La larga Jornada hacia el oficialismo

Los huelguistas

Los capitalinos que circulaban por la avenida Cuauhtémoc durante la hora pico de la tarde del 30 de julio de 2017 fueron testigos de una extraña visión al pasar por Santa Cruz Atoyac: la puerta del edificio de La Jornada —el legendario diario de izquierda que cumple cuarenta años este mes—lucía una gran bandera rojinegra. Tras meses de negociaciones infructuosas con el periódico, el Sindicato Independiente de Trabajadores de La Jornada (Sitrajor) se declaró en huelga. La causa inmediata era un recorte del 45 % a salarios y prestaciones; el contexto, la cada vez peor relación entre los reporteros de a pie y el personal sénior de la rara vez vista directora general, la septuagenaria Carmen Lira.

La administración de un periódico que durante 33 años había defendido los derechos laborales no veía con buenos ojos a los huelguistas de casa. A los pocos días, la Dirección General convenció a la Junta Local de Conciliación y Arbitraje de declarar “ilícita” la huelga. Semanas más tarde, presentaron una denuncia por “privación de la libertad” contra la secretaria general de Sitrajor, Judith Calderón, y otras tres personas (el abogado de los huelguistas, en un exceso, había encadenado la puerta del edificio, de tal suerte que los “esquiroles” encargados de producir el periódico habían quedado encerrados). Los administradores también despidieron a Calderón y, antes de la primavera siguiente, a otros diecisiete “agitadores”. En los años siguientes presionaron a docenas de antiguos huelguistas para que renunciaran, ya fuera alentando un retiro anticipado o relegándolos a tareas indeseables.1

Hace poco, al reflexionar sobre el incidente, Calderón me dijo que logró desmentir las acusaciones en su contra tras una batalla de cuatro años. Pero el episodio dejó cicatrices profundas. Estos días, quien fuera una feroz defensora del Contrato Colectivo de Trabajo (CCT) de Sitrajor, así como una reportera respetada por su defensa de los niños de la calle, emana un aire de cansancio y agobio. En un aparente acto de intimidación de los abogados de La Jornada, su hijo adolescente quedó implicado en la denuncia y se quitó la vida en 2019. Calderón dice que la administración abusó de la buena fe de sus empleados, quienes ya habían tolerado una reducción salarial de corto plazo del 27 %. Mientras tanto, los editores sénior disfrutaban de salarios mensuales de más de 100 000 pesos (un redactor novato ganaba 15 500) y los reporteros estrella recibían jugosas comisiones por ventas de publicidad al Congreso, partidos políticos y gobiernos estatales; una práctica arcaica que Lira revivió, a decir de Calderón, “para ganar lealtades”. La antigua lideresa sindical añade que el CCT ha estado de facto suspendido desde enero de 2017 y que los dieciocho huelguistas despedidos aún esperan el pago de su indemnización.

El jefe de la sección Capital, Miguel Ángel Velázquez, quien junto con Luis Hernández Navarro y Roberto González Amador forma una troika de editores sénior, me dijo que el problema era que el Sitrajor se había vuelto demasiado poderoso e inflexible: “No pude creer que los miembros del sindicato serían tan tontos como para querer destruirnos, destruir el periódico”. Hernández Navarro, quien encabeza las páginas de Opinión, concuerda con que el CCT era “de otra época, de vacas gordas”; tanto así que “mantenerlo habría significado cerrar”.
¿Cómo llegaron las cosas a este punto? La huelga de 2017 fue en buena medida consecuencia de la cada vez más grave crisis que amenaza a la prensa en todo el mundo. La Jornada había salido malherida del crash económico de 2009, que en México resultó en una disminución del 20 % en el gasto en publicidad en periódicos. El mercado nunca se recuperó: los anunciantes siguieron a los lectores en su éxodo hacia internet, a tal grado que, en 2017, los ingresos por publicidad de los medios digitales fueron seis veces mayores que de los impresos.2 Por su parte, los presidentes Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto gastaron casi tres veces más que Vicente Fox en publicidad oficial.3 Ante una caída en el número de lectores, tal dadivosidad fue un salvavidas para muchos periódicos.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

Entonces, ¿cómo es que La Jornada terminó en peores aprietos que sus rivales? Mientras que otros periódicos con una orientación más comercial, como Reforma, despedían empleados siempre que sus directores lo consideraban necesario, La Jornada fue concebida desde el principio como una especie de cooperativa de trabajadores (de hecho una sociedad anónima que incluía 160 miembros con voto) y siempre ha sido reacia a despedir a nadie. Además, a lo largo de treinta años, Sitrajor había negociado un CCT con salarios y prestaciones que eran la envidia de otros periodistas. En el camino, había desarrollado un ethos combativo —herencia de su fundador, el caricaturista Bulmaro “Magú” Castellanos— que exasperaba a Lira.4 Bajo el liderazgo de esta última, la dirección del periódico se había ganado una reputación de indulgencia financiera y favoritismo. Según varios empleados y exempleados, algunos de los cuales pidieron el anonimato, Lira premiaba la lealtad de los editores que cada cuatro años organizaban su reelección con salarios magníficos, acceso a préstamos millonarios y cuentas de gastos sin fondo. Finalmente, los editores sénior, casi todos de más de 60 años, no supieron adaptarse a la era digital. Todos los diarios de México enfrentaban dificultades a la hora de monetizar clics, pero La Jornada corría más lento que la mayor parte.

La causa profunda de la huelga, sin embargo, tenía que ver con una decisión tomada poco después del nacimiento de La Jornada. Bajo el mandato de su primer director, Carlos Payán, los fundadores optaron contra la autosuficiencia financiera. Debido al bajo número de lectores, el modelo de negocios de los periódicos del mundo industrializado —suscripciones, venta de ejemplares sueltos y publicidad privada— resultaba difícil de poner en práctica en México. Pero no era imposible: Julio Scherer y Alejandro Junco lo habían conseguido en Proceso y El Norte. En lugar de seguir ese modelo, sin embargo, Payán y su equipo decidieron depender de la publicidad oficial. Desde entonces, y a pesar de boicots ocasionales, el gasto gubernamental en La Jornada ha excedido a sus ingresos por publicidad privada en prácticamente todos los años de su existencia.

Otro factor importante fue que, en el sexenio de Carlos Salinas, al aumentar el gasto oficial y también el número de lectores, Payán expandió la compañía de forma dramática. La Jornada pasó de ser un diario de 32 planas y cien empleados a un periódico de sesenta planas y casi cuatrocientos trabajadores. Años más tarde, la misma publicidad gubernamental que financió ese crecimiento desmedido le permitió a Lira posponer decisiones difíciles, hasta que la brecha entre costos e ingresos se volvió infranqueable, incluso para la promiscuidad financiera del gobierno de Peña Nieto.

En el sexenio que hoy está por terminar, los críticos de La Jornada le han dado mucha importancia al hecho de que el periódico ha recibido más publicidad oficial (aproximadamente 1000 millones de pesos) que cualquier medio de comunicación, salvo Televisa y TV Azteca. La dadivosidad de Andrés Manuel López Obrador, dicen estos críticos, es evidencia de que el diario se ha convertido en un órgano de propaganda. Tal caracterización no es del todo acertada, pues el periódico aún publica voces críticas. Pero incluso si lo fuera, no se trataría de un giro de 180 grados. Payán y Lira cultivaron una reputación de un diario que mordía la mano que le daba de comer, pero siempre siguieron una filosofía pragmática: una mordedura seguida por una lamida.

