad al entorno: “medito en la relación de los demás conmigo. Por más poca cosa que yo sea, no hay nadie aquí que me comprenda totalmente” (4-05-1915). Sensación que lo lleva a cortejar la fuga: “Huir hacia una región conquistada, y pronto descubrir que es intolerable, porque uno no puede huir a ninguna otra parte…”. Un anhelo que corteja una protesta cuasimetafísica: “…no haber nacido todavía y ya estar obligado a pasearse por las calles y hablar con la gente…” (15-03-1922).

El matrimonio: Sueño y pesadilla
En los Diarios K propone un balance de las ventajas y defectos del matrimonio: 1. “La incapacidad para soportar solo la vida… sin embargo, tal vez sea improbable que soporte la vida con otra persona… soy incapaz de soportar a solas las exigencias de mi propia persona, las garras del tiempo y de la vejez, la vaga opresión del deseo de escribir, el insomnio, la proximidad de la locura… 2. Todo me da qué pensar… Ayer mi hermana dijo: todos los casados… son felices, no puedo comprenderlo… esta observación me hizo pensar, volví a inquietarme… 3. Necesito estar mucho tiempo solo… 4. Me aburre seguir una conversación… Las conversaciones me roban la importancia, la seriedad, la verdad de todo lo que pienso… 5. El temor al vínculo… Porque ya no estaré nunca más solo… aparecer por obra y efecto de mi mujer… no sería a expensas de lo que escribo? ¡Eso no, eso sí que no! 6. Solo, quizá pudiera algún día renunciar al empleo… Casado, ya me sería absolutamente imposible …” (21-07-1913).21

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Cuando los padres conocen su promesa a Felice Bauer de crear una familia con ella —la conoció en 1912 en casa de los Brod— resuelven buscar una casa para la flamente pareja. Hecho que suscita en K esta áspera reflexión: “…mis padres parecen haber encontrado una hermosa casa para mí y F… Me pregunto si también pensarán bajarme a la tumba, después de una vida feliz gracias a sus cuidados…” (6-05-1914).

Durante los ocho años de intercambio epistolar entre K y Felice, él eludirá tres veces el compromiso de casarse con ella. Confiesa en los Diarios: “… Yo no cedo un ápice en mi exigencia de una vida fantástica, calculada desde el punto de vista de mi trabajo; ella… quiere lo normal: una casa cómoda, que me interese en la fábrica, buena comida, acostarse a las once de la noche, calefacción…” (24-01-1915). Perspectiva que, en el ánimo de K, corteja el pánico.

Juzgo que las frustradas relaciones de K con diferentes mujeres —y en particular, con Felice Bauer— lo impulsaron a escribir la Carta. En este alegato K alude a la ausencia de cualquier educación sexual equilibrada en el marco familiar; sólo los riesgos (enfermedad venérea, embarazo indeliberado) merecen comentarios. “… Recuerdo ahora que una noche salí de paseo contigo y con mi madre… Y empecé a divagar tontamente, con suficiencia… con serenidad (simulada), con frialdad (verdadera), y tartamudeando… sobre el tema del sexo. Os reproché que nada me hubiéseis enseñado sobre el particular, que toda la información que tenía provenía de mis condiscípulos, que hubiese estado sujeto a peligros ciertos (aquí mentí… para parecer valiente)… aunque al final deslicé que por fortuna ya no existía ese riesgo pues estaba informado… dado tu carácter, lo tomaste como algo sin importancia. Sólo dijiste… que podías aconsejarme bien para salir de un bache sin ningún riesgo…”. 22

