La poesía y la Olimpiada: Robert Graves en México, 1968

Primer encuentro

El escritor descendió del avión con aire despreocupado, distante, distraído, llamando la atención con su atuendo vistoso y pintoresco. Era muy alto, vestía ropa raída y ocultaba sus rizos, caóticos y plateados, bajo un sombrero cordobés de ala ancha que le tapaba la frente. Sus penetrantes ojos grises vagaban sin dirección sobre la multitud. La nariz torcida me permitió identificarlo sin lugar a duda como “mi poeta”.

Había ido al aeropuerto ese día a recibir a Robert Graves, uno de los once escritores invitados a participar en un simposio de poesía organizado en Ciudad de México como parte del programa cultural paralelo a los Juegos Olímpicos de 1968. Yo acababa de graduarme ese verano del Bryn Mawr College de Pensilvania y había vuelto a México a estar con mi familia. Tras varios años de ausencia, estaba ansiosa por involucrarme en la emoción colectiva de la Olimpiada antes de empezar mis estudios de posgrado. ¡Los ojos del mundo miraban a México y yo quería ser parte de todo aquello!

El programa cultural que el gobierno de México había puesto en marcha en el marco de los Juegos sería mi puerta de entrada. Envié una solicitud de empleo al Comité Olímpico y para mi sorpresa Óscar Urrutia, el hombre encargado de los diecinueve eventos culturales planeados, me contrató para ayudar a organizar el simposio de poesía. Mis estudios de licenciatura en Letras Hispánicas y Sociología me daban las credenciales necesarias para el encargo. La idea era invitar a todos los países participantes a que seleccionaran cada uno a un poeta, quien después escribiría un texto comisionado específicamente para conmemorar la Olimpiada; así como traer a once renombrados poetas a México para que se conocieran entre sí y participaran en mesas redondas y otros eventos culturales. Mi primera tarea consistió en seleccionar los poemas para una antología de versos en tributo a la ocasión, así como preparar breves biografías de cada uno de los poetas invitados. Aspirando a ser un poco más ambiciosa, decidí comprar algunas de sus obras y reunir una selección de citas para futuros comunicados de prensa. Era un trabajo laborioso, pero me permitió aprender bastante sobre los autores antes de su llegada.

El escritor disidente ruso Yevgueni Yevtushenko había visitado México semanas antes del inicio del simposio, durante la Primavera de Praga. Su mensaje de libertad y de elevados ideales sociales atrajo multitudes de jóvenes mexicanos. La visita resultó un tanto polémica, pues las autoridades mexicanas temían la posible influencia del poeta sobre el movimiento estudiantil que ya entonces salía a las calles de Ciudad de México como parte de las turbulencias de 1968. Al acercarse la fecha del simposio, Robert Graves, el representante de Inglaterra, fue el primero en llegar. A diferencia de Yevtushenko, su escritura era más bien apolítica. Su contribución literaria a la Olimpiada Cultural Mexicana sería una oda a Enriqueta Basilio, la primera mujer en ser escogida para llevar la antorcha olímpica y encender el fuego durante la ceremonia inaugural de los Juegos.

Me acerqué a nuestro visitante para presentarme y explicarle que sería la encargada de atenderlo durante su estancia en México. Él devolvió mi saludo y avanzamos juntos al mostrador de migración. Mi primer problema fue conseguir que lo dejaran entrar al país, pues el poeta había olvidado tramitar su visa, pero al final logré convencer al oficial que nos atendió de que Graves era un huésped importante del gobierno de México. Recogimos su equipaje y caminamos hacia la salida de la terminal… y entonces surgió mi segundo problema. Una mujer muy atractiva nos interceptó antes de que pudiéramos subir a mi coche, me empujó a un lado, abrazó a “Robert” y declaró que se lo iba a llevar a Santa Clara del Cobre en Michoacán para pasar unos días en compañía de buenos amigos que ya lo esperaban. Me aseguró que el poeta regresaría a tiempo para participar en la ceremonia inaugural de la Olimpiada.

Caí en pánico. A toda costa tenía que asegurarme de que Graves no desapareciera por rumbos desconocidos antes de su aparición en los Juegos. Después del evento, el poeta sería libre de ir a donde quisiera; pero insistí en que por lo pronto tenía que quedarse en la ciudad, entre otras cosas, porque Graves no tenía ni un peso en moneda local, cosa de la que yo me encargaría una vez que estuviera instalado en su hotel. La “intrusa” accedió a regañadientes a que Robert permaneciera bajo mi custodia y nos invitó a cenar la noche siguiente. De camino a la ciudad, el poeta explicó que la misteriosa dama era Pilar Pellicer, una famosa actriz mexicana que estaba casada con un viejo amigo suyo, James “Jimmy” Metcalf, un escultor que se había establecido en Santa Clara debido a la abundancia del cobre en esa región. Jimmy y Pilar habían visitado al poeta en Mallorca justo después de la guerra.

Nuestra conversación me hizo entender una gran ironía: Graves había aceptado la invitación al simposio simplemente para tener una excusa para venir a México. La verdadera razón de su visita era que quería reunirse con sus amigos para experimentar con ciertas variedades locales de hongos y así cruzar las “puertas del paraíso”. El poeta ya había sentido los efectos de los hongos durante un viaje anterior por el país, pero en esa ocasión las puertas habían permanecido cerradas. Esta vez, sin embargo, estaba convencido de que se abrirían para dejarlo entrar al nirvana. Sonaba como una fantasía estrafalaria, pero Graves estaba obsesionado con cumplir esta misión. Si no quería perder a mi poeta en un sueño de diosas, hongos y aventuras, tenía que inventarme un proyecto alternativo.

Ilustración: Ricardo Figueroa

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Publicado en: 2023 Julio, Registro personal