En los años cuando la muralla fronteriza apenas comenzaba a cortar las aguas del Pacífico como un cuchillo sin filo, al mismo tiempo que el blanco luminoso de los huesos de nuestros compatriotas comenzaba a brillar en el desierto de Sonora, en la época en la que la multitud de tráileres y tanqueros aún no existía ni siquiera en las proyecciones de los economistas, sentir en nuestras manos el peso de esos objetos era volver a creer en Dios. Al desenvolverlos, nos sentíamos arqueólogos contemplando por primera vez el monolito de Coyolxauhqui. Un beige florido, un disco leonado que resplandecía al emerger del bolsillo de un niño de 8 años, quien lo sostenía por la punta, delicadamente, con sus delicados dedos de niño de 8 años. Bajo las motas de sol que goteaban cual ámbar de las ramas de almendros marchitos, el objeto brillaba tembloroso. Era una suerte de ritual, una costumbre funeraria practicada por nadie salvo nosotros cuatro: los únicos alumnos mexicanos de la Escuela Primaria Sunnydale de Lancaster, California, esa tiara de creosota desecada que corona a la mancha urbana de Los Ángeles.
El rito tenía un cierto aire de ilícito y, por ello, al practicarlo, el aire ardiente del desierto se tornaba eléctrico y nuestros tendones se tensaban. Resultaba difícil explicarlo a los no iniciados: aquellos que habían nacido con saberes más pragmáticos y quienes nunca se habían visto forzados a transformar un dulce en una sinécdoque de la totalidad sus vidas, y de las vidas de todos sus ancestros, y de aquéllas de toda su descendencia. Teníamos incluso un sistema de castas secreto, en el que la posición relativa de cada uno quedaba determinada por su destreza a la hora de desnudar, de su lencería de celofán, a ese disco de un color tan parecido al de la carne. Yo era tan torpe que distribuía la comunión en la forma de un puñado de polvo. Si alguno de nosotros algún día lograra extraer el dulce completo, en una sola pieza, restauraría el honor de la Diosa Lunar. El hércules chimuelo que fuera capaz de sostener en su palma una luna llena, ni creciente ni menguante, gozaría de nuestra precoz admiración por el resto del día. Sin embargo, no teníamos otra opción más que convertirnos en Huitzilopochtli y destazar el disco, cuyo cuerpo endeble siempre se quebraba, con un leve gemido, en trozos disparejos, en el proceso eliminando cualquier pretensión o deseo de justicia.
Al llevarnos a la boca esas porciones y sus formas azarosas y desiguales, nos descubríamos incapaces de mirarnos los unos a los otros. En su lugar bajábamos los ojos o los fijábamos en la cerca o en los coches que pasaban rara vez por los interminables terrenos baldíos que rodeaban a la escuela, mientras que la bola de plumas se disolvía entre ecos de quejas de cuervos lejanos. Cuando los últimos pedazos reverberaban hasta difuminarse con la nada, en el instante antes de que el sol se desaturara y el cielo perdiera su desfalcada calidez tropical y regresara al azul grisáceo de su árida viudez, veía con el ojo de la memoria imágenes de mi abuelo extrayendo cuidadosamente los cuernos dorados del toronjo que se habían incrustado en mis brazos mientras mis lágrimas se convertían en risas; imágenes de mi carne, escandalosamente enrojecida, mudando de bermeja a rosa, cuando mi abuelo ofrecía intercambiar dichas espinas chapadas por un par de navajas de plata fina, tan afiladas como mi ingenio, para que pudiera amarrarlas con suaves tangas de cuero de cabra a las lindas piernas de mi gallo mascota. Sentía otra vez su mano firme, cálida y paciente sobre mi hombro; pero al disolverse todo en mi boca, el rostro de mi abuelo, que antes amenazaba con aparecer frente a mí en toda su nitidez, se desvanecía en la nada del brillo de las navajas y en las silenciosas convulsiones de mi gallo esperando su extremaunción.
Cuando nos separábamos —después de reafirmar nuestro voto solemne que si algún pariente encontraba el camino de regreso al eterno abril del Valle de Atemajac, un mazapán encontraría el camino a nuestras prepúberes manos— siempre le pedía al donante que me dejara el envoltorio. Lo doblaba, para proteger la tinta que daba forma y color a esa rosa carmín y lo guardaba en mi bolsillo. Después esperaba a llegar a un sitio donde el idioma inglés no me encontraría, donde lo desdoblaba, alisaba sus arrugas y me lo llevaba a la cara, para admirar su curioso aroma a almizcle. Sahasranama pocho, repetía para mis adentros el mantra de la marca: “Mazapán De la Rosa, Dulce de Cacahuate De la Rosa Estilo Mazapán”.

