Agua para las flores

El siguiente cuento pertenece a El libro de las costumbres rojas (Elefanta, 2023), la primera incursión en el género narrativo de Díaz Castelo. Los personajes de estos relatos habitan espacios intersticiales, fisuras, lugares inquietantes que brotan bajo nuestra cotidianidad, en mundos luminosos y oscuros, nunca lineales, donde lo siniestro puede colindar con lo más trivial.


Manuel mira a su alrededor. Los ancianos tienen la vista perdida detrás de la tele, en el florero, en la ventana que da hacia un viejo muro. Le es fácil olvidar que él también pertenece a ese ejército de vándalos vencidos que tira al piso las papillas, se mancha la piyama y los domingos se viste de gala para recibir a los olvidados: su familia y amigos. No duran ni dos horas y ya babearon sus mejores sacos. Es una lástima, piensa Manuel, mirando hacia abajo para notar con horror que un hilo de su propia saliva ha sembrado en el azul pálido de su piyama una flor oscura de diámetro indeciso. La mancha late sobre la parte izquierda de su tórax como un corazón deforme y, debajo, Manuel siente el cascabeleo de su propia sangre ronca. Cada vez más fuerte. Evelyn no había vuelto a visitarlo desde que lo dejó en este lugar de —literalmente— mala muerte, pero hoy la enfermera pasó en su ronda matutina y le susurró: don Manu, hay que bañarlo, hoy sí viene su esposa. Entonces empezó su corazón tan tán, tan tán, tan tán. ¿Quién es?, pensó Manuel. Apenas distinguió la pregunta, como si estuviera al fondo de un lago de aguas removidas. Era un verso, recordó, de su poema favorito, que enseñó sin cansancio en la facultad durante años. Intentó recordar el título del poema, pero sólo atinó a repetir de nuevo el mismo verso, ahora en voz alta.

¿Quién es? —dice de nuevo, con la mirada fija en la mancha. La enfermera ha vuelto, lo mira de soslayo mientras coloca los pies del anciano sobre los pedales de una silla de ruedas desgastada y lo conduce en reversa hacia la puerta.

—Su esposa, don Manu. Evelyn. Viene a celebrarlo porque hoy usted cumple años. ¿Se acuerda?

Entonces el corazón de Manuel, tan tán, late tan fuerte que se desordena todo.

¿Quién es? —volvió a decir Manuel sin darse cuenta. ¿Qué seguía? ¿Qué seguía en el poema?

Dos cosas no lo dejan pensar. La primera: el olor de los tallos recién cortados de las flores. Y la segunda: con la edad, los órganos se desacomodan y naufragan a sus anchas por el cuerpo. Aquí tiene el corazón ahora en la boca, latiéndole tan fuerte, hinchado como la lengua de un ahogado de tres días. Podría masticarlo y comérselo.

—No quiero —alcanza a decir entonces.

—¿No quiere cumplir años, don Manu? Pero mírelo, tan vanidoso. Si quiere, podemos decir que cumple setenta. Será nuestro secreto, ¿cómo ve? —la enfermera toca la puerta del cuarto de regadera con el puño cerrado—. Usted sólo relájese. Déjese consentir. Se lo merece.

Me lo merezco, piensa confusamente Manuel. 

El cuarto de regadera está cubierto, piso, paredes y techo, por unos azulejos apagados y sucios. En el centro hay un banco blanco de plástico y, enroscado en el piso, el cable de una regadera de teléfono aguarda como una serpiente de agua albina.

—A ver —continúa la enfermera, como si Manuel pudiera sostener una conversación—, cuénteme de su cumpleaños favorito. Del que más se acuerde.