Payán, el conciliador

El 30 de mayo de 1984, el mundo de un grupo de editores y reporteros de izquierda que planeaba un nuevo periódico fue sacudido por un asesinato político. Estos periodistas se habían autoexiliado de Unomásuno, un diario que durante los primeros años después de su fundación en 1977 había sido el mejor de Ciudad de México, pero que recientemente había decaído desde que su director y fundador, Manuel Becerra Acosta, se adueñara de gran parte de las acciones de la compañía e impusiera un tono más cercano al oficialismo. La víctima del asesinato era el columnista más influyente de México, Manuel Buendía. Famoso por las investigaciones que publicaba en Excélsior, Buendía estaba trabajando en un reportaje sobre los vínculos entre el Cártel de Guadalajara y la Dirección Federal de Seguridad (DFS) cuando fue baleado a plena luz del día en la Zona Rosa.5

La muerte de Buendía galvanizó a quienes planeaban La Jornada. Héctor Aguilar Camín, en ese entonces uno de los subdirectores del nuevo periódico y actualmente el director de esta revista, dedicó varias páginas en nexos a la “ejecución programada” de Buendía.6 En las palabras de otro subdirector, Humberto Musacchio: “La muerte de Manuel nos dio más ánimo para ser un periódico contestario”.

Con todo, las viejas costumbres pervivirían en La Jornada en al menos un respecto: su dependencia del gobierno en términos financieros. Esto no fue por diseño. Carlos Payán había arrancado el proyecto con una recaudación de fondos. En un evento en febrero de 1984 al que asistieron 5000 periodistas y simpatizantes, los fundadores anunciaron la venta de acciones de la nueva compañía; al parecer, 2138 personas decidieron invertir. En un gesto que traicionaba su ingenuidad financiera, sin embargo, los fundadores fijaron un tope por accionista de un millón de pesos, cantidad que debido a la devaluación en curso equivalía a unos 5000 dólares. “Fue un apoyo entusiasta pero insuficiente”, escribió Musacchio años después, “pues basta decir que el día que salió a la calle el número uno, en el banco teníamos dinero para pagar apenas la dotación del día y medio de papel”.7

El objetivo de los fundadores era democratizar el periódico y evitar un golpe como el que Becerra Acosta había dado en Unomásuno. El tope de un millón de pesos, empero, limitó la participación de varios líderes políticos y empresariales capaces de contribuir más. En tanto, los anunciantes privados eran pocos: la retórica de la Guerra Fría aún conservaba su fuerza, y muchos capitanes de la industria veían en la identidad socialdemócrata del periódico el espectro del comunismo. Además, México atravesaba una larga crisis económica. Conscientes de la penuria de su proyecto, los editores de La Jornada, como muchos otros fundadores de periódicos de la época, tocaron la puerta de Los Pinos en busca de financiamiento y acceso al papel subsidiado de la paraestatal PISA.

El presidente Miguel de la Madrid sabía algo del valor de las válvulas de escape y es probable que entendiera a La Jornada en esos términos. José Carreño Carlón, uno de los fundadores del periódico, recuerda que cuando el gabinete presidencial discutió el asunto, Manuel Bartlett, el intransigente secretario de Gobernación, se opuso a la existencia misma del diario. La Jornada, sin embargo,encontró un aliado tentativo en el secretario de Educación, Jesús Reyes Heroles, quien siete años atrás había apoyado a Unomásuno. Reyes Heroles no abogó para que el periódico recibiera publicidad oficial, pues consideraba que Payán y su equipo eran “disidentes”, pero pensaba que cooptar a un nuevo medio de izquierda podría resultar útil en términos políticos. Según Carreño, Reyes Heroles aplacó a Bartlett con una apelación al cinismo priista: “Mire, Manuel, realmente no es una gran cosa, Mientras sean más, serán menos”.

Con su futuro económico en entredicho, pero sostenido por entusiasmo quijotesco, La Jornada nació el 19 de septiembre de 1984. Gracias a su diseño de “tabloide serio”, obra del artista Vicente Rojo, y a su nombre que telegrafiaba simpatías con la clase trabajadora, La Jornada no tenía pares entre la prensa seria. El Financiero también presumía de un espíritu independiente, pero le faltaba la bravura estilística y las atrevidas caricaturas que pronto hicieron de La Jornada el periódico favorito de los estudiantes. Unomásuno, al moderar su tono, quedó eclipsado. Excélsior, que gracias a Buendía recuperó algo de la credibilidad perdida tras el golpe contra Scherer, ya no podía contar con su columnista estrella.

La Jornada logró despegar porque el boicot impuesto por Bartlett no era absoluto. En sus inicios, el periódico imprimió publicidad oficial de la Universidad Autónoma Metropolitana y del Fondo de Cultura Económica, así como gacetillas del ISSSTE,  además de anuncios de la aerolínea nacional de la Nicaragua sandinista y de casas editoriales privadas. Las secretarías más adineradas, sin embargo, se mantenían distantes, y esto hacía temer por el futuro del diario. A finales de 1984, Aguilar Camín se valió de su buena relación con el secretario personal de De la Madrid, Emilio Gamboa, para conseguir una cita con el presidente y apelar por el fin del boicot. “Cuente con eso”, respondió De la Madrid. Poco después, funcionarios que simpatizaban con el proyecto, como el gobernador de Tabasco, Enrique González Pedrero, y el secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog, comenzaron a anunciarse en el diario.8 Si bien La Jornada seguiría siendo objeto de boicots recurrentes para recordarles a sus editores la importancia de moderar sus críticas, tolerar al periódico resultaba útil para el discurso de democratización que el PRI comenzaba a adoptar.

He aquí el pecado original del periódico: su dependencia de la generosidad federal. Como dijera Raymundo Riva Palacio en una entrevista publicada en inglés en 1995: “El fenómeno de La Jornada refleja la quintaesencia de lo mexicano: es antigobierno hasta el dogmatismo, pero vive del gobierno”.9

Payán era capaz de caminar sobre la cuerda floja de este arreglo paradójico. Pero bajo su sucesora, Carmen Lira, y en el contexto de la crisis del periodismo en todo el mundo, esta dependencia llevaría a La Jornada a ceder terreno en uno de los valores centrales del periodismo: pedirle cuentas al poder.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

 

Al nacer, La Jornada heredó mucho del espíritu de vanguardia que alguna vez animara a Unomásuno: solidaridad con los desamparados, un compromiso con la pluralidad democrática, un número relativamente alto de mujeres en la redacción, un equipo de fotoperiodistas de primer nivel y una inspiración antiautoritaria tomada del diario español El País y del francés Libération. La principal diferencia con Unomásuno, por lo menos al inicio, era que Carlos Payán no podría ser director general más que por un periodo de cuatro años, con la posibilidad de una reelección. Como subdirectores, Musacchio, Aguilar Camín, Lira y Granados Chapa eran en teoría sus iguales. Parecía natural que alguno de ellos sucedería a Payán, si no en 1988 entonces en 1992.10

Payán era abogado de profesión y burócrata de carrera, pero muchos lo veían como el líder adecuado para el periódico. Encantador y de aspecto romántico —cabellera oscura y ondulada, cejas pobladas, ojos embrujados y un impresionante bigote—, el director podía jactarse de una cierta afinidad con la clase trabajadora, pues se había criado en La Merced. Se unió al Partido Comunista cuando hacerlo era riesgoso y más tarde pasó a su sucesor, el Partido Socialista Unificado de México (PSUM). Había sido administrador de la redacción de Unomásuno y el encargado de las relaciones políticas del diario. Todos los medios de la época necesitaban a alguien que fuera capaz de halagar políticos y lidiar con funcionarios; Payán se llevaba especialmente bien con el ala izquierda del PRI. Años después, un colega, Eduardo Huchim, recordaría “la paciencia, la sensatez, la visión política, el buen gusto y, sobre todo, el espíritu conciliador” del director inaugural de La Jornada.