En 2018, cuando regresé a Guadalajara a los 28 años de edad, después de vivir en Los Ángeles por un cuarto de siglo, pedí que me llevaran a un sitio donde quizá podría encontrar las cosas que no encontraba en California: tepache, tejuino y coca relativamente pura. Mis primos, incapaces de escapar de la maldición de ser clasemedieros y, por lo tanto, sin mucha curiosidad estética o gustativa, me llevaron al Chili’s en Andares. En algún momento de la comida —durante la cual me sentía un tanto mareado: habíamos visto una quimera en carne y hueso; un local que es, o era, mitad Red Lobster y mitad Olive Garden, fielmente plagiado del Levítico— comencé a alucinar. Mientras mis primos sostenían la conversación más floja y sinsentido que jamás he escuchado, una mujer, cuya falta de maquillaje y mezclilla desteñida traicionaban que no debería estar allí, se acercó a nuestra mesa y nos mostró una caja amarilla llena de mazapanes, preguntándonos si queríamos comprarle uno. Antes de que pudiera responder de forma afirmativa, mis primos la espantaron con un gesto de la mano parecido con el que el capitán de meseros del Chili’s más fino de todo Jalisco llamaba, al mismo tiempo, la atención de un oficial de policía. Antes de que la mujer pudiera cerrar la caja, mientras los comensales seguía intercambiando inanidades obscenas sobre sus daiquirís, la seguridad privada la sacó del complejo. Avergonzado, bajé los ojos y bebí un largo trago de una cerveza artesanal que hubiera preferido fuera cicuta.
He escrito en otros lados que Jalisco es una nación de sillas vacías; que todas las noches, en todas y cada una de las colonias de sus ciudades y pueblos, siempre hay por lo menos un lugar en la mesa de la comida donde falta alguien. Después de que las fantasías revolucionarias de la autosuficiencia y la autarquía dieron lugar a sueños febriles sobre la proliferación de productos de consumo, muchos de los mexicanos que ahora recibían remesas que excedían a sus salarios anuales resultaron dispuestos a aceptar, a regañadientes, la ausencia de un hijo a cambio de un refrigerador o agua tibia para la regadera.
Los datos del Inegi para el periodo que empezó con la circuncisión de los ceros redundantes del peso y culminó con el mitin en el Zócalo en el que Belinda Peregrín ungió al entonces candidato Andrés Manuel López Obrador —y en el proceso, sostengo, le regaló la Presidencia— son algo así como el audiograma de un eco: un país donde el 40 % de los hogares carecía de agua corriente (véase el censo de 1980) se convirtió en uno en el que casi el 80 % tenía una máquina lavadora (véase el censo de 2020). Lo mismo sucedió en Estados Unidos, donde muchas marcas y productos mexicanos icónicos embrujaban las mentes de los pochos de Los Ángeles como si fueran apariciones de la Virgen o las reliquias de algún santo martirizado. Para nuestra tribu, la entrada en vigor del TLCAN no fue principalmente un momento de nuevas e inmensas ganancias, sino uno que les otorgó nuevos significados simbólicos y culturales incluso a mercancías insignificantes. Estos productos siempre habían fluido hacia el norte, pero en cantidades tan pequeñas que conservaban su aura. Ninguno de nosotros podría decir con precisión cuándo, exactamente, descubrimos que nuestros objetos sacrosantos habían prendido su sacralidad. Podíamos comprar mazapanes en las tiendas de la esquina de California, pero seguíamos sin poder velar a nuestras madres o ver su cuerpo yacente sin el auxilio de un primo con su móvil y la cámara con pixeles tercermundistas y la conexión parpadeante de Movistar. Los mismos objetos que antes nos servían de consuelo, ahora se burlaban de nosotros, presumiendo su habilidad de cruzar las fronteras que nos inmovilizaban incluso después de la muerte.
Muchos han dicho, cada vez con más certeza santurrona, que el trabajador mexicano sigue encadenado por todas las cadenas de las que el TLCAN liberó a las mercancías mexicanas. De allí que resulte pintoresco recordar la época en la que los productos mexicanos, incluyendo al heroico mazapán, eran objetos preciosos; tan codiciados como un baúl enconchado traído de Manila a Acapulco en galeones tripulados por marineros malayos reclutados a la fuerza o como la pasta de cocaína que llegaba de Colombia en los melancólicos Cessnas que reemplazaron a esos castillos flotantes que cruzaban el Pacífico dos veces al año.
Aquellos mexicanos que se asentaron en la colmena de la Tercera Guadalajara (o el Guanajuato Ad Hoc o la Ersatz Zacatecas: Los Ángeles, San Antonio y Chicago, en cualquier orden) nunca sufrieron la carencia de nacionalidad consumible al mismo grado que los desafortunados exploradores que, como Ponce de León, se adentraron en tierra de infieles. El deseo por estos productos, sin embargo, era en todos los casos insaciable. Para los idiotas que se habían dejado tentar más allá de la porciúncula y hacia tierra de infieles —por ejemplo: mi padre—, los mercados “étnicos”, como el González Market, en el empobrecido este de California, representaban un verdadero oasis. Antes de que la imparable sangría del occidente de México regara esa franja del Desierto de Mojave con sangre más pura, ésa era la única tienda mexicana en una comunidad que en 1995 era apenas 17 % hispana y, según el Census Bureau, 70 % blanca y gabacha.
