Los policías de la conciencia jamás han podido refrenar la libido, porque la moral conservadora estimula el deseo mucho más que la incitación al libertinaje. Según Georges Bataille, el teórico más brillante del erotismo, la iglesia católica tiene el mérito de haber contribuido a incendiar la imaginación lúbrica de la civilización occidental con sus rígidas prohibiciones, pues la lucha entre la carne y el espíritu ha sido una fuente inagotable de placer para millones de pecadores. Otro tanto puede decirse del judaísmo y de las distintas sectas protestantes, especialmente la puritana, que en tiempos de la reina Victoria contribuyó a exacerbar la depravación de los dandys ingleses. Por eso la revolución sexual que inauguró un nuevo mundo amoroso en los años sesenta es un arma de doble filo: ha roto muchas ataduras pero también amenaza con extinguir el morbo pecaminoso que en otras épocas suministraba combustible a las fantasías obscenas. En los países donde la moral judeocristiana ejerce todavía una tutela paternalista sobre las almas devotas y los cuerpos rebeldes, la lujuria goza de cabal salud. Pero fuera de su área de influencia, en el país asiático más saturado de pornografía, Japón, está ocurriendo un grave fenómeno involutivo: el surgimiento de una generación de jóvenes que han optado sin coacciones por la abstinencia sexual.
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