Esta resistencia de K al matrimonio no se explica solamente por su desprecio al coito como “un acto inmundo”. Sugerí que dimana del pavor a la pérdida total de su identidad en caso de entregarse a otro. Es el miedo al desmayo libidinoso, a la petite mort “… ¿Por qué entonces no me he casado?… El principal obstáculo parece estribar en que debo ser intelectualmente inepto para el matrimonio. Cuando… tomo tal decisión me es imposible dormir, la cabeza me arde día y noche, mi vida se torna insoportable…”.
Elias Canetti abordó la índole de sus oscilantes relaciones con Felice con base en las cartas (quinientas) que le escribiera y los Diarios.23 Su belleza y el firme carácter, las inclinaciones sionistas, y el saber que estudia hebreo con vistas a su emigración a Palestina le atraen al principio poderosamente. Pero ya en la segunda carta (la correspondencia de F a K se perdió) Kafka confiesa previsiblemente dificultades psicosomáticas: nerviosidad, desmemoria, insomnio, y añade: “lo que quiero ahora ya no lo quiero en el momento siguiente”. Y a renglón seguido esboza su ideal de vida: recluirse en una sótano cerrado. Así, “me traerían la comida desde fuera, y la depositarían lejos… El ir a buscar esta comida… sería mi único paseo… Luego regresaría a mi mesa, comería lentamente, y de inmediato volvería a escribir. Y qué cosas escribiría entonces. ¡De qué abismos las arrancaría!”. Así, K lleva al extremo el genuino ingrediente de su yo.

El judaísmo como dilema existencial

La Carta consta de abultadas referencias a la identidad judía tanto del padre como del hijo.La deserción legal del gueto diversificó el abanico de elecciones y de identidades para los judíos: desde la asimilación cultural a la conversión religiosa para aquellos que confiaban en la veracidad de la declarada tolerancia y del liberalismo formalmente humanista. Aquellos (como sus amigos Bergman y Weltsch) que visualizaron las flaquezas —incluso la falsedad— del liberalismo europeo respecto a los judíos, se plantearon otras opciones, desde la emigración a tierras sin memoria feudal hasta el retorno a la nacionalidad perdida, o bien el apoyo a una mudanza estructural de la sociedad civil europea a través de un proceso revolucionario.

Los padres llamaron al primer hijo Franz como homenaje personal al emperador; fue circuncidado por un médico a la semana de su nacimiento. Expresión simbólica de la vivencia en dos universos culturales.

En general, la intolerancia —casi desprecio— de K respecto de estos ajustes funcionales al ser judío están presentes en la Carta. “Cuando era niño me recriminabas por ir poco al templo… Faltaba contra ti y me embargaba una sensación de culpabilidad… Y de joven no podía comprender que invocando el falso judaísmo que practicabas me recriminases que no persistiera en practicar también aquella farsa… Estabas más cerca a los indiferentes que a los que sentían verdaderamente la fe, recitabas (en la sinagoga) rutinariamente las oraciones como textos carentes de sentido…”.

En estas circunstancias, K buscó modalidades propias para vivir su judaísmo, una afiliación de la cual jamás renegó. Por el contrario, la cultivó. Más de la mitad de los nombres de amigos y figuras que se mencionan en los Diarios tiene ascendencia judía. Si en Praga eran mayoría entre los hablantes del alemán, en Viena y en Berlín constituían por lo menos la décima parte de la población, con conspicua presencia en la vida científica y cultural. Influyente minoría que suscitó ambivalentes —si no violentas— reacciones en el espacio europeo, reacciones que culminaron en el Holocausto.

El “virtual” judaísmo que K observa en su hogar experimenta un cambio significativo cuando toma contacto con los actores de un teatro que cultivaba el idish, originado en la Europa Oriental. Asistió a más de treinta obras y tejió una apretada amistad con su director, cuyo apellido coincidía con el de su madre. La presentación de piezas escritas por Sholem Aleijem, Peretz y Bialik le emocionaron. Comprueba que el judaísmo del Este europeo era más genuino y sincero que el conocido en Praga.24

Por añadidura, su íntimo amigo Max Brod publica una novela (Las Judías) donde manifiesta sus convicciones sionistas. La calidad de este escrito no convence a K; sin embargo, consigna que “ahora con el sionismo las posibilidades de solución se ordenan con tanta claridad en torno del problema judío que el autor sólo hubiera tenido que dar por fin algunos pasos para encontrar solución adecuada a su relato…” (Diarios, 26-03-1911). Brod emigrará a Palestina en 1939 después de publicar la primera biografía sobre Kafka dos años antes, texto que fue favorablemente comentado por Walter Benjamin, y fallecerá en Tel Aviv en 1984.