Esa mayoría, sobra decirlo, veía con ojos de furia los cambios demográficos que se aproximaban en el horizonte. Los descendientes de los “okies” —migrantes internos que salieron huyendo de Oklahoma y otras tierras planas durante el Dust Bowl, la peor catástrofe ambiental en la historia de Estados Unidos, y cuyas cuitas quedaron inmortalizadas en la bella prosa de charlatanes como John Steinbeck— eran incapaces de apreciar la ironía de su xenofobia. Supongo que los entiendo: ¿quién no hubiera temblado de miedo al verse confrontado con una inundación de jóvenes, apuestos y musculosos tapatíos, con sus pestañas chinas, sus bigotes-plumaje, densos como los pastizales de las pampas y sus arrogantes nalgas que temblaban en jeans blancos tan apretados que no dejaban nada a la imaginación. Para cuando las mujeres de estos hombres —mujeres como mi madre y otras hermosas esposas: mujeres con rostros, tan lisos y pálidos como una hostia de comunión, coronados por una espuma de rubio peróxido— comenzaron también a migrar, para no perder a estos hombres, o tal vez para salvarlos de sí mismos, estos hijos de okies habían caído en una verdadera apoplejía. Las recién llegadas, tan puras de espíritu y tan mal preparadas para la vida en el Norte, trajeron consigo las tarjetas de crédito que habían tramitado en Suburbia o en las Fábricas de Francia, ignorando que tales tiendas departamentales no existían en la tierra de Macy’s. Estas profetas de un tipo de transacción internacional que todavía no existía eran pioneras del ascenso social de una generación de mujeres mexicanas cuyo destino clasemediero se vio interrumpido por no menos de dos décadas de turbulencia económica: una crisis perpetua que en un momento amenazaba con derrumbar, además de sus sueños de flotar en una nube de perfume Dior comprado a meses sin intereses, a todo el sistema financiero global. La fragancia que las esperaba en el Norte, sin embargo, era la apeste del plástico quemado o el olor químico del Windex.
A pesar del pánico que el influjo real o imaginario de guapos tapatíos y hermosas tapatías provocaba en los okies blancos de Lancaster, la presencia pública de la creciente comunidad mexicana de la ciudad quedaba circunscrita a la misa en lengua española en la Parroquia del Sagrado Corazón y las compras matutinas en el González Market. Antes de que el TLCAN convirtiera a la frontera en una línea insignificante para los importadores de productos de consumo, antes de que incluso los okies empezaran a ver Fabuloso, Vel Rosita o Ricitos de Oro a la venta en Costco o Walgreens, muchos migrantes que no podían contar con una comunidad diaspórica establecida experimentaban a Estados Unidos no como un territorio-implante suturado sobre la espalda de una Patria Heroica llena a reventar de paisas, sino como un planeta alienígena sin signos reconocibles de vida. Incluso en el sur de California, a pocos kilómetros de Los Ángeles o de Tijuana, los abarrotes mexicanos más básicos eran escasos y, por lo tanto, objetos de un doloroso e intenso deseo.

Desde hace tiempo renuncié a intentar convencer a migrantes más jóvenes, quienes salieron de México mucho después que yo, de que hubo una vez en la que los mercados de Lancaster y otros pueblos parecidos simplemente se quedaban sin tortillas. Si era demasiado tarde para que los dueños del González Market hicieran un viaje relámpago a Los Ángeles para abastecerse de ingredientes escenciales, las hermosas esposas improvisaban un menú de último minuto: chilaquiles casi incomibles bañados en una mezcla de catsup y Tabasco, quesadillas rellenas de queso amarillo con aroma a vinilo, enchiladas hechas con pimientos y abortadas espontáneamente para ahorrarles la vergüenza a todos los involucrados.
El inventario de dulces mexicanos del González Market no duraba ni un día (¿alguna vez has visto a dos hombres hechos y derechos pelearse a golpes por la última cachetada de chamoy ante los ojos de niños que están seguros de que pronto les tocará otro tipo de cachetada?). Incluso el heroico limón —el mismo que, en la temporada de aguas de Huentitán el Alto, patria chica de Vicente Fernández y mía, llovía en torrentes sobre nuestras cabezas como una plaga conjurada por algún Moisés mexicano— era un lujo. De productos especializados o regionales, ni hablar: eran imposibles de encontrar sin embarcarse en una búsqueda épica. Resulta cómico recordar cómo, durante el interregno entre el último mandato de Clinton y el primero de Obama, nuestras familias movían cielo, mar y tierra para traernos delicias icónicas: picones de Poncitlán, hechos solamente durante Semana Santa, buñuelos fritos esa misma mañana por las abuelas del cártel buñuelero de la colonia Santuario de Guadalajara y queso panela tan denso como el esmog de Lagos de Moreno.
La más aventurera y deslumbrante de las hermanas de mi abuela, mi tía Martha (que en paz descanse), emergió una vez de un vuelo desde México con la urgencia por usar el baño que uno asocia con los pacientes de fiebre tifoidea. Me gustaría poder decir que tuve algún tipo de premonición sobrenatural, pero lo cierto es que nunca imaginé que ésa sería la última vez que la recibiríamos en la sala de llegadas del Los Angeles International Airport; que pronto perdería la capacidad de caminar y, por lo tanto, de viajar. En todo caso, la tía Martha salió al baño con dos trenzas de chorizo de Sahuayo y todas las corundas que logró esconder en los pliegues del cuerpo corpulento y reconfortante que había construido como una defensa contra la tiranía de su marido. Cuando me abrazó, sentí el aroma del pimentón en su piel.
