A Ibargüengoitia lo conocí como el escritor de los libros que hacían reír a mi papá y, como yo quería reírme también, lo leí. Años después, en una clase analizamos algunos de sus textos cortos, supongo que de La ley de Herodes o de Viajes en la América ignota, uno de mis compañeros, digno ejemplar de mi alma mater, dijo que él había ido a estudiar literatura no a leer chistes. Sin saberlo, mi ilustre compañero de clase estaba de acuerdo con Ibargüengoitia, que tampoco escribía para contar chistes.
Son varias las entrevistas en las que declaró que él no era un comediante ni un humorista ni un payaso, epítetos con los que muy a su pesar aparecía acompañado con frecuencia. En las mismas entrevistas también dijo que él retrataba la realidad como la veía y que si a alguien eso le daba risa, pues muy su problema. Pero pocas veces los escritores tienen la última palabra sobre lo que escriben. Aun ahora, más de cuarenta años después de su muerte, a Ibargüengoitia lo presentan como el máximo ironista de la literatura mexicana. Un consuelo para el más allá es que, en el escalafón del humor, la ironía queda algunos escalones más arriba de la categoría del comediante, que él veía como un señor que ensayaba chistes para hacer reír a la gente.

La figura de Ibargüengoitia tampoco puede desligarse de su paso como ingeniero trunco y dramaturgo frustrado. Como cuenta Vicente Leñero, otro ingeniero en reposo, después de que Ibargüengoitia abandonó los estudios en ingeniería, se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras, pero no fue un estudiante particularmente dedicado. En realidad, sólo le interesaba la clase de Rodolfo Usigli. Aunque escribió algunas obras de teatro con un éxito mediano, Los relámpagos de agosto fue su primera novela, ganó el Premio Casa de las Américas y fue sin asomo de dudas exitosa, mucho más exitosa que cualquiera de los textos que había escrito hasta ese momento.
Aunque no triunfó en el teatro ni en las clases de Usigli, aprendió bien el enredo teatral. El amargo Ibargüengoitia no sólo despreciaba a quienes lo llamaban humorista, sino también a la tradición hispánica, aunque la conocía sospechosamente bien. Consideraba el teatro español una mugre, lleno de palabrería y sin acción, pero es claro que Los relámpagos de agosto funciona comouna comedia barroca de capa y espada, en la que una serie de equívocos causan la ruina de los personajes. Sergio Pitol escribió que si a Ibargüengoitia de algo le sirvió su teatro anterior fue para trasplantar los procedimientos escénicos a sus novelas. Actualizó también la novela picaresca: igual que el pícaro Lázaro narra su vida en La vida de Lazarillo de Tormes, el general Guadalupe Arroyo nos ofrece sus memorias, escritas por su amanuense, un tal Jorge Ibargüengoitia.
Además de recurrir a los muy españoles procedimientos retóricos de las comedias de enredo y de la picaresca, Los relámpagos de agosto marcó el fin de lo que se ha llamado “novela de la Revolución” o, en términos más amplios y para incluir más cosas, “narrativa de la Revolución”. Una vez agotada la grandilocuencia de Martín Luis Guzmán, las denuncias de Mariano Azuela o la reivindicación villista de Nellie Campobello, que ocuparon la atención de los lectores durante la primera mitad del siglo XX, apareció este libro que conservaba los elementos de sus antecesoras —los fusilamientos, las memorias autoconsagratorias a las que se abocaron buena parte de los generales revolucionarios, los lenguajes burocrático y castrense, y topónimos como la Cañada de los Compadres que recuerda a la Cuesta de las Comadres— pero desplazaba un poco el eje.
La solemnidad ya no recaía en lo que el sentido común dictaba que debía de ser solemne, sino que un lenguaje en extremo solemne describía las situaciones más ridículas, como estacionarse impunemente en doble fila o la pasión por las siglas que hasta el día de hoy existe en los altos y no tan altos rangos de la política y la burocracia gubernamental. El éxito de la novela se debió a que, como Ibargüengoitia mismo diagnosticó, a nadie se le había ocurrido que un general de la Revolución podía ser un imbécil, aunque fuera un hecho a la vista de todos. Los relámpagos de agosto equivalió a lo que en su día significó el Quijote para los libros de caballerías, cuyo autor por cierto fue otro dramaturgo frustrado.
