Zacatecas: la zona del silencio

Ofrecemos un ensayo construido a partir del ciclo de conferencias que Claudio Lomnitz impartió en El Colegio Nacional el pasado marzo.

¿Qué es una zona de silencio?

La expresión “zona de silencio” se refiere a regiones donde el peligro y la violencia han callado a los medios y sólo queda el rumor como vía de acceso a lo que sucede. La expresión es pertinente en México, no sólo por el número de periodistas asesinados —157 desde el año 2000—, sino por la combinación de amenazas y de intereses que gravitan sobre los medios, lo cual hace que, aun en regiones donde hay relativa seguridad, la sociedad duda de si los medios no ejercen el silencio de manera discrecional.

Muy revelador fue el caso de El Diario de Ciudad Juárez, que tras el asesinato del reportero Luis Carlos Santiago Orozco, en septiembre de 2010, publicó una nota dirigida al crimen suplicándole que le indicara “qué esperan de nosotros como medio” para que no volviera a haber otro periodista asesinado.1

Zacatecas es una gigantesca zona de silencio. Es el 8.o estado más grande de México, con un territorio casi del tamaño de Jalisco y bastante mayor que el de Michoacán. Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas, el 24 de febrero de 2023 había en Zacatecas 3407 personas desaparecidas y no localizadas, más 1855 personas desaparecidas que fueron localizadas posteriormente.

Sintomático de la zona de silencio: durante la dominación Zeta en el estado, los medios locales fueron desbordados por un portal de Facebook, AccesoZac, cuyos seguidores pasaron de 185 000 en 2012 a 347 000 en 2016, muchísimos más que los lectores de los cuatro medios de comunicación tradicionales del estado. Ninguno de estos medios seguía en detalle las noticias de la violencia.2

Por el contrario, AccesoZac reportaba los hechos violentos aun de regiones alejadas de las principales ciudades del estado y publicaba también, sin filtro alguno, los narcomensajes de Los Zetas, del Cártel del Golfo y de otras organizaciones criminales.3 Su éxito como fuente informativa para los zacatecanos fue su apertura a la noticia local, con mensajes enviados por la misma población y los mensajes de los grupos criminales, tal como éstos los enviaban.

Este último factor es relevante para nuestra conceptualización de la zona de silencio. La violencia como tal es difícil de interpretar, muy frecuentemente requiere de un complemento narrativo que corre a cuenta de la misma comunidad, pues hay en ella gente con explicaciones verosímiles de la violencia. Pero hay también el caso, no infrecuente, de que el propio actor violento quiere controlar su mensaje para hacer saber a quién va dirigida la violencia y qué clase de amenaza representa para qué sector de la población. Al publicar sin filtro los mensajes de las diferentes organizaciones criminales, AccesoZac se convirtió en un espacio de información vital para orientarse en el silencio.

La forma en que se anunciaba el sitio web da una idea de en qué consiste la zona de silencio como proceso histórico:

AccesoZac es un portal donde decimos las cosas sin línea, sin protocolaridades ni cantinfleos. AccesoZacPeriodismo electrónico digital prensa electrónica. Lo que los medios tradicionales no se atreven a publicar. Los seguidores, fans y usuarios de AccesoZac podrán denunciar directamente al muro toda inconformidad y hechos de violencia y seguridad.4

Como espacios de comunicación, las regiones de silencio están caracterizadas por lo que la antropóloga Riján Yeh llamó un hearsay public, es decir, un público que se conforma a través del rumor.

La mejor descripción que conozco de la forma en que opera el rumor en una región de silencio es la que hizo la antropóloga Adèle Blazquez para el municipio de Badiraguato. Blazquez cuenta su primera llegada a la cabecera de ese municipio, en 2014. Lo central en su llegada fue la vigilancia a la que estuvieron sujetos su vehículo y sus tripulantes desde mucho antes de llegar al pueblo. La carretera entre Culiacán y Badiraguato está sembrada de vigilantes, y si te paras en cualquier comercio del borde de la carretera, a comer, por ejemplo, o en la gasolinera, hay halcones. Los dueños mismos de los establecimientos pueden ser informantes. No hay extraño que se dirija al municipio exento de sospecha. La vigilancia es sorprendentemente intensa. En el camino hacia la cabecera, por ejemplo, hay tumbas a los lados del camino; las tumbas tienen cámaras que las vigilan.5 ¿Las cámaras han sido colocadas por los aliados del muerto o por aliados de sus enemigos? Si no eres de ahí, no lo sabes, pero la cámara te sugiere que el muerto que está en esa tumba forma parte de una historia todavía inconclusa, de la que cualquiera puede llegar a ser parte involuntaria por el simple hecho de haberse parado a curiosear ahí.

Dada la intensidad de la vigilancia, la gente del pueblo muchas veces prefiere desplazarse en autobús, donde hay mucho intercambio de información y donde las personas se conocen, saben quién viene de dónde y de qué manera está conectado cada cual con qué rancho o con qué familia. Dada la diversidad de nexos y conexiones que hay entre los pasajeros del autobús, el autobús ofrece un medio de transporte más seguro frente a cualquier retén que te detenga solo o con tu familia en tu camioneta.

El movimiento entre la cabecera y los cientos de ranchos del municipio es otra historia. Los caminos de la cabecera a los ranchos tienen todos grupos de gente armada que detiene a los que pasan y les cobran peaje a todos, menos a los militares.6 Opera ya en esta sencilla experiencia una geografía compleja del rumor y, por implicación, del silencio. La entrada a cualquier parte del municipio, incluida la cabecera, está vigilada y reportada, pero la persona monitoreada puede o no saber quién la está vigilando. Eso significa que el acto de ingresar a una comunidad requiere de ciertas precauciones orientadas a darle legibilidad al movimiento, idealmente comunicando la identidad y las intenciones del ingresante, o al menos la ausencia de cualquier amenaza a los posibles interesados.

Al igual que Badiraguato, Zacatecas se caracteriza por un patrón de asentamiento repleto de pequeños caseríos y ranchos, articulados social, comercial y políticamente por alguna cabecera municipal. Se trata de regiones internamente diferenciadas. Los pueblos y las ciudades principales son económicamente más complejos y están social y políticamente más abiertos que los ranchos, no porque no haya vigilancia, sino porque tienen múltiples dueños. Sus habitantes o transeúntes están siendo vigilados por actores de grupos diferentes. Por este motivo, los lugares mayores se caracterizan por una atención puntillosa al rumor.

Quisiera poner un ejemplo zacatecano de la dinámica de vigilancia, descrita por Adèle Blazquez en Badiraguato. Sólo en una ocasión he tenido el honor de acompañar una acción de búsqueda de desaparecidos. Fue en noviembre de 2022, cuando la Comisión Local de Búsqueda de Personas Desaparecidas me invitó a acompañarles en una búsqueda. Salimos temprano, a las 6:30, en caravana de la ciudad de Zacatecas al municipio de Fresnillo, a buscar en un predio que está junto al camino que va de Fresnillo a Huejuquilla.

Las reglas de la búsqueda en una zona de silencio son elocuentes. No se debe salir nunca a buscar personas desaparecidas así como así. Los lugares en que se sospecha que pueda haber fosas comunes o quemaderos suelen estar en zonas controladas por el crimen. No siempre se sabe si la búsqueda será tolerada. Los colectivos de familiares trabajan sabiendo que pueden ser atacados. La Comisión Local de Búsqueda no sale al campo sin la aprobación del fiscal del estado ni el acompañamiento de militares. El equipo táctico de los buscadores incluye chalecos antibalas.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

El convoy de búsqueda en que participé era de catorce vehículos, cuatro de la Guardia Nacional, cada uno con cinco guardias atrás, armados hasta los dientes, dos o tres de la Policía Ministerial, también con policías armados, luego un camión del ejército con trece soldados, completamente equipados y en el centro de la caravana, las cinco o seis camionetas de la Comisión Local de Búsqueda, en las que íbamos el personal de la Comisión y los familiares de las personas desaparecidas.

