Una de mis primeras memorias políticas es la de mi padre festejando el triunfo de Vicente Fox en las elecciones del 2000. Seis años recién cumplidos y no entendía muy bien lo que pasaba pero recuerdo a mi padre asomado por la ventana de mi casa gritando desaforadamente hacia la calle “¡Viva México!”. Varios vecinos corearon sus vivas.
Tengo recuerdos borrosos sobre la emoción de mis padres al escuchar el discurso de aceptación del resultado electoral del presidente Ernesto Zedillo. Una mezcla de incredulidad —el PRI estaba concediendo la victoria a la oposición— y algarabía, pues era casi inconcebible una alternancia en el poder. Mi madre incluso decía: “Nunca pensé que iba a vivir para ver gobernar a otro partido”.
Durante las campañas mis padres se veían tensos y al tiempo ilusionados. Les emocionaba que luego de setenta años podrían “sacar al PRI de Los Pinos” con el voto en unas elecciones “organizadas cien por ciento por ciudadanos”. No dejaban de temer que el PRI “hiciera de las suyas” y se robara la elección pero realmente esperaban que terminarían con “años de gobiernos corruptos” en las urnas.
Rememoro con mayor claridad la angustia económica de mis padres durante el sexenio de Fox. No entendían por qué les estaba yendo peor durante “el primer gobierno democrático”. ¿No que México iba a entrar a un nueva etapa de modernización con “el gobierno del cambio”? ¿Que el fin de “los gobiernos rateros del PRI” iba a traer prosperidad al país?
¿Por qué tal entusiasmo en una pareja de clase media poco politizada con el triunfo de Fox y luego tan incrédula cuando su gobierno no le trajo beneficios materiales? ¿Por qué, pese a no tener una orientación política de derecha, mis padres estaban tan felices e ilusionados con la victoria del PAN o, mejor, con la derrota del PRI? ¿Y por qué sentían que México caminaba hacia un futuro brillante?
Lo que sigue explora por qué las clases medias estaban tan ilusionadas con que el PRI perdiera las elecciones del 2000 y por fin hubiera alternancia política. Parte de una premisa: la transición democrática fue un cambio mucho más profundo de lo que suele reconocerse. No fue sólo un cúmulo de reformas políticas que permitió la celebración de elecciones libres y transparentes ni el brazo político del giro neoliberal.
La transición democrática de México entreveró transformaciones sociales y políticas que operaron de manera conjunta, interdependiente y simultánea durante el último cuarto del siglo XX. Cinco procesos se entrelazaron:
1. Una transformación legal e institucional del Estado mexicano para construir un sistema de frenos y contrapesos, disminuir el poder presidencial y establecer elecciones limpias;
2. Un reajuste político e ideológico que permitió el ascenso y la consolidación del neoliberalismo como modelo económico;1
3. La cristalización en México de un fenómeno transnacional asociado al fin de la Guerra Fría, el triunfo cultural de Occidente y las transiciones a la democracia en distintos países del mundo (las democratizaciones de Argentina, Brasil, Chile y España fueron especialmente importantes);
4. Un cambio sustancial en la ideología y la cultura política de las élites y las clases medias mexicanas; y
5. Una transformación en las prácticas, los mecanismos y las normas para participar en la esfera pública de México.
“El problema con los acontecimientos históricos que de modo inextricable están entrelazados es que, para comprender mejor sus elementos constituyentes, tenemos que separarlos”, señaló el historiador Tony Judt. “Pero para ver la historia en su plenitud, es necesario entretejer de nuevo esos elementos. […] El separatismo falsifica una parte de la historia; su ausencia tiene un impacto igualmente distorsionador en otra”.2
Aquí separo estos procesos para pensar en la transición democrática desde perspectivas frescas y entenderla más a cabalidad. En nuestro pasado próximo se pueden encontrar pistas para comprender nuestro presente y, quizá, dibujar un horizonte más democrático para México. Me centro en el cambio en la cultura política de las élites y las clases medias, y las transformaciones de la esfera pública, dos procesos estrechamente vinculados.