Sus maletas siempre eran un caos, digno de un galeón naufragado. Entre su faja de compresión, medicamentos y camisetas blancas se escondían cajas de anticonceptivos (la escasez de opciones de salud reproductiva en Estados Unidos, como la de mazapanes, facilitó la emergencia de una pequeña industria de intrépidas contrabandistas, quienes volvían del otro lado cargando con gloriosas cajas de progestina sustraídas de los hospitales del IMSS), dulces para diabéticos, fotografías de mi madre de niña y botellas de vinagre, fastidiosamente limpiadas, llenas de agua bendita de la fuente de Joselito, el Niño Mártir de la Cristiada.
Birotes comprados ese mismo día afuera del Mercado Corona de Guadalajara nos llegaban, cálidos como cadáveres, escondidos en suéteres o pantalones. La tía Martha se escabullía con medios litros de cajeta y litros completos de crema, debajo de las narices de los oficiales de aduana, a pesar de que ambas sustancias eran tan olorosas que terminaban por apestar la ropa. Tanto la crema como la cajeta eran esenciales para transformar ocho birotes en un ritual de un mes de duración. El primero había que calentarlo en el comal y luego untarlo con una gruesa capa de crema que se derretía entre los poros, para después comerlo sin más aderezo que una pizca de la sal de mar que Martha traía consigo, porque en Estados Unidos la sal sabía a plástico. El segundo había que cortarlo en pequeñas rodajas, cubiertos con una delgada sábana de seda y tan pocos granos de sal que era posible contarlos. El sexto, séptimo y octavo por lo general terminaban en la basura después de haberse convertido en piedras tras pasar semanas en el congelador, intocados porque no queríamos que se acabaran.
Mi madre, generosa hasta un grado frustrante, solía ceder tres cuartas partes de la carga de nuestro galeón a nuestros vecinos y amigos. Esto me provocaba una furia homicida: ni siquiera el Quinto Real de Su Majestad el Rey de Austria y las Españas era tan oneroso. Al verla vaciar el bote de crema en botes más pequeños, sentía que estaba atestiguando la excavación de mi propia tumba. No me interesa en lo absoluto si lo que hacíamos estaba de hecho prohibido por las leyes fitosanitarias o las regulaciones de importación; lo que me interesa es la percepción de riesgo, la sensación de peligro y la valentía implícita en este pequeño contrabando de las joyas de la Patria Chica; este tráfico de crema y birote que no pretendía sino darles a los hijos exiliados del Bajío una probada de su herencia. Desafiar al gobierno para nutrir el alma de tus vástagos y así ayudarles a saber quiénes son: he aquí el torno en el que el barro de la Experiencia Migrante gira y toma forma antes de endurecerse bajo fuego.
Nunca supe fingir recato cuando alguien venía a visitarnos desde México, pues fui educado para ser serio y ambicioso: hubiera sido un pésimo cura pero un magnífico inquisidor. Cual zopilote, circulaba sobre la maleta abierta, escarbando con los ojos entre los sostenes y las estampitas de santos que mi tía Martha enlistaba, de acuerdo con sus diversos milagros, para resolver todos los problemas de mi madre. Al verme exasperado con las infinitas apariciones de la Virgen, mi tía invariablemente sacaba de su bolso dos discos del color de la piel de un cervatillo. La sentencia que pronunció la última vez que realizó este milagro me dejó anonadado:
—Ten. Para ti y para tus amigos.
Nunca supe cómo se enteró de la obligación moral que demandaba que compartiera al menos un mazapán con los chicos de la escuela. Sentí vergüenza de que mi intención de regalar algo tan precioso fuera tan obvia.
Cuando Martha murió en 2021, el cargo de mi galeón naufragado incluía —además de recetas incompletas, preguntas sobre mi abuela y mi bisabuela que sólo ella podría haber respondido y mi incredulidad ante la decisión de Dios de llevarse a la última galeana de Sahuayo— la urgencia de saber cómo se había enterado mi tía del ritual profano con el que cuatro niños de nueve años adorábamos a la Diosa de la Luna bajo la sombra de los árboles de Josué que elevaban sus manos al cielo, tal y como ella misma hacía en las mañanas cuando preparaba docenas de gorditas de chicharrón para pagarle a Mammón la renta que le debía por el privilegio de vivir en su propia casa, libre de todo marido. El día de su funeral, muchos años después del misterio de los dos mazapanes, escribí lo siguiente en mi cuaderno:
Don’t go in night-scented rafts down ghost rivers to Pátzcuaro
The stones they threaten to rain upon your head are bits of acitrón
If you would go I would burn
Light every Yew from Sicago to Lancastrum.