Los organizadores del convoy entienden que su salida de la capital está siendo vigilada por “halcones” (vigilantes) de diferentes organizaciones, que reportan desde la carretera cuántos vehículos van, de qué organización son (todos los vehículos van meticulosamente rotulados, importa mucho no ser confundido) y hacia dónde se dirigen. En principio, la vigilancia dará tiempo a los grupos del crimen de salir de los lugares hacia los que se dirige el convoy, y así permitir que las buscadoras y los buscadores hagan su trabajo. Les permiten también poner señales que indican el riesgo de seguir el camino y la conveniencia de regresar. Por ejemplo: quemar un coche.

Las policías municipales quedan excluidas de estas operaciones de búsqueda. La razón, según varias personas entrevistadas, es que las policías municipales frecuentemente forman parte del crimen organizado o están supeditadas a alguna organización criminal, de modo que la comunicación dentro de las fuerzas policiales y militares está segmentada, con una coordinación, al menos en teoría, entre las fuerzas federales y del estado, mientras que a las policías locales se les mantiene incomunicadas. Es una fractura importante. De hecho, el enfrentamiento zacatecano más sonado en los medios nacionales, donde murió el comandante estatal de la Guardia Nacional, el general José Silvestre Urzúa, ocurrió precisamente en un operativo que buscaba apresar a toda la policía municipal de Pinos, porque formaba parte del Cártel Jalisco Nueva Generación.

La sospecha de que aún los cuerpos de seguridad estatales y federales puedan estar infiltrados se expresa en rumores y versiones de todo tipo. Se ha dicho, por ejemplo, que la Guardia Nacional y el Ejército tienen preferencias encontradas entre los cárteles que operan en el estado. Se ha dicho, también, que la muerte del general Urzúa fue resultado de una trampa que le pusieron desde dentro del mismo gobierno. Se comenta que las unidades de la Guardia Nacional no atacan a las camionetas armadas del crimen organizado, ni siquiera cuando las tienen enfrente. Son rumores que hablan de preocupaciones reales.

Control y geografía del silencio

En los pasados cuatro o cinco años, el estado de Zacatecas ha sido el frente más cruento de la guerra entre dos organizaciones: el Cártel de Sinaloa y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Cada uno de estos dos grandes actores tiene como aliadas a organizaciones relativamente menguantes, como el Cártel del Noroeste, Los Talibanes o el Cártel del Golfo, y tiene control de un territorio aledaño a Zacatecas: Durango, por parte del Cártel de Sinaloa; Jalisco y Nayarit, por parte del CJNG.

Zacatecas tiene un millón y medio de habitantes y está compuesto de 58 municipios, cada uno con una cabecera municipal y un sinfín de pequeños y medianos ranchos. Tiene, además, algunas ciudades como Zacatecas, Guadalupe, Fresnillo y Jerez que están en el centro de las redes carreteras de relevancia estratégica para llevar drogas a la frontera norte.

Si se analiza el mapa municipal de Zacatecas, resulta que apenas 16 de sus 58 municipios no tiene frontera con algún otro estado, los demás las tienen, ya sea con Jalisco, Nayarit, Durango, Aguascalientes, Guanajuato, San Luis Potosí, Nuevo León o Coahuila. Casualmente, la mayor parte de los centros urbanos del estado están en municipios que no colindan con otros estados: Fresnillo, Zacatecas, Jerez, Guadalupe y Calera. Las violencias más cruentas han tendido a ocurrir en estos espacios centrales, que no son de control unitario, o en regiones de avanzada, donde un cártel pretende expulsar al otro, como en los municipios colindantes con Jalisco.

Mi idea es que hay una geografía diferenciada de control de parte del crimen organizado. Las ciudades principales son difíciles de controlar por su tamaño, pero son estratégicamente cruciales. Por ello, son espacios en que coexisten y compiten diferentes grupos del crimen organizado. En efecto, desde la derrota de Los Zetas como cártel monopólico, las ciudades zacatecanas se volvieron peligrosos territorios competidos por el crimen. Fresnillo, que está en el corazón de esta guerra, reportó en 2022 el cierre de 1600 pequeñas y medianas empresas —de un total de poco más de 4000—, abandonadas por sus dueños, con pérdida de unos 10 000 empleos, debido a las presiones de extorsión que enfrentaron. Según Rogelio Saldívar, presidente de la Cámara de Comercio de Fresnillo, 2 de cada 5 negocios han cerrado en esa ciudad. Los negocios más afectados son tortillerías, panaderías, taquerías y tiendas de abarrotes, o sea: el pequeño comercio al que se le suele exigir cuotas de entre 10 000 y 20 000 pesos mensuales.7

Además de la extorsión, la competencia entre grupos por dominar las ciudades principales del estado, y en especial Fresnillo, se da en la lucha cruenta por la venta de drogas al menudeo, sobre todo cristal y marihuana. Se expresa en el asesinato de los minoristas que distribuyen drogas de cárteles contrarios y en el intento de monopolizar la venta de droga en las minas de la ciudad, a través de alianzas con dirigentes sindicales mineros. Por tanto, se ha manifestado en algunos momentos en la identificación de facciones sindicales con un cártel o con otro y en la desaparición de personas que o bien están siendo raptadas para engrosar las filas de algún grupo, o bien están siendo desaparecidas para debilitar a un cártel contrario.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Así, los patrones de desaparición en la ciudad de Fresnillo han tenido rasgos característicos, como el ingreso de sicarios a domicilios particulares para desaparecer a miembros de una familia o el ataque nocturno a varias casas de una misma cuadra o colonia para llevarse a un número importante de jóvenes, a modo de leva. El pasado 25 de febrero se reportaron nueve desaparecidos en Fresnillo. El 17 de diciembre de 2022, una madre y su bebé fueron secuestradas y desaparecidas de su casa. El 10 de noviembre de 2022 diez hombres y mujeres fueron desaparecidos de sus domicilios, todos de una misma colonia. El 18 de diciembre de 2021 hubo un ataque en las colonias La Paz, Obrera, Plan de Ayala y en la periferia de Fresnillos (Plateros e Hidalgo de Ojuelos) en que balacearon diez casas, quemaron otras seis y desaparecieron a entre ocho y diez personas, posiblemente en respuesta a otro evento parecido, dos días antes en la colonia El Mineral.

Son notas de prensa de los pasados dos años, que ocurrieron a la par del asesinato de muchos policías, de un periodista y, desde luego, de muchas personas. El estado de Zacatecas tuvo una tasa de 109 homicidios por cada 100 000 habitantes en 2021 (la tasa media nacional en ese año fue de 28), con Fresnillo siempre a la cabeza de estas cifras.

La mezcla de estos hechos habla de una ciudad en que la competencia entre varios grupos se manifiesta, de una parte, en una enorme presión económica sobre los pequeños negocios y, de otra parte, en ataques a casas y barrios controlados por grupos contrarios. No sabemos si las desapariciones que ocurren en estos contextos van de la mano del asesinato casi inmediato de las víctimas o si son desapariciones como una modalidad de reclutamiento. La gente más enterada opina que usualmente se trata de lo segundo, es decir, del robo de personas realizado con la finalidad de ocuparlas, usualmente, como soldadas.

Tras el ocaso del monopolio de Los Zetas sobre el territorio zacatecano, después de 2011, no se ha podido reconstituir un poder unitario del crimen organizado en el estado y esto se ha manifestado en lo que podríamos llamar un “pluralismo criminal” en sus principales ciudades. Pero el control unitario existe en municipios como Sombrerete, que linda con Durango y que tiene 61 000 habitantes, de los cuales alrededor de 20 000 viven en la cabecera.