Al principio, Payán cumplió con su compromiso de cultivar un periódico democrático al crear un ambiente de trabajo envidiable. Los reporteros tenían espacio para trabajar textos de largo aliento al mismo tiempo que sus notas de coyuntura: cada semana, el diario dedicaba varias planas a reportes especiales sobre temas como los derechos laborales de las costureras capitalinas, una cooperativa de pescadores sonorenses o el cierre de una fábrica por el giro neoliberal del PRI. Los reporteros, columnistas y editores, muchos de ellos miembros del PSUM, sentían que estaban ayudando a construir una sociedad más justa. Sus salarios y prestaciones eran mejores que los de sus colegas en casi todos los diarios de Ciudad de México, gracias en buena medida al sindicato establecido por Magú.

Con un modesto tiraje de origen de 20 000 ejemplares, La Jornada pronto tuvo oportunidad de poner en práctica sus ideales cívicos. El día de su primer aniversario en 1985, el terremoto más destructivo de la historia moderna de México cobró la vida de al menos 10 000 personas. La prensa en general convirtió el desastre en un escándalo multifacético que socavó la legitimidad del PRI, pero La Jornada pronto se convirtió en la autoridad sobre el tema.11 En la tragedia, el periódico empujó la libertad de expresión más allá del nivel de confort del gobierno. Pero Payán no podía prescindir de los subsidios por mucho tiempo, así que la crítica tenía que alternarse con la prudencia.

Esta moderación de los impulsos socialistas del diario quedó en evidencia en el año electoral de 1988. A diferencia de la mayoría de la prensa, efusiva en sus halagos para Salinas, La Jornada simpatizaba con Cuauhtémoc Cárdenas, el candidato del Frente Nacional Democrático (FDN). El diario, sin embargo, hizo menos que lo que cabría esperar para apoyar a la oposición. El analista de medios Raúl Trejo Delarbre encontró que, durante el punto más álgido de la campaña, entre finales de marzo y principios de julio, La Jornada dedicó a Cárdenas apenas el 14 % de su cobertura electoral, mucho menos que el 39 % que le dedicó al PRI. Si bien El Universal y Excélsior dedicaron más espacio al partido oficial (49 % y 59 %, respectivamente), las cifras de La Jornada reflejaban el quid pro quo de los subsidios que en esos años representaban casi la mitad de los ingresos del diario y que en 1988 en particular crecieron por el gasto de campaña del PRI.12 La portada que Payán aprobó la noche de la elección, cuando “se cayó el sistema”, comenzaba señalando que el PRI había declarado una victoria contundente y sólo después mencionaba las acusaciones de fraude de la oposición. Al final, las contrarrestaba reproduciendo las exigencias de evidencia por parte de Bartlett.13

En contraste con Scherer, quien se enorgullecía de la posición siempre crítica de Proceso, Payán escogía sus batallas. Como si buscara compensar su moderación respecto a las noticias nacionales, el periódico adoptaba un tono agresivamente partisano en su cobertura internacional. Líderes de la izquierda latinoamericana, como Fidel Castro, recibían halagos enfáticos; Estados Unidos era vivificado como una nación imperialista. Tal estridencia reemplazaba la profundidad en los reportajes. Como el politólogo Chappell Lawson observó sobre los años noventa, la crítica del régimen en La Jornada “tendía a ser ideológica y reflexiva en lugar de investigativa (y por lo tanto amenazante)”.

Los disidentes y los creyentes

En 1988, tras terminar su primer periodo como director, Payán fue reelecto por cuatro años más. Su camino a esa victoria fue accidentado. Si bien La Jornada les daba la bienvenida a los reporteros principiantes y a las mujeres, el diario se había vuelto un lugar de trabajo conflictivo para el personal sénior. Musacchio, el primer subdirector de Producción, me dijo que se cansó de las intervenciones de Payán en menos de un año y que renunció después de que el director ordenara el despido de un joven reportero por sus creencias trotskistas y sus desacuerdos con Magú. Pedro Valtierra se fue dos años más tarde, seguido por Aguilar Camín en 1987.

El descontento entre el personal sénior tenía algo que ver con las componendas de Payán. Cuando Presidencia o Gobernación llamaban por teléfono, el director de un periódico que dependía de los subsidios del PRI tenía que ser cuidadoso. En 1991, luego de que expusiera fraudes en las elecciones locales de San Luis Potosí, La Jornada sufrió otro boicot parcial; un año más tarde, fue sometido a auditorías que revelaban que Salinas consideraba que el diario se había vuelto demasiado crítico. Payán respondió moderando la línea editorial, lo que resultó en varias renuncias más.14

Las preocupaciones sobre los rasgos autocráticos de Payán crecieron en 1992, cuando el director forzó la mano de la asamblea de accionistas para que le permitieran reelegirse por tercera vez. Durante ese debate, Granados Chapa, el rival de Payán en la elección, pronunció un apasionado discurso en el que advertía que La Jornada corría el riesgo de convertirse en un feudo personal. Payán, dijo a la asamblea, no es irremplazable. “Nadie lo es. No lo fue Hubert Beuve-Méry en Le Monde, no lo fue Juan Luis Cebrián en El País”. Por otro lado, Braulio Peralta, antiguo editor de la sección de Cultura, recuerda que Octavio Paz le dijo: “Un periódico es su director”.15 Cinco meses después del debate, Granados Chapa se marchó. Tres de los cinco editores-fundadores se habían ido. Sólo quedaban Payán y su lugarteniente, Carmen Lira.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

 

Para la segunda mitad del sexenio de Salinas, La Jornada se había convertido en el diario principal de la izquierda. Pero sus finanzas seguían siendo endebles y el descontento con la línea cada vez más perredista de Payán había provocado un éxodo de redactores, muchos de los cuales se unieron a diarios más independientes en términos económicos, sobre todo El Financiero.16

Y entonces Chiapas estalló.