Debe tomarse en cuenta que la separación que propongo es artificial: los cinco procesos que enumeré operaban de manera simultánea y entreverada. Añado que es necesaria una periodización más precisa. Propongo, de modo tentativo, la siguiente: desde la década de 1970 hasta el 2000 se gestó la transición democrática de México (es decir, el cambio gradual de un régimen de partido hegemónico a un sistema multipartidista); de 2000 a 2018 se instauró el régimen de la transición (es decir, un sistema político moldeado por los cinco procesos). Es necesario distinguir ambos momentos. En las décadas finales del siglo XX operaron los procesos entrelazados; a partir del 2000 se instaló en México un régimen político cuyas normas, prácticas e instituciones estuvieron delimitadas y definidas por esos mismos cambios.

Puesto de manera simple: los cinco procesos dejaron de ser cambios en ciernes para convertirse en normas, instituciones y prácticas. Perdieron su carácter aspiracional, dinámico, de experimentación y debate para adquirir un carácter normativo, rígido y poco imaginativo. El final del siglo XX es un momento vibrante de cambios profundos, experimentación institucional, debates ideológicos, acuerdos y desacuerdos políticos e innovación cultural. Al principio del siglo XXI se consolidan e institucionalizan esos cambios y hay cerrazón ante las ideas, personas e instituciones ajenas que cuestionaban el rumbo de la democracia mexicana. Aquí me centro en la primera etapa, la del final del siglo XX: la transición como conjunto de cambios, no la transición como régimen político.
La cultura política se puede definir como el repertorio de prácticas, lenguajes, valores y discursos mediante los que distintos grupos sociales articulan, negocian y se disputan demandas políticas para solucionar problemas públicos. Si distintos grupos tienen diferentes demandas pero todos entienden la misma serie de reglas, prácticas y límites de competencia política, y usan palabras, conceptos y códigos similares para la vida pública, entonces esos grupos comparten una misma cultura política.
Por tanto, la cultura política es la serie de códigos, ideas y valores con los que un grupo social entiende lo público: cuando comparte una serie de significados y conceptos sobre el Estado, la ciudadanía, la democracia o la Constitución, entonces ese grupo social comparte una misma cultura política.

Uno de los procesos que definió a la transición mexicana fue una transformación de la cultura política de las élites y las clases medias en el país. Entre las élites se encontraban intelectuales, empresarios, políticos y burócratas de alto rango. La clase media siempre es difícil de definir, más aún en un contexto como el mexicano, con una enorme desigualdad y una economía informal tan grande. Pero algunas características la definían a fines del siglo XX: un ingreso familiar para una vida estable y digna aunque implicaba el riesgo constante de perder esa condición y, por tanto, la necesidad de trabajar y recibir ingresos regulares; la capacidad de consumo frecuente de bienes no esenciales y servicios de entretenimiento; la vida urbana, y que uno o más miembros de la familia contaran con estudios superiores. Además, un componente identitario: las clases medias se percibían como tales y compartían patrones de consumo y el miedo a perder su estatus socioeconómico. Así, en los años setenta, ochenta y noventa, entre las clases medias mexicanas se encontraban profesionistas, burócratas de bajo y mediano rangos, comerciantes (formales e informales), dueños de pequeños negocios, estudiantes universitarios, profesores y personajes similares.3
A finales del siglo pasado las élites y las clases medias de México eran grupos heterogéneos y diversos pero poco a poco fueron construyendo una cultura política compartida. En términos de significados, ideas, lenguaje y valores políticos, surgió lo que denomino el discurso de la transición a la democracia, que rápidamente se volvió hegemónico entre estos grupos. Este discurso fungía como una metanarrativa para explicar, comprender, discutir, negociar y, en última instancia, justificar los cambios institucionales, legales y políticos que desmantelaron el régimen de partido hegemónico y dieron lugar a un sistema multipartidista con elecciones libres y mecanismos de equilibrio y supervisión para el poder presidencial. Sin embargo, la misma metanarrativa se utilizaba para darles sentido y legitimar los cambios en la economía política que instauró el neoliberalismo en México.