Sombrerete, refiere un informante, está controlado desde hace diez o doce años por el Cártel de Sinaloa, luego de la caída de Los Zetas en el estado. Al principio, refiere el informante, el cártel no cobraba rentas o comisiones. Pero hoy sus imposiciones tocan incluso a las tiendas Oxxo, que dejaron de vender cigarrillos porque sólo puede venderlos el cártel; tampoco los expendios de venta de cerveza pueden vender cerveza, sólo el cártel; los productores de frijol deben pagar $1000 pesos por tonelada de producto; a los compradores de ganado les cobran $400 pesos por cada animal que compran; los bares tienen que cerrar a la una de la mañana, y cualquier venta de cerveza posterior tiene que ser con el cártel. También, dice el informante, manejan unas loncherías que son puntos de venta de drogas y de cerveza, donde hay también trabajadoras sexuales, que ellos administran. Otro informante, un líder transportista, añade que en los últimos seis años ha aumentado enormemente el robo de tráileres en las carreteras de Zacatecas. Roban la mercancía y, ocasionalmente, golpean o desaparecen a los choferes.

Además, el crimen organizado obliga a los agricultores a vender sus productos dentro del municipio, aunque les quede más cerca el mercado de algún otro. Los de Sombrerete tienen que vender en Sombrerete, los de Chalchihuites en Chalchihuites, etcétera, lo cual sugiere que esta parte del negocio —llamémosle la porción extractiva o rentista— pertenece a los jefes de plaza de cada municipio.

Entre los rancheros y agricultores del municipio se entiende que si no pagan, serán secuestrados o les matarán a sus animales. Algunos compradores de ganado han abandonado el negocio por este motivo. No hay muchas quejas porque, como en los demás municipios de Zacatecas, la policía municipal depende del crimen organizado. A nivel popular, según este informante, la justicia impartida por el cártel tiene algunas ventajas: a unos jóvenes adictos que robaban para comprar drogas les cortaron las manos, lo cual redujo este tipo de crimen. Son raros los homicidios y tampoco hay muchas desapariciones. No hay ya en el municipio presencia de policía estatal ni de Guardia Nacional ni del Ejército, de modo que la justicia está en manos del cártel. Quizá también por esto, el entrevistado llamó a los miembros del cártel “nuevos señores feudales”.

El hecho es que se ha normalizado la presencia social del crimen. “Ya no se cuidan; no se tapan la cara. Todos sabemos quiénes son y no son gente de ahí, de la zona, son gente que viene de Durango, de Sinaloa, porque tienen un tono de voz muy diferente”. En sus camionetas, en sus loncherías y en sus fiestas traen “pura música que hace referencia a ese cártel (de Sinaloa)”.

La prensa regional ha hecho notar que en muchos municipios, el crimen organizado cobra por la realización de las fiestas patronales, donde tienen el monopolio de la venta de cerveza. Se trata en todos los casos de municipios donde un grupo tiene el monopolio de la violencia y de la policía. El control y la participación en la vida ritual de la comunidad son extensiones naturales de este poder.

Mi hipótesis es que en los municipios de dominio unitario el crimen tiende a desarrollar una casta militar que impone una justicia paralela y que consigue enseñorarse localmente. La metáfora de una nueva clase feudal me parece justificada: se trata, al final, de una casta guerrera, que se encarga de impartir la justicia localmente y que reclama rentas y monopolios a cambio.

Municipios segmentados

Existe un tercer tipo de situación, distinto a las ciudades con dominio múltiple, como Fresnillo, Zacatecas o Guadalupe, y también diferente de los municipios con dominio unitario, como Sombrerete. Ese tercer tipo es el de municipios que son frontera de guerra. En lugares así, un pueblo o rancho puede estar bajo el control de un grupo, otro rancho del contrario, y la cabecera municipal puede o no estar bajo control múltiple. Aquí las desapariciones se acentúan, se han multiplicado de manera alarmante, según otro informante, pero muchas de ésas no están siendo registradas.

Un informante me contó el caso de una vecina cuyo hijo, un joven gay, querido en la comunidad, muy amable y servicial, fue desaparecido de su casa junto con su pareja, también trabajador de campo. Ambos jóvenes fueron golpeados y torturados delante de la familia. Una de las razones por las que la madre no ha querido denunciar el hecho, además de creer que no tiene caso por la casi nula respuesta de la fiscalía, es que por la forma en que los trataron al llevárselos, está segura de que ya están muertos. Sobre las posibles causas de esta desaparición, mi informante no piensa que se haya tratado de un crimen de odio contra homosexuales; tampoco piensa que los desaparecieron para obligarlos a trabajar en el campo o como soldados en la guerra. Lo que piensa es que estos jóvenes pueden haberle comprado marihuana a un menudista de un grupo contrario.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

La violencia, orientada a construir un monopolio local en la venta de drogas, es frecuente en ciudades como Zacatecas, Guadalupe o Fresnillo. Lo interesante en este caso, es que sucedió en un poblado pequeño, con una población cercana a los 2000 habitantes, lo cual sugiere que ese lugar está en una situación de dominio múltiple y es muy posible que la multiplicación de las desapariciones ahí tenga esa causa.

Mi hipótesis hasta ahora es que el dominio unitario reduce las desapariciones porque resultan menos útiles, y que el dominio múltiple las aumenta.

Campamentos militares y comunidades desplazadas

En Zacatecas han surgidodos fenómenos dolorosos: la formación de campamentos de entrenamiento militar para soldados de los grupos criminales, y el desplazamiento de comunidades en municipios de dominio dividido, como Jerez, Tepetongo y Valparaíso.

Los campamentos han sido mencionados por periodistas. Destaca en sus notas el tamaño de los ejércitos que se han ido formando. Se habla de campamentos que tienen cientos de reclutas. He oído de uno en Jerez, donde al entrevistado le dijeron que había alrededor de trescientas personas entrenándose. He oído de otro, en Monte Escobedo, de quinientos reclutas. Se mencionan también campamentos más pequeños y más cercanos a las ciudades. En septiembre pasado hubo rumores de que el asesinato de seis policías municipales en Calera se debió a que el jefe de policía de esa ciudad había descubierto un pequeño campo de entrenamiento que pensaba clausurar. Cierto o falso —realmente no tengo manera de saberlo— el rumor sugiere que existe al menos el fantasma de estos espacios.

Los campos de entrenamiento pueden en un momento dado estar relacionados con la geografía de las desapariciones, tanto porque se habla de las desapariciones como un método de reclutamiento, como porque se dice que la secrecía de estas operaciones está muy cuidada y la indiscreción es severamente castigada.

Los campamentos pueden explicar también el desplazamiento de gente de los alrededores, sea para ocupar sus casas –situación reportada en varias entrevistas– como por la evacuación voluntaria de ranchos enteros.

El caso más importante de desplazamientos es el de catorce comunidades en la sierra del municipio de Jerez, que registraron como 4000 desplazados. No he podido entrevistar a alguno de estos desplazados, pero se dice que en muchos casos las familias de cada rancho optaron por huir porque el cártel había entrado a robarse a todos los jóvenes, presuntamente para reclutarlos para los campos de entrenamiento.

Los espectros

Una estrategia antropológica para acercarse al problema de la relación entre violencia y silencio es a través de los fantasmas y, especialmente, a través de la presencia espectral del crimen organizado. Defino acá la cualidad medular del espectro como “la presencia de una ausencia”. Las demás cualidades varían según las características del ser ausente y las razones por las que se está haciendo presente. No es lo mismo el espectro de un padre que fue amoroso y que se hace presente cuando uno necesita su aliento, que el de un padre que fue abusivo y que se aparece cada vez que uno se siente inseguro. Ambos padres están ausentes —ya murieron— y ambos se hacen presentes. Ambos son espectros pero con cualidades distintas.

