Los treinta años del EZLN

El 1 de enero de 1994 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional irrumpió en la vida de México. Sorprendió al país, a todo el mundo. Miles y miles de indígenas, organizados en silencio durante una década, estaban dispuestos a morir y matar por un ideal. ¿Cuál era? ¿Por qué luchaban? ¿Encabezaban una rebelión indígena? ¿O soñaban, más bien, con una revolución socialista? Estas preguntas, hechas con insistencia hace treinta años, pueden responderse hoy en detalle.

Los indígenas que tomaron las armas en enero de 1994 —tzeltales y tzotziles, choles y tojolabales— actuaban bajo las órdenes de una dirigencia no indígena, la que representaba la comandancia del EZLN. Estaban subordinados a un proyecto de lucha que iba más allá de sus comunidades: el de la revolución que planteaban en la clandestinidad los dirigentes de las Fuerzas de Liberación Nacional, las FLN, el grupo que hacia mediados de los ochenta fundó el EZLN en la región más inhóspita de Chiapas, la selva Lacandona. Esos dirigentes estaban convencidos de que la solución de los problemas de las comunidades en los Altos y las Cañadas, las zonas más indias del estado, requería el triunfo de la revolución en México. Sus convicciones trascendieron en la Declaración de la Selva Lacandona, dada a conocer al estallar el levantamiento en Chiapas. En ella le declaraban la guerra “al ejército federal mexicano, pilar básico de la dictadura que padecemos, monopolizada por el partido en el poder”, y les daban esta orden a sus tropas: “Avanzar hacia la capital del país venciendo al ejército federal mexicano”. En El Despertador Mexicano, su periódico, publicaron sus Leyes Revolucionarias. Los principios en que las basaban eran congruentes con los ideales de las FLN, similares a los de otros movimientos de liberación nacional en América Latina. “Las empresas nacionales deberán incrementar mensualmente los salarios en el porcentaje que determine una comisión local de precios y salarios”, afirmaba la Ley del Trabajo. “Las grandes mansiones podrán habitarse en forma provisional por varias familias haciendo divisiones interiores”, señalaba la Ley de Reforma Urbana. Iban a ser afectadas, además, “todas las extensiones de tierra que excedan las 50 hectáreas en condiciones de mala calidad y de 25 hectáreas en condiciones de buena calidad”, para ser trabajadas “en colectivo”, anunciaba la Ley Agraria Revolucionaria. Aquellas leyes (“las bases para empezar a construir una Patria nueva”) fueron dadas a conocer junto con la Declaración de la Selva Lacandona. No decían nada sobre los indios de Chiapas. Ellos mismos estaban en pie de lucha no como indios, sino como pobres. Así lo sabían y lo aceptaban.

Las demandas de los indígenas permanecieron marginadas en el discurso del EZLN, que adoptó pronto, sin embargo, los rasgos que les daban identidad en Chiapas, como el huipil de las comandantas de Larráinzar y el chuj con el que aparecía ante las cámaras el Subcomandante Marcos. Esas demandas fueron planteadas por vez primera durante las Jornadas para la Paz y la Reconciliación en Chiapas, celebradas en febrero de 1994 en la catedral de San Cristóbal de Las Casas, un espectáculo que fascinó a los medios, pero en el que los indios fueron los Sin Voz, el telón de fondo del Subcomandante (Marcos), el obispo (Samuel Ruiz) y el comisionado (Manuel Camacho). Permanecían subordinadas a los objetivos de siempre: la disolución de los poderes de la Unión, la formación de un gobierno de transición en México. En 1996, sin embargo, tras la militarización de las Cañadas, que no pudo impedir, el EZLN firmó con el gobierno del presidente Ernesto Zedillo los Acuerdos de San Andrés. Su dirigencia, a partir de ese momento, volvió a su raíz: los indios de México, que había descubierto en Chiapas. Encontró en su lucha un proyecto viable, pensado con responsabilidad, apoyado por la mayoría de la nación, y secundó desde entonces una causa menos ambiciosa que la que sostuvo en la clandestinidad (la revolución, el socialismo) pero más atractiva para los mexicanos: la de los derechos de los indios.

