Un mágico sortilegio

La primera biblioteca que conocí en mi vida fue mi madre.

Ella fue quien antes me desveló el secreto de las palabras, su capacidad mágica de crear historias.

Cada noche, antes de dormir, visitábamos las estanterías de su memoria. Y un día era una canción antigua —“Gerineldo”, “Delgadina”, “Blancaflor”…—; otro, un cuento de los de siempre: Pulgarcito, El gato con botas, La bella durmiente o Caperucita, esa que nunca más podrá ya volver a Manhattan…

Las más, unas rimas o unas risas.

[…]

Unas paperas me trajeron mi primer libro. Unas anginas, el segundo. Un cumpleaños, el tercero. Y así, poco a poco, fue naciendo mi biblioteca personal, imprevisible y caótica, como la vida misma. Abarcaba de historietas al cómic, de los libros de pandilla a las aventuras de Salgari —todavía recuerdo con estremecimiento el día en que, de su mano, descubrí la palabra “cimitarra”, afilada y cortante como la voz que la identifica—; de mi querido Verne a mi adorado Stevenson.

Aquellos libros surgían como por obra de un mágico sortilegio, frente a la monotonía de cartillas y vademécums, plúmbeos y patrióticos manuales, reflejos fieles de una escuela en la que casi todo crecía aburrido, predecible y gris. Una escuela donde la educación era cautiva de la instrucción; la experiencia, un imposible inalcanzable; y la práctica, un mero placebo o sucedáneo.

 Antonio Basanta: Leer contra la nada, Siruela, edición en formato digital, octubre 2017.

 


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