Es evidente que un país que tiene ya 111 000 personas desaparecidas oficialmente registradas vive con el espectro de la figura misma del desaparecido, como antes en los pueblos de México se vivía con el espectro del ánima sola, es decir, de las personas que morían lejos de cualquier familia o comunidad. Los desaparecidos están ausentes por definición, pero se hacen presentes por todas partes.

Una glorieta en el Paseo de la Reforma tuvo una palmera centenaria que murió. La secó la plaga de un escarabajo. Ante la consternación pública, el gobierno de la ciudad promovió una consulta y decidió sustituir la palma con un mexicanísimo ahuehuete (que después también se secó). Cuando se extrajo la palma muerta, los colectivos de familiares de desaparecidos ocuparon aquella glorieta chimuela, se sentaron sobre los trozos serrados de la desmembrada palma y llenaron la rotonda de mantas con las fotos de sus desaparecidos, pidiendo que aquel espacio, icónico en la geografía de la ciudad, fuese dedicado a los desaparecidos.8

El gobierno de la ciudad acusó la ocupa de subvertir la voluntad democrática —había habido una consulta y la gente votó “ahuehuete”, no “desaparecido”— y removió tanto a los colectivos como a las fotos de los desaparecidos del lugar. Pero los desaparecidos siguieron apareciéndoseles al gobierno y a la sociedad, porque querían un lugar donde sus familiares pudieran reunirse a recordarlos. Así son los fantasmas. Se aparecen.

Aquella pequeña escaramuza fue una manifestación mínima de la presencia de los ausentes en nuestra sociedad —una presencia de una magnitud tal que se expresa en toda una geografía emergente de llamados ‘antimonumentos’, como el de la Glorieta de las Mujeres que Luchan, el +43, 49ABC, +65, 68, +72, el Ni Una Menos, etcétera, pero que se manifiestan de mil otras maneras: como en una credencial con la foto retuiteada de un desaparecido o en el calosfrío colectivo que recorre al cuerpo estudiantil cuando hay una nueva desaparecida en la facultad. Sobre todo, los desaparecidos se interponen entre sus familias y el grueso de la sociedad, dejándolas aisladas las más de las veces.

La lucha por visibilizar al desaparecido, presente en el hecho de que muchos antimonumentos usan el signo de la suma y se rebelan contra el de la resta (+43 en lugar de 43 menos, +72 para recordar a los migrantes masacrados en San Fernando o, de manera más directa, “Ni una menos”), se manifiesta contra la idea de que el desaparecido sea un ser aislado, importante sólo para las llamadas víctimas —su familia— e insisten en convertirlo en materia pública, pertinente para toda la sociedad. Los gobiernos —a veces la misma sociedad— suelen luchar en contra de prestarle demasiada centralidad. Ante la gravedad del fenómeno, el Estado mexicano ha promovido una ley general de desaparecidos, que dice, entre otras cosas, que todo desaparecido tiene el derecho de ser buscado, y ha creado organismos estatales, las Comisiones de Búsqueda, cuya única misión es buscarlos. Pero la especialización de la función de buscar, que es una conquista social importante, es también un intento de parte del gobierno y de la sociedad de contener la presencia de tantas ausencias, de aislarlas en un apartado administrativo especializado.

En su gran mayoría —al menos en Zacatecas— los desaparecidos han sido sustraídos de su mundo social por el vórtice de alguna organización que en sí misma tiene una presencia espectral, que está dedicada a una economía que es también espectral y que a veces se hace visible de manera indirecta en los rondines del Ejército o de la Guardia Nacional, por ejemplo, mientras que otras veces se manifiesta directamente, como cuando aparece algún encobijado a la orilla de la carretera.

El espectro de la economía criminal y la política de la no-guerra

Es necesario comprender la violencia mexicana en dos planos: el de la no-guerra “contra las drogas” por parte del gobierno y el de las pequeñas y grandes guerras que libran entre sí las organizaciones criminales. La “no-guerra” del Estado se manifiesta principalmente de dos maneras: en los gobiernos aliándose con alguna organización en contra de otras, a cambio de algunas concesiones que garanticen un mínimo de paz social, y en los gobiernos estableciendo una semblanza de control a través de la construcción de cuarteles y de cárceles, y de la presencia en las calles de las Fuerzas Armadas. Ambas estrategias son ejemplos de la no-guerra, no porque en ellas falte la violencia, sino porque no existe un proyecto realista que pueda llevar a un triunfo del Estado mexicano “contra las drogas” ni contra sus agentes económicos. Tampoco puede haber un trabajo de regulación directa de las economías ilícitas que lleve a la paz social.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Por otra parte, la saturación de los espacios públicos con la presencia militar hace crecer la imagen espectral del crimen organizado. La militarización de las calles, ciudades y carreteras del país invoca el fantasma del crimen organizado, pues la omnipresencia militar viene justificada por la ubicuidad del crimen. Así, mientras los soldados hacen sus rondines, hay halcones que los vigilan. Los puntos de venta de la droga pueden esfumarse al momento de recibir cualquier pitazo. Los señores del negocio y sus parentelas de narcojúniors, esposas y amantes se pueden confundir con el resto de la sociedad… La presencia espectral de las economías ilícitas se resiente incluso en el corazón del propio Estado. En Zacatecas, por ejemplo, hay quien dice que las 58 policías municipales se dedican a ellas.

Las alianzas de algún gobierno con un grupo criminal en contra de otro también agrandan la presencia espectral del crimen organizado, porque vuelve difusa la frontera entre el Estado y los criminales, generando la sospecha de que las dos cosas pueden ser la misma y de que no hay diferencia entre la clase política y los negocios ilícitos.

Guerras espectrales

Además de la espectralidad que les genera el Estado mexicano, las organizaciones rivales de la economía ilícita tienen sus propios mecanismos de presencia espectral. Algunos de ellos son evidentes: la propensión al secreto y a funcionar como sociedades clandestinas. Pongo un ejemplo: en Zacatecas, las guerras entre organizaciones criminales han necesitado campos de entrenamiento, o “diestras”, para formar sus cuadros armados. El extraordinario testimonio de “José” (seudónimo), un joven exsicario zacatecano, publicado por el filósofo Omar Espinosa de la Universidad Autónoma de Zacatecas, ofrece la siguiente explicación de lo que son estas “diestras”:

Ellos tienen diestras, mandan, tienen… como escuelas, pues. Yo no sé ni dónde porque, ps, lo esconden a uno, ps, también para que no se lo agarren a uno. Los mandan a… a hacer ejercicio, a enseñarlos a usarse las armas bien: cómo desarmarlas, cómo armarlas. Al campo. Ponen… ps, no sé, imágenes para tirarles… este lejos. Las pistolas: cómo se usan, al revés y al derecho; cuántas balas lleva, cuántas les puede poner, cuántas no… y así… qué calibre es cual y todo.9

En estos campamentos hay soldados profesionales que entrenan a los nuevos reclutas. En la “diestra” en que se formó a José, por ejemplo, había entrenadores que habían sido militares mexicanos, hondureños y guatemaltecos, entre otros. José no sabía identificar bien los orígenes de algunos otros, pero por el diálogo que reproduce, alguno era peruano y otros de Estados Unidos, aunque no queda claro si estos últimos eran miembros de alguna pandilla mexicana o centroamericana.

Lo relevante para nosotros es que estos campamentos tienen ubicaciones secretas, ocultas incluso para los reclutas, por lo que al hablar de ellos uno pasa rápidamente al registro del “Se dice que…”.

“Se dice que” los hay en la sierra de Jerez, en Valparaíso, en la sierra de Jalpa y en ambos lados de la frontera de Zacatecas con Jalisco. En la región de los Güirras han sufrido mucho su presencia y también en la región de los Tepehuanos, en la frontera con Durango. “Se dice que” también hay o hubo campamentos en algunas zonas urbanas, como en Calera, por ejemplo.

