Hasta donde este lector tiene conocimiento acerca del tema, la llamada ciencia ficción, es decir, la ficción literaria cuyo sustento se encuentra en el verdadero conocimiento científico, no es muy socorrida por los narradores de nuestro país. Quizás esto se deba a que los escritores mexicanos nos inclinamos más hacia la observación de los fenómenos sociales, sin relacionarlos con los conocimientos emanados de las ciencias puras, claro; o a que muchas veces solemos confundir lo que debería ser la ficción científica con la especulación de un futuro probable o improbable, acaso en un afán de establecer profecías imaginarias que tarde o temprano serán superadas por la propia realidad. El caso es que, en México, tan sólo un puñado de narradores, muy jóvenes la mayoría de ellos, se aventuran a transitar por un camino que es común en Estados Unidos y en ciertos países europeos.

Pensando en lo anterior, mientras avanzaba en la lectura de Sus ojos son fuego, de Gonzalo Soltero, me preguntaba si esta novela podría definirse dentro de los lineamientos del género, si se trataba de una novela de ciencia ficción; y si tan sólo se quedaba ahí, o trascendía a lo que conocemos simple y llanamente como literatura, sin etiquetas ni límites.

Conforme atravesaba los primeros capítulos de la historia de su protagonista, Adrián Ustoria, conforme lo acompañaba en sus experimentos de laboratorio, en sus problemas con el director del instituto de investigaciones científicas al cual pertenece, en sus recorridos desquiciantes por esta desquiciante ciudad de México y en sus descubrimientos sobre el cambio de comportamiento en las ratas que viven bajo el asfalto, me parecía que su relato seguía en cierto sentido las pautas de la ficción científica, las desarrollaba, ponía en evidencia la situación de quienes hacen de la ciencia una profesión en nuestro país, y especulaba alrededor de ciertas convenciones.

Sin embargo, resultaba evidente que, tras plantear la situación en la que el protagonista tendría que moverse durante el resto de la trama, el demiurgo narrador de los hechos expandía la novela, su capacidad metafórica se intensificaba, y muy pronto dejaba atrás las limitaciones que, según este lector, acotan la ciencia ficción, para internarse en los terrenos de la narrativa a secas, sin adjetivos ni clasificaciones.

Es decir, Sus ojos son fuego, por su temática, pero sobre todo gracias a su ejecución, toca varios géneros narrativos, rebasándolos, para situarse por encima de ellos en una búsqueda literaria que intenta reflejar la vida y los peligros a que está sometido el ser humano al habitar una urbe como la ciudad de México.

Se trata de una novela de misterio, escrita con técnicas extraídas de la narrativa negra, donde los hechos se le van revelando al lector de manera paulatina, incrementando a cada paso el suspenso inicial. En su atmósfera, que podríamos calificar de gótica, los elementos grotescos se suceden página tras página para establecer una serie de cuadros opresivos, densos, que mantienen el espíritu del lector en vilo desde el principio hasta un desenlace en el cual todos los terrores se anudan en una escena apocalíptica que nos hace pensar en uno de los posibles destinos de la megalópolis. Por todo lo anterior, también se trata de una novela urbana, en la que la capital cada vez gana más presencia hasta convertirse en la protagonista indiscutible.

Al colocar el acento en la acción y en la narración de sucesos, más que en los rasgos psicológicos y en los pensamientos internos de los personajes, Gonzalo Soltero consigue construir una trama de movimiento perpetuo, ágil, vertiginosa en ocasiones, que, al mismo tiempo que nos permite observar la ciudad desde diferentes ángulos, nos lleva a “sentir” la violencia que la habita y que parece ser su cifra y sentido en los tiempos que corren. Y no obstante, gracias a esos desplazamientos continuos, vamos conociendo poco a poco la personalidad de Adrián Ustoria, quien se nos muestra como un hombre indefenso ante su destino, envuelto en una suerte de vorágine creada por un misterioso demiurgo a quien, en principio, podríamos identificar con la personificación del mal.

Pero es precisamente en la violencia hacia donde Gonzalo Soltero enfoca la mayor parte de sus recursos narrativos. En la violencia física que se da en todos los ámbitos urbanos. En el laboratorio, donde Adrián Ustoria experimenta con sustancias que transforman a los animales normalmente pacíficos en bestias iracundas. En su departamento, donde existe una tragedia presentida de manera permanente. En las calles de la ciudad, donde todo resulta violento, desde la competencia para ganar un carril con el fin de circular en automóvil, hasta los asaltos y las balaceras que se han convertido en parte de la vida cotidiana. Y en esa especie de violencia cósmica con la que finaliza Sus ojos son fuego, una hecatombe alucinante que trae a la memoria las fantasías de un escritor tan enfebrecido como Artur Machen, que atemorizó con sus historias a los lectores británicos de la primera mitad del siglo XX.

Son violentas incluso las sensaciones más usuales en el protagonista. Un simple dolor de cabeza se describe como “unas garras que le arañaban el fondo del cráneo”. Las risas de sus compañeros de trabajo son “risotadas de hiena que les estallaban en los labios colorados”. El viento nocturno no es simple viento, sino un “aire cochambroso y frío que se filtraba por la ventanilla apenas abierta”. Los automovilistas son rivales que insultan, gritan y amenazan. Los transeúntes igual.
Gonzalo Soltero va armando su relato por medio de un lenguaje cargado de metáforas e imágenes que apuntan irremediablemente a violentar el ánimo del lector. Un lenguaje poético que en algunas ocasiones adquiere una sombría belleza que nos estremece y, en otras, nos hace reconocer la situación que nos describe, pero no sólo en las descripciones del movimiento hay violencia. También en los cuadros fijos, en los que el aliento gótico se hace presente para volver aún más sombrío el tono del relato.

Como podemos ver, el autor fuerza el lenguaje para construir, paso a paso, la atmósfera que, semejante a un sudario, cubre cada una de las escenas de su relato. Fuerza el lenguaje, es decir, lo violenta para inocular esa misma violencia en el ánimo de sus lectores, tal y como su protagonista inocula sustancias en sus animales de laboratorio. Y al hacerlo, Gonzalo Soltero desdobla la simbología de su novela, del laboratorio a la ciudad, de la ciudad al libro y del libro al lector, para demostrarnos que, por más que se trate de una obra de ficción, Sus ojos son fuego es el reflejo de nuestro entorno, de la situación en que vivimos ahora, de las calles de esta ciudad cada vez más amenazantes.

Gonzalo Soltero es un narrador que irrumpe violentamente en el ámbito de nuestra narrativa, con una novela que está escrita para dejar huella en sus lectores, una novela que es necesario leer despacio, saboreando cada una de las provocaciones plásticas y poéticas que el autor pone ante nuestra mirada. Una novela, en fin, que, si bien arranca de los postulados de la ciencia ficción, o ficción científica, se yergue por encimas de ellos en una búsqueda poética que logra penetrar en el corazón del miedo de los seres humanos: el miedo a la destrucción total, a la desaparición, anunciada por varios libros proféticos como la última brutalidad que habrá de soportar el hombre.

Con este libro, el autor parece haber descubierto que la violencia no es sólo un tema para desarrollar en las páginas de un relato, sino también una estrategia literaria, un estilo, una estructura, un recurso, un modo de narrar. Quien se interne en estas páginas podrá comprobarlo. n