El cumpleaños más memorable de Manuel no fue suyo, sino de su esposa. A diferencia de él, a quien cumplir años le daba ñáñaras por aquello de estar un año más cerca de estirar la pata, a Evelyn le encantaba celebrar el suyo. Yo sí sé ver el vaso medio lleno, solía bromear Evelyn, a diferencia de ti y de tu poeta ese. Gorostiza, había dicho Manuel con una sonrisa. Ése mero. Evelyn. Su cabello cortísimo a la Sigourney Weaver y su cuerpo angosto y largo y sus uñas siempre pintadas de colores brillantes. Había preparado una gran fiesta por aquello de cumplir la edad de Cristo. Esa mañana, se despertó primero, como siempre, y se tomó un baño largo. Manuel seguía en cama, todavía medio dormido, cuando la vio salir con la bata de médico amarrada a la cintura, el torso desnudo y plano, y la mano levantada frente a ella al estilo del Cristo Pantocrátor.

—Tomad y bebed todos de ella —empezó a recitar mientras se acercaba a Manuel con la mirada fija—, porque éste es el cáliz de mi cuerpo.

Su voz tomó el tono solemne que había aprendido a impostar en la escuela de monjas.

—Así no va, Evelyn —le dijo Manuel, sonriendo—. El cáliz es de sangre.

—Ah, ¿el de la alianza nueva y eterna? —contestó ella, todavía congelada en la postura—. ¿El que será derramado por nosotros?

Evelyn era despiadada. Tenía los ojos casi amarillos. Usaba la liturgia, lo que había atinado a aprender a su pesar, sólo para burlarse de ella. Se quitó la bata de la cintura y se echó a su lado. Manuel se volteó hacia ella.

—¿No estás nerviosa? —le preguntó—. ¿No lo dudas a veces?

Evelyn no parpadeó, tomó aire con lentitud. Extendió frente a ella la mano derecha y ésta permaneció perfectamente inmóvil.

—No puede usar la carta de su pulso perfecto, doctora —le dijo Manuel. Evelyn se especializaba en cirugía cardíaca y se distinguía por su buen pulso.

—Todo esto lo hizo mi mano, y así todas estas cosas llegaron a ser.

—¿Qué?

—Isaías. Pa’ que veas que sí me sé mi Biblia.

—Evelyn, ya, en serio.

—Odio a la gente que no está dispuesta a ensuciarse las manos para hacer algo que sabe necesario. Por eso me dedico a lo que me dedico. ¿Crees que me entusiasma abrir el tórax de los pacientes con una pequeña sierra eléctrica? No, ¿verdad? Pero lo hago para salvarles la vida.

Evelyn era despiadada. Tenía los ojos casi amarillos.

El baño huele siempre a pipí encubierta con detergente. Un olor tan fuerte como un color chillón a pleno sol. A Manuel le duelen las fosas nasales mientras la enfermera lo desviste sin pudor y lo levanta en brazos para colocarlo en la silla de plástico a la mitad de ese cuarto de azulejos pastel. Manuel siente un hambre voraz que sólo había sentido de niño, cuando estaba creciendo. Piensa desolado en el viernes de rosquillas, sólo a cinco días de distancia y que, sin embargo, parece ya existir en un universo alterno, ajeno al suyo. Las rosquillas son razón suficiente, sabe ahora, para querer quedarse vivo un tiempo más.

—Tengo hambre —le declara, sin convicción, a la enfermera.

—Su esposa dice que le traerá su pastel favorito para celebrar su cumpleaños.

Tan tán tan tán tan tán. El corazón de Manuel come y escupe bocanadas de sangre. 

Cuando llegó al asilo el primer día, el olor a orines rancios, detergente y aromatizador lo transportó a la primera visita a casa de Evelyn, donde su entonces novia vivía con su madre y su hermano. El sonido de la doble cerradura al abrirse, el largo pasillo a oscuras, la voz de Evelyn como una mano, entra, y al fondo, en un cuarto encendido por luz artificial, el hombre en silla de ruedas, su torso desnudo lleno de jorobas, esperándolo como un mesías corcovado.

—Hugo, te presento a Manuel —dijo la voz de Evelyn de pasada, como quien ensaya los diálogos vacíos de una mala obra de teatro—. Manuel, éste es mi hermano, Hugo.

El joven emitió un ruido contrahecho y levantó una mano. Manuel la miró un instante, suspendida en el aire como el cráneo de un ave prehistórica, y le extendió la suya.