El discurso de la transición permeaba en la oratoria de los partidos de oposición (incluso en los de algunos miembros del partido hegemónico), en las intervenciones de activistas políticos y sociales de todo tipo, en los estudios académicos, en las movilizaciones sociales, en todos los rubros del debate público e incluso en las producciones culturales populares (películas, novelas, música, exhibiciones artísticas y demás). No es gratuito que a finales del siglo pasado la escena cultural mexicana se llenó de producciones artísticas que criticaban velada o abiertamente a la corrupción del PRI. Canciones como “Gimme the Power” de Molotov y “Caseta de cobro” y “Hoyos en la bolsa” del TRI, películas como Todo el poder de Fernando Sariñana y La ley de Herodes de Luis Estrada o novelas como La cabeza de la hidra de Carlos Fuentes, Los días contados de Luis Spota o Dos crímenes de Jorge Ibargüengoitia son sólo algunos ejemplos.4
Uno de los tropos principales era la dicotomía entre el gobierno malo y el ciudadano bueno, en la que todos los elementos relacionados con la política y el Estado se percibían como corruptos y negativos, mientras la “sociedad civil” o los “ciudadanos independientes” eran lo honesto, puro y positivo. El gobierno y el PRI se representaban como corruptos, deshonestos e ineficaces sin remedio; los ciudadanos eran retratados como víctimas de instituciones corruptas pero también como individuos valientes y trabajadores que no se rendían ante la adversidad.
En estas representaciones los ciudadanos mexicanos estaban “despertando”, mostraban instintos democráticos y hambre de cambio. En consecuencia, la sociedad civil era la fuerza motriz de las reformas democráticas. El concepto de ciudadano no era una categoría neutral y más bien se utilizaba para transmitir la idea de mexicanos preparados para superar un gobierno paternalista, obsoleto y corrupto, y comenzar a vivir en democracia, disfrutando —y utilizando sabiamente— mayores márgenes de libertades económicas y políticas.
Esta visión del “ciudadano independiente” iba acompañada de una crítica al sistema electoral mexicano. Bajo el PRI, el país celebraba elecciones de manera regular y los partidos de oposición podían ganar algunos escaños en el Congreso o en gobiernos locales. Pero, al final, era evidente que el partido hegemónico ganaba las elecciones presidenciales con mayorías en ambas cámaras del Congreso mediante una combinación de voto genuino, movilización corporativa, fraude institucional en ciertas regiones o distritos; y un equilibrio entre violencia, cooptación y negociación con los otros partidos. De manera creciente, en los años ochenta y noventa, los artículos periodísticos, las mesas de análisis en televisión y radio, las novelas, las películas y las canciones criticaban este sistema electoral, y exigían elecciones libres y una competencia política justa. Demandaban, en suma, el fin de esa ficción electoral.
Otro tropo importante era el choque entre influyentismo y meritocracia. La discusión pública y las producciones culturales utilizaban el concepto de influyentismo o transa para describir y criticar una característica del complejo sistema posrevolucionario, en el que las personas con “influencias”, “contactos”, “palancas” o “padrinos” en altos cargos de la administración pública o dentro del PRI podían prosperar económicamente y acceder a movilidad social, mientras que los individuos sin esas ventajas enfrentaban mayores dificultades para alcanzar el éxito económico. Las autoridades gubernamentales y los funcionarios del PRI eran retratados como obstáculos para los ciudadanos trabajadores y talentosos que querían acceder a la movilidad social y el éxito económico por sus propios méritos.
Por último, un componente importante era una visión evolutiva y lineal del PRI, del modelo de desarrollo, del concepto de ciudadanía y del significado de la democracia. Un argumento común entre los intelectuales, activistas y políticos que impulsaron el cambio democrático: el PRI era “demasiado viejo” —incluso obsoleto— para gobernar un país moderno como México. El argumento: en sus primeras etapas, las décadas posteriores a la Revolución (aproximadamente de los años 1920 a 1950), el PRI había hecho un buen trabajo al promover una rápida industrialización, urbanización y modernización en México; sin embargo, la economía y la sociedad que emergieron de ese proceso eran “demasiado modernas” para el PRI. El corolario: la sociedad era en los hechos más moderna que el PRI y por eso el partido hegemónico tenía que irse, pues ya no entendía ni podía gobernar correctamente al México moderno que engendró.
