Hace tiempo que el mundo no tenía sobre sí dos guerras de tal magnitud en costo humano, consecuencias de dimensiones más que regionales y atención mediática en simultáneo. Una parte de Medio Oriente y Europa del este han eclipsado, no sin razón, el resto de los conflictos bélicos en el mundo que suceden en sincronía. Hasta 110, dependiendo de la medición, y con un piso de 37 en los conteos que sintetizan varios conflictos armados internos, ya sean en países como México o Colombia donde se puede ver un mayor número de frentes a partir de los actores involucrados; algo similar a lo que ocurre en Sudán, Sudán del Sur o Siria.
En los entornos políticos y sociales, Europa sigue tratando de entenderse ante los advenimientos del extremismo de derechas y la descomposición a merced del populismo ambidiestro, de los valores socialdemócratas o democráticos a secas. América está dividida entre los experimentos de la desesperación en Argentina, el autoritarismo adolescente de El Salvador, las dictaduras cuyo tropicalismo aumenta a ritmo de cambio climático y el fomento de la irreconciliación social para los casos mexicano y estadunidense.
Una de las condiciones más desagradables, y al mismo tiempo positivas, de la realidad es no gustar, pero ese objeto del desagrado que combina lo racional y emocional, si se quiere hacer algo con él, exige el mínimo básico de entender lo que molesta, sus razones y parámetros.
Ciertos aires de una contemporaneidad angustiada están presentes en el catálogo de nuestras crisis. Los textos sobre el peligro de la democracia, la ruptura de los límites de la racionalidad política y sus derivados son frecuentes. Sin embrago, a pesar del inventario actual, es posible que a largo plazo ni el fervor bélico ni los arrebatos y delirios políticos sean nuestro mayor problema, sino el entorno del que provienen y que se ha desarrollado a su alrededor: la vertiente renovada del analfabetismo ilustrado.

En otras ocasiones, el concepto ha hecho referencia al estado de conocimiento amplio que no permite entender, si es que lo hace, más que su propia materia. Saberes técnicos, por mencionar una posibilidad, que prescinden de todo lo demás al hacer políticas públicas o ejercicios de gobernanza. Marina Garcés, en su fantástico Nueva ilustración radical, de 2018, escribía que “la nuestra es una ignorancia ahogada en conocimientos que no pueden ser digeridos ni elaborados”. El debate público ya no requería de la formación ahora a la mano de cualquiera: datos, biografías, esos saberes necesarios para la construcción del criterio están depositados para consultarse desde unos cuantos lustros y su acceso no ha servido para evitar lo disfuncional.
Hoy puede que hayamos rebasado ese momento en una ruta descendente para acomodarnos en una era de convencimientos irreductibles, articulados a la perfección y aparentemente sustentados —de nuevo, datos, biografías, reputaciones o análisis donde la subjetividad se asegura objetiva— a ojos de quienes no están dispuestos a observar más que lo propio. La gran crisis moderna es en nuestra relación con la verdad.
No sólo se trata de conocimientos técnicos que desde sus campos buscan imponerse sobre lo ajeno a ellos; no es el punto de vista del economista intentando aplicar sus códigos a la filosofía de Estado o el internacionalista obviando expresiones culturales de una localidad que jamás ha pisado o en la que nunca ha comido. Son dos pasos atrás.
Nuestro analfabetismo ilustrado rompe con los consensos civilizatorios para los que la mentira tenía límites infranqueables; la muerte y la devastación masiva habíamos concluido que no podría ser justificada; los derechos —concepciones de la libertad o la democracia— tenían un mínimo establecido.
Las tangentes del discurso, entonces reflexivas y muestra de humores sociales, tanto frente a la invasión rusa en Ucrania —cercana de cumplir dos años— como los ataques de Hamás a Israel y la respuesta de éste contra Gaza y su población, comparten el tono de muchas observaciones a la desazón democrática en México, Argentina, Estados Unidos, Italia o España.