No deja de ser cómico que semejante edificio pudiera descansar sobre los cimientos de la sustancia más quebradiza y delicada de la que tiene noticia la humanidad (con la posible excepción de los jarritos de Tonalá). Una subgeneración entera de una subdiáspora —los querubines que en 1992 veíamos Ranma 1/2 en la tele a color de la casa en el barrio de San Andrés y que en 2001 vimos a un boeing estrellarse en las paredes del Pentágono— ha construido toda una identidad —todo un recuerdo de México, todo un simulacro de mexicanidad— sobre una cama de cacahuate comprimido y sacarosa ultraprocesada. No tengo idea de cómo explicarle a la siguiente generación —una que desde la infancia vio nuestro precioso contrabando en los anaqueles de las tiendas estadunidenses— cómo es que sus predecesores construimos una catedral con tan pobres materiales. Primero, los mercados “étnicos”; después, los Targets (una cadena de supermercados que tanto emana un aire de cualidad y de blancura racial que muchos estadunidenses se refieren a él como Le Targée); y, finalmente, los despreciados Walmarts, que para entonces ya habían invadido a la Madre Patria e interrumpido el sueño de la Coyolxauhqui: uno por uno, los inventarios de Estados Unidos comenzaron a incluir el sacramento de nuestra fe, sin saber que, al hacerlo ubicuo, lo transformaban en cotidiano. Súbitamente omnipresentes, nuestros talismanes dejaron de ser sagrados. Comparada con las otras heridas que el TLCAN nos infligió, la pulcritud del mazapán se antoja irrelevante (y yo, por lo mismo, un histérico). Pero ¿no es cierto que el TLCAN exaltó las exportaciones mexicanas por encima del mexicano? ¿Y no es cierto, también, que los mexicanos aceptamos esta verdad en silencio? Yo sin duda lo hice.
La cualidad talismánica de los objetos —los productos— que me hechizaron de niño se ha perdido para siempre. Hoy la diáspora mexicana, especialmente los Pochitos de Dudoso Abolengo (por lo que valga: mi abolengo es excelente, suficientemente cubano y peninsular para eximir a este corresponsal de toda responsabilidad por este desaguisado), sigue adorando en el altar de los fetiches de mi fe. Pero no ven lo que yo alguna vez vi. El Mazapán, el Gansito, el tarro de Tres Flores al que uno recurre en hora de necesidad: todos ellos han sido absorbidos, integrados y catalogados en el panteón de marcas, alimentos, personajes y mitos que han surgido como consecuencia del llamado “libre comercio”. Mis hermanos se vieron obligados a construir una identidad a partir de esa colección de fantasmagorías; una identidad que sólo adquiere coherencia si la describimos en términos psicológicos, como una mala adaptación ante una asimilación forzada, sí, pero también ante el rechazo de cada Estado Unido y todos los estados mexicanos de sus padres. De allí que comunicarme con estos pochitos de media generación o de pasaporte azul me resulta imposible. Mucho antes de que los inversionistas y dueños de Dulces de la Rosa soñaran con vender cantidades masivas de dulces en mercados de exportación, el escenario ya estaba listo para este ultraje a la Hostia del Migrante. El TLCAN, con su profano iconoclasmo del mercado, no puso fin a la transubstanciación del mazapán. Al contrario: la hizo permanente.
El camino que culminó en el desencantamiento del mazapán y otros dulces mexicanos fue pavimentado décadas antes de que el tratado entrara en vigor. En los años posteriores a la Revolución y la expropiación petrolera, los productores de azúcar de México disfrutaban de una posición privilegiada en términos políticos. Subsidios, precios de garantía, nacionalizaciones que lo salvaban a uno de la vergüenza de la bancarrota, además de todo tipo de tarifas, cuotas y otras manipulaciones de la oferta y la demanda: la industria ni siquiera tenía que pedir estas protecciones para que le fueran dadas. Para cuando el Milagro Mexicano dio paso a las devaluaciones del peso, la era de los apoyos del Estado a una industria precámbrica que vendía calorías había llegado a su fin. La furia edípica de los neoliberales que esperaban con paciencia que los nacionalistas revolucionarios estiraran la pata descendió entonces sobre los cañaverales, alegando como casus belli la eficacia económica y la destrucción creativa.
Miguel de la Madrid deshizo el legado generacional de nacionalizaciones e inversiones públicas, al vender sin pensarlo dos veces la mayoría de los ingenios paraestatales (y también el último terrón de azúcar de la cafetería del ISSSTE). Los barones, inversores y administradores del cártel de la sacarosa, incrédulos de descubrirse aliados de un poderoso y militante sindicato, intentaron salvar los privilegios exorbitantes de los que su industria disfrutaba, pero todo fue en vano. Al transformar los viejos ingenios en estacionamientos y bodegas de cemento, el PRI tardío anunció al mundo que la política de sustitución de importaciones que había definido a la economía nacional a lo largo de décadas había llegado a su fin. Para cuando el TLCAN entró en vigor y demandó una hoguera ritual de los aranceles, la industria azucarera de México ya había sido forzada a consolidarse. En el proceso, los trabajadores que cosechaban la caña pagaron un precio incuantificable. De igual modo, siguieron prendiendo fuego al campo después de la cosecha, adornando las negrísimas noches de Tala con nubes de tinta india y lloviznas anaranjadas y ardientes. Si bien algunos controles de precios siguieron vigentes, lo mismo que ciertas protecciones contra la sacarosa de origen extranjero,1 la bonanza subsidiada del pasado se había convertido en poco más que una nota al pie en la historia económica de la república.
La industria azucarera de Estados Unidos era una bestia similarmente deforme. Los poderosos barones de aquel pantano-resort-turístico otrora importante en términos electorales —me refiero, por supuesto, a las tierras infestadas de pitones de la Florida— habían creado una máquina política, poderosa hasta lo ridículo, que garantizaba a los productores domésticos protecciones parecidas a las que sus contrapartes mexicanas alguna vez disfrutaron. Los patrones de firmas como Domino Sugar y C&H susurraron palabras plateadas en los oídos del Congreso federal y de la legislatura estatal, advirtiendo que cualquier político o tecnócrata que se atreviera a tocar los subsidios, tan merecidos, que sostenían a la industria cañera más importante de Estados Unidos.