El Subcomandante Marcos resultó un gran “seductor” de la prensa de izquierda y La Jornada,su amante más entusiasta. Pero no fue amor a primera vista. Cuando se supo de la rebelión el 1 de enero, Payán encargó un editorial condenándola. (Al día siguiente, un grupo de izquierdistas veteranos lo convencieron de que su posición era equivocada.) En sus memorias, Salinas recuerda que ese día recibió en Los Pinos a dos líderes de medios de comunicación, quienes le aconsejaron aplastar a los zapatistas. A decir de una fuente creíble, el primero de estos líderes era el derechista Emilio Azcárraga, dueño de Televisa. El segundo era Payán.17

Con todo, La Jornada publicó el primer perfil largo de Marcos, quien se rehusaba a hablar con Televisa, y pronto se convirtió en el principal difusor de sus comunicados.18 Payán asignó quince reporteros y fotógrafos para cubrir la rebelión; como resultado, La Jornada se volvió lectura obligada para quienes se interesaban por Chiapas. La circulación del diario se triplicó: el 13 de enero, el día del cese al fuego, el periódico anunció un tiraje de 164 000 ejemplares. Aquel año, en términos de lectores estimados, una medida que considera cuántas personas leen cada ejemplar, La Jornada pasó de ser el quinto diario más popular de la capital —sin incluir a los tabloides de nota roja— a ocupar el segundo sitio.19

La dificultad de los malabares políticos de Payán, sin embargo, alcanzó un punto alto en la temporada electoral de aquel año. A pesar de sus simpatías por Cárdenas, según un reporte, La Jornada aceptó 2.5 millones de pesos de entonces a cambio de imprimir gacetillas sobre Ernesto Zedillo en la primera plana. Del mismo modo, Payán aceptó varios cientos de miles de pesos de parte de Roberto Madrazo, el derrochador candidato priista a la gubernatura de Tabasco, y después intentó cuadrar el círculo publicando una serie de gacetillas pro-Madrazo junto a los reportajes en favor de su rival, López Obrador, del corresponsal en el estado. A pesar de todo, el análisis de las portadas del diario realizado por Chappell Lawson muestra que 1994 fue el primer año en el que la “asertividad” superó a “la agenda oficial”.20

El año 1994 fue uno de triunfos para La Jornada, pero también para Reforma. He aquí a dos medios de ideologías muy distintas, unidos en su compromiso con la democratización y con la rendición de cuentas del PRI. La diferencia es que La Jornada alcanzó el cenit de su influencia durante los primeros seis meses de aquel año. Desde entonces ha sufrido un declive gradual.

Quizá no debería sorprendernos que Payán, como Scherer en Proceso, haya decidido retirarse durante la recesión de 1996. Quizá para entonces el PRI lucía lo suficientemente debilitado que ambos editores sintieron que su trabajo había terminado. Pero Payán también tenía otros motivos para dejar su trono. En 1997, como recompensa por su década de lealtad a Cárdenas, Payán se convirtió en uno de los ocho senadores plurinominales del PRD. Fue un momento de triunfo tanto para el primer director de La Jornada como para la izquierda en general: en las elecciones de aquel año, el PRI perdió control del Congreso por primera vez y Cárdenas resultó electo como el primer jefe de Gobierno de Ciudad de México escogido mediante el voto. Como la vocería no oficial del cardenismo, La Jornada podía enorgullecerse de haber jugado un papel en aquellas victorias.21

Lira, la maoísta

En 1996, Payán le cedió el mando a su lugarteniente, Carmen Lira Saade, quien entonces tenía 53 años. Lira se había estrenado como periodista en Novedades y después en Unomásuno, donde se volvió cercana a Payán. Respetada por sus reportajes sobre el activismo de trabajadores y campesinos, pulió su reputación con su cobertura de la revolución sandinista. La DFS consideraba que era parte de la “corriente maoísta” del PSUM y que había ayudado a surtir de dinero, armas e inteligencia a grupos clandestinos de izquierda en Centroamérica. Sus colegas de La Jornada la respetaban por su valentía al defenderlos cuando figuras políticas llamaban al diario para quejarse.22

El ascenso de Lira podría parecer un triunfo progresista, pues se trató de la primera vez que una mujer quedaba a cargo de un gran periódico nacional mexicano. Pero se trató, también, de una coronación a la vieja usanza. Gracias a las maquinaciones de Payán, no hubo candidatos rivales. Y del mismo modo que la elección de 1992 le costó al periódico la salida de Granados Chapa, la de 1996 resultó en la salida de otro fundador: Sergio Aguayo.

Aguayo admiraba a Payán por defenderlo cuando publicaba textos controvertidos e incluso lo apoyó en la elección contra Granados Chapa. En agosto de 1995, antes de salir del país para hacer una estancia como profesor visitante en Nueva York, le dijo al director que pensaba postularse para sucederle. Payán respondió que eso estaba muy bien. Cuando Aguayo volvió a México en enero de 1996, sin embargo, Payán le dijo que ya había “consultado” a la redacción y que el “consenso” era que Lira debía ser la próxima directora.

“Me sorprendió”, me dijo Aguayo en una entrevista. “Pensé que habría un proceso democrático. Tal vez fui ingenuo”.

El diario que se había erigido como el campeón de la democracia enfrentaba dificultades a la hora de practicarla. El activista electoral más importante de México había sido la víctima de un voto arreglado. El editor que había construido una plataforma para el PRD se disponía a escenificar un dedazo al más puro estilo priista. Aguayo le dijo a Payán que no tenía problemas con Lira per se: la mujer había defendido su trabajo y sería sin duda una buena editora. Pero el activista comenzó a sentirse persona non grata en la redacción. Ese septiembre, le presentó su renuncia a Lira junto con una columna explicando sus razones. Es mérito de Lira que haya aceptado publicarla.23

Lira heredó la tarea de detener el declive en los ingresos y el número de lectores de La Jornada. Todo parece indicar que el primero de estos problemas quedó resuelto gracias a su amistad con sucesivos jefes de gobierno de Ciudad de México. Resulta razonable suponer que, durante el mandato de Cárdenas, que comenzó en diciembre de 1997, el ayuntamiento capitalino estuvo dispuesto a destinar más dinero que antes a anunciarse en el diario. La sucesora de Cárdenas, la vistosa Rosario Robles, quien gobernó desde septiembre de 1999 hasta diciembre de 2000, gastó grandes sumas en los medios, lo mismo que el siguiente jefe de Gobierno: Andrés Manuel López Obrador.24

La nueva directora de La Jornada también introdujo algunas innovaciones. Dos meses después de que Lira asumiera el cargo, el diario lanzó el suplemento “La letra S”.Su objetivo era publicar información confiable sobre “salud, sexualidad y sida” en un lenguaje sin juicios morales; cosa loable en una época en la que las enfermedades de transmisión sexual aún eran un tema tabú. Al año siguiente, en noviembre de 1997, el diario inauguró un suplemento político dominical llamado “Masiosare”, donde Carlos Monsiváis era un colaborador regular. El editor, a quien el legendario cronista había reclutado de la redacción de Reforma, era Arturo Cano; su equipo incluía a Daniela Pastrana, Alberto Nájar y Jesús Ramírez Cuevas.