—Mucho gusto.

La mano, que flotaba en el aire todavía, tenía las uñas enterradas y olía a pus. La piel delgada y macilenta de su rostro alcanzaba apenas a cubrir los demasiados huesos protuberantes en el rostro del muchacho. A pesar de todo, Hugo arrugó el papel de estraza de sus mejillas, replegándolo en algo así como una sonrisa. Manuel sonrió también, aunque le dolía el desorden de huesos y cartílagos que era el hermano de Evelyn, y le dolía sobre todo su propio cuerpo dócil, su simetría burlona y saludable. Miró entonces los ojos de Hugo. Los mismos ojos de Evelyn, su amarillo afilado.

—Es como si toda su vida estuviera concentrada sólo en ese rasgo —le diría luego a ella.

—Está atrapado ahí dentro. Lo poco que es. A veces pienso que me metí a estudiar medicina por él. Me hizo ver que el cuerpo es una cárcel, casi siempre, casi todo el tiempo. A excepción del chico rato en el que está saludable y ni se nos ocurre pensar en él.

—Yo no podría vivir así —dijo Manuel y luego, casi sin pensarlo—, no querría.

Los ojos de Evelyn brillaban con el silencio de los incendios que se miran a lo lejos. No había cómo apagarlo.

—Mi mamá siempre dijo, desde que era chico, que tenía un gran corazón. Y hace poco, que lo llevé a unos estudios, me di cuenta de que es cierto. De veras. Su corazón es enorme. Del tamaño de tu pie o del pulmón de un niño. Es por el esfuerzo. El esfuerzo que hace al latir para llevar la sangre a todo su cuerpo —luego se quedó un rato en silencio y agregó—: yo tampoco.

—¿Tampoco qué?

—Tampoco querría vivir así.

Desde que internaron a Manuel en el asilo, Hugo se le aparecía en sueños. Manuel entraba al cuarto de baño y lo encontraba sentado en una silla de ruedas blanca en el centro de la habitación. Seguía contrahecho pero podía moverse con mayor soltura y, sin quitarle los ojos de encima, se metía una mano entera a la boca y comenzaba a extraer huesos. Pequeños, primero, huesos casi de pájaro, pero luego más grandes, vértebras, astrágalo. Al fin, desencajaba la mandíbula y su mano entraba hasta el fondo de su garganta para extraer un húmero, una tibia, un fémur. Los colocaba sobre su regazo y, de vez en cuando, miraba a Manuel y sonreía.

Luego, el olor de los tallos recién cortados de las flores. 

La vida de Dina, la mamá de Evelyn, giraba en torno a su hijo. Le cambiaba los pañales, lo preparaba las papillas y, levantándolo en brazos, lo colocaba sobre su cama, donde dormían juntos. Le cepillaba el poco pelo y le cantaba al oído. Conocía todas las aceras con rampas funcionales y le decía a quien se dejara: Él es inteligente. Mira cómo le brillan sus ojitos. Es listo, sólo que está allá adentro, bien al fondo. Luego le besaba las sienes y aplanaba el poco pelo que había desacomodado de su cabeza con los dedos. Dina era una mujer pequeña pero gruesa, suavecita. Todos los huesos que parecían sobrarle al hijo, que resaltaban en la piel de sus mejillas como montañas afiladas, le faltaban a su madre, redondeada y mínima, con la carne floja como de cera vieja. Una veladora olvidada que no consigue oficiar ningún milagro.

Muy pronto, Dina no tendría fuerzas para cuidarlo, le dijo Evelyn poco después de la boda. Muy pronto, ellos, los recién casados, terminarían viviendo en el cuarto de visitas de su madre para encargarse de dos inválidos. Manuel la miraba en silencio, y en su mente recitaba: lleno de mí, sitiado en mi epidermis por un Dios inasible que me ahoga.

Incluso en el cuarto de baño, bajo el detergente y los orines, ese olor. El mismo olor de los tallos recién cortados de las flores.