El TLCAN debió haber sido un shock para estos floridos floridanos. Al tomar forma el tratado, con las alhajas de la industria ofrecidas al mejor postor en una subasta en la que capitalistas misteriosos ofrecían mejores precios que los viejos barones, la danza ceremonial pagana del cabildeo de épocas pasadas se vio reemplazado por un frenesí por salvar privilegios y conservar patrocinadores. Dice mucho sobre el lugar de honor que la industria azucarera ocupa en las imaginaciones de ambos países que tuvieron que pasar cinco siglos antes de que los burócratas se las arreglaran para expulsar a los últimos grandes plantadores de sus elegantes haciendas. Milenios después de que fuera arrancada de las costas de Melanesia y puesta a trabajar en la forma de capital —y mucho tiempo después de que engendrara una larga lista de horrores: la esclavitud, la malaria, la tortura y oligarquías invencibles—, la caña de azúcar había dejado de ser la fruta más codiciada del Paraíso. La caña, insisto, merecía mejor destino.
Los que salieron ganando al final de las infinitas protestas, juicios y demandas que sacudieron a la industria cañera en los años antes y después de la entrada en vigor del TLCAN fueron, por supuesto, los productores de dulces y golosinas. Liberados de la tiranía de precios fantásticos que obedecían no a la mano invisible sino al mapa electoral de Florida, sus costos de producción de firmas como De la Rosa volvieron mucho más competitivos en el mercado de exportación. Los miedos de los barones cañeros de Estados Unidos resultaron proféticos: antes incluso de que la tinta del tratado se hubiera secado, los gigantes golosineros de Estados Unidos ya se habían fugado a Canadá (si lo suyo era el chocolate) o México (si era cualquier otra cosa) en busca de azúcar y mano de obra baratas.
Por su parte, la industria cañera mexicana, que ya había visto la cara del diablo en las consolidaciones y privatizaciones de años pasados, se descubrió de pronto como uno de los elefantes blancos más cotizados de la patria. Inversionistas extranjeros, tanto estadunidenses como de otras partes del mundo, no tardaron en absorber a los productores mexicanos, con la esperanza de establecer una cabeza de playa en el país y así sacar provecho de la exportación libre de alimentos y dulces procesados al mercado estadunidense (y a veces, también, de un mercado doméstico que claramente estaba a punto de explotar). La mayor parte de los cañaverales de México dejaron de ser mexicanos en el sentido estricto del término: las compras directas y las fusiones con firmas multinacionales, o en su defecto la copiosa inversión extranjera, transformaron al sector.
De allí que Dulces de la Rosa, empresa orgullosamente tapatía, sirve como un símbolo poderoso, si bien tal vez inescrutable, del tipo de instinto de supervivencia que sólo conocen aquellos que valoran el honor por encima de las ganancias astronómicas que resultan de vender la propia herencia a una multinacional como Hershey’s. La idea de que el mazapán, esa pasta de dos ingredientes, podría ser una innovación comercial resulta ridícula… al menos hasta que uno se acuerda de la envoltura. El mazapán, antes vestido a mano, ahora es envuelto de forma mecánica. Dejando de lado los empleos perdidos de incontables obreros tapatíos, expulsados de la fábrica de golosinas a las ruinas económicas que el tratado y las devaluaciones y liberalizaciones que lo precedieron dejaron tras sí, la decisión de confiarle el proceso de envolver un dulce tan frágil a una maquinaria sin alma le abrió la puertas del mundo al más noble y sagrado de todos los alimentos procesados basados en leguminosas de la orgullosa Guadalajara. Liberada de la ternura y de los accidentes de las manos y los ojos humanos, la producción mazapanera no conocía otro límite que el apetito global por el talismán de mi niñez.
Esta revolución industrial en miniatura sólo hubiera sido posible en el mundo del TLCAN, el cual permitió la entrada a México de nuevas inversiones y nueva maquinaria. Enfundados en sus ataúdes amarillos, los mazapanes, como los extrabajadores de las fábricas De la Rosa que gastaron sus cheques de liquidación en los servicios de un coyote, comenzaron a migrar, en números cada vez más grandes, al lejano norte.

No tengo manera de saber si la creciente presencia de los productos de Dulces de la Rosa en los mercados de Estados Unidos puede atribuirse a un incremento en el presupuesto de marketing de la empresa (la oficina de prensa de la compañía no respondió a mis solicitudes de información). Pero incluso en la ausencia de números precisos, hay una cifra que supongo debe resaltar por encima de todas las otras a la hora de explicar la captura de mercado de los productores del objeto de deseo de mi infancia: la creciente población de migrantes mexicanos menores de 18 años que vive en Estados Unidos.
Si el TLCAN y la liberalización que el tratado trajo consigo facilitaron las exportaciones de productos mexicanos, el ímpetu detrás del tipo de campaña de mercadeo que hubiera sonrojado incluso al Doctor Fausto provenía de los apetitos de los mojados más jóvenes y más lindos de México, quienes deseaban al mismo tiempo la dopamina de la glucosa y el confort de un lugar imaginario que alguna vez había sido su hogar. En Estados Unidos, el apego nostálgico de la diáspora a ciertos talismanes de consumo ha dado lugar al surgimiento de varias industrias vampíricas, desde los comerciantes de golosinas mexicanas hasta festivales de música y revendedores de clickbait digital, que al mismo tiempo alimentan y cosechan la añoranza por una identidad, por una memoria, por una oportunidad de reconocerse y ser reconocido.
