El uso del tiempo y la crianza

Tanto si eres un economista con doctorado o tienes un exitoso puesto de quesadillas frente a la parroquia, es probable que dentro del concepto de informalidad estés agrupando elementos de una economía paralela que no tienen las mismas causas ni consecuencias… y si seguimos haciendo eso, nos alejaremos del diagnóstico y de las soluciones.

Para denominar el abuso patronal y la economía de subsistencia, decimos que es informalidad sólo porque coinciden en que es trabajo sin prestaciones sociales. Pero no toda la informalidad es ilegal ni voluntaria. Por el contrario, mucha es consecuencia de la falta de oportunidades de colocación. Posiblemente una persona no encuentra un empleo con prestaciones, medianamente bien remunerado y en una distancia razonable a algún lugar asequible para vivir, bajo sus circunstancias actuales.

En todas las informalidades existe un sesgo de género: en el acceso a un crédito, las mujeres enfrentan tasas más caras por la falta de garantías; en la propiedad de negocios, las mujeres encabezan la mitad de las unidades económicas de subsistencia pero sólo una cuarta parte de las empresas medianas y grandes; en las decisiones cotidianas de transporte y tránsito, las mujeres dejan la escuela o evitan ciertas rutas al trabajo por miedo o distancia y tiempo, afectando su educación y su acceso al empleo; en los roles sociales, todavía se asigna la responsabilidad primaria de la crianza y de las labores del hogar a las mujeres, como si no necesitáramos ganar dinero y como si paternar no fuera necesario.

A veces las consecuencias de este sesgo de género son inmediatas —mayor propensión a vivir con carencias en hogares encabezados por mujeres— y en otras de largo plazo —menor ahorro para el retiro y vejez más precaria—.

La informalidad laboral suele presentarse como una falla del sistema económico: ocupaciones mal remuneradas, sin contrato ni reconocimiento patronal, sin seguridad social y sin que se invierta en capacitación. Se le trata como un rezago que con el tiempo desaparecerá, una vez que la economía crezca o cuando haya más fiscalización y todos paguen impuestos sobre la renta o cuando la digitalización resuelva el acceso a la banca. Sin embargo, esta narrativa omite una pregunta incómoda: ¿por qué la informalidad laboral persiste, a pesar de su lento descenso y por qué está tan claramente feminizada?

La respuesta es económica pero también social. La informalidad es un arreglo social que permite al sistema económico operar sobre el tiempo, el cuerpo y el trabajo —remunerado y no remunerado— de las mujeres. En México, la informalidad es una condición estructural y el tiempo que las mujeres destinan a labores no remuneradas la retroalimenta.

Informalidad y trabajo femenino

Según datos oficiales, 55% de las mujeres ocupadas en el país trabajan en condiciones de informalidad, frente a poco más del 50% de los hombres.1 Esta diferencia no casual se concentra en ciertas actividades —como los cuidados, los servicios educativos, el comercio al por menor—, en horarios y espacios que revelan las restricciones que enfrentan las mujeres para participar en el mercado laboral.

La actividad económica de las mujeres se caracteriza por necesitar flexibilidad respecto a las dinámicas laborales de los hombres, con horarios fragmentados, compatibles con el cuidado de infancias, personas mayores o enfermas. Con frecuencia las mujeres acaban dedicando su tiempo a actividades remuneradas que generan pocas ganancias y que puedan realizar desde casa. Las más jóvenes, educadas y con internet lo hacen apoyadas en la tecnología y las redes sociales, como quienes venden por catálogo o como intermediarias de mercancías o en comercio digital de baja escala. Otras lo hacen preparando y vendiendo alimentos en la vía pública o desde la ventana de su cocina. Algunas más ofrecen servicios de limpieza y cuidados a domicilio.

La demanda por flexibilidad en el trabajo femenino suele presentarse como una ventaja que buscan las mujeres para cumplir con su rol de madre, hija o esposa, pero en realidad es precariedad cuando no se ofrecen alternativas. En México, tres cuartas partes de los bebés nacen de madres que no están casadas, y muchas necesitan trabajar.2 Un tercio de los hogares están encabezados por mujeres; tienen, en promedio, menores salarios y viven con mayor dependencia de otros ingresos, como remesas o programas sociales.

Ilustraciones: Jaque Jours

 

Trabajar de forma independiente con frecuencia no es el tránsito a la conciliación entre cuidados y empleo, sino el sometimiento a dobles jornadas y bajos ingresos: ocupaciones económicas en horarios fragmentados y mal retribuidas, más la crianza y los cuidados por otras sesenta horas semanales dentro del hogar y sin paga.3 Claramente es un problema colectivo y no un entuerto personal de las mujeres. Es un subsidio al Estado y a las empresas por parte de quienes cuidamos y habilitamos la vida dentro del hogar, a cambio de nada.