“Masiosare” siguió prestando atención a Chiapas después de que el resto de la prensa nacional perdió interés en el tema. El 14 de diciembre, Cano dedicó la revista a la creciente amenaza de violencia en el municipio de Chenhaló, un bastión zapatista. La decisión resultó profética. Apenas ocho días más tarde, la peor atrocidad del sexenio de Zedillo tuvo lugar en el municipio: con el apoyo del PRI local, un grupo de paramilitares asesinó a 45 personas indígenas en la aldea de Acteal. Junto con la decisión de Lira de nombrar editor de Opinión a Luis Hernández Navarro, un apasionado defensor de las causas indígenas, la cobertura de la masacre en el suplemento ayudó a cimentar la reputación de La Jornada como una fuente invaluable para la discusión sobre Chiapas.25

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

La prensa mexicana en general se había vuelto más crítica después de las múltiples crisis del último año de Salinas, pero el tono aún más aguerrido de La Jornada era también obra de Lira. Tras analizar el contenido del diario en marzo de 2000, la comunicóloga Sallie Hughes le asignó al diario un “puntaje de autonomía” equivalente al de Reforma y muy por encima del que tenía El Universal. Los cambios promovidos por la nueva directora durante su primer periodo, incluyendo el reemplazo de casi todos los jefes de sección, consiguieron detener la caída en las ventas de ejemplares. Las finanzas de La Jornada, al menos en apariencia, eran sanas.26

En el 2000, sin embargo, La Jornada se enfrentó a una nueva amenaza: Milenio Diario. El nuevo periódico contaba entre sus editores a veteranos de la industria: Raymundo Riva Palacio, Carlos Marín y Federico Arreola. A decir de veteranos de ambos medios, Milenio se llevó a muchos estudiantes y moderados políticos de entre los lectores de La Jornada, atrayéndolos con su formato cuasitabloide, parecido al del diario de Lira, y con su precio, un peso más barato; así como con su atractivo diseño a todo color, su perspectiva pluralista y sus primicias sobre los tropiezos del foxismo: “Presidencia compra toallas de 4,025 pesos”; “Comes y te vas, Fox exigió a Fidel”.

Y entonces, en 2003, una bomba: una de las fundadoras de La Jornada, Patricia Vega, enfurecida por lo que consideraba un cada vez peor manejo financiero y por los altos salarios del personal sénior, filtró a Etcétera los datos de circulación del periódico. Una de las gráficas mostraba una caída en las ventas diarias promedio de 78 000 en 1995 a 43 000 en el primer semestre de 2002. Más tarde, Granados Chapa especularía que el diario, que evidentemente gastaba mucho más de lo que ingresaba, podría estar lavando dinero ajeno. En 2004, La Jornada comenzó a cerrar sus suplementos; en 2006, el turno fue de “Masiosare”. La crisis del diario duraría otros doce años.27

Un segundo problema, ya evidente en el primer periodo de Lira y más grave en los que siguieron, era el mismo que enfrentaba Proceso: los lectores mexicanos ahora podían encontrar reportajes con ánimo cívico en Reforma y El Universal, y más adelante en Milenio. Un tercero, a decir de Pastrana, Nájar y otros, era el estilo cada vez más autocrático de Lira: rara vez se aparecía por las oficinas, insistía en que los reporteros que quisieran hablar con ella hicieran una cita, se rehusaba a reunirse con Sitrajor y eximía a sus favorecidos del examen requerido de todos los periodistas que aspiraban a unirse a la redacción. Su círculo íntimo, entre el que destacaba el coordinador general, el vasco Josetxo Zaldua, fue bautizado como “la Corte de Polanco”.

El creciente despotismo y dogmatismo de Lira contribuyeron a una fuga de talento durante sus dos primeros periodos. Irónicamente, buena parte de quienes se marcharon eran mujeres: la veterana editora de Noticias Dolores Cordero, la reportera cultural sénior Adriana Malvido, la experta en Sudamérica Ximena Ortúzar, la escritora de temas artísticos Patricia Vega y la especialista en derechos de las mujeres Sara Lovera, quien acusa a Lira de “un feminismo tibio”.28

Carlos Monsiváis era tal vez el más reconocido colaborador regular de La Jornada. Su columna, “Por mi madre, bohemios”, sintetizaba la coyuntura noticiosa y se burlaba de figuras públicas con su clásico estilo irónico. En junio de 2001, sin ningún tipo de explicación, sus textos desaparecieron de las páginas del diario. Un amigo cercano del escritor me dijo que Monsiváis ya no podía tolerar el apoyo de Lira y Zaldua a los terroristas vascos de ETA, ni tampoco su insistente defensa de Castro a pesar del acoso a los homosexuales cubanos. Junto con el historiador Jean Meyer, Monsiváis abandonó el barco en beneficio de El Universal.

Con todo, trabajar en La Jornada seguía siendo un sueño para muchos jóvenes izquierdistas. Una reportera que fue contratada en 1999 recuerda haber sido escogida de entre más de cien candidatos: “Mis amigos me trataban como a una estrella y los académicos de la UNAM me recibían con los brazos abiertos cuando los entrevistaba”. El prestigio del diario en los círculos progresistas de la capital seguía siendo sostenido por su apoyo al PRD y a los zapatistas, así como por su antiyanquismo.

Junto con sus buenos salarios, tales artículos de fe bastaban para convencer a muchos reporteros de que valía la pena tolerar la censura de textos que pudieran ofender a anunciantes o a figuras políticas, así como la inserción arbitraria de las fichas de autor de escritores sénior en notas en las que habían trabajado muy poco, la oferta de puestos indignos a los redactores de suplementos cancelados y la casi absoluta ausencia de la lideresa ostensible del periódico. Dice Pastrana: “Yo veía a Carmen Lira a lo mucho una vez al año”.

López Obrador y Peña Nieto, los benefactores

Durante el segundo periodo de Lira, de 2000 a 2004, La Jornada siguió perdiendo lectores. El diario cubrió con audacia la marcha zapatista de 2001 y los desaciertos de la iniciativa foxista para investigar a la Guerra Sucia, así como el activismo campesino. Pero las grandes primicias de la época fueron de Reforma (la corrupción de Rosario Robles), Milenio (el toallagate) y Proceso (incompetencia militar durante la rebelión chiapaneca). En contraste, durante el tercer mandato de Lira el periódico recobró algo del terreno perdido, en buena medida gracias a López Obrador.

El tercer perredista en ocupar la jefatura de gobierno de la capital y el principal diario izquierdista de aquella ciudad ya disfrutaban de una relación cercana, sostenida por sus simpatías ideológicas, pero también por la conveniencia. Cada vez que un episodio —los videoescándalos, el juicio de desafuero, el linchamiento de dos policías— amenazaba con manchar al Peje, Lira defendía a López Obrador. El diario apoyó al tabasqueño incluso cuando el Subcomandante Marcos rompió con el perredista. Marco Lara Klahr, analista de medios, apunta que era el jefe de Gobierno, y no el líder del EZLN, quien destinaba a La Jornada la mitad de su presupuesto de publicidad.29

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

El romance entre el diario y López Obrador al parecer comenzó a principios de la década de 1980, antes de que Lira se convirtiera en la madrina del segundo hijo del futuro presidente de México, Andrés, quien nació en 1986. Según Sara Lovera, a quien Lira una vez despachó a Tabasco para escribir sobre el político, la editora “siempre ha adorado a AMLO”. Para principios de los noventa, los reporteros de La Jornada habían comenzado a viajar a Tabasco no sólo para cubrir las actividades de López Obrador, sino también para apoyarlo como activistas. Lira cuidaba de su familia cuando estaba ocupado liderando protestas o haciendo campaña. Para cuando inició su mandato en Ciudad de México, recuerda Pastrana, “ser francos sobre él era difícil para los reporteros que lo cubrían”. Algunos periodistas incluso dejaron La Jornada para irse a trabajar directamente para López Obrador. Rosa Icela Rodríguez, quien había escrito sobre su papel en la victoria de Cárdenas en 1997, se unió a su jefatura de Gobierno y más adelante a su gabinete presidencial. Jesús Ramírez Cuevas entró a su círculo en 2006 y ascendió hasta convertirse en el vocero de Palacio. José Agustín Ortiz Pinchetti, uno de los columnistas inaugurales del periódico, se convirtió en la mano derecha de López Obrador durante su gobierno capitalino y más adelante escribió una hagiografía del tabasqueño.30