Las ganancias económicas producto de esta nostalgia constituyen un cáncer en la médula de la cultura mexicana. Según los esclarecidos e ilustres, cuando el TLCAN entró en vigor, la identidad nacional que los primeros gobiernos posrevolucionarios impusieron sobre los mexicanos —los más atormentados murales de Rivera, el canon de Adolfo Best Maugard, la parinirvana nacional a la que Vasconcelos y su colaboradora Mistral sometieron a los niños de México— ya estaba en su última agonía. Les debieron negar la visa en el consulado, porque desde California hasta los pueblitos guardados y olvidados de Dios en el sur de Colorado, el movimiento chicano transformó las fantasías de los intelectuales burgueses de México en el fundamento de la resistencia revolucionaria del barrio. Después de la firma del tratado, sin embargo, esta visión heroica de la historia nacional —y con ella las ideas filosóficas y estéticas que la sostenían— perdió el poco poder de convicción que aún conservaba entre los miembros del consejo del Movimiento Estudiantil Chicano de Aztlán del campus de UCLAtlán (Universidad de California en Los Ángeles). Para cuando De la Rosa empezó a vender sus mazapanes en el Target —¡Le Targée!— de Lancaster —¡Lancaster!— ya era obvio que la mexicanidad podía consistir simplemente en el consumo de ciertos productos. No hacía falta buscarla leyendo, mucho menos interactuando con otros mexicanos. Con el paso del tiempo, incluso el consumo propiamente dicho dejó de ser necesario: bastaba con enarbolar el logo de la marca en cuestión.
No me jacto de ser tan pulcro como para no tener mis propias proclividades del estilo. En un taller de Anaheim, California, mi amigo Isaías adorna gorras de béisbol con el logo De la Rosa, hermosamente centrados sobre la visera. Me regaló una y la presumo en todos lados. En todos. Engalanado con la rosa más roja de la tilma de Juan Diego, he navegado los cuartos más oscuros de los vapores y lugares de encuentro más húmedos que frecuentan los hombres que preferirían ser vistos con esposas devotas, al menos un funeral e incontables noches pasadas girando sobre los tacones de mis botines al ritmo de remixes de canciones de telenovelas y la única buena canción que Paulina Rubio ha grabado en su larga carrera (sólo podría ser, por supuesto, “Siempre tuya desde la raíz”). Mi gorra es un avatar del pendón cruzado sobre el sello de Guadalajara: la Virgen de Zapopan y Vicente Fernández fusionados en un solo símbolo. Cuando me la pongo —más aún que cuando me pongo mi tanga de cuero de imitación fabricado en Zapotlanejo o lazos de seda para mis dandis vaqueros o chalecos charros con grecos piteados con hilo de oro— me siento tapatío. Esa gorra y lo que significa son a estas alturas mi única relación con el mazapán. Para ser sincero, hace mucho que no soy capaz de tolerar su sabor.
Si la empresa Dulces de la Rosa representa un triunfo del capitalismo mexicano —y también de la vieja fantasía jalisciense de convertir al estado en un titán industrial, liberado de la órbita del Cabal de Anáhuac—, el dulce propiamente dicho ha terminado por convertirse en un símbolo de la desigualdad. En la mayoría de las ocasiones que me topo con las famosas cajas amarillas desde que me retiré de mi carrera de dreamer2 y emprendí el regreso en el año del señor 2018, suelen estar en manos de personas bajo la influencia de una u otra sustancia que piden un puñado de pesos para solventar la necesidad que ese día resulta más apremiante. En los autobuses de la ciudad, grupos adolescentes suelen ofrecerlos a desconocidos en un intento de financiar el anexo donde se ven sometidos a todo tipo de degradaciones inhumanas.
Hoy que el TLCAN cumple treinta años, en lo que queda de mi Guadalajara, las golosinas que tanto deseaba durante mi niñez en California han adquirido el hedor de la pobreza y de la mendicidad implorante: ya ni las iglesias los venden para levantar fondos. Se trata, creo yo, de una transubstanciación. El TLCAN creó a los capitanes de la industria que harían que incluso el Wonder Bread que ahora domina el mercado doméstico fuera nuestro. El tratado, como se ha dicho hasta el cansancio en incontables revistas académicas, dejó tras su paso a dos poblaciones de trabajadores absolutamente marginalizadas —o mejor: absolutamente vestigiales— que se las han arreglado para no morirse de hambre a fuerza de pura, desafiante y resoluta voluntad. Que una mercancía pueda convertirse en un símbolo para la destrucción no sólo de la sociedad y la fábrica, sino también para el triunfo del ingenio mexicano: en esta extraña tensión se esconde la esencia del TLCAN.
