Todos los historiadores, en algún momento de sus respetables carreras, escriben algo sobre los archivos y la experiencia de extraer la materia prima de sus libros. Generalmente, esos textos contienen reflexiones teóricas sobre la historia, la verdad, la ética profesional, combinadas con recuerdos personales y consejos para los jóvenes. Supongo que, a mi edad, tengo que escribir algo también, pero no voy a intentar decir nada nuevo sobre lo que ya los estudiantes de historia saben muy bien: que las instituciones archivísticas tienden a reflejar la construcción del Estado o el poder económico; que los documentos leídos a contrapelo registran desigualdades que silencian a los pobres, a las mujeres y a quienes no saben leer; que el investigador debe evitar caer en la trampa de reproducir la narrativa implícita en la organización de los archivos; que siempre hay que salir del archivo y buscar otras fuentes que corroboren o contradigan lo que uno encontró a la primera. Estoy de acuerdo con todo eso y no valdría la pena repetirlo porque ya lo han escrito otros historiadores de forma más elegante. Hay que decir, sin embargo, que muchos de ellos van más allá de esas reflexiones y describen momentos místicos ocurridos en el archivo, cuando de esos papeles amarillentos rayados con tinta diluida salieron palabras que se treparon por sus dedos y ojos y les entregaron revelaciones inefables sobre el pasado, como en una película de Harry Potter, hagamos de cuenta.
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