En México, las mujeres dedican en promedio más del doble de horas que los hombres al trabajo no remunerado, sobre todo cuidados y tareas domésticas. Esto explica por qué la participación laboral femenina se mantiene estancada alrededor del 45%, muy por debajo del promedio de los países de la OCDE.

La informalidad es la materialización de horarios fragmentados, durante los cuales muchas mujeres pueden empatar sus roles sociales y familiares con su voluntad por trabajar y generar ingresos. Un estudio de la Secretaría de Economía y la agencia de cooperación alemana GIZ de 2025 describe a las nenis —mujeres que venden productos principalmente a través de redes sociales y plataformas digitales, combinando comercio electrónico informal con redes comunitarias y entregas físicas, sobre todo en zonas urbanas— como personas que optimizaron sus ingresos ante la falta de empleo formal, la ausencia de esquemas de cuidados adecuados y disponibles, y de mecanismos accesibles de formalización de sus emprendimientos.

Lo más sorprendente del estudio es que la formalización de la actividad de las nenis no aumentó aunque su número casi se duplicó tras la pandemia: de manera consistente, menos del 20% cuentan con un registro federal de contribuyentes. El estudio menciona la urgencia de una estrategia integral que incluya mayor crecimiento económico y empleo formal, pero también herramientas que brinden acceso al crédito productivo —que según Banxico es más caro para las mujeres que para los hombres—, y esquemas para la seguridad social compatibles con los micronegocios, a lo cual yo agregaría que también fueran compatibles con menor número de horas trabajadas.

La baja productividad: suma de carencias y estereotipos

Desde una perspectiva económica, la informalidad laboral suele asociarse con baja productividad, porque se asume que genera menos valor agregado por hora trabajada o peso invertido. Tanto hombres como mujeres en la informalidad laboral no cuentan con las herramientas, la tecnología ni la capacitación para que su trabajo sea altamente productivo. Esto ocurre porque más de la mitad de quienes se emplean en la informalidad laboral lo hacen porque no hay empleo en otro lado y trabajan en actividades de subsistencia.

Por eso la informalidad laboral matiza las cifras de desempleo. Parece que no hay personas buscando activamente un trabajo y con ello las tasas parecen bajísimas. Pero la realidad es que muchas personas trabajando en la informalidad lo hacen porque de lo contrario no llegan a fin de mes y no hay suficientes ahorros para suavizar un mal momento. Quienes trabajan a cambio de un salario cuentan con pocos ahorros: más del 60% de las mujeres y más de la mitad de los hombres que trabajan tienen ahorros que equivalen a una quincena.4 Se trabaja para sobrevivir, así sea sin prestaciones.

Un mito frecuente es que las personas escogen trabajar en la informalidad, como si fuera una elección libre, con ánimo de evadir impuestos, lo cual no tiene mucho sentido. Según mediciones del Inegi sobre el bienestar autopercibido,5 sabemos que un trabajo con prestaciones es la mayor fuente de satisfacción en la vida y balance anímico, por encima de otras condiciones para la felicidad, como una buena pareja o mayor educación que los padres.

A lo largo de esta encuesta, los resultados muestran de manera consistente que las mujeres reportan mayores niveles de depresión y ansiedad… ¿por qué será? Los datos señalan que la capacidad de cubrir gastos de hogar de las personas es determinante para mantener niveles bajos de ansiedad y depresión. Por el contrario, no tener trabajo, no poder cubrir gastos del hogar y pedir prestado para eso son importantes fuentes de depresión y ansiedad.

Así que si un empleo formal paga el doble que uno informal, y que las mujeres ganan en promedio menos que los hombres, suena lógico que ellas tengan mayor estrés financiero, depresión y ansiedad. Pero también es evidente que la felicidad está más cerca teniendo un empleo con prestaciones.

El resultado de estas restricciones estructurales es que la informalidad laboral femenina se convierte en una trampa: trabajos precarios sin empleador ni registro de experiencia acreditable, bajos ingresos de origen y menor acumulación de patrimonio y mucho estrés y desgaste.

El subsidio invisible al Estado y al mercado

Una dimensión más sutil de la informalidad femenina es el subsidio que les hacen las mujeres al Estado y al mercado con su tiempo. En ausencia de una red accesible y disponible de cuidados, y en la presencia de un mercado laboral de reglas rígidas, el trabajo no remunerado sostiene a las familias, a la sociedad y a la economía. La crianza, el cuidado de personas mayores y el trabajo doméstico que hacen gratuitamente las mujeres compensan la falta de infraestructura pública de cuidados, educativa y de transporte, y permiten que “los otros” participen por completo en el mercado laboral formal.

Este subsidio de trabajo no remunerado no se valora a pesar de ser indispensable para que la economía funcione: equivale a 23% del PIB y 70% está realizado por mujeres. Las dobles jornadas que las mujeres asumen —una en el empleo y otra en casa— son una solución privada a un problema público. Además de no valorarlo, hay incluso una penalización del mercado laboral cuando una mujer tiene más de un hijo y reduce las horas que tiene disponibles para el trabajo remunerado, y un premio a los hombres que los tienen.

