Historia compartida, memorias enfrentadas: Ucrania y Rusia

Les faits ne pénètrent pas dans le monde où vivent nos croyances.
Marcel Proust

El pasado, más o menos fantástico, más o menos organizado a posteriori, actúa sobre el futuro como una fuerza comparable a la del propio presente.
Paul Valéry

Más se restringe el mundo, más ansiógeno se vuelve, más los pueblos buscan tranquilizarse revisitando su pasado. Dramas viejos de muchos siglos suben a la superficie.
Bertrand Le Gendre y Gaïdz Minassian

La mala historia conduce a una mala política.
John H. Elliott

 

Todos conocemos “la inquietante extrañez de la historia”, mencionada por Sigmund Freud, y creemos saber qué es la historia, pero cuando ustedes me plantean el reto de conjugar historia con memoria, se me borra la evidencia. Historia es el cuento que uno inventa para los niños, y también la leyenda comunitaria que se enseña a los niños como a los pueblos. Nosotros intentamos vivirla como el contrato científico que obliga a descubrir lo que está escondido debajo de las apariencias, sin olvidar las presiones contradictorias del tiempo presente; por ejemplo: hablar de Rusia y Ucrania en el día 233 de la agresión rusa. ¿Cómo lograr una historia común, legible y enseñable a todos? Imposible cuando existen “ministerios de la Verdad”, cuando vuelve a funcionar el famoso chiste de los historiadores soviéticos: “Es más fácil y menos peligroso predecir el futuro que predecir el pasado”. Cuando la mala política exige del historiador una mala historia, se puede hablar de “política histórica”, Geschichtspolitik.

Sabemos también que historia y memoria se completan y se oponen en una relación complicada por el surgimiento de los conceptos “memoria colectiva” y “memoria histórica” (¿un oxímoron?). La palabra “memoria” debería reservarse al individuo todavía en vida, después de los acontecimientos que recuerda. Pertenece a los vivos y cuando no están, lo que llamamos memoria es una “falsa” memoria, producto elaborado y susceptible de ser instrumentalizado, que puede chocar con la investigación del historiador que intenta ser objetivo. Algunos autores proponen hablar de “posmemoria”, puesto que el tiempo de la memoria pasó.

Paul Ricoeur, en La mémoire, l’histoire, l’oubli (París, Le Seuil, 2000), señala la doble hybris destructora, la de una historia que quiere reducir la memoria, la de una memoria colectiva que tiende a avasallar la historia. Subraya, citando a Freud, “la inquietante extrañeza de la historia que ve la imposibilidad de resolver, en el plan gnoseológico, la competición entre el voto de fidelidad de la memoria y la búsqueda de la verdad en historia”.

Maurice Halbwachs, alumno de Émile Durkheim y de Henri Bergson, fue, a partir de 1925, el fundador del concepto “memoria colectiva”. No pudo terminar su obra porque murió en el campo de concentración de Buchenwald, en 1945. Sus publicaciones y manuscritos se reunieron en su obra póstuma La mémoire collective (1950). Para él, historia y memoria colectiva suelen, en función de las circunstancias, oponerse radicalmente. Refuta el concepto “memoria histórica” como una contradictio in terminis, porque “asocia dos términos que se oponen desde todos los puntos de vista”. Halbwachs le dedica todo un capítulo para insistir sobre el hiato que separa memoria e historia. La memoria no sólo olvida, se equivoca, deforma: dice lo que esperan de ella, lo que le hacen decir.

Lucien Febvre, quien fue su colega con Marc Bloch en la Universidad de Estrasburgo, condenó en términos enérgicos a los historiadores que dicen lo que se espera de ellos. En 1919, en su discurso inaugural, en una Alsacia que acababa de volverse francesa, reprochó a muchos colegas su “caporalización intelectual”, su belicismo germanófobo cuando confundían la enseñanza con la lucha en las trincheras, pecado compartido por sus colegas alemanes. Afirmó: “La historia que sirve es una historia sierva”.

Es necesaria, pues, la separación de la historia y el Estado, pero el Zeitgeist, el ambiente del momento, no es muy favorable a esa operación cuando truenan las guerras de las memorias opuestas, cuando preparan y justifican una guerra de verdad.

“Historia compartida”: no es historia común, única.

Digo “memorias confrontadas”, en lugar de “divididas”, porque se trata de enfrentamiento, incomprensión y guerra.

Al hablar de Ucrania y Rusia, tema dictado por el tiempo presente, en el día 233 de lo que debía ser una “Operación Militar Especial” de pocos días, uno trata de la inevitable diferencia entre dos naciones, dos identidades, dos concepciones de la sociedad y del Estado. Ucrania y Rusia han seguido caminos a veces idénticos, más bien paralelos cuando no divergentes, y en oposición abierta desde 1991. Las pasiones, exacerbadas desde la guerra de agresión que el presidente Putin lanzó en 2014 y que ya lleva ocho años, dificultan el debate honesto sobre las relaciones históricas entre Kyiv y Moscú. Las palabras han perdido toda inocencia. Decir “Kiev” y no “Kyiv” no es inocente. La separación entre Rusia y Ucrania no remonta a 1991, cuando desapareció la URSS, tampoco a 1917, cuando desapareció el Imperio zarista. En la alta Edad Media, el Gran Principado de Kyiv —llamado por los historiadores la Rus’ de Kiev— fue común a muchos eslavos hasta su destrucción por los mongoles, alrededor de 1240. Moscú ni existía, los ucranianos tampoco, los rusos tampoco. La desaparición del Gran Principado dejó un lugar para el crecimiento de la Moscovia, bajo “el yugo mongol”, mientras que los territorios que conforman hoy Bielorrusia, Ucrania y Moldavia entraron en la “República”, en la “Comunidad” formada por los reinos de Lituania y Polonia. En la segunda mitad del siglo XVII, el Imperio ruso se apoderó de Kyiv; a finales del XVIII, Moscú, Viena y Berlín se repartieron la Comunidad, de modo que fue solamente en 1945 que Moscú pudo controlar toda la Ucrania y Bielorrusia.

Ilustración: Patricio Betteo

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Publicado en: 2023 Enero, Ensayo