El cumpleaños de Evelyn avanzó tal y como lo habían planeado. Desde la noche anterior, dejaron la casa arreglada para el magno evento y pasaron la mañana inflando globos. Manuel intentaba hacer bromas ligeras, pero el cuerpo le pesaba el doble y no lograba recordar cómo sonreír. Llegaron los primeros invitados, prepararon mimosas y entonces la mamá de Evelyn tocó la puerta y se echó a andar el delicado mecanismo de relojería que habían fabricado.

—¡Olvidamos las flores! —exclamó Evelyn.

Varios invitados, incluyendo Dina, se ofrecieron a ir por ellas, pero Evelyn se negó de forma terminante.

—Gracias, pero voy yo. Prefiero escogerlas yo misma. ¿Me acompañas, Manuel?

Manuel y Evelyn entraron juntos al coche. En el asiento trasero ya esperaba un pastel idéntico al de Evelyn, pero envuelto en una caja de cartón negra. El pastel favorito de Hugo. Evelyn había pasado la noche anterior preparándolo, se había puesto guantes para manipular con todo cuidado los ingredientes que había conseguido en el hospital.

—¿Traes las llaves de casa de tu mamá? —preguntó Manuel.

—Ajá —Evelyn volteó al asiento trasero—. Las llaves y el pastel. Tenemos todo. Vámonos.

Manuel miró sus manos sobre el volante. Temblaban. 

Durante el baño, Manuel trató de concentrarse en el agua que se deslizaba, tibia, sobre su espalda. En las semanas infinitas del asilo, atesoraba esa sensación, el agua fresca sobre su cuerpo viejo. Pero esta vez no pudo disfrutarla. No dejaba de pensar en la visita inminente de su mujer. La enfermera daba vueltas a su alrededor, le levantaba los brazos, cepillaba entre sus dedos, canturreaba en voz baja.

—Lo vamos a dejar como nuevo, don Manu. Va a ver. 

Se detuvieron en la florería primero, donde Evelyn escogió casi al azar los lirios amarillos. Frente a la puerta de entrada de Dina, Manuel volvió al auto a rescatar las flores, temiendo que morirían si las dejaba ahí en el asiento trasero, encendidas por el sol. Hugo esperaba, como siempre, al fondo de su pasillo oscuro. Miraba sin sonido una película en blanco y negro pero, en cuanto notó que habían llegado, emitió un sonido aflautado con la boca. Para entonces, Manuel ya sabía interpretar ese sonido como alegría. El muchacho quería decir algo con la mirada fija en las flores, aunque de su boca salían puros sonidos desarticulados.

—Agua —dijo Evelyn—, que pongas las flores en agua para que no se mueran.

El olor de los tallos recién cortados de las flores.

Esa tarde, Dina lo encontró al llegar a casa. Su cuerpo estaba tan contraído por la inmovilidad que tuvieron que construirle un ataúd más ancho y menos largo.

Con su saco elegante azul oscuro y perfumado por el champú barato, Manuel espera a su esposa en la sala del asilo. Los viejos miran la televisión como si hubieran perdido algo en ella, babean sobre sus sombras, olvidan los nombres de sus hijos.

—Tocan —dice Manuel, aunque está muy lejos para escuchar la puerta. Pero podría jurar que escucha los huesos afilados de los nudillos de ella sobre la madera de plafón de la puerta de entrada. Tan tán tan tán. Es sólo su corazón tan grande, tan fuerte que no puede ser solamente uno. Decide que tiene, por lo menos, dos corazones. ¿De dónde, si no, saca todo este ruido?

¿Quién es? —dice Manuel en voz alta y vuelve a preguntarse y de nuevo se pregunta en voz baja, ¿qué seguía?

Manuel piensa en las donas de los viernes, en el agua fresca cayendo por su espalda, en el torso desnudo de su esposa.

Tan tán, ¿quién es? —la voz ya no le tiembla, pues se acuerda de lo que sigue como si ya hubiera sucedido—. Es el diablo.

Su esposa entra cargando un ramo de lirios amarillos.

 

Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora. Es autora de El reino de lo no lineal, entre otros poemarios.

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Publicado en: En la mesa