La génesis y los motivos de esta pieza de radioteatro o guión para la radio los comenta su autor aquí. Es un relato encapsulado en otros y a la vez una suerte de ensayo sobre la escritura en radio por parte de un gran practicante del género.
Oímos un disco muy viejo y usado, de música clásica, girando en un gramófono. Al cabo de unos segundos la aguja encuentra unas estrías rayadas, se escucha el enervante sonido característico de ese mecánico “da capo”. Al fin, el narrador levanta el brazo del gramófono, y se le oye leer, en un casete pregrabado:
“¿Qué han hecho hasta ahora quienes producen discos y programas de radio? Han reproducido. Han reproducido una música que en tiempos pasados fue compuesta para salas de conciertos y teatros de ópera. Exactamente como si el cine se hubiese limitado a filmar comedias y dramas puestos en escena en los teatros. Y las emisoras prueban a dar estos reportajes de conciertos y de óperas con una tal perfección, que al oyente se le haga imposible diferenciar el original y la copia. Todo esto se deriva de una sociedad que incluso culturalmente vive de conservas”.
La voz cambia el tono, de lectura a interpelación personal (ahora en atmósfera casera):
Mi querido Sepp; acabo de comprar una grabadora de casetes y me decido a romper su virginidad grabando una íntegra para ti. Será la primera fonocarta que deposite en un buzón de correos. Mi debut como fonoescritor. Y no creas que lo hago por diversión. No. Se trata de algo muy serio, o por lo menos lo bastante serio para preocupar a alguien, como yo, que se gana la vida escribiendo relatos radiofónicos.
Máquina de escribir tecleando en fondo al párrafo que sigue:
¿Escuchas? Mi vieja máquina de escribir. Estoy tecleando en ella al azar, mientras te hablo, y pienso que escribir para la radio no es escribir para el libro. Parece una perogrullada, pero convendría repetirla un par de veces; porque me temo que se trata de una perogrullada inédita. Los libretistas de radio continúan escribiendo para ella como si estuvieran haciéndolo para la impresión en un libro.
Saca violentamente el papel del rodillo de la máquina de escribir:
He leído ayer un artículo de Karlheinz Stockhausen. Se me ocurre que el señor Stockhausen tiene muchísima razón cuando dice… escucha…
Pulsa la tecla de reproducción de una grabadora normal, se escucha su propia voz (fragmento de la cita con la que se inicia este relato):
“…las emisoras prueban a dar…”
Mientras detiene la reproducción (atmósfera casera):
No, más adelante.
Pulsa la tecla de rebobinado, oímos la grabación pasando a gran velocidad. Deja de rebobinar, pulsa de nuevo la tecla de reproducción:
“…y la copia”.
Sin interrumpir, pero en la atmósfera casera:
Aquí, escucha.
La grabación:
“Todo esto se deriva de una sociedad que incluso culturalmente vive de conservas”.
Vuelve a detener la reproducción, se le oye hojear las páginas de un libro y al cabo lee del mismo:
El señor Stockhausen añade luego: “Los radioyentes comprenderán más tarde o más temprano cuán lógico es que llegue por el altoparlante una música que sólo por el altoparlante puede recibirse, y de ninguna otra manera”.

Cierra el libro de golpe y recupera el tono de interpelación personal:
Naturalmente, mi querido Sepp. Más tarde o más temprano, los radioyentes comprenderán, hasta exigirán que su estación favorita les proporcione relatos que sean totalmente imposibles de leer en un libro, una clase de relatos cuya narración se lleva a cabo en base a medios que no sean sino radiofónicos. La radio tiene, sí que las tiene, sus propias reglas. Yo soy de la opinión que un relato radiofónico podría contarse todo con sonidos, sin necesidad de recurrir una y otra vez al torpe expediente de los diálogos aclaratorios. Imagínate, por ejemplo, una grabación hecha en sonido estereofónico. En la fuente de sonido de la izquierda oímos el diálogo entrecortado de una pareja que está desvistiéndose a toda prisa. En la fuente de sonido de la derecha oímos atmósfera de calle, alguien que abre la puerta, entra a un edificio y al cerrarse la puerta se atenúa casi hasta desaparecer la atmósfera callejera, se oye el ruido de un ascensor que baja, el recién llegado abre su puerta cuando se detiene, se monta en él, cierra la puerta y pulsa uno de los botones. Oímos el ascensor que sube (a la derecha) mientras aumenta el nivel de sonido a la izquierda, donde la pareja ya se ha entregado a la tarea de hacer el amor. El ascensor se detiene y el recién llegado de la calle sale, cierra esa puerta y le oímos caminar de la derecha a la izquierda, abrir con llave una puerta y tras recorrer una habitación, penetrar abriendo otra puerta en el espacio donde la pareja está copulando. Se interrumpen, saltan de la cama, gritan asustados, se oyen dos disparos, dos gemidos, dos cuerpos que caen al suelo. Luego oìmos cómo el autor de los disparos vuelve sobre sus pasos, cierra la puerta del piso, camina de izquierda a derecha hasta el ascensor, baja en él y sale del edificio, oyéndose de nuevo en la fuente sonora de la derecha la atmósfera callejera mientras en la izquierda sólo se oye el hilo musical que estaba en fondo a los amantes. Un cuento completo narrado nada más que con sonidos, ¿no te parece, mi querido Sepp? Y ahora ¿qué te parece si aprovecho que esta es una fonocarta, y por lo tanto un medio idóneo para transportar sonidos, y te hago una demostración práctica? Después de todo, también tú te ganas la vida escribiendo para la radio y es posible que el asunto te interese.