Hay un doble estándar para mujeres que logran conciliar: las que tienen empleos remunerados trabajan más horas que los hombres —por la suma de lo remunerado y no remunerado— con independencia de su condición de formalidad; mujeres más educadas que los hombres enfrentan en promedio menores ingresos;6 mujeres que maternaron ven descontados los años de crianza en su trayectoria laboral y, por tanto, menores posibilidades de liderear empresas o sindicatos y participar en consejos.

Los roles sociales y estereotipos de género refuerzan este arreglo. La crianza sigue siendo entendida como responsabilidad meramente femenina, la maternidad como destino y la paternidad como apoyo ocasional; el cuidado de otras personas y las labores del hogar son tareas feminizadas por construcción social. Y de la romantización de la dependencia económica de las mujeres ni hablamos. Bajo esas premisas, la flexibilidad que con frecuencia termina en informalidad laboral no sólo se tolera, sino que se espera.

Y como toda solución privada, los costos se pagan de forma desigual y profundamente injusta. En el presente, informalidad laboral femenina significa menores ingresos y mayor estrés económico, pero en el futuro se traduce en falta de seguridad social, lo cual agrava las desigualdades a lo largo del ciclo de vida. Menos acceso a pensiones, mayor vulnerabilidad en la vejez y dependencia económica prolongada.

 

La salida

La pregunta de fondo es: ¿para qué queremos mayor formalidad? Más que formalizar la vida económica y laboral, que implica que los registros se amplíen y que se paguen contribuciones, el objetivo debiera ser un mayor bienestar colectivo. En vez de más formalidad, debemos promover:

1. Mayor productividad, sobre todo laboral, porque eso indica que somos más eficientes en el uso de nuestro tiempo y, por consiguiente, significa que hay condiciones para habilitar mayores salarios. Tiempo libre y mayores ingresos, a nivel personal, significa mayor satisfacción con la vida.

2. Mayor protección de la calidad de vida de las familias y de las personas, porque con los ingresos laborales y empleos con prestaciones, podemos acceder a servicios en el presente, como educación de mayor calidad, capacitación continua, servicios de salud y guarderías. En el futuro, la mayor protección significa seguridad social.

3. Mayor acceso al crédito productivo significa mayores probabilidades de que los negocios y empresas prosperen y sean productivos. La bancarización no sólo debe ser individual y no puede tener por objetivo principal el cobro de impuestos, sino el desarrollo de un ecosistema de pequeños negocios competitivos.

4. Mayor cantidad de empresas viables, prósperas, pueden sumar su contribución social por medio de un cobro adecuado de impuestos.

 En cada uno de estos rubros, las acciones no pueden ser iguales para hombres y mujeres porque no contamos con el mismo grado de autonomía, tiempo y libertad.

Más que acabar con la informalidad, tenemos que apostarle a una vida económica con mayor productividad; un emprendimiento respaldado por un plan, acceso al crédito e inversión y rentabilidad. Pero para atender el componente de género, tenemos que poner el uso del tiempo y los sesgos de género en el centro de la discusión.

Reducir la informalidad femenina exige atender todo aquello que hoy la habilita: una red de cuidados universal, pensiones y seguridad social con perspectiva de género; reconocimiento de la maternidad y los cuidados como experiencia laboral; y profesionalización del trabajo de cuidados en un mundo donde la inteligencia artificial sustituirá muchos empleos, pero no éste. Exige también una transformación cultural: educar a los hombres para ser padres y cuidadores responsables y valorar la crianza como trabajo socialmente indispensable.

Mientras esa valoración no se traduzca en políticas, instituciones y prácticas cotidianas en empresas y de dinámicas laborales y familiares, la informalidad seguirá siendo menos una elección que una respuesta racional a un sistema que distribuye de forma desigual la libertad y el tiempo.

 

Sofía Ramírez Aguilar

Directora de México, ¿cómo vamos?

  1. Inegi. Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE): Indicadores de ocupación y empleo, Boletín de indicador 29/26, 26 de enero de 2026.
  2. Consultar: https://webfs.oecd.org/els-com/Family_Database/SF_2_4_Share_births_outside_marriage.pdf
  3. Inegi. Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (Enut) 2024
  4. Inegi. Encuesta Nacional sobre Salud Financiera (Ensafi) 2023, https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/ensafi/2023/doc/ensafi_2023_presentacion_resultados.pdf
  5. Inegi. Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (Enbiare) 2021, https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/enbiare/2021/doc/enbiare_2021_presentacion_resultados.pdf
  6. México, ¿cómo vamos? “Enigh 2024, ¿cómo vamos con los ingresos y gastos de los hogares?”, 1 de agosto de 2025.

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Publicado en: 2026 Marzo, Expediente

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