Lo importante acá es el “se dice que…”. Para la mayor parte de los pobladores, y aún para los propios sicarios, no está claro exactamente dónde están estos campamentos, por lo que su presencia se esparce en el paisaje imaginario. Los campamentos, como los fantasmas, se pueden aparecer si uno se mete a donde no lo llaman. Así, el espectro del campamento es un ejemplo de la relación entre violencia y silencio, porque lo desconocido de su ubicación inhibe el libre movimiento por el territorio, a la vez que magnifica la importancia del rumor.

Paso a otro ejemplo de por qué las guerras entre cárteles generan silencio: me refiero al uso conocido tanto de vigilantes (“halcones”) como de informantes infiltrados en organizaciones gubernamentales y de la sociedad civil. La gente en Zacatecas tiene cuidado no sólo de con quién habla, sino de qué y dónde lo hace. Hay temas delicados, no sólo para la gente que el sicario José llama “normal”, sino también, sobre todo, para quienes participan de la economía ilícita y enfrentan muchas dificultades para salirse del negocio. La paranoia de la infiltración corre tanto entre la sociedad “normal” como entre quienes se dedican a la economía ilícita. Eso genera “aros de silencio” que circundan muy especialmente a personas “normales” pero también a los miembros de las organizaciones criminales, cuya discreción es obligatoria.10

Quizá por esta presencia ubicua de lo ausente —una ubicuidad que está siendo recreada por el silencio mismo— se puede decir que las guerras entre cárteles tienen un fuerte carácter espectral, salvo cuando sus actores deciden hacerse visibles y legibles, deciden hacerse presentes, aparecer.

El fantasma aparecido

Entendemos poco por qué la violencia en México ha sido tan propensa a las atrocidades más repulsivas, pero está claro que esto tiene algo que ver con la dialéctica entre la naturaleza espectral de las organizaciones criminales y su necesidad de demostrar lo reales que son.

El hecho de que nadie sepa a dónde hay campamentos de adiestramiento en Zacatecas, por ejemplo, va de la mano con el hecho de que esos campamentos existen. Pero para que la geografía de la evasión, del rumor y del silencio opere, los campamentos tienen que demostrarle al mundo que existen. Tiene que haber un acto de terror en el lugar mismo o muy cerca, que luego pueda esparcirse a modo de rumor.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Por eso, así como existe el espectro agigantado de los cárteles, existe también la exhibición sobreactuada o grotesca de su existencia real, manifiesta en los cuerpos desmembrados que se dejan en lugares públicos y en los mensajes insultantes que se colocan junto a estos cuerpos. La violencia ejercida busca hacer pública la materialidad del cártel cuya existencia resulta inasible en la vida cotidiana.

En octubre del año pasado, por ejemplo, un operativo del Cártel de Sinaloa ejecutó a un jefe del CJNG apodado el Ganso y lo dejó en las calles de la ciudad de Zacatecas, envuelto en plástico, con un mensaje escrito a mano que decía:

Aquí está su comandante “Ganso” del Cártel Jalisco (JNG), esto les va a pasar a todos los que trabajan para El Jardinero, F25, o el JJ. Zacatecas tiene dueño y es del Sr. del Sombrero.
4 #Att. Operativo MZ.11

Culminaba así una ofensiva que la porción del Cártel de Sinaloa capitaneada por el Mayo Zambada había lanzado en Zacatecas casi dos años antes, a fines del 2020. Esa campaña se acompañó también de cadáveres y cárteles anunciando lo que sucedía: “Les llegó la Barredora. Esto le va a pasar a todo el que ande secuestrando o cobrando cuotas. Atte: Operativo MZ”.12

El Cártel de Jalisco no tardó en poner sus propias mantas en el centro de Jerez, tratando de presentarse como una organización respetuosa con la población local que, a diferencia de los de Sinaloa, no secuestra ni extorsiona.13

En resumen: hay momentos en que las organizaciones necesitan irrumpir en la realidad ordinaria, hacerse presentes, no sólo dejando cuerpos, sino también dejando su firma. Estos momentos usualmente son aquellos en que hay guerra, en que comienza a haber una situación de dominio múltiple, pero ocurren también dentro de cada grupo, como veremos adelante con el testimonio de José.

Los malos

La mezcla de una presencia espectral ubicua y de ocasionales apariciones violentas de lo real, conduce a una reticencia a nombrar organizaciones —una especie de tabú al nombre del cártel— y a una identificación de casta, ocupacional y moral, para quienes trabajan en esas organizaciones. La tendencia al tabú del nombre de la organización se refleja en los eufemismos o signos indirectos que se usan para nombrarlas: “Los de la última letra”, para referirse a Los Zetas, por ejemplo, o “Las Cuatro Letras” para el CJNG. Es posible que el uso insistente de seudónimos para los jefes o mandos medios tenga un origen parecido. El que ejecuta todas esas atrocidades lleva otro nombre porque pertenece a otra casta. José, el sicario reformado, le explicó una dimensión de esto al filósofo Omar Espinosa:

Así como… ps, hablan muy feo, hablan; … a las personas normales ellos las consideran como una basura. Ellos, ellos se creen la gran cosa, ¿vedá?14

Este sentimiento de casta es correspondido desde la esfera de lo que Jose llama “personas normales” con una denominación general: los Malos. Pongo un ejemplo de una de mis entrevistas:

A Camilo le desaparecieron a un hermano, Chepo (ambos seudónimos). Vivían juntos en una de las ciudades del estado y el hermano de Camilo era jornalero trabajador de campo. Un vecino conocido vino a buscarlo para que le llevara algo de pastura, pasó por él y se lo llevó. Ese vecino se sabía que andaba en malos pasos, y la tarde del día que se llevó al Chepo —quien nunca había trabajado para él— apareció asesinado y su camioneta incendiada en la ciudad de Fresnillo. El hijo y algunos otros familiares de este señor huyeron durante unos años a Estados Unidos.

Ni Camilo ni ningún otro miembro de su familia supo nunca cuál fue el paradero de Chepo ni por qué el señor que se lo llevó lo buscó expresa e insistentemente. Las idas y vueltas a la fiscalía en Fresnillo no aclararon gran cosa; ni siquiera entrevistaron a la familia del señor que se lo llevó.

Los responsables de la desaparición de Chepo —un hombre honesto, padre de un niño que ha tenido que crecer sin él y miembro de una familia que lo quería tanto que no ha parado de buscarlo ni de ir a presentar quejas a la fiscalía, aún siendo una familia de medios modestos— son identificados simplemente como los malos: gente que andaba en “malos pasos”. Si el señor de la camioneta y su hijo, que huyó por algún tiempo a Estados Unidos, pertenecían a un cártel u a otro, o si hacían trabajos ocasionales, o si tenían alguna deuda que pagar y entregar a Chepo podría solventarla, son todas especulaciones. La relación entre el culpable inmediato de la desaparición y la organización que presuntamente terminó desapareciéndolo. También está en las tinieblas. Hay gente local que sabe cosas. Esas cosas no se transparentan porque la fiscalía no hace nunca su trabajo. Y lo que queda es un silencio enclavado dentro de la comunidad misma. Un silencio entre la familia del señor que se llevó a Chepo y la familia de Chepo. Esta estructura de la sospecha dentro de la sociedad local, donde lo malo es primero una actividad —andar en “malos pasos”—y luego una identidad, ser de “los malos”, es el espacio en que se disipa toda posibilidad de justicia y verdad.

Los suicidios en Zacatecas han pasado de 38 en el año 2000 a 130 en el 2022. En el mismo periodo el número de matrimonios ha pasado de 12 800 a 7039. Los nacimientos se redujeron de 40 400 en 1994 a alrededor de 28 000 en 2021. Es evidente que el fenómeno de la desaparición no explica por sí solo estas cifras, pero las cifras zacatecanas sí me parecen extremas, y es muy real la posibilidad de que las desapariciones y el terror que las acompaña expliquen parte de esos extremos.

