Oportunidad perdida

Les comieron los tiempos y las agendas políticas. Tenían en las manos una transformación profunda de la educación, pero tomaron la ruta de la improvisación y las prisas. No se puede olvidar que esto mismo le pasó a Enrique Peña Nieto con su reforma educativa. El componente educativo llegó casi el último año de gobierno en aquella fallida reforma. Como se recordará, se anunció la elaboración de una nueva generación de libros de texto gratuitos para el ciclo 2018-2019, es decir, el último año de ese sexenio. El cambio iniciaría con nuevos libros de preescolar, primero y segundo de primaria y telesecundaria (primero, segundo y tercero). El siguiente año —bajo un nuevo gobierno— se entregarían los libros de tercero, cuarto, quinto y sexto de primaria. En aquel proceso se anunció que participarían “especialistas en la asignatura o materia”, “maestros en servicio”, “investigadores y especialistas del nivel o grado”, personas con “experiencia en elaboración, evaluación y/o edición de materiales educativos”, comunidades indígenas para los libros en dichas lenguas y las academias de Historia, Lengua y Ciencias. Conviene mencionarlo porque ahora dicen que es la primera vez que en México se convoca a docentes a participar en la elaboración de los libros de texto gratuitos.

Aquel proyecto de modificación de los libros terminó mal. Los libros de la segunda etapa ya no vieron la luz en el siguiente sexenio porque la reforma educativa fue derogada. De esta manera, el presidente López Obrador cumplía su principal promesa educativa de campaña: no dejar ni una coma de la reforma educativa de Peña Nieto.

Hace un par de años revisé los libros de primaria y encontré que convivían hasta diez generaciones de distintos libros. Así era como estaba funcionando el sistema educativo. Con libros de diferentes etapas, momentos, reformas y tendencias. Entre otras cosas, porque es muy difícil cambiar todos los libros a la vez. No obstante, el gobierno actual decidió cambiarlos todos de un año para otro (lo que explica los resultados vistos hasta ahora). Las maestras y los maestros tuvieron poco tiempo para trabajar y familiarizarse con el nuevo modelo. En los Consejos Técnicos escolares dedicaron entre un 30 y 40 % del tiempo a la Nueva Escuela Mexicana. El resto, como se sabe, se usó para los temas del curso. Sin recibir los materiales a tiempo no puede haber buenos augurios. Dice Robert Evans que el “típico patrón” cuando una reforma fracasa es culpar a los maestros antes que a los diseñadores. Parece que esta reforma no será la excepción.

Llevar elementos de la escuela activa y la escuela nueva a las escuelas públicas debería ser motivo de esperanza para el sistema educativo mexicano. Es decir, una pedagogía centrada en la libertad de participación e intereses de las niñas y los niños; que relacione el conocimiento con el contexto de las alumnas y los alumnos; y que aprendan los contenidos de forma más global y sin tanta parcelación. Esto es lo que toda persona dedicada a la educación —que alguna vez leyó a Freinet, a A. S. Neill, a Montessori y a Dewey— ha imaginado.

En general, las propuestas de las asambleas escolares; el trabajo integrado por proyectos; la contextualización de los temas que se estudian y la autonomía docente han sido demandas históricas del sector educativo más progresista. Pero se traicionan a sí mismos quienes creen que esto que presentan como Nueva Escuela Mexicana es eso. Porque no se tomaron el tiempo ni el cuidado requeridos, nunca exigieron los recursos necesarios al gobierno y no escucharon las críticas. En pocas palabras: los venció el deseo por trascender en este proyecto y privilegiaron sus intereses políticos.

Cambiar un modelo educativo implica —además de capacitación docente, recursos y tiempo— modificaciones organizacionales, laborales, esquemas de evaluación y seguimiento y un liderazgo adecuado.

Ilustración: Víctor Solís

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Publicado en: 2023 Septiembre, Expediente