En Lancaster, sin embargo, nadie asocia las cajas amarillas con las manos temblorosas de alguien en medio de una crisis de abstinencia de metanfetamina. En las rosas rojas no ven otra cosa que las caras de sus abuelos. Pregúntales a las maricas que frecuentan Las Perlas, el bar que desató la onda mezcalera en el centro histórico de Los Ángeles donde no aceptan efectivo a la hora de cobrarte los tacos. Te aseguro que si te apersonas allí verás por lo menos un mazapán, ya sea en la forma de un logo impreso en una gorra o una camiseta portada con más dignidad que un escudo de armas, ya sea deshaciéndose al pasar entre las bocas de dos varones primogénitos, enamorados en la Tercera Guadalajara. Toda una identidad se apuesta —y, milagrosamente, a veces se gana— sobre su dulzura insípida. Es posible que sólo en esos pequeños momentos retenga el mazapán su antiguo y sobrenatural poder de evocar el pasado.
En cualquier plaza o intersección de Guadalajara, es probable que alguien se acerque a ti con un ataúd de discos color carne en las manos. Te pedirá que le compres uno —en un español tan formal y acartonado que te hará enfurecer— para apoyar al equipo de futbol o la escuela de música, o para pagar la deuda con el anexo donde los padres y expareja del vendedor-mendigo lo abandonaron. De allí que haya terminado por odiar a mi antiguo talismán: ahora lo asocio con manos temblorosas, con los movimientos bruscos de los adictos, los alcohólicos, los indigentes. Eso es lo que el mazapán representa hoy: pobreza abyecta, fracaso social, corrupción gubernamental e indigencia. No se me ocurre una mejor alegoría para el México del TLCAN, ese país roto de familias rotas, que la transformación del mazapán de comunión infantil en la moneda de cambio del descenso social y la crisis existencial.
Durante mi breve servicio social como el narcomenudista más fashion y más pícaro de Guadalajara, en una cantina famosa tanto entre el Pueblo Bueno como entre los turistas por ser un lugar donde se podía comprar piedra, hielo, hierba y polvo con la misma facilidad que una Victoria o unos cacahuates garapiñados, los mazapanes solían entrar a escena en las manos de espectros ansiosos por una dosis. De todas las almas en pena que llegaban arrastradas por el viento, una mujer siempre me llamó la atención. Era delgada como un riel de ferrocarril y parecía tener el brazo fijado en un ángulo recto, y siempre me pedía que le comprara un mazapán para que ella a su vez se pudiera comprar algo de comer. Temblaba como un cachorrito enfermo, pero cuando me decía que solamente quería sobrevivir, le quería. Nunca me pidió una dosis: si consumía algo, alguien más se lo vendía. Traicionando mi propia hipocresía petiburguesa, ella era la única a la que alguna vez le compré un mazapán. Pero tal generosidad era infrecuente: rara vez lograba convencerme a mí mismo de acceder a sus quejidos implorantes e incluso entonces no me comía las golosinas. Las dejaba en las mesas, con la esperanza de que alguien las hiciera desaparecer. Con frecuencia las encontraba, medio mordidas, en el mingitorio.
Ya no siento la mano de mi abuelo cuando sostengo un mazapán. Ahora que nuestros apetitos han sido saciados, ahora que nuestras carteras están llenas de deuda y de pesos plastificados, nadie llora al pensar en el mazapán. La única excepción es esa mujer que extiende la caja con manos temblorosas con la esperanza de que le entregues diez pesos para… Bueno, digamos que para una paleta: ese otro producto icónico de la cultura tapatía pos-TLCAN.
Aún hoy, la sangre me hierve al pensar que, después de intervenir en nuestras vidas con el poder de una divinidad, el TLCAN como tal ha dejado de existir. En su lugar ahora tenemos el Tratado de México, Estados Unidos y Canadá. No estoy seguro de que México seguirá existiendo en un par de décadas, pero tengo absoluta certeza de que el mazapán, como el T-MEC, perdurará. Las golosinas ahora se producen también en la República Dominicana, con miras a su exportación a los países de Centroamérica y el Caribe: el mazapán ya no necesita de México o, para el caso, de los mexicanos. En vista de que el dulce parece al borde de declarar para siempre su independencia de Jalisco, la noción de un mazapán globalizado me aterra. De alguna forma, necesito que siga siendo parte del pasado, que lo contenga. Pero el mazapán ya no existe para servir a la gente, mucho menos para consolarme. Liberado del valle provinciano que lo vio nacer, el mazapán seguirá existiendo mucho después de que la Ciudad de las Rosas desaparezca. Llegará el día en que nos observe desde arriba, juzgándonos sin compasión, como una Coyolxauhqui puesta en el firmamento como advertencia.
César Miguel Rivera Vega Magallón
Defensor de los derechos de los migrantes. Nacido en Jalisco, vivió en Estados Unidos sin papeles durante veinticinco años antes de regresar voluntariamente a Guadalajara a los 28 años de edad. Actualmente trabaja para una organización de la sociedad civil y escribe su primer libro.
1 Ma, K. “A Bittersweet Recipe: Candy, Sugar, NAFTA, and the Struggle for a North American Sweetener Store”, en Revista Mexicana de Estudios Canadienses (nueva época), noviembre, número 008, Asociación Mexicana de Estudios sobre Canadá, Culiacán, México, 2004, pp. 31-58.
2 Nota del autor: dreamer es un término, favorecido por políticos del Partido Demócrata, que describe a los migrantes indocumentados que llegaron a Estados Unidos de la mano de sus padres cuando eran aún niños.