Esta novela desmontó varios lugares comunes, pero impuso otros. Como apuntó Rafael Lemus, el humor del guanajuatense muchas veces fue misógino, racista y homofóbico. Ninguna mujer se salva y ninguna es un personaje particularmente interesante. Son prostitutas, esposas abnegadas u objetos de deseo. Apelaba también a la arrogancia capitalina que desde tiempos inmemoriales ve cualquier lugar más allá del Estado de México como un pueblo rabón. Además, encontró una fórmula que se repitió en sus novelas posteriores y en una generación de escritores más jóvenes, que no se han podido deslindar del todo y que son fácilmente identificables por señalamientos como “escribe vaciado, se parece a Ibargüengoitia”.
Ibargüengoitia decía que la única evidencia de que Shakespeare había sido un buen escritor era que sus obras todavía resultaban interesantes. Desconozco si Los relámpagos de agosto en particular e Ibargüengoitia en general todavía despiertan el interés de lectores jóvenes. No es difícil vaticinar la respuesta en una época en la que muchos autores varones, que gozaron de popularidad y cierto éxito comercial en el pasado, ahora atestan las mesas de saldos.
Pese a todo, debo confesar que Los relámpagos de agosto es una novela que todavía disfruto, aunque es cierto que hay varios elementos que no me dicen nada. Sin ir demasiado lejos, me tardé varios años en entender el título. Suponía que alguna relación había entre la fugacidad de los relámpagos y lo efímero de los ideales revolucionarios o del poder que detentaban las diferentes facciones. Nada me aclaraba el prólogo en el que el general de división, Guadalupe Arroyo, veía el título como un gesto verdaderamente soez. Imagino que no fui la única confundida, porque Ibargüengoitia explicó varias veces que el título procedía de una cita parcial de un refrán del ámbito rural de Guanajuato: “Viene como los relámpagos de agosto, pendejeando por el sur”. Dado que las lluvias en esa región llegan por el norte, es inútil que relampaguee por el sur, del mismo modo en el que resultan inútiles todos los planes que Lupe Arroyo y sus compinches fraguan en contra de Vidal Sánchez.
A mí, que soy una ignorante de los dichos populares guanajuatenses y de los fenómenos climatológicos que rigen los ciclos agrícolas del Bajío, con todo y la explicación el título siguió sin decirme gran cosa. En cambio la frase que desata todo el problema —“Se nos murió el viejo, Lupe”— me pareció siempre una genialidad. Frente a la confabulación en la que León Toral terminó con la vida de Obregón, en la novela el caudillo omnipotente encarnado en el general González muere por una apoplejía. Que este mal, que afecta normalmente a los ancianos o a los sedentarios, sea el que frustra todos los planes es similar a cuando en la serie Los Soprano varios de los capos dejan libre su puesto por cáncer terminal, demencia senil o una violenta diarrea. En la mafia y en la revolución, el enemigo más letal no es una vendetta entre clanes rivales, sino el deterioro del cuerpo.
Cómo me siento leyendo esta novela lo resumió muy bien un amigo mío, al que Ibargüengoitia lo divierte en dos niveles. El primero es el nivel evidente. El segundo nivel es una risa incómoda, similar a la sensación que uno tiene frente a cualquier plática con sus tíos en la comida del domingo. Este segundo nivel es una burla interna que funciona como mecanismo para amortiguar lo que en otro caso convertiría la sobremesa familiar en un infierno.
Es posible que, de haber seguido vivo, Ibargüengoitia ya se hubiera muerto, ahora sí por causas naturales. Ya podríamos decir “Se nos murió el viejo”, celebrar sus libros o condenar su humor anquilosado. Quizá así como retrató a los generales y la solemnidad revolucionaria, haga falta un nuevo texto iluminador, que le dé la vuelta a lo que en algún momento fue una novedad y nos recuerde, de nuevo, la ridiculez trágica nacional.
Ana de Anda
Estudia el doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México. También es ensayista. Su primer libro es Los relingos. Ensayos sobre los mercados de pulgas y otros artefactos inútiles (FCE, 2025).