Además, hacia finales de la década de 1980 el país necesitaba “un nuevo paradigma de modernización” para resolver sus profundos problemas económicos y competir en el mercado global posterior a la Guerra Fría.5 El PRI no estaba a la altura del desafío y la única solución para un gobierno más eficiente, capaz de liderar el necesario proceso de modernización, era el cambio democrático.6
Democracia y democratización no eran ideas abstractas o distantes para los ciudadanos de clase media y se asociaban con otros valores como la modernización, el desarrollo económico, el éxito y las oportunidades. La democracia se concebía como un elemento central de una cultura política compartida por las élites y una clase media aspiracionista y meritocrática, y además como un medio para preservar y mejorar el estilo de vida, y para construir un país más moderno, con una mejor economía y un sistema democrático, en el que los ciudadanos podrían adquirir más bienes y servicios, brindar una mejor educación a sus hijos y ver prosperar su espíritu emprendedor. Esta asociación fue crucial tanto en la acción política como en las expectativas sobre la democracia de estos grupos, y fue determinante en la construcción del régimen político posterior al PRI. La participación y las demandas de los ciudadanos de clase media estuvieron marcadas por la relación ideológica entre modernidad y democracia; y al mismo tiempo las reformas para poner fin al sistema de partido hegemónico tuvieron en cuenta esta asociación.
El vínculo ideológico entre democracia y modernidad tenía otra consecuencia: si México iba a convertirse en una “democracia moderna”, todas las formas de acción política revolucionaria y las ideas radicales debían proscribirse. La única vía legítima para desmantelar el sistema de partido hegemónico era un enfoque moderado, gradualista, reformista y liberal. La derrota de la política revolucionaria y el triunfo de los ideales liberales, se decía, probaban el proceso de modernización de México.
Todos los tropos del discurso de la transición influían en la movilización política, las demandas y las expectativas sobre la democracia de las clases medias y las élites mexicanas. Por eso, si analizamos la transición a la democracia desde una perspectiva de cultura política, resulta más fácil comprender por qué mis padres estaban tan emocionados con el triunfo de Fox, tenían expectativas tan altas del cambio democrático y se desilusionaron con rapidez.
Otro cambio importante de la transición: una transformación de la esfera pública mexicana. Los debates sobre la democracia no se desarrollaron únicamente en los elegantes escritorios de altos funcionarios, académicos reconocidos y periodistas profesionales; también en programas de televisión y radio, libros de divulgación, debates universitarios, novelas, canciones populares y películas, arenas donde los significados de la democracia y la democratización se fueron definiendo, negociando y disputando. Durante las décadas finales del siglo XX la representación del PRI como corrupto e ineficiente, la narrativa del “despertar ciudadano” y la asociación entre modernidad y democracia se convirtieron en sentidos comunes entre la clase media. Y la esfera pública fue crucial para que ello ocurriera.
Por eso es necesario ampliar nuestra concepción de la esfera pública como un espacio en el que las ideas circulan, se disputan, se negocian y se configuran tanto por las élites que las difunden como por los ciudadanos que no son receptores pasivos sino actores activos en el debate público. La esfera pública puede entenderse como un espacio de mediación entre la sociedad civil y el Estado. Es una arena donde los ciudadanos discuten y deliberan sobre asuntos de interés público y desarrollan distintos mecanismos de organización para la acción colectiva.
La esfera pública tiene una dimensión virtual —los vehículos que transmiten ideas, argumentos e imágenes sobre los asuntos públicos: periódicos, libros, radio, televisión y diversas formas de arte o cultura popular—, una dimensión física —espacios materiales donde los ciudadanos se reúnen para debatir sobre asuntos públicos y llevar a cabo movilizaciones políticas— y una dimensión organizacional —las instituciones donde los ciudadanos actúan colectivamente: sindicatos, asociaciones de ayuda mutua y todo tipo de organizaciones no gubernamentales—.7
Todos los elementos de la esfera pública mexicana cambiaron gradual pero significativamente durante los últimos lustros del siglo XX. Hubo mayor acceso de analistas críticos a los medios de comunicación y el periodismo se tornó más riguroso y contestatario. El gobierno relajó los mecanismos de censura y los comunicadores disminuyeron su autocensura. Los medios impresos priorizaron la cobertura de casos de corrupción (como Proceso y unomásuno), el debate político de altos vuelos desde distintas posiciones ideológicas (como nexos y las secciones de opinión de varios periódicos) y líneas editoriales más independientes (como Reforma o La Jornada).8
Surgieron decenas de organizaciones sociales: urbanopopulares, colectivos de víctimas, grupos de derechos humanos, organismos ciudadanos de observación electoral. Emergieron nuevas prácticas y lenguajes, y nuevos actores, entre ellos las víctimas de violaciones a derechos humanos, los estudiantes universitarios, los habitantes de zonas urbanas con malos servicios públicos y, por supuesto, las clases medias. Y las innovaciones de los movimientos estudiantiles de los años sesenta y setenta, y de los damnificados del sismo de 1985 llegaron para quedarse.