El apoyo de La Jornada a López Obrador fue dos veces bueno para el negocio, pues al parecer ayudó a revivir la popularidad del diario. La estrella del político iba en ascenso, y el periódico era su principal plataforma de comunicación. El prestigio de La Jornada también se benefició de su crítica al presidente entrante, Felipe Calderón: el periódico de Lira fue el único de los principales diarios capitalinos que no se entusiasmó con su “guerra” contra el crimen organizado. El día después de que Calderón anunció aquella iniciativa, en diciembre de 2006, el periódico dedicó su portada a una crítica por parte de Unicef de la reducción del presupuesto federal para educación. Tres semanas más tarde, Calderón inspeccionó tropas en Michoacán vestido con un uniforme militar. Durante la siguiente semana, caricaturas de un diminuto Calderón debajo de una gorra y una camisa verde olivo que le quedaba demasiado grande aparecieron cinco veces en La Jornada.

Lira y sus editores cuestionaron la guerra contra el narcotráfico a lo largo del sexenio de Calderón. Los caricaturistas del periódico, especialmente El Fisgón, no tuvieron piedad. Como Reforma y Proceso, La Jornada se rehusó a firmar el Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia que el gobierno promovió en marzo de 2011, y que los editores veían como autocensura. Pero la cobertura de la violencia en La Jornada era poco investigativa. En palabras del periodista británico Ioan Grillo, autor de El Narco: “Proceso estaba muy adelantado en lo que respecta a la guerra contra el narco”. A pesar de sus críticas, sin embargo, en 2011 La Jornada ocupaba el quinto lugar en publicidad oficial, adelante incluso de El Universal.

 

Las finanzas, reputación y moral de la redacción de La Jornada llegaron a su punto más bajo durante el sexenio de Peña Nieto. Hasta 2015, el periódico siguió siendo crítico en temas como las reformas educativa y energética del presidente, el escándalo de la Casa Blanca y las masacres del ejército y la policía, sobre todo el caso de Ayotzinapa.31 Pero en la segunda mitad del mandato de Peña, el diario sufrió una crisis de credibilidad. The New York Times publicó que La Jornada había aceptado un rescate financiero en la forma de un paquete de publicidad oficial valuado en más de un millón de dólares. No queda claro cuándo ocurrieron los pagos, pero el hecho es que, para mayo de 2016, la frecuencia promedio con la que la fotografía de Peña Nieto aparecía en la portada ascendió de menos de una vez al mes a tres veces al mes. Los lectores nacionalistas y de izquierda del diario fueron servidos con la imagen de Sr. Neoliberal saludando a Barack Obama, corriendo con Justin Trudeau, recibiendo un premio de una asociación estadunidense, dirigiéndose a las Naciones Unidas, honrando escritores, celebrando el Día de Muertos y salvando a la mariposa monarca.32

Los columnistas y moneros del periódico continuaron con su crítica; sus corresponsales seguían reportando la corrupción. El efecto resultante recordaba a la “prensa vendida” de los años setenta: portadas halagadoras contrarrestadas con dosis de insolencia en las páginas interiores. Una reportera veterana se lamenta: “A partir de 2016, estuvo como si fuéramos Notimex, publicando las obras del gobierno de manera regular”. Según Etcétera, La Jornada recibió al menos 582 millones de pesos federales durante el sexenio de Peña, más que cualquier diario salvo El Universal y Excélsior. Al parecer, el periódico también aceptó al menos 100 millones más del gobierno de Ciudad de México. También publicó cientos de gacetillas de gobiernos estatales, incluidas 559 del infame Javier Duarte.33

Otra queja entre los reporteros: el personal sénior se embolsaba comisiones por ventas de publicidad oficial al mismo tiempo que disfrutaba de salarios lujosos. Según una fuente de la redacción que pidió el anonimato, se rumoraba que Josetxo Zaldua, el director de facto del periódico, había aceptado una casa en Huatulco de parte del gobernador de Oaxaca. Un reportero veterano que había sido asignado a las elecciones en Venezuela recuerda que Zaldua, con quien había coincidido en Caracas, lo invitó a cenar a un restaurante elegante de esa ciudad. El editor cargó la cuenta de 12 000 pesos a su cuenta de gastos y luego le pasó el recibo a su colega, para que él también pudiera pedir que se lo reembolsaran.

Dado que La Jornada era una sociedad de miembros con un voto para cada uno, Lira era en teoría la primera entre iguales, pero en la práctica se había convertido en una versión marxista de la anciana reina Victoria: una figura ceremonial reverenciada por sus cortesanos y consultada con deferencia sobre la portada del día siguiente, pero casi nunca vista por el hoi polloi. Sus lugartenientes constituían una gerontocracia patriarcal: cuatro de los cinco editores sénior eran hombres de más de 60 años. Según varios reporteros veteranos, esta corte de privilegiados manejaba camionetas de millones de pesos, vivía en colonias de lujo y cada cuatro años arreglaba la reelección de la soberana que los consentía.

Los mensajeros de la 4T

Exactamente un año después de la huelga de 2017, el más fiel benefactor de La Jornada fue electo a la Presidencia de México. Después de la victoria de López Obrador, el diario se convirtió en el medio impreso que recibía más dinero federal: casi 1300 millones de pesos en los primeros cinco años y medio del sexenio.34

Si bajo la administración anterior el diario había malabareado halagos a Peña Nieto con su compromiso en favor de los movimientos sociales y en contra de la violencia del Estado, ahora devolvía con creces la generosidad del presidente. Diarios de centro-izquierda de otras partes del mundo se han dado a la tarea de publicar críticas constructivas de los líderes con quienes simpatizan: allí está el caso de The Guardian con Tony Blair y The New York Times con Obama. En cambio, La Jornada optó por un apoyo casi pavloviano a las posiciones más controvertidas de López Obrador, incluso las que resultaban incompatibles con la promesa de sus fundadores de “darles voz a los que no la tienen”: “De 100 964 registros de desaparecidos, sólo 12 377 confirmados”, rezaba un titular de diciembre de 2023. El compromiso del periódico con la sociedad civil también ha disminuido:“ Financiado por EU, Artículo 19 nutrió el golpe contra México”, rezaba otra cabeza, ésta de abril de 2021. Al respecto, Miguel Ángel Velázquez responde: “Pues todas las ONG surgen de la misma base, ¿qué no? Todos aceptan dinero de los Estados Unidos”.