La defensa de los derechos indígenas fue la bandera del EZLN hasta la primavera de 2001, cuando tuvo lugar la Marcha de la Dignidad. Acababa de perder el PRI la Presidencia. Había ocurrido la alternancia. Pocos mexicanos querían un levantamiento de verdad, pero muchos vieron con entusiasmo la representación del levantamiento que ofrecía el EZLN. Y Marcos demostró ser, en esa coyuntura, un maestro de las puestas en escena. Con él al frente, los zapatistas abandonaron la guerra de liberación que sus siglas anunciaban para celebrar, en su lugar, una recreación para los medios de la guerra que soñaban en la selva, pero en favor de los indígenas de Chiapas. La Marcha de la Dignidad comenzó el 25 de febrero de 2001, en San Cristóbal de Las Casas. Ese día, veintitrés dirigentes de las comunidades de Chiapas, encabezados por el Subcomandante Marcos, acompañados por Fernando Yáñez, el comandante Germán, partieron en una caravana de dieciocho autobuses, diez camionetas y cinco automóviles, seguidos por diez patrullas y cuatro ambulancias, para recorrer 3000 kilómetros y trece estados: Chiapas, Oaxaca, Puebla, Veracruz, Tlaxcala, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, Michoacán, Estado de México, Guerrero, Morelos y el Distrito Federal. El objeto de la marcha era dialogar con el Congreso de la Unión sobre los derechos de los indígenas de México para reconocerlos en la Constitución. El 11 de marzo, el Subcomandante Marcos entró a la ciudad de México, por Xochimilco, al igual que el general Emiliano Zapata al triunfo de la Revolución. Pero había una diferencia: el presidente Vicente Fox los recibió con los brazos abiertos, para invitarlos a dialogar en la residencia de Los Pinos: “¡Bienvenida la caravana zapatista a la ciudad de México!”. Marcos acababa de advertir que los zapatistas no saldrían de la capital “hasta no lograr el reconocimiento constitucional de los derechos y la cultura indígenas”. Pero los rebeldes, ya en la ciudad, eran cada día menos relevantes, como descubrieron ellos mismos. Tuvieron que partir.

Ilustración: Izak Peón

Desde la Marcha de la Dignidad, el EZLN limitó su presencia a la coyuntura de las elecciones: las de 2006, 2012 y 2018. En todos esos años alzó la voz, como es probable que lo haga ahora, en la elección de 2024.

Los zapatistas no participaron en los comicios de julio de 2006, pero tampoco los obstaculizaron. En Chiapas pasaron inadvertidos. En la ciudad de México hicieron acto de presencia con lo que llamaron la otra campaña, que fue sin embargo marginal en la elección. Marcos era llamado Delegado Zero. Estaba aliado con los macheteros de Atenco. La manta de una de sus manifestaciones decía así: Nuestras ideas de justicia y libertad no caben en las urnas. La multitud que lo seguía era heterogénea: darketos, neohippies, concheros, los adeptos más recientes de los zapatistas. No secundó, por cierto, la causa del candidato que perdió por medio punto la elección: Andrés Manuel López Obrador. Sus diferencias eran abismales.

Pasaron los años. Comenzó la guerra contra el crimen que proclamó el presidente Felipe Calderón. Ocurrió la elección de 2012, que ganó el PRI. “¿Son relevantes?”, preguntó la revista Time sobre los rebeldes del EZLN. En diciembre, tras la toma de posesión del presidente Enrique Peña Nieto, decenas de miles de zapatistas marcharon en silencio, bajo la lluvia, en San Cristóbal de las Casas y también en Ocosingo, Palenque, Altamirano y Las Margaritas. No dijeron qué buscaban —iban en silencio— pero, con su presencia, demostraron que no habían desaparecido. Existían todavía. ¿Eran relevantes? El EZLN parecía haber desaparecido. Los oficiales que habían tenido rango de mayor, todos indígenas, estaban dedicados a otras cosas. Mario trabajaba para la Secretaría de Desarrollo Social en Tuxtla. César administraba un bar en Ocosingo. Rolando había regresado a su tierra, en el norte de México. Alfredo había sido expulsado de la organización. Yolanda vivía, casada con un médico, en la ciudad de México. ¿Quiénes quedaban en pie de lucha? Al parecer sólo Josué, ya muy enfermo, y Moisés, ascendido entonces a teniente coronel del EZLN, al mando de las fuerzas que restaban en las Cañadas.