Ruido de un tren en marcha, que queda en fondo:
Cuando se viaja de Ámsterdam a Múnich, en el Lorelei–Express, el tren atraviesa bajo la pista de aterrizaje del aeropuerto de Düsseldorf, un trecho muy largo y que carece de iluminación. El Lorelei–Express pasa muy temprano pero ya con luz de día y por eso los vagones no necesitan llevar prendidas las luces, ni siquiera las pequeñas lámparas–piloto. Pues bien: ya tenemos todo lo que necesitamos para contar un relato absolutamente imposible de ser leído en un libro. Basta con saber que a su paso por ese túnel, en una oscuridad total, el tren invierte casi 20 segundos, de 15 a 20 segundos.
El tren entra en una estación y se detiene, oímos por los altoparlantes de la estación:
¡Aquí Emmerich, aquí Emmerich! El Lorelei–Express con destino a Múnich, vía Colonia–Maguncia–Stuttgart, ha efectuado su estacionamiento en el andén número 2.
El narrador prosigue su relato en la atmósfera casera:
Se va a cometer un crimen, mi querido Sepp, y lo va a cometer una persona de una sangre fría excepcional. Sabe que su víctima subirá al Lorelei–Express aquí en Emmerich. Sabe que este tren, cuando llega a Emmerich, tan sólo trae unos diez vagones y en Emmerich le añaden tres o cuatro más. Sabe que en Emmerich no suben muchos viajeros al tren, y que esos tres o cuatro vagones más enganchados aquí, llegan medio vacíos a Colonia, que es donde se suelen llenar. La víctima y el asesino se montarán en uno de esos nuevos vagones, en Emmerich, que ya los trae una locomotora auxiliar para acoplarlos al convoy.
Los ruidos propios del enganche de nuevos vagones, puertas, pasos, y de nuevo los altoparlantes de la estación:
El Lorelei Express con destino a Múnich, vía Colonia–Maguncia–Stuttgart, está a punto de partir. Por favor, cierren las puertas.
Silbato del jefe de andén, el tren se pone en marcha, y sigue el narrador:
A las 10:43 el tren llegará a Düsseldorf, y pocos minutos antes habrá recorrido el fatídico túnel. El asesino dispone, pues, de casi cincuenta minutos.
Se corta bruscamente el ruido del tren que continuaba en fondo desde que hizo su aparición:
Ese maldito ruido del tren se le mete a uno en la cabeza. Vamos a dejarlo descansar un poco, mi buen Sepp, mi viejo amigo. El asesino dispone, como te decía, de casi cincuenta minutos. Y el autor del relato, teóricamente, también. Pero ¿qué oyente sería capaz de soportar un relato de una hora con un fondo de ruido de tren, paradas y salidas de las estaciones (tres en este caso: Wesel, Oberhausen, Duisburgo), y cuyo único objeto sería mostrar lo poco que sucede mientras el asesino aguarda, y la víctima lo aguarda… aunque no lo sepa? Ah, por supuesto, me parece escuchar tu respuesta. Si fuese un libreto para el cine o la tele, la situación sería ideal: de lo más suspensiva. Pero estamos en la radio, y eso ya significa alguna limitación. En este caso, una limitación todavía mayor: se trata, no lo olvides, de narrar una historia en base a medios que no sean sino radiofónicos, es decir, acústicos. Pues bien:
Entra en fondo, sin interrumpirle, el sonido del tren en marcha:
El asesino, quien es un hombre de sangre fría a toda prueba, debe disponer —por si acaso— de una coartada y buscará un compartimento cuyos asientos estén reservados desde Düsseldorf o Colonia.
