Morir y morirse

Morir sucede en un momento. Morirse puede ser un largo y oscuro proceso. Un accidente fatal, una certera bala o un paro cardiaco fulminante pueden convertir la vida en muerte de manera súbita, inesperada. Hemos oído reacciones a esas muertes insospechadas: “¡Qué horror, tan joven!”, “Lleno de vida”, “Nadie lo esperaba”. Sorpresa y pena presiden la resistencia a creerlo. La noticia, contundente, irreparable, sacude y entristece. No hay nada que hacer.

Morirse poco a poco, lentamente, es otra muerte. Puede ser un proceso de deterioro paulatino, un desgaste lento pero sistemático que genera dependencia y carcome la vida. El último paseo… del moribundo. Suele generar una estela de dolor e incluso de degradación porque se cancela la autonomía de la persona. Un tatuaje de sufrimiento (físico o mental) acompaña a una modalidad de la vergüenza por saberse incapaz de valerse por sí mismo. Esas muertes, pausadas, incluso anunciadas, suelen verse como un descanso, una liberación, tanto del sufriente como de las personas que lo acompañan. Son en ocasiones muertes deseadas, aunque las normas de etiqueta impidan decirlo.

Ilustración: Alberto Caudillo

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