El sicario: del espectro a la materialidad

José se incorporó al cártel de manera voluntaria. Se cansó de no tener dinero y tenía también deseos de ser respetado, admirado o temido. Tenía una novia y quería ofrecerle una mejor plataforma material. José lo explica así:

Al principio sí, me llamaba mucho la atención el traer dinero, andar bien loco y en las trocas ahí… llamando la atención y la chingada. Me fascinaba. Andar bien vestido, cachuchas brillosas y la chingada, con dinero. ¿Por qué? Porque de chiquillo… yo decía: ‘¡Nombre!’. Cuando estaba chiquillo ni un pinchi peso traía y todo golpeado y ahora… me la pelan los güeyes, traigo feria, mi jefe también [me la pela].15

Para José, la decisión de ofrecer sus servicios al crimen organizado no arranca de lo espectral de la presencia clara del crimen en su entorno, manifiesta en las trocas, en traer dinero y andar bien vestido, con cachuchas brillosas, etc. José va a buscar trabajo en el cártel porque la riqueza, el poder y el modo de vida que genera están presentes, aun cuando las condiciones del trabajo permanezcan ocultas. Jose quiere los frutos de ese trabajo, pero desconoce el trabajo mismo. Cuando es inducido al trabajo, la dimensión oculta de la economía ilícita adquiere realidad material.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Lo primero que enfrenta José es que lo investigaron antes de darle trabajo, pues “no saben ellos si [uno] es un encubierto o de otro cártel o compa, o sea no se sabe ni qué, ¿vedá?”.16 Antes de darle trabajo, el cártel se vacuna contra alguna posible traición. Es una expresión más de las geografías del silencio, pero vista ahora desde la organización social de la economía ilícita: los nuevos reclutas de un cártel no deben estar conectados con la competencia ni con la policía, a menos que hayan sido reclutados deliberadamente por esas conexiones. La estructuración del silencio, la construcción de la discreción, está presente desde el momento mismo del reclutamiento.

Lo que sigue son ya instrucciones, mundanas y concretas, para realizar el trabajo para el que José fue reclutado, que era, en sus primeros años, vender drogas en una llamada “tiendita”:

‘Te voy a entregar tantas bolsas de, de pase de cocaína; tantas bolsas de piedra; y tantas bolsas de mota’, dijo. ‘Mira, las estas, estas, la cocaína se la puedes vender a cualquier persona, por eso no hay lío; pero las piedras, si tú le llegas a vender a uno de nosotros mismos, tienes que ponerte trucha quién son a los que les vendes piedras. Porque si le vendes a una, a una persona de la de nosotros, que ande trabajando con nosotros, si le vendes piedra… te vamos a matar’.17

José luego explica la idea que subyace a esta instrucción tan severa. La piedra es demasiado adictiva y sus efectos duran poco tiempo, 20 o 30 minutos, lo que significa que el adicto siempre quiere más y el sueldo que les pagan no alcanza para alimentar una adicción así. Si los miembros del cártel se vuelven adictos a la piedra, terminan robándole al propio cártel y eso hay que evitarlo imponiendo un castigo severísimo.

Por otra parte, el jefe de José sí le da permiso tácito de consumir marihuana o cocaína. José descubre que la naturaleza misma del trabajo de tendero lleva inevitablemente al consumo prohibido:

La droga no me entró hasta después de… como medio año, ¿por qué? Por lo mismo de que yo me desvelaba mucho y… ya me empezaba a sentir ya con sueño a veces cuando estaba trabajando. Después de tiempo, como al medio año ya me empecé a drogar. Sí, siendo tiendero… pero me empecé a drogar, a drogar. Pero no con piedra.18

Es decir, la exigencia del trabajo mismo, que pedía a veces turnos de 24 horas, lo lleva a la coca para mantenerse despierto. Más adelante, cuando José decide pasarse al trabajo de sicario, la dependencia de la droga sería mucho mayor, porque el problema ya no sería únicamente mantenerse despierto, como cuando era tiendero, sino perder la sensibilidad y tener suficiente adrenalina para asesinar, mutilar, desmembrar cuerpos o ser testigo de esta clase de actos violentos.

Me interesa señalar que, visto desde adentro, el trabajo no tiene nada de espectral. Es una organización burocrática y jerárquica parecida a la de cualquier negocio. José explica que en el nivel bajo había dos jerarquías, una ligada a la operación de las tienditas de narcomenudeo y otra ligada al manejo de los puntos, es decir, de los halcones, y a centralizar y distribuir la información que enviaban en sus reportes. Una tercera jerarquía, más selecta, era el aparato de seguridad y disciplina, las llamadas “estacas” que cuidan a los comandantes y ejecutan sus órdenes de golpear, raptar, torturar o asesinar.

Éstas son las tres jerarquías que describe José, y no otras. El robo, que aparece en cierto momento de su descripción como una práctica de los sicarios, no es una parte formal de la organización burocrática del cártel ni tampoco aparecen ramas de actividades que no sean las del narcomenudeo. Así, visto al menos desde la época y las localidades en que trabajó José, el trabajo del narco, su fuente de ingresos, era el narcomenudeo y no la producción y envío de droga a Estados Unidos. Esta situación me parece consonante con la idea que presenté en mi segunda lección en El Colegio Nacional, en el sentido de que el control de Zacatecas empezó motivado más por consideraciones estratégicas en la lucha entre Los Zetas y los cárteles de Sinaloa, el Golfo y la Familia Michoacana, que por la importancia de sus carreteras para una economía de exportación de drogas. A partir de Los Zetas, la presencia de los cárteles en Zacatecas se monta sobre el desarrollo de una economía interna, zacatecana, para esas organizaciones, y el primer ramo de esa economía fue, precisamente, el del narcomenudeo. La organización a la que perteneció José era una organización dedicada en primer lugar al narcomenudeo.

Sueldos y prerrogativas

Continuemos un momento con la relación entre lo mundano, lo real y lo espectral. José explica la relación entre tienderos y los llamados centrales, que son supervisores de tienderos, y que fue su segundo puesto en el cártel, y explica también la relación entre los halcones o puntos y los RT, que son los encargados de concentrar la información provista por los puntos y de que “no se duerman, no vayan a andar ahí regándola, de que no vayan a andar ahí haciendo loqueras”, y de los RT con los centrales, que están encargados “de estar escuchando todos los radios. Por ejemplo, de aquí y de otras tres o cuatro ciudades”.19

Cada uno de estos puestos recibe un sueldo distinto. Un tiendero ganaba $3000 pesos quincenales; un halcón, $4000 pesos; un RT ganaba $5000 o $6000 pesos quincenales; y un central ganaba de $8000 pesos quincenales para arriba. Los puestos mismos hablan de una geografía que es a la vez móvil y que está fija. Así, a los vigilantes se les llama casi indistintamente “puntos” y “halcones” —un término fijo (el punto) y uno móvil (el halcón), señalando a la vez la vigilancia de un territorio fijo y la capacidad de seguir a una presa—. La información se acopia y se concentra e incluye informaciones de varias ciudades y pueblos, no sólo de una. El encargado de esto es un central, lo que comunica una organización que opera en un conjunto de regiones, ya que hay un número indefinido de centrales.

