Hotel DF

Guillermo Fadanelli,
Hotel DF,
Literatura Mondadori,
México, 2010, 290 pp.

Es en verdad admirable la capacidad con la que Guillermo Fadanelli consigue superarse a sí mismo en cada nuevo proyecto. Uno termina de leer su último libro y se pregunta si en el siguiente será capaz siquiera de repetir la proeza. Pues bien, lo ha hecho otra vez: acrecentar el malestar, la acidez, las ganas de mandarlo todo a la mierda. Hotel DF no es otra novela más a su cargo; es su novela, es Fadanelli en inmejorables condiciones. No creo exagerar. Encontramos en ella un argumento confiable, una docena de personajes a los que sentimos de carne y hueso, una atmósfera y, encima de ello, un tono, un estilo que ya reclama un lugar esencial en la literatura mexicana.

Más que una zona de paso los hoteles encarnan una metáfora. Expresan el ombligo del mundo y, en ocasiones, proceden como cruce de caminos y destinos. El Hotel Isabel, justamente el mismo que Fadanelli erige en una esquina del Centro Histórico de la ciudad de México —Isabel la Católica y República de El Salvador—, no escapa a este curso. Ahí se han dado cita un jardinero alemán, trashumante y esquivo; una gaditana que supone estar de sobra en el mundo; una pareja de actores en decadencia; una joven drogadicta; un joven artista y una corte de sicarios y traficantes que operan y vegetan en la penumbra. Hasta ahí llega Frank Henestrosa, un escritor que ha hecho del periodismo la tumba de sus frustraciones, un cero a la izquierda, un tipo carente de opiniones, la voz a través de la cual nos llegan las vidas que han decidido tomarse una pausa en el Hotel Isabel.

Uno tiene la incómoda sensación de que no pasa absolutamente nada. Las horas, los días, se van en borracheras interminables o en aspirar cocaína como si se tratara de un deporte extremo. Pero a este vacío Fadanelli opone una realidad contigua y ominosa. El hampa oficia en un ala clausurada del hotel. Terminamos por saberlo mientras los huéspedes celebran sus fracasos, sus miserables condiciones, sus cicatrices en el alma. Ese submundo funciona a las órdenes de un demiurgo ascético y tacaño, un patriarca de los fondos delincuenciales de Tepito que ostenta una mentirosa pobreza, una chocante pobreza a la que resguardan millones y millones de pesos. ¿De manera que estamos a merced de sujetos como ése, que se alimenta de sardinas en lata y galletas saladas? ¿De manera que respiramos, intentamos amar, escribimos gracias a su benevolencia y a la de sus empleados escrupulosos? ¿De manera que no somos más que sobrevivientes ajenos a su triste condición?
Fadanelli no escribe únicamente. Golpea. O, es mejor, escribe golpeando. Nos tunde, nos derriba y vuelve a la carga antes de que transcurra la cuenta de protección, no deja que suene la campana. Golpea nuestras certidumbres, nuestras tibias comodidades, nuestros bofos sueños de grandeza, nuestro orgullo de machos, nuestro complejo ridículo de Peter Pan. Esgrime un punch demoledor. Por ejemplo: “¿Pero se puede ser algo en el Distrito Federal? No, en mi caso sólo un rencoroso y acomplejado gusano que en aras de sobrevivir se come la mitad de su cuerpo sin vomitarla, de modo que siempre estoy completo, una especie de metáfora sin consecuencias. ¿Entonces? ¿Por qué ocupo un espacio?”. Sus lectores conocemos su fascinación por la derrota, por aquellos seres de los cuales el siglo XXI podría prescindir: niñetas incestuosas, cojitrancas, vejetes, golfos, matones, putillas, el lumpenaje millonario y colérico.

Sospecho, sin embargo, que el actor central de Hotel DF no es esa caterva de alternativos que vagan sin propósito sino el mismo Distrito Federal, o acaso el área que delimitan el Zócalo, 5 de Mayo, el Eje Central e Izazaga, incluyendo algunos de sus antros emblemáticos. Como ombligo del mundo esa área concentra nuestra naturaleza chilanga: sobrevivimos a pesar de todo. La ciudad querría vernos muertos y, sin embargo, seguimos en pie… o recostados en una cama, intentando ocultarnos de la mirada ajena. O como escribe Guillermo Fadanelli, antes de bajar la cortina: “En el Distrito Federal nadie extraña a nadie, todos desean la ausencia del otro, su desaparición repentina, se sueltan algunas lágrimas a causa de las pérdidas y después viene la felicidad”. Ya no habitamos la región más transparente, ya no, por fin. Bienvenidos a la geografía de Fadanelli. No les resultará extraña; de hecho, estoy seguro de que se sentirán “como en su propia casa”. Así, pues, ¿quieren anotar en el registro su nombre verdadero o prefieren hacerse pasar por otro?

Roberto Pliego. Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.