K sostiene que el judaísmo de Europa Occidental está sumido en un inconfundible e imprevisible proceso de transición…” (24-12-1911). Transición que conduce a los hijos —y éste es el deseo inconfesado de los padres— ya a una asimilación absoluta con el medio alemán secular, ya una conversión religiosa que facilita la rápida inserción en la cultura europea.

Las fluctuaciones de su identidad judía lo confunden, “…me siento como una oveja perdida… estar tan perdido y no tener fuerzas para quejarse…” (19-11-1913). Y se pregunta constantemente: “… ¿qué tengo en común con los judíos? Apenas tengo nada en común conmigo mismo. Debería ocultarme silenciosamente en un rincón, contento de poder respirar…” (8-01-1914). No obstante, afluentes religiosos como el jasidismo inspirado en las enseñanzas del Baal Shem Tov le fascinan.

En sus dos últimos años, K acentúa el interés por la cultura judía; su abnegada amiga Dora Dymant le enseña hebreo (sobrevivieron sus lecciones con caracteres originales), y juntos leen la Biblia y las interpretaciones de Rashi, un celebrado exégeta. Pide a los amigos que le hagan llegar filacterias y libros de rezos al tiempo que explora la posibilidad de viajar a Palestina. Los relatos jasídicos reunidos por Martín Buber le fascinaron (12-05-1922) .

Falleció el 3 de junio 1924 y fue enterrado en el cementerio judío de Praga. Su tumba cobijó más tarde, por la estrechez del camposanto, a sus progenitores. El hijo y el padre, distanciados en y por la vida, se reencontraron así en el inescapable destino.

Joseph Hodara. Académico de la Universidad Bar Ilán, Israel.

1 R. Hayman, Kafka, Oxford University Press, Nueva York, 1981, p. 245.
2 F. Kafka, Diarios, Emecé, Buenos Aires, 1953; Kafka (trad. de R. Kruger, J. Fernández y J. Moyano Moradilla), Edaf, Madrid, 1981.
3 Un ejemplo de esta modalidad analítica encuéntrase en H. Brand, “Kafka Creative Crisis”, The Journal of the American Academy of Psychoanalysis and Dynamic Psychiatry, 1976.
4 Véase M. Robert, Kafka o la soledad, FCE, México, 1982.
5 M. Brod, Franz Kafka, Schoken, Nueva York, 1960 (el original en alemán fue publicado en 1937).
6 Sobre el distingo entre arribistas y pariah entre los judíos que se incorporan a la sociedad europea después de abandonar el gueto, véase H. Arendt, The Origins of Totalitarianism, Harcour Brace, Nueva York, 1951.
7 E. Pawel, The Nighmare of Reason, Farrar, Straus, Giroux, Nueva York, 1984, p. 15.
8 Ibíd., p. 18.
9 A. Storr, Churchill Black Dog, Londres, 1990.
10 S. Ferenczi, “Confusion of Tongues between adults and child”, Final Contributions to the Problems and Methods of Psychoanalysis, Hogarth Press, 1955.
11 E. Pawel, op. cit., p.15.
12 Ibíd, p. 98.
13 Véase la carta a Felice del 16 de junio 1913.
14 E. Pawel, op. cit., p. 169.
15 R. Hayman, op. cit., p. 254.
16 Véase carta a Felice del 13 de julio 1913.
17 R. Hayman, op. cit., p. 32.
18 Ibíd., p. 295. Por minoría de edad, Dora solicitó permiso al padre para casarse con K. Pero le fue negado.
19 M. Buber Neumann, Mistress to Kafka, Secker-Barbourg, Londres, 1966.
20 Cartas a Milena, en Kafka, op. cit., p. 1007.
21 Ibíd., p. 1017.
22 E. Pawel, op. cit., p. 205.
23 E. Canetti, El otro proceso de Kafka, Muchnik Editores, Barcelona, 1981.
24 R. Hayman, op. cit., pp. 300 y ss. Véase también el análisis psicohistórico de W. D. Jefffrey, “The Yidish Theatre, The Oklahoma Theatre and Kafka Salvation”, International Journal of Psychoanalysis, 1995.