Existe también una movilidad diferenciada entre los segmentos de la organización. A los vendedores les dicen tenderos o tienderos porque operan en tiendas, es decir, en lugares fijos. Los puntos vigilan los accesos a esos lugares, y hay centrales que fiscalizan las tiendas, mientras otros concentran la información de los radios. Por último, están los comandantes con sus guardianes: los estacas. La imagen de estaca sugiere por una parte una vigilancia inamovible y, por otra parte, abre la imagen de la comandancia como una actividad de suyo móvil. Las estacas convierten el lugar en que esté su comandante en el equivalente de un campamento; protegen al comandante y al espacio desde el que ha decidido operar. Al igual que los puntos —que son a la vez fijos y móviles, “puntos” y “halcones”— los estacas son, así mismo, fijos y móviles, defensivos y ofensivos y, por eso, se les dice indistintamente estacas y sicarios, son a la vez guardianes y asesinos.

Hay, entonces, una geografía organizacional que busca a la vez definir y apropiarse de un territorio (tiendas, puntos, estacas, centrales), y que requiere siempre de moverse, vigilar y castigar: halcones, sicarios, comandantes. Y esa característica, de ser a la vez territorial y móvil, es parte de la razón de la naturaleza espectral del negocio. Recordemos que el espectro se define como la presencia de una ausencia. El cártel siempre está y no está.

La fuerte presencia de lo inasible se manifiesta en la sociedad: en la riqueza, dispendio y desmanes de quienes operan la organización, en sus hábitos de consumo exuberantes en el abuso verbal, simbólico contra los “normales”, y en el ejercicio de la violencia. En los muertos, en los desaparecidos, pero también en la tortura y en la profanación de las personas, llevada al extremo en su desmembramiento.

Por otra parte, la labor del ala militar de la organización se orienta no sólo a defender a los comandantes contra grupos rivales o contra fuerzas del gobierno, sino también y de manera crucial, a ejercer una disciplina férrea en el interior de la organización. Así, José le explicó a Omar Espinosa cómo era de rigurosa la organización a la hora de exigirles cuentas a sus tienderos: “Porque ellos no perdonan ni 100 pesos. O sea, si a usted le dan cien bolsas de droga, esas mismas… ese mismo dinero de esas mismas 100 bolsas, les tenía que entregar completo”.20 Y, si no, también para eso estaban los comandantes:

Ellos, los comandantes, siempre… traían tablas, bates… Las tablas son unos… ps, son pedazos de tablas, las mandan a hacer… grandes. A mí… a mí nada más me tablearon una pura vez, me dieron cuarenta tablazos.21

Esa tableada, que “nada más” una vez le dieron, lo mandó al hospital y lo dejó sin poder salir de casa durante varios días. “Las nalgas no quedan moradas, quedan negras… de los golpes, de tanto golpe”. Y en toda la narración de José hay golpes o amago de golpes.

Primeros desaparecidos

José fue promovido de ser tiendero a ser central, pero ni así le alcanzaba el dinero. Él explicó la situación del siguiente modo: “Empezó la droga… empezó la droga, empezó la droga, empezó la droga. Entonces ya nada más no era, este… traer dinero para ropa. Ya no me compraba ropa, ya.. y a veces ya no le daba dinero a… mi chava, ya a veces nada… pura droga… pura droga, pura droga”.22

La droga, que José empezó a consumir para poder estar despierto durante las jornadas que tenía como tiendero, es decir, que empezó a consumir para poder cumplir con su trabajo, comenzaron a convertirse en la motivación del trabajo y José pidió y consiguió que lo “promovieran” a sicario, porque era ése un trabajo en que se ganaba más.

La droga, entonces, sirve de una parte para que los empleados de estas compañías puedan hacer lo que se les pide y, por la otra, sirve para engancharlos, y meterlos cada vez más y de manera irremediable en las entrañas de la organización. Pero esta tensión entre la droga como remedio y como enfermedad, como solución y como problema, afecta también a la organización que depende de ella.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Ya vimos cómo, cuando José ingresó al cártel, lo amenazaron de muerte si les vendía cristal a otros miembros del cártel. Hemos visto, también, el rigor —administrado a tablazos— de los comandantes contra empleados que no cumplen, que se distraen quizá por la droga que están consumiendo, que hacen desmanes que puedan en un momento dado ser incómodos o problemáticos para los comandantes. El drogadicto es a la vez un esclavo y un ladrón, una gente en la que no se puede confiar, y la disciplina, entonces, recae en la tortura y en el terror.

José habla en algún momento del tema del robo ya como acto empresarial independiente de los sicarios: “Eran ratas de a madres. En la carretera de aquí, bajaba gente de Estados Unidos… Pos, no sé si se fijó usted, ya últimamente no venían los de Estados Unidos, los robaban. ¿Y para qué? Para quitarles sus muebles [es decir, sus carros], sus pertenencias y todo”.23

Es notable, en este contexto, que los primeros casos de desaparecidos que describe Jose no son de personas que, por usar su propia terminología, fueran de los “normales” ni tampoco eran miembros de cárteles rivales, sino miembros del propio cártel que cometieron faltas graves. José le explica a Omar Espinosa cómo se realizaban estos castigos ejemplares. Se llevaban a los transgresores al monte en la noche y ponían las trocas en círculo con las luces prendidas “para aluzar en él”. En medio del círculo ponían un tanque y llamaban al transgresor a que pasara. Le decían lo que había hecho y si el sujeto lo negaba, llamaban a sus halcones a que confirmaran los hechos, con día y hora.

Entonces lo que hacían era amarrarlo, ellos usan mucho la cinta canela, la famosa cinta canela… para amarrarlos. Las manos atrás, los pies para atrás, con la cinta los amarran… Un rollo de cinta, ps, ya no se zafan, no hay manera más que con los dientes romperla, pero es muy difícil porque este tiene las manos atrás ¿no?… ¿Cómo se va a zafar?24

Luego el comandante declaraba: “¡Va a haber tanque!”. Y agarraban al transgresor amarrado a golpes y a patadas y luego lo ponían en el tanque y le echaban diésel, al tiempo que les advertían a todos los demás presentes: “Por las pendejadas que hagan, así van a acabar, güeyes”. Y luego le echaban el cerillo y quemaban vivo al transgresor.

José le cuenta a Omar Espinosa que a él personalmente le tocó ver esta clase de acto ritual de disciplina interna unas ocho o nueve veces.

La sospecha interna

Estos ocho o nueve autos de fe que José atestiguó durante sus años de sicario son también ocho o nueve desapariciones, muy probablemente no denunciadas por sus parientes. Cuando una persona anda en “malos pasos”, su gente lo sabe. Sabe que tiene dinero, sabe que anda en camionetas, sabe que hace desmanes y sabe que es drogadicto, aun cuando no sepa detalle alguno de la organización para la que trabaja. En esos casos, ir a presentar denuncias a la fiscalía parece no sólo inútil —¿acaso la fiscalía va ir a perseguir a la organización criminal a la que perteneció un hijo, cuando sabemos que esa organización está presente y que actúa y aparece y desaparece aunque haya cuarteles cerca, y aunque la Guardia haga sus rondines?—, sino también peligroso. Por otra parte, en esta clase de casos, los parientes del desaparecido frecuentemente lo dan por perdido desde antes, lo dan por muerto desde antes de que se muera. Aun así, aun cuando personas como los sicarios, tienderos, puntos o centrales que fueron ajusticiados no estén siendo buscados por sus familiares, aun en esos casos me parece que es correcto llamarlos desaparecidos. De una parte porque, al ser quemados vivos, no queda registro oficial de su muerte ni unos restos que puedan ser repatriados en su comunidad de origen ni en ninguna otra comunidad. Por otra parte, porque los testigos del auto de fe en que fueron quemados son también, de cierta manera, participantes y, en ese sentido, cómplices del acto, aunque hayan sido también testigos obligados.

