El 9 de diciembre de 1987 llegaron a la casa del jeque Ahmed Yasín, seis de los dirigentes de la Hermandad Musulmana en la Franja de Gaza. El día anterior, un camión de las Fuerzas de Defensa Israelíes se accidentó matando a un grupo de trabajadores palestinos. La convocatoria de Yasín siguió a la publicación de un llamado a la gente en los territorios ocupados a levantarse o, en términos reales, a sumarse a la revuelta popular contra Israel: la primera intifada.
El accidente, tal vez el de mayores consecuencias para la vida de Medio Oriente, fue catalizador del hartazgo y la ira. Ahí se transformó de una organización religiosa y social a una política.
La Hermandad Musulmana, una organización islamista sunita fundada en Egipto, vio nacer su sección palestina en 1935. Hassan al Banna, cabeza de la Hermandad, envió a su hermano a Palestina, aún bajo mandato británico. Con ayuda de El Cairo, durante 1945 abrieron la primera sección de la Hermandad en Jerusalén. Para 1947 contaban con veinticinco secciones palestinas y 20 000 miembros. En un principio se ocupaban de caridad y prédica.
Luego de la reunión en casa del jeque Yasín, se creó el Movimiento de Resistencia Islámica, Hamás. Meses más tarde, Yasín encargó a uno de los oradores de la mezquita al Aqsa, en Jerusalén, crear la sección de Hamás en Cisjordania. La organización religiosa entró de lleno a la arena política.
El islamismo tradicional, ocupado de sus asuntos y abstracciones propias de una religiosidad compuesta en escuelas de jurisprudencia, no veía en aquel instante la necesidad de enfrentarse directamente a Israel. Eso lo hacían los ecos del panarabismo y las expresiones políticas regulares de la región, algunas más dogmáticas que otras, como el ayatola Jomeini desde Teherán.
Hamás evocaba las identidades nacionales bajo el escudo de la fe; jerarquizaba lo nacional, en este caso palestino, antes que lo religioso.
Si bien Hamás y la Hermandad son indisociables, tanto en ese entonces como ahora, sus orígenes y transformación permiten entender la complejidad de su existencia y la paradoja política que ésta encierra, tras los brutales ataques del 7 de octubre, así como la tan larga como humanamente costosa respuesta israelí.
A pesar de la aparente claridad que se tiene a partir de ese día sobre qué hacer con Hamás, ya sea desde la lógica de defensa israelí o de las afinidades a la organización confundidas en defensa de las causas palestinas, la respuesta puede no ser tan sencilla.
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