En general, la propaganda progobierno de La Jornada ha ayudado a su popularidad. Sus propias cifras del verano de 2023 afirman que el periódico vende 113 000 ejemplares diarios en promedio, casi tres veces más que hace veinte años. De ser verdaderos —los diarios tienen la costumbre de inflar sus tirajes antes de las auditorías—, estos números pondrían a La Jornada por encima de Reforma y El Universal, lo que sugiere que la alta aprobación de López Obrador ha incrementado la demanda por el diario que con más fidelidad sigue su agenda. Estas cifras de ventas, sin embargo, no justificarían el impresionante 9 % de todo el gasto federal en publicidad que el diario recibió en la primera mitad del sexenio. Los medios impresos que le siguen en esa lista —Por Esto!, Tabasco Hoy/Diario Basta y Milenio, todos ellos pro-AMLO— recibieron poco más del 2 %; Reforma y El Universal, menos que eso.35

No sorprende que un diario nacido durante las agresiones del Tío Sam en Centroamérica siempre haya tomado una postura antiestadunidense. Así, aunque López Obrador ha cultivado una entente pragmática con el gobierno de Estados Unidos, el periódico difiere. Esta diferencia se ve, por ejemplo, en su cobertura de la invasión rusa a Ucrania. Cuando los soldados de Putin masacraron a cuatrocientos civiles en Bucha en abril de 2022, El País imprimió el titular: “La matanza de Bucha muestra la barbarie de la guerra de Putin”. La cabeza de la portada de La Jornada, por otro lado, declaraba: “Rusia exige a la ONU abordar montaje de matanza en Ucrania”.

En las páginas interiores las diferencias con López Obrador son a veces aún más obvias. Hernández Navarro, el editor de las páginas de Opinión, puede recitar los nombres de una docena de colaboradores que con frecuencia critican a Morena, entre ellos Julio “Astillero” Hernández López, Iván Restrepo, Ana de Ita, el difunto Gustavo Esteva y el monero Magú, quien en contraste con otros colegas suele mofarse de los excesos y contradicciones del presidente y su gabinete. El mismo Hernández Navarro ha escrito de forma crítica sobre el Tren Maya.36 El editor recuerda una entrevista colectiva con López Obrador en la que le preguntó sobre los asesinatos de activistas indígenas. El presidente después lo llamó “un radical que se asocia con conservadores”.

Entre la mayoría de los periodistas pro-AMLO, haber estado en desacuerdo con el presidente en algún momento es motivo de orgullo. Vicente Serrano, el youtúber detrás de “Sin Censura”, suele decir que López Obrador no ha hecho mucho por los migrantes mexicanos. El editor de la sección Capital de La Jornada, Miguel Ángel Velázquez, dice que el incremento en el presupuesto del Ejército es “muy peligroso” y desaprueba varios nombramientos a la Suprema Corte. Pero cuando le pregunto si La Jornada alguna vez ha publicado una portada crítica de López Obrador, hace una pausa y resopla: “Uff… no lo sé”.

Más allá de las reservas que Velázquez alberga sobre ciertos aspectos de la administración de López Obrador, el editor tiene cuidado de aclarar que “otra cosa es el proyecto”. Hernández Navarro concuerda y cita la réplica de otro colega: “¿Por qué lo voy a criticar si he estado peleando por esto toda la vida?”. Existe una certeza entre el personal sénior del diario de que La Jornada y el presidente comparten un proyecto. El caricaturista Antonio Helguera se enorgulleció de poder decirle a El País que “no se explica el triunfo de López Obrador sin  La Jornada”.37 Hernández Navarro va aún más lejos: “Andrés Manuel no existiría sin La Jornada”.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

 

Otra consecuencia menos obvia de la victoria de López Obrador fue que su amiga Lira decidió permanecer al mando de La Jornada. En 2016, les había dicho a sus lugartenientes que Zaldua era su favorito para sucederla en 2020, al término de su sexto periodo como directora. Pero al llegar el momento, Lira, quien entonces tenía 77 años, optó por continuar siendo la propagandista más leal de su compadre y se reeligió por séptima vez.

Un año más tarde, Lira tuvo una oportunidad de refrescar el liderazgo del periódico sin tener que abdicar su trono: Zaldua murió de cáncer. La tragedia abría la puerta para una reforma que atendiera los problemas del diario: la decaída moral de la redacción, la dependencia excesiva de los subsidios federales, portadas saturadas de oficialismo y una presencia digital que dejaba mucho que desear. Los rankings de ComScore rara vez colocan al sitio web de La Jornada entre los diez más visitados (algo similar sucede con la popularidad del periódico en las redes sociales), listas donde Reforma, Milenio e incluso El Heraldo suelen aparecer. Arturo Cano recuerda un debate en la redacción sobre la página web del diario. Zaldua, dice Cano, empezó a maldecir del disgusto. Recogió una copia del periódico y lo azotó contra su otra mano: “¡A mí lo que me importa es esto!”.

La historia ofrece muchos ejemplos de sobra de diarios que optaron por un cambio generacional para enfrentarse a nuevos retos. En 1995, cuando The Guardian se encontraba empantanado en demandas por difamación y confundido por la novedad del internet, su redacción fichó a Alan Rusbridger, de 41 años, como su editor en jefe. Veinte años más tarde, cuando The Guardian era más popular que nunca pero perdía dinero a borbotones, su personal votó para elegir a Katherine Viner, de 44 años, quien se las arregló para estabilizar las finanzas del diario. En 1996, cuando El Universal veía al arribista Reforma apoderándose de su mercado, el dueño del diario, Juan Francisco Ealy Ortiz, reemplazó a Luis Sevillano, de 60 años, con Roberto Rock, de 40, quien pasó los siguientes cinco años trabajando para modernizar el periódico. Pero Lira, al parecer, no tenía mucho interés en renovar a La Jornada. Designó a Velázquez, Hernández Navarro y Roberto González Amador, el jefe de la sección de Economía, como directores de facto. Los miembros del triunvirato se rotan a la cabeza de la redacción a lo largo de la semana.

Otra operadora clave es Guillermina Álvarez, de 65 años, antigua editora de la sección Internacional, así como la temible secretaria privada de Lira. “Necesitas una cita para verla, pero los reporteros rara vez la buscan por temor de salir regañados”, dice una empleada que lleva muchos años en el diario. Estos días, Álvarez llega a la redacción a las 7:00 pm para aprobar la publicidad oficial del día siguiente (la publicidad privada ha desaparecido casi por completo). No asiste a las juntas editoriales, pero se reúne en privado con el director de facto en turno para revisar planas. Esto después de que el director haya consultado por teléfono a Lira, quien cesó sus visitas diarias a la oficina durante la pandemia, para pedirle su visto bueno.

Lira cumplirá 82 años en noviembre, pero no da muestras de querer retirarse. El 2 de julio, se apareció por las oficinas de La Jornada para darle la bienvenida a la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, quien pasó tres horas en sus oficinas. Todo mundo se enteró de la visita porque una fotografía de las dos mujeres tomadas del brazo apareció en la portada del día siguiente. Sheinbaum sonreía, como si se tratara de una reunión con una tía a quien no había visto en años. Desde 2018, La Jornada ha apoyado a Sheinbaum de forma casi tan inequívoca como a López Obrador. Una veterana de la sección Capital dice que Velázquez censura cualquier artículo que pudiera resultar inconveniente para la antigua jefa de Gobierno.

La troika de directores de facto tuvo que convencer a la hermética Lira de que permitiera la publicación de la fotografía en la que aparece con Sheinbaum. En términos periodísticos, por supuesto, la imagen y su prominencia en la portada daban pena ajena. En términos comerciales, por otro lado, es posible que haya sido una medida sensata. Quién sabe cuáles sean las razones, pero en la primera mitad de este año La Jornada recibió mucho menos dinero federal que en cualquier periodo desde 2019. A falta de un relevo generacional en su redacción, el futuro del diario depende de que siga lamiendo la mano que le da de comer.