La transición democrática no se puede entender sin esta transformación profunda de las normas, los límites, las prácticas, los medios y los actores de la esfera pública. Destaco dos cambios. Uno es el surgimiento de un consenso liberal entre gran parte de las élites y las clases medias. El paisaje político mexicano de los años ochenta y noventa se caracterizó por un amplio acuerdo entre estos grupos en torno a los valores de la democracia liberal y la agenda económica neoliberal.9 Este consenso no implicaba una visión unánime: cada grupo o individuo podía tener diferentes ideas y distintas agendas para la democratización. Pero había un alineamiento general: establecer un organismo electoral independiente, instituciones para contener al poder presidencial e impulsar el cambio político por medio de reformas graduales. Había además valores compartidos por las distintas posiciones políticas, como una fuerte convicción sobre las capacidades de la “sociedad civil” y los “ciudadanos independientes” para impulsar un cambio positivo, y un compromiso con el discurso de los derechos humanos vinculado a organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch.
Había, en suma, un acuerdo de élites y clases medias sobre la ruta para democratizarse pero con serias diferencias sobre los pasos prioritarios y aspectos accesorios de la agenda democrática, o sobre cómo conseguir la libertad política sin aumentar la desigualdad social. El consenso no implicaba el fin de la discusión o la homologación total de las posiciones políticas, sino la resolución de las diferencias por medio de debates vibrantes pero respetuosos.
El segundo cambio tiene que ver con estos enérgicos debates. Me refiero al pluralismo democrático entendido como la coexistencia de varios grupos con ideas políticas divergentes dentro del consenso liberal, lo que implicó un enaltecimiento del debate “civilizado”. El pluralismo democrático idealizaba la deliberación y el intercambio de ideas, pero temía al conflicto, la confrontación y las propuestas radicales.10

El pluralismo democrático y el consenso liberal avanzaron de la mano: el debate y la diversidad se promovían sólo dentro de ese marco que relegaba a los márgenes de la esfera pública las opciones radicales —ya fueran de izquierda o derecha— y las estrategias alternativas para modernizarse. Se tenía una visión ideal de la política como consenso. El conflicto y las propuestas radicales se etiquetaban como peligrosas o pasadas de moda. Lo mismo con la movilización social: se enaltecía si era “civilizada” y “pacífica”, pero se condenaban prácticas más disruptivas y confrontativas.
Estos dos cambios marcaron límites respecto a qué intervenciones públicas eran deseables y legítimas. Consecuencia: la discusión sobre el cambio democrático se truncó porque las clases populares quedaron en segundo término en las prioridades del debate público, y se eclipsaron las demandas por la igualdad y la justicia social.
Esta visión ayuda a comprender por qué millones de ciudadanos de clase media estaban tan entusiasmados con las elecciones “libres e independientes” del 2000 y con el triunfo de Fox. Había un consenso sobre el carácter bueno de los gobiernos electos democráticamente, y el discurso de Fox —pluralidad y cambio político ordenado— resonaba con el ánimo deliberativo y reformista de la clase media.
¿Y las clases populares? La pregunta pone de manifiesto el carácter excluyente o limitado de la democratización mexicana. Y alumbra el quid del asunto: la transición fue un cambio político construido por las élites y las clases medias para las élites y las clases medias.
Los impulsores de la transición se imaginaban un México moderno, desarrollado y democrático, con una sociedad de clase media, libre y meritocrática, adjetivos que, entrelazados, eran parte del mismo proyecto. Pero la cultura política de la transición jamás atrajo a las clases populares (salvo en aquello del gobierno corrupto) y la expansión de la esfera pública no fue equitativa para estos sectores. Con la idea de la evolución lineal de la democracia hacia el progreso, el régimen de la transición perdió de vista o puso en segundo plano las necesidades más urgentes de los sectores subalternos.