Pasos por el corredor del tren. Abre la puerta corrediza de un compartimento, coloca una maleta en la red, se saca el sobretodo, se sienta:
Ahora pensemos en la víctima, que habrá comprado un diario en el quiosco de la estación de Émmerich.
La víctima [una mujer] enciende un cigarrillo, expele humo, abre el diario, tose:
La víctima fuma y lee el diario. El asesino fumará también.
El asesino enciende un cigarrillo, expele humo. Se oyen unos pasos muy rápidos por el corredor, la voz de un camarero del tren pregonando monótona:
Café, café, café…
La víctima abre la puerta de su compartimento, se dirige al mozo:
Café. Solo, sin azúcar, por favor.
Los pasos se detienen, el mozo vierte café en un vaso de plástico. Ruido de monedas, la víctima cierra la puerta de su compartimento, los pasos y la voz del camarero se alejan:
Café, café, café…
El narrador prosigue su relato:
¿De acuerdo, mi querido Sep?, ¿vas entendiendo la historia?
El tren entra en agujas y se detiene, atmósfera de estación, anuncio por los altoparlantes:
Aquí Duisburgo, aquí Duisburgo. El Lorelei–Express con destino a Múnich, vía Colonia–Maguncia–Stuttgart, ha efectuado su estacionamiento en el andén número 12.
Un viajero que sube al tren:
Siempre lo he dicho, señora Seidenpfennig, siempre lo he dicho, este Lorelei–Express es un caso prodigioso de puntualidad. Fíjese, son las 10:28, ni un minuto más ni un minuto menos.
Por los altoparlantes:
¡Atención, atención! El Lorelei–Express con destino a Múnich, vía Colonia–Maguncia–Stuttgart, está a punto de partir. Por favor, cierren las puertas.
Silbato del jefe de andén, el tren se pone en marcha:
Al asesino le restan exactamente veinte kilómetros hasta el lugar donde va a cometer su crimen. Se levanta y va al baño, al extremo del corredor.
Abre la puerta del compartimento, pasos, y sobre el fondo de los pasos y el ruido del tren en marcha se ríe, narrando:
Claro, mi querido Sepp, lo has acertado. En ese inocente viaje al baño el asesino se quiere cerciorar de que la víctima continúa sola en su compartimento. Y efectivamente, está sola, leyendo el diario, en el asiento al lado de la ventanilla, de espaldas a la locomotora. Con esta seguridad, el asesino llega a la plataforma delantera al final del vagón y se mete en el baño.
Puerta que se abre y se cierra. Corre el pestillo. Abre la llave del agua, se lava las manos, pisa luego el pedal para que el lavabo desagüe, silba levemente un tema (que puede ser el del disco rayado al principio). El agua deja de correr, se seca las manos y hace una pelota con la toalla de papel, echándola al cesto. Deja caer la tapa del inodoro, descorre el pestillo, abre la puerta y se da de cara con el revisor del tren:
Su boleto, por favor.
Narrando:
¡El revisor!
Actuando:
Buenos días.
Narrando:
Saca su boleto de la billetera.
El revisor pica el boleto y se aleja corredor adelante. Cuando sus pasos se dejan de oír, cierra la puerta del baño. Narrando:
Menos mal. El revisor camina hacia la cola del convoy. Si caminara hacia el otro lado, al asesino se le podrían presentar complicaciones cuando llegue el momento de huir en Düsseldorf.
Paso por el corredor, abre la puerta de un compartimento:
¡Oh, perdone, me equivoqué de compartimento!
Los pasos se alejan. Continúa narrando:
El asesino ha dejado abierta, a propósito, la puerta del compartimento de la víctima. Y el Lorelei Express se acerca ya velozmente al cruce con la pista de aterrizaje del aeropuerto, quiero decir al túnel.
Los pasos se detienen, entra en su compartimento, baja la maleta de la red, la deja en el corredor, se pone el sobretodo, cierra la puerta del compartimento, se oyen de nuevo los pasos en fondo a la narración hasta la palabra “afueras”:
El asesino llega con su maleta a la plataforma delantera, la puerta del compartimento de la víctima continúa abierta. Hay una casa en las afueras de Düsseldorf que le sirve de marca al asesino para iniciar la cuenta regresiva.
El tren en primer plano:
Diez nueve ocho siete seis cinco cuatro tres dos uno cero.
El tren entra ahora en el túnel. Ese sonido comprimido se mantiene durante la narración y la escena que sigue, hasta donde se marca:
El tren corre ya por el túnel. El asesino ha mirado antes a su alrededor. No hay nadie. Todo va bien.
