La historia del mundo es tanto la historia de sus hechos y eventos como de lo que las mujeres y hombres han pensado y significado de esos hechos y eventos. El sentido no es ni puede ser unidireccional como torpemente han buscado los enfoques idealistas o materialistas que parten de una falsa oposición. Somos seres que buscamos significado y al hacerlo vamos fraguando, sin saberlo, el tiempo histórico. La forma como buscamos y vemos significados cincela el mundo tanto como el mundo hace posible la actividad significante. Asimismo, en la dimensión individual somos tanto cuerpo como ideaciones conscientes y subconscientes que reverberan con él. Cada uno somos el misterio de la encarnación para decirlo de algún modo y lo de “misterio” apunta a que las divisiones categóricas establecidas por el pensamiento como materia y espíritu colapsan en una dimensión más profunda, algo que análogamente descubrió la física cuántica con las categorías de onda y partícula. En fin, tal es la condición humana: vivir en un manicomio, pero uno que tiene cierto sentido y uno además que al construirlo nos construye. El edificio puede ser opresor o magnífico, quizás ambas cosas. También del manicomio parte un sendero que sigue una trayectoria impensada, estableciendo el itinerario de una aventura que no por extraña deja de obedecer a cierta lógica interna.
Ha habido reflexiones extraordinarias sobre el vínculo entre cristiandad y secularización en Occidente que ofrecen una perspectiva mucho más rica y compleja que la narrativa estándar centrada en la Ilustración, mostrando continuidades y rupturas mal comprendidas. Pero más allá de ello es innegable que la afirmación de la fe cristiana en sus múltiples vertientes hoy enfrenta más retos que nunca, no sólo por factores plenamente reconocidos como el avance del conocimiento científico y la dinámica de la vida moderna (el desencantamiento del mundo, diría Weber), sino por una mayor comprensión de la historicidad de los textos sagrados de la cristiandad por parte de paleógrafos y eruditos seculares, a lo que se suma la levedad que le imprime a absolutamente cualquier cosa la arena pública del ciberespacio, algo que garantiza que ninguna creencia escape al ridículo sobre todo si afirma algo vehemente o apasionadamente, invitando la complicidad universal de la carcajada y el comentario ácido. Sí, lo profundo y lo frívolo son factores y no se puede prejuzgar hoy en día sus pesos específicos.
A todo lo anterior se añade la crisis misma de las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam). Como lo muestra cruelmente el Medio Oriente, los reclamos territoriales formulados en clave monoteísta han hecho la paz imposible. Se dirá que la historia de las religiones abrahámicas fue siempre de conquista y conflicto, pero se olvida que también pacificaron vastas zonas de la geografía del mundo de otro modo volcadas al conflicto tribal. A la conquista musulmana del Magreb le sucedió el periodo de convivencia más prolongado que hubiera experimentado esa zona del mundo; pocos quizás se percatan de que la Conquista española le brindó a Mesoamérica el periodo más extenso de paz que jamás conociera. Una hazaña no menor del cristianismo fue pacificar a la Escandinavia vikinga. Tal vez no sea una casualidad que ese conjunto de naciones, quizá las más seculares de toda Europa, lleven una cruz en sus respectivas banderas. Pero la tragedia contemporánea de las religiones abrahámicas es que ya no pacifican ni siquiera ahí donde plenamente se habían asentado.
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