Desde esta perspectiva comprendemos mejor por qué el movimiento obradorista cobró tanta fuerza entre las clases populares desde antes de 2006, doblegó en 2018 a la partidocracia del régimen de la transición y amplió su margen de victoria en 2024. Los límites, la retórica, las prácticas y las estrategias de la Marea Rosa entre 2022 y 2024 para “defender la democracia” quedan más claras si vemos a la transición como un cambio en la cultura política de las élites y las clases medias. La Marea Rosa y la campaña de Xóchitl Gálvez en 2024 sólo reeditaron el discurso de la transición, condenado a la indiferencia de las clases populares. Y condenado también en las urnas.
Jacques Coste
Historiador y autor de Derechos humanos y política en México, Tirant lo Blanch e Instituto Mora, 2022. Cursa un doctorado en Historia en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, donde estudia la transición democrática de México.
1 En varios textos Fernando Escalante liga con éxito los procesos 1 y 2. Ver su libro México: El peso del pasado. Ensayo de interpretación, Cal y Arena, 2023.
2 Judt, T., y Snyder, T. Thinking the Twentieth Century, Penguin, 2012, p. 43. Traducción del inglés al español realizada por el autor.
3 Dos libros ilustrativos para comprender el concepto de cultura política y su uso como categoría de análisis histórico: Ivaska,A. Cultured States: Youth, Gender, and Modern Style in 1960s Dar Es Salaam, Duke University Press, 2011; y Guardino, P. Peasants, Politics, and the Formation of Mexico’s National State. Guerrero, 1800-1857, Stanford University Press, 1996. Sobre los retos para definir y estudiar a las clases medias en América Latina y sobre la necesidad de analizarlas como sujeto histórico, recomiendo: Weinstein, B., y López Pedreros, R. (eds.), The Making of the Middle Class: Toward a Transnational History, Duke University Press, 2012; y Parker, P., y Walker, L. (eds.), Latin America’s Middle Class: Unsettled Debates and New Histories, Lexington Books, 2012. Sobre las clases medias mexicanas, recomiendo: Walker, L. E. Waking from the Dream: Mexico’s Middle Classes after 1968, Stanford University Press, 2013; Aguilar Camín, H. Después del milagro: Un relato de la transición mexicana, Cal y Arena, 1994; y Loaeza, S. Clases medias y política en México: la querella escolar, 1959-1963, El Colegio de México, 1988.
4 Sobre el impacto del neoliberalismo en la escena cultural mexicana recomiendo: Sánchez Prado, I. Screening Neoliberalism Transforming Mexican Cinema, 1988-2012, Vanderbilt University Press, Vanderbilt, 2014; y Lemus, R. Breve historia de nuestro neoliberalismo, poder y cultura en México, Debate, 2021.
5 En el Coloquio de Invierno de 1992 diversos intelectuales mexicanos y latinoamericanos usaron el “nuevo paradigma de modernización” para argumentar a favor de los cambios políticos y económicos que conducirían a las transiciones a la democracia y la adopción del modelo neoliberal en América Latina. Ver: Coloquio de invierno. Los grandes cambios de nuestro tiempo: la situación internacional, América Latina y México, 3 volúmenes, Conaculta, UNAM, FCE, 1992.
6 Una tesis de maestría reciente de El Colegio de México reflexiona de manera interesante sobre la concepción de la modernidad y la democracia de varios intelectuales mexicanos a finales del siglo XX: Verity Velasco, Y. V. Vuelta, Nexos y el discurso de la modernización: Una historia intelectual del México en el fin de siglo, El Colegio de México, 2022.
7 Baso mucho de mi entendimiento de la esfera pública latinoamericana en el trabajo de Hilda Sábato: The Many and the Few: Political Participation in Republican Buenos Aires, Stanford University Press, 2001 y Republics of the New World: The Revolutionary Political Experiment in 19th-Century Latin America, Princeton University Press, 2018. También recomiendo: Piccato, P. “Public Sphere in Latin America: A Map of the Historiography”, Social History 35, núm. 2, 2010, pp. 165–92.
8 Freije, V. De escándalo en escándalo: Cómo las revelaciones periodísticas construyeron la opinión pública en México, Siglo XXI, 2023.
9 Sobre el consenso liberal en México recomiendo: José Antonio Aguilar, “Después del consenso: el liberalismo en México (1990-2012)”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales 58, núm. 218, 2013, pp. 19-52.
10 Para mi tesis doctoral he entrevistado a decenas de intelectuales, activistas, periodistas, actores políticos y ciudadanos de clase media. Ellos mismos usan la expresión “pluralismo democrático” para referirse a esta práctica.