Pasos rápidos por el corredor, entra en el compartimento, la víctima pliega el diario, emite un grito ahogado, hay un disparo a quemarropa, el cuerpo se desploma en el asiento con un ruido sordo. Se oyen los gruñidos del asesino incorporando el cuerpo de la víctima a una posición correcta, se incorpora, resopla. Cierra la puerta del compartimento, se aleja rápidamente por el corredor, agarra la maleta, pasa por la plancha de separación al siguiente vagón, abre la puerta del baño, corre el pestillo, se sienta en el inodoro. El tren sale ahora del túnel y en ese preciso instante se reanuda la narración:
Eso es, mi querido Sepp. El asesino, después de cometido su crimen, con una limpieza, con una celeridad y una sangre fría extraordinarias, se alejó a paso rápido, corredor adelante, atravesó la planchada de separación con el vagón siguiente y se metió en el baño. A la víctima la ha dejado en una posición que parece como si estuviera durmiendo, con el diario echado sobre el rostro. Y cuando el tren termina de pasar bajo el túnel, faltan dos o tres minutos para llegar a la estación principal de Düsseldorf, donde el asesino bajará en su calidad de honesto ciudadano y ocasional usuario del Lorelei–Express.
El tren entra en agujas y se detiene, atmósfera de estación, anuncio por los altoparlantes mientras se descorre el pestillo del baño:
Aquí Düsseldorf, aquí Düsseldorf. El Lorelei–Express con destino a Múnich, vía Colonia–Maguncia–Stuttgart, ha efectuado su estacionamiento en el andén número 10.
En la atmósfera de andén de estación principal, puerta de vagón que se abre, pasos que se alejan, bajan una escalera, atraviesan el vestíbulo de la estación, salen a la calle (una por la que circulan tranvías), se detienen al mismo tiempo que un automóvil:
Taxi, taxi…
Abre la puerta del taxi, el taxi arranca y se pierde en el tráfico de la ciudad. Hay un breve silencio antes de reanudarse la narración (atmósfera habitacional):
Y eso será todo, mi querido Sepp. Habrás podido comprobar que escribir para la radio comporta sus propias reglas. Por cierto, me tendrás que perdonar porque asumí todas las voces del relato, menos la de la víctima, pero no vi otra forma mejor de podértelo contar. Y en cuanto a la banda de sonidos, ya sabes que mi mesa mezcladora no es tan buena como la tuya. Pero, a pesar de todo, creo que el argumento que acabo de contarte en mi primera fonocarta te habrá gustado. Pienso, a ver qué te parece, escribir con él un buen radioteatro y ofrecerlo en Radio Sarrebruck, quién sabe si no me atreveré a ofrecerlo en Radio Colonia. Yo lo veo interesante. Y en cierto sentido es de lo más irónico, porque si hay algún tren que nunca llega puntual a ninguna estación, ese es el Lorelei–Express. Por otra parte…
Le interrumpe el timbre del apartamento, en segundo plano:
Por otra parte, digo, deja en el aire la siempre odiosa pregunta de quién es el asesino.
Se repite la llamada del timbre, más larga esta vez:
Perdóname un instante, Sepp, ya habrás oído que llaman a la puerta, debe ser Hedy, que se ha vuelto a olvidar de su llave.
Pasos que se alejan, el diálogo que sigue se desarrolla en segundo plano:
[Al abrir la puerta, el narrador:] Buenas tardes, señores.
[Otra voz, en el pasillo:] ¿El señor Hans Peter Müller?
[El narrador:] Sí, soy yo, ¿qué desean?
[La otra voz:] Policía. Queda usted detenido en nombre de la Ley.
Tras un brevísimo silencio, pasos que se acercan, no llegan al primer plano, se oye un ruido leve —algo diminuto que se hace añicos— y a continuación un grito de dolor y la caída de un cuerpo. Tras una pausa, la voz de un locutor de la emisora que transmite el radioteatro :
Señoras y señores, han escuchado ustedes el casete grabado que se encontró en el domicilio de Hans Peter Müller, de 27 años de edad, nacido en Coblenza, de profesión redactor radiofónico. El día del descubrimiento de la misma, Hans Peter Müller iba a ser detenido acusado del asesinato de Maximilianne Hoffmann, de 35 años de edad, nacida en Tréveris, de profesión masajista. El crimen tuvo lugar a bordo del Lorelei–Express. El presunto asesino se suicidó ingiriendo el contenido de una ampolla de cianuro potásico, cuando compareció la policía en su domicilio.
Se ignoran los motivos del crimen.
Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.