La geografía del silencio recae de manera muy importante en el silencio que proviene de la complicidad del testigo. Y la desaparición tiene en el fantasma de la deslealtad interior del grupo un resorte igual de potente que el de la guerra contra algún grupo contrario.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

El chapulineo

El ingreso de gente de Durango —es decir, del Cártel de Sinaloa— a la región en que operaba José se manifestó en la desaparición de dos tienderos de diferentes lugares de su región. José y su gente se olvidaron de ello, los dieron por muertos o por fugados, pero un día llegaron por José varias camionetas con sicarios duranguenses. Lo levantaron a él y a otras cuatro gentes de su cártel. Al mejor amigo de José, que había subido con él desde los tiempos en que ambos trabajaron en la misma tiendita, lo traían ya muerto en una de las camionetas. Traían, también, a los dos tienderos que habían desaparecido tiempo antes, que les estaban ahora sirviendo de informantes.

Los de Durango, a quienes José identificó como gente muy adiestrada, todos con entrenamiento militar formal, los llevaron a la sierra y se estuvieron ahí varios días. Los obligaron a cavar un hoyo para echar al mejor amigo de José —otro desaparecido más, para la cuenta— y los tuvieron allá arriba amarrados, pasando frío y comiendo poco. Pero en vez de matarlos, les ofrecieron perdonarles la vida a cambio de que los cuatro levantados trabajaran para ellos.

José no cuenta gran cosa de en qué hubiera consistido el trabajo con los de Durango en la sierra —su descripción del entorno serrano al que lo habían llevado es el único momento en que hay una mención de laboratorios y fabricación de droga—25; parece probable que el cambio de camiseta, es decir, el cambio de cártel hubiera significado también entrevistas orientadas a la delación de antiguos compañeros, pero la entrevista no dice nada de eso porque unas personas locales, solidarias, ayudan a los cuatro cautivos a escapar y los sacan de la región para que se vayan a sus casas.

Lo que nos importa de esta parte de la historia para nuestra exploración de la geografía del silencio es que no todas las desapariciones que podríamos calificar como actos de guerra terminan en el asesinato, sino que algunas, quizá muchas, exploran la opción del reclutamiento del contrario, para valerse tanto de su trabajo como de su información.

El regreso a casa

José regresa a casa como un hombre vuelto a nacer. Besa no sólo a su madre, sino también a su padre, que es un personaje al que, en otros momentos de su narración, le tiene bastante hostilidad. Y permanece escondido en su casa durante seis meses. “No se asomaba ni a la ventana”,26 aterrado de que lo fueran a matar, ya fueran unos o los otros.

Es un contexto de dominio múltiple, como excautivo sospechosamente escapado, José podía ser sospechoso o indeseable para cualquiera de los dos cárteles. De hecho, la muchacha que los de Durango levantaron junto con José, y que también había escapado con los demás, regresó a su ciudad pero, a diferencia de José, no permaneció encerrada y escondida en su casa, sino que se paseaba tranquilamente por la calle, pero, escribe Omar Espinosa: “El cártel seguía ahí. Desconfiaron de ella. Según José, pensaron que ella le había dado información delicada al cártel contrario. Su cuerpo fue hecho pedazos y desechado en el monte”.27 Otra desaparecida.

Lo normal

El perturbador testimonio de José incluye descripciones de torturas, desmembramientos y asesinatos que el propio José tuvo que hacer o ver durante su temporada de sicario. Incluye descripciones del olor de la sangre y de una persona quemándose, de cuánto pesa una cabeza humana y otras atrocidades. Cuenta cómo va desapareciendo el gusto por esa vida:

Entonces ya después ya no fue alegría… Fue, este… tristeza, miedo… este… ps, principalmente miedo a todo, de que le fueran a hacer a uno mismo lo que, lo que yo hice, que me lo hicieran a mí. Ya no quería trabajar, a veces me hacía el malo ahí en la casa, que estaba enfermo de mi enfermedad [diabetes]”.28

El dinero, que era lo que lo había atraído, ya no le significaba lo mismo. Dice José: “Ya no me llama la atención esto de traer dinero… Ahora quisiera trabajar. Trabajar, trabajar, como las personas normales. Trabajar, sacar mi dinero como es”.

Agrega Omar Espinosa: “[José] asegura que el dinero que ganaba cuando mayor era su salario (como sicario) no le rendía para nada. Y que, en contraste, trabajando bien ‘gana poquito, pero dura… dura, dura’. Aunque dice no saber por qué”.29

José tuvo la fuerza entonces de trabajar, de volver a ganarse la vida como la gente normal. Sin embargo, las imágenes de la violencia que vivió y que él mismo ejecutó lo invaden. Ahora el espectro es el de su pasado y el de la realidad paralela que dejó, pero que sigue existiendo y se hace presente en su espíritu. Lo explica así:

Yo siento, profe, ¿cómo le puedo decir? Yo siento, que yo no siento como las demás personas… ¿Sí me entiende? Por ejemplo… yo no sé sentir, por ejemplo, los miedos que sienten otras personas, ¿sí me entiende? También los sentimientos, eso se daña mucho, porque… he visto parejas de ‘¡Ay, mi amor!, te amo mucho’. Entonces, eso yo no, no… no lo siento. Por eso es que le digo que yo no siento lo… así como las demás personas, ¿sí me entiende?… Eso… todo eso se pierde…30

Eso que se pierde puede ser descrito como la pérdida de saber dar y recibir, de saber dar sin la amenaza de quitar, de saber recibir sin pensar que eso que uno recibe lo podría uno arrancar por la fuerza. Se pierden, podría decirse así, los sentimientos de espontaneidad y apego que florecen en un mundo dominado por la reciprocidad, por el dar y el recibir, debido al trauma de haber existido en un mundo en que para darte te quitan todo antes.

La geografía del silencio es también y quizá sobre todo esta cicatriz imborrable que separa a la gente que ha vivido en una sociedad normada por la reciprocidad positiva y aquellos que optaron o fueron obligados a trabajar en una organización social que vive de la reciprocidad negativa.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de El tejido social rasgado, Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía y La nación desdibujada.México en trece ensayos, entre otros libros.


1 Villalpando, R. “‘Tregua’, pide El Diario al crimen en Ciudad Juárez”, La Jornada, 20 de septiembre de 2010.

2 Valadez, A. La guerra de Florencia. A sangre y fuego los cárteles se disputan Zacatecas, pp. 129-30.

3 Ibid., p. 130.

4 Ibid., p. 131.

5 Blazquez, A. L’aube s’est levée sur un mort. Anthropologie politique de la violence armée et de la culture du pavot à Badiraguato (Sinaloa, Mexique). Tesis doctoral, Centre d’étude des mouvements sociaux, EHESS, París, 2019, p. 67.

6 Ibid., p. 81.

7 Martínez, J. “Reportan cierre de mil 600 empresas en Fresnillo por inseguridad y extorsiones”, Milenio, 4 de marzo de 2023.

8El País, 9 de mayo de 2022.

9 Espinosa Cisneros, O. Filosofía e inscripción: Vida y muerte en tiempos de excepción, Ediciones Navarra, Ciudad de México, 2020, p. 146.

10 Ibid., p. 145.

11 “Cártel de Sinaloa ejecutó al ‘Comandante Ganso’ del CJNG y dejó una advertencia”, Infobae, 18 de octubre de 2022.

12 Ibid.

13Nueve mensajes delincuenciales públicos este viernes”, Direcciones Zac, 18 de diciembre 2012.

14 Espinosa Cisneros, O. Ob. cit., p. 140.

15 Espinosa Cisneros, O. Ob. cit., p. 151.

16 Ibid., p. 141.

17 Ibid., p. 141.

18 Ibid., p. 142.

19 Ibid., p. 143.

20 Ibid., p. 144.

21 Idem.

22 Idem.

23 Ibid., p. 150.

24 Ibid., p. 147.

25 Ibid., p. 160.

26 Ibid.

27 Ibid.

28 Ibid.

29 Ibid., p. 165.

30 Ibid., p. 152.

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Publicado en: 2023 Junio, Ensayo