 

Andrew Paxman
Profesor de Historia y Periodismo en el Centro de Investigación y Docencia Económicas.

Este ensayo es una adaptación del próximo libro del autor, Mexican Watchdogs: The Rise of a Critical Press since the 1980s, que aparecerá en 2025 bajo el sello de la Universidad de Carolina del Norte.

Traducido del inglés por Nicolás Medina Mora.

Nota del editor: la versión original de este texto se refería, de manera errónea, a La Jornada como una “cooperativa”. En realidad, se trata de una Sociedad Anónima que incluye 160 accionistas (empleados y colaboradores) con voto y otros accionistas sin voto.


1 “Acuerdan levantar la huelga en La Jornada”, proceso.com.mx, 4 de julio de 2017; “El increíble despido de Judith, la periodista sindicalista”, ejecentral.com.mx, 21 de agosto de 2017; conversaciones con reporteros anónimos de La Jornada, Ciudad de México, marzo y mayo de 2017, enero y julio de 2024.

2 “Inversión en medios” (informe anual), Merca2.0, abril de 2010, 2012, 2018.

3 WAN-IFRA, Comprando complacencia: Política y censura indirecta en México, 2014, p. 21; Artículo 19, Informe anual 2018, 2019, p. 177.

4 González, C. Escenas del periodismo mexicano, Fundación Manuel Buendía, 2006, pp. 155-158.

5 Granados Chapa, M. Á. Buendía: El primer asesinato de la narcopolítica en México, Mexico Grijalbo, Ciudad de México, 2012.

6 Aguilar Camín, H. “Manuel Buendía y los idus de mayo”, nexos, julio de 1984.

7 Musacchio, H. Granados Chapa, Temas de Hoy, 2010, p. 136.

8 Aguilar Camín, H. Pasaje de ida (memoria de próxima aparición).

9 Musacchio, H. Granados Chapa, pp. 147-148; Riva Palacio, citado en Chappell Lawson, Building the Fourth Estate: Democratization and the Rise of a Free Press in Mexico, Universidad de California, 2002, p. 57.

10 González, C. Escenas, pp. 143-150; Hughes, S. Newsrooms in Conflict: Journalism and the Democratization of Mexico,Universidad de Pittsburgh, 2006, pp. 114-115; Aguilar Camín, H. Pasaje de ida.

11 Freije, V. Citizens of Scandal: Journalism, Secrecy, and the Politics of Reckoning in Mexico, Universidad de Duke, 2020, capítulo 5.

12 Trejo Delarbre, R. Mediocracia sin mediaciones, Cal y Arena, 2001, pp. 204-206 (todos los porcentajes están redondeados); Rodríguez Castañeda, R. Prensa vendida, Grijalbo, 1993, pp. 291-292; Lawson, C. Building…, p. 57.

13 La Jornada, 7 de julio de 1988, p. 1.

14 Lawson, C., ob. cit., p. 32; “Makes Some News Risky for Mexican Journalists”, Christian Science Monitor, 22 de marzo de 1993.

15 Musacchio, H. Granados Chapa, 159-169.

16 Riva Palacio, R. La prensa de los jardines, Plaza & Janes, 2004, p. 77; Lawson, ob. cit., p. 79.

17 Lawson, C., ob. cit., pp. 57, 70-71; Salinas de Gortari, C. México: The Policy and Politics of Modernization, Plaza y Janés, 2002, p. 799; “No a los violentos”, La Jornada, 2 de enero de 1994, pp. 1 y 2.

18 La Jornada, “Perfil”, 19 de enero de 1994.

19 Hughes, Newsrooms, pp. 117-118; Arce Barceló, M. E. “Análisis del periódico mexicano La Jornada”, Tesis doctoral, Universidad de Murcia, 2011, pp. 379-382; La Jornada, 13 de enero de 1994, p. 1.

20 Oppenheimer, A. Bordering on Chaos, Little, Brown & Co., 1996, pp. 135, 138; Lawson, C., ob. cit., pp. 57, 70-71; Musacchio, H. Granados Chapa, pp. 147-149.

21 Lawson, C., ob. cit., pp. 157-170; González, Escenas, pp. 161-162; “Arrasó”, La Jornada, 7 de julio de 1997, p. 1.

22 Una muestra de los reportajes de Lira aparece en Carlos Monsiváis (ed.), A ustedes les consta, Era, 2006, pp. 401-18, 542; González, C. Escenas, pp. 166-170; Granados Chapa, M. Á.; Gutiérrez Rodríguez, L., y Trejo Delarbre, R., citados en Serna, A. M. (coord.), “Se solicitan reporteros”, Instituto Mora, 2015, pp. 174-175, 280-281, 301-302; Reporte sobre la fundación de La Jornada, 15 de agosto de 1984, Manuel Becerra Acosta: Versión Pública, AGN, DFS; entrevistas con Musacchio, 18 de junio de 2019 y Sergio Aguayo, 16 de diciembre de 2021.

23 “Espacios”, La Jornada, 18 de septiembre de 1996, p. 8.

24 Grayson, G. Mexican Messiah,Penn State University, 2007, pp. 146-147, 156.

25 Hernández Navarro, L. “Acteal: impunidad y memoria”, El Cotidiano 172, 2012; “Chenalhó: otra vuelta de guerra”, La Jornada, “Masiosare”, 14 de diciembre de 1997.

26 Hughes, Newsrooms, pp. 61-63, 68, 204-205; Levario Turcott, M. “¿Crisis en La Jornada?”, Etcétera, abril de 2003.

27 Levario Turcott, M., ob. cit.; Granados Chapa, M. Á., en Serna, A. M. Se solicitan…, pp. 172-173.

28 García, E. Ellas, tecleando su historia: Conversaciones con mujeres periodistas, Grijalbo, 2012, pp. 144-145, 183, 212-213, 243-244; Levario Turcott, M., ob. cit.

29 Lara Klahr, M. Diarismo, Editorial E, 2005, capítulo 5.

30 Lara Klahr, M. Diarismo, pp. 190-193; Rodríguez, R. I. “López Obrador y la campaña”, en  Rojo, M., y otros. Crónica de una campaña, Plaza & Janés, 1997; Ramírez Cuevas, J. Nuevo proyecto de nación, Grijalbo, 2011; Ortiz Pinchetti, J. A. Andrés Manuel y sus claves, Porrúa, 2006.

31 Guerrero, M. A. ¿Cómo se informa hoy en México?, Universidad Iberoamericana, 2018, capítulos 2 y 3.

32 “Mexico Spends Big on Ads To Tame the News Media”, The New York Times, 25 de diciembre de 2017, p. 1.

33 Recillas, A. “Cómo la 4T rescató a La Jornada con recursos públicos”, etcetera.com.mx, 16 de julio de 2024.

34 Idem.

35 “En la primera mitad del sexenio persisten las malas prácticas en publicidad oficial”, Artículo 19, 16 de agosto de 2022.

36 Ver, por ejemplo, “El amparo contra el Tren Maya”, La Jornada, 11 de febrero de 2020, p. 15.

37 “Los amigos (muy amigos) de López Obrador”, elpais.com, 25 de octubre de 2020.

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Publicado en: 2024 Septiembre, Expediente