Ese año ocurrió, parece ser, un desencuentro entre el comandante Germán y el Subcomandante Marcos (quien luego asumió el nombre de Galeano). Una de las razones fue la oposición de Marcos a que Germán diera a conocer los documentos clandestinos que ilustraban el papel de las FLN en el nacimiento y crecimiento del EZLN, pues iban contra la mitología que él mismo había construido en torno al movimiento en Chiapas. Fernando Yáñez (Germán) presentó tiempo después, en San Cristóbal de Las Casas, el tomo IV de la serie Dignificar la historia, llamado Toma de pueblos (1983-1993), que rompía el pacto de silencio en el interior del movimiento, para dar a conocer la historia de la relación de las FLN con el EZLN. Germán criticó al subcomandante por renunciar al marxismo, por transformar a la guerrilla en un movimiento a favor de los indios de Chiapas. “Marcos trastocó la estructura que le habían señalado los estatutos que aquí vienen, que él juró defender, pero que él trastocó”, afirmó. “Dijo que era una organización indígena, ignoró la teoría marxista que aplica en nuestra lucha”. También condenó, como una mentira, que los comandantes indios estuvieran al mando de la guerrilla. “Los compañeros indígenas participaban como responsables de un pueblo o de una región, ése era realmente su trabajo, tenían una responsabilidad política, no política-militar”, señaló. “La política-militar la decidía el partido, creando cuadros políticos-militares”. Impulsado por el mismo deseo, el de reivindicar a las FLN en la historia del EZLN, Federico Ramírez, el comandante Rodrigo, publicó después un libro titulado Secretos del clandestinaje: las vidas que alumbraron el levantamiento zapatista, que planteaba la historia del levantamiento como novela, pero que estaba basado en hechos reales. Rodrigo también criticaba el cambio que hubo en el lenguaje de los zapatistas al estallar la rebelión (“En pocas horas, sus primeras declaraciones sobre el carácter socialista de su movimiento fueron remplazadas por reclamos indígenas”), así como la traición a sus objetivos militares (“El mando del EZLN ordenó a sus tropas marchar inmediatamente sobre la capital de la república venciendo al ejército federal”, dijo. “Sin embargo, en vez de avanzar, los insurrectos desalojaron las plazas que habían ocupado dos días antes y se volvieron por donde habían venido”). Ambos, Germán y Rodrigo, habían sido desplazados del mando del EZLN por Marcos, quien contó para ello con el apoyo de los líderes de las comunidades de Chiapas.

El cambio de mandos, la predominancia de los dirigentes indígenas frente a los no indígenas tras el levantamiento, había sido un cambio de verdad. No fue una impostura. Las Fuerzas de Liberación Nacional tuvieron, desde el principio, una relación muy especial con las comunidades de Chiapas. Al tomar la decisión de no financiar sus actividades con robos y secuestros, o con el tráfico de drogas, las FLN, en el momento de fundar el EZLN, sin el apoyo de Cuba, aceptaron depender por completo de las comunidades que los apoyaban en aquel estado, en especial en la región de las Cañadas. Ellas les daban todo: víveres, informes, recursos para comprar armas, hombres y mujeres para combatir y para trabajar en los talleres y las armerías que tenían en el resto del país. Esa dependencia los diferenciaba de la mayoría de las guerrillas en el continente, las cuales, sobradas de recursos, tenían por lo general una relación más autoritaria con sus bases. El EZLN no tuvo nunca la capacidad material de imponerles un proyecto a los indígenas de Chiapas. Los tuvo que convencer.

Estas tensiones en el interior de la organización estaban enmarcadas en una disputa más amplia en el espacio de la izquierda. En diciembre de 2018, tras la toma de posesión del presidente Andrés Manuel López Obrador, el EZLN celebró el levantamiento que encabezó en Chiapas. Desde el fondo de la selva Lacandona, en el ejido La Realidad, sus dirigentes alzaron la voz contra el Supremo Gobierno, encabezado ahora por Morena. Condenaron sus proyectos más importantes: el Tren Maya, que tenía planeado cruzar por comunidades y selvas, y la Guardia Nacional, que iba a estar bajo el mando del Ejército. Ambos proyectos eran percibidos por los zapatistas como una amenaza. “Vamos a defendernos”, afirmó Moisés. “Vamos a pelear si es necesario”. Era mala, desde antes del levantamiento, la relación de los rebeldes con la izquierda que representaba el líder de Morena. Y no mejoró. En 2006, Marcos descalificó la candidatura de López Obrador (“germen de un autoritarismo y un proyecto personal transexenal”); en 2012 ridiculizó su discurso (“predica y fundamenta sus ambiciones en el amor”); y en 2018 publicó un comunicado, tras las elecciones, para decir que no celebraba su triunfo (“una ilusión”) porque su llegada al poder no cambiaba la realidad en México. Este conflicto está ahora enmarcado en el contexto de las elecciones de 2024, en las que hará saber su palabra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

 

Carlos Tello Díaz
Escritor e historiador

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Publicado en: 2024 Enero