Vivimos una paradoja que arrancaría una sonrisa si no fuera grave. La mayoría de las personas (espero) desean vivir en democracia, pero desprecian a los partidos políticos. La paradoja consiste en que no existe democracia conocida sin partidos.
Observando su comportamiento entre nosotros hay causas suficientes para criticarlos e incluso despreciarlos. En conversaciones de todo tipo, en los medios y en las redes, aparecen como los perros del mal. Y razones existen para eso: se han convertido en maquinarias electorales capaces de subordinarlo todo a ello, han incorporado a sus filas a connotados delincuentes; sus marcos ideológicos, que supuestamente les dan una cierta identidad, se encuentran más que reblandecidos; los fenómenos de corrupción se multiplican sin cesar; muchos de los funcionarios que surgen de sus filas han demostrado no sólo impericia sino torpeza mayúscula y súmele usted lo que quiera.

Pero siguen siendo necesarios si es que alguna vez recuperamos el aliento democratizador que cruzó a la sociedad desde fines de los años setenta hasta el 2018 y que parecía que empezaba a naturalizar en México la coexistencia de su diversidad política. Gracias a ellos (aunque no sólo a ellos), se modificaron normas e instituciones que permitieron la emergencia en el mundo de la representación de la diversidad que modela al país. La construcción de una puerta para que corrientes políticas a las que se mantenía expulsadas del mundo institucional pudieran ingresar a él fue un auténtico acierto. Poco a poco el país; bueno, muchos en el país comprendieron que la existencia de diferentes corrientes ideológicas y políticas no sólo era natural, sino parte de la riqueza de la nación. Y que era necesaria la edificación de una República democrática, única capaz de cobijar y apreciar la convivencia y competencia entre partidos.
Que éstos no hayan o no estén a la altura de los requerimientos de un país tan complejo y masivo como el nuestro, produce insatisfacción y malestar. Pero como nos enseñó hace más de setenta años Duverger (Los partidos políticos, FCE), ahí donde existen elecciones y congresos (instrumentos indispensables de los sistemas democráticos), los partidos emergen de manera “natural”. Y la alucinación de que “candidatos independientes”, supuestamente más honestos y atentos a las necesidades de sus electores, podrían ocupar su lugar no fue más que una masiva confusión (porque esos candidatos lo que tuvieron que fraguar fueron micropartidos o partidos personalistas, pero partidos al fin y al cabo).
Expliquémonos como si hiciera falta. Si alguien quiere ocupar un cargo de elección popular (desde el más modesto hasta la Presidencia de la República), se encuentra obligado a dotarse de una organización, tejer relaciones, buscar apoyadores, diseñar un diagnóstico de cómo ve la situación y elaborar propuestas de eventuales soluciones, etcétera, lo que en buen español se llama partido. Puede tratarse de un micropartido o de uno nacional, pero en ambos casos son parte de una constelación más grande en la cual están obligados a competir con otros similares. No hay escape.
Y ahí donde existen cuerpos colegiados legislativos, si no hubiera partidos, habría que crearlos o, para ser más exactos, la propia mecánica parlamentaria obligaría a que aquellos que tienen posiciones e iniciativas similares se organizaran para hacer prosperar sus propuestas. Son inescapables, porque el peso de un legislador solo, aislado, en un cuerpo colegiado de varios cientos de representantes acaba siendo cercano a cero. O imagínense ustedes una Cámara con quinientos representantes, sin grupos parlamentarios, cada uno de ellos haciendo o deshaciendo a su muy real saber y entender, sería algo parecido a un circo ingobernable.
Así que si queremos democracia, necesitamos partidos. Y ojalá éstos estén a la altura de las necesidades de un país tan abrumadoramente desigual y con franco rumbo autocrático.
José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.