Desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania, quizá con más sorpresas de las esperadas, la incapacidad de los gobiernos en algunos países para adoptar una postura frontal —primero contra la violación evidente al derecho internacional y luego ante la brutalidad— exhibió ese recurso detestable y de especial tradición en América Latina que lleva a sus naciones a interpretar lo que sucede en otros lados del mundo bajo códigos locales.
Entre afinidades discursivas, percepciones tergiversadas de sí mismos o la búsqueda de réditos con su electorado, buena parte de los silencios oficiales o abiertas afinidades con Moscú se han alimentado del antiamericanismo regional, de una equidistancia forzada para proveer disculpas, o bien del simple desconocimiento de un mundo innecesario para ópticas enfocadas meramente en las cercanías. Al final, por qué buscaría entender lo que sucede en otras partes quien está satisfecho con mirarse a sí mismo.
Hay una falla gigantesca en la ausencia de condenas tajantes y sin matices a la guerra y sus maneras criminales, entre ellas el secuestro de menores ucranianos para llevarlos a suelo ruso, junto a muchas inefables más. El endeble vínculo con el tiempo es un componente casi idiosincrático de las clases políticas latinoamericanas hacia el resto del planeta. A pesar de haberse normalizado la invasión y sus saldos, es difícil que se sostengan los asomos de argumentos que a estas alturas quieren vestirse de algún tipo de cruzada ideológica o similar. Europa se modificó décadas atrás, el espectro ideológico mutó de sus agonías a una que otra resurrección decantada en las percepciones y los juegos demagógicos. No hay más.
Palestina e Israel, a lo largo de décadas, han pasado por procesos semejantes. Con una gigantesca y triste diferencia. Sí, la tristeza es el elemento central de todo aquello que rodea la madre de los conflictos de Medio Oriente. Una desazón sólo permisible para aquellos capaces de escoger qué tragedia tolerar cuando los muertos no se ven propios, cuando identificarse como opuesto vale más que las vidas y el futuro.
Esa diferencia garantiza que permanezca: demasiadas generaciones cuentan entre sus saberes la imposibilidad de solución. Ni la Guerra Fría duró tanto; ni las transgresiones a la decencia y, mucho menos, algún delirio colectivo y salvaje tienen los años de ese pequeño rincón donde sucede lo que no debería ser.
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