Proliferan las voces justificando la barbarie, la brutalidad, las actitudes de quien se considera cercano a las simpatías personales sin importar la transgresión a conceptos básicos: la democracia no significa la imposición del más fuerte, el poder tiene límites, la transparencia no puede ser selectiva dependiendo de ideologías, el desprecio al otro por ser otro es un agente tóxico y peligroso, etcétera. Dichas voces no se encuentran únicamente en el llano de las redes sociales, ese pantano tratado a menudo con condescendencia como si no trajera consigo un peso aterrador y sirviera de termómetro para ubicar dónde estamos parados. Se escuchan en funcionarios públicos de altos vuelos, columnistas, empresarios, políticos multicolor y demás legitimadores de convicciones indispuestas a revisar sus contradicciones y la menor profundidad.
Casi dos años de aval a lo hecho por Rusia, incluyendo el secuestro de niños ucranianos, porque Zelenski era un comediante o por la razón que le reste valor a la resistencia ucraniana. Meses de permisividad al asesinato indiscriminado de niños palestinos porque Hamás son unos salvajes y debido a eso se vale todo contra la población civil. Insultos a la identidad árabe y palestina, tachando de “trapo” la kufiya tradicional y acusándola de ser una nueva suástica; idioteces que confunden con inmensa ignorancia o mera mala saña a la identidad judía con el gobierno en turno de Israel y pronuncian sin recato frases del antisemitismo.
Vitoreo a la agresión e intento de captura presidencial contra el poder judicial mexicano, porque las filias se sobreponen a la supervivencia del Estado. Aplauso a las medidas represoras de Milei en Argentina contra el derecho de manifestarse, juzgando a quien lleva a sus hijos a una protesta (mis padres habrían pasado unas cuantas condenas). Perdones al protofascismo de Meloni en Italia, porque si se está contra la visión woke de la vida, lo antiwoke es venturado. Los ejemplos abundan.
Después de la polarización extrema se han establecido percepciones únicas de un mundo, códigos bipolares que definen todo. Hemos construido estructuras enteras para nuestra propia visión, el espacio de unos cuantos, con quien se coincide. Sólo que el espacio político de la especie es un síntoma de la conciencia de que el conjunto no es de una sola vía y forma. Nos constituimos políticos por supervivencia, no sólo para evitar matarnos por nuestros propios convencimientos, sino como efecto de la aceptación de más tonalidades en un espectro que vamos arrojando a sus polos. El mundo debía ser más grande, pero lo estamos reduciendo.
Transitamos por episodios de leyes únicas: todos fallaron. La ley única de los fascismos, de las revoluciones, de las ideologías por naturaleza excluyente. La ley única del mercado, la del antimercado. La del convencimiento derivado de la simplificación de lo complejo.
El analfabetismo ilustrado es capaz, porque tiene la formación a punta de preparación, oficios, respeto de audiencias o espacios mediáticos, de esbozar argumentos que le quieren dar la razón a esas únicas percepciones. Es el triunfo de la retórica, su forma y emisor, sobre el sujeto de la retórica. El entendimiento de la verdad.
Las verdades se definen por su universalidad y permanencia, en simultáneo. Pero su definición siempre será problemática. En términos sociales, son constructos que parten de su aceptación sin depender sólo de ella. Asumimos las nociones democráticas por medio de su transformación hasta llegar al consenso de que ésta se compone de múltiples elementos: el sufragio, el respeto a la ley, la igualdad, la libertad, la ética, el equilibrio de poderes, el respeto y demás. La democracia no siempre fue así. Una verdad de época no es tal si no se sostiene en el tiempo. Los límites de la violencia provienen de su explotación y necesidad de contención. Así, no será verdad que sin importar el costo humano todo derecho de defensa es admisible o que en pos de la paz es posible asesinar sin que existan consecuencias contrarias a verdades conquistadas: matar está mal.
En la época del analfabetismo ilustrado se confunde apreciación temporal con realidad. La apariencia de verdad, en su deseo de certeza, rechaza el pensamiento crítico que se conforma con la convicción y nos sumerge en un estado de no discusión que nos regresa a la adolescencia política.
Su opuesto debería ser la crítica a la verdad asumida, reflexionar sobre los significados e implicaciones de las seguridades. Dejar de renegar del desaprendizaje de la filosofía, que indaga en las contradicciones de lo asimilado y luego reinterpreta en búsqueda de más dudas, para evitar decantarnos por la pretensión del convencimiento.
Maruan Soto Antaki
Escritor. Acaba de publicar Lo que hicimos mal los adultos, con el sello editorial de Alfaguara e ilustraciones de BEF.