A pesar de la explosiva política de la “frontera”, la mayoría de los estadunidenses sabe relativamente poco sobre su vecino del sur. La historia de Estados Unidos y su lugar en el mundo, que se enseña en las escuelas y universidades norteamericanas, suele enfocarse en Europa y, en segundo plano, en Asia. América Latina aparece sólo de forma episódica y, cuando lo hace, Cuba y el Caribe suelen tomar el lugar de honor. México no entra en escena sino hasta el establecimiento del Programa Bracero y el surgimiento de los conflictos migratorios posteriores a 1965, e incluso entonces el país suele ser considerado de forma superficial. Los estudios recientes sobre la migración y las interconexiones entre comunidades migrantes en ambos lados de la frontera, muchos de ellos excelentes, no han tenido un efecto importante en la conciencia popular estadunidense. Y, sin embargo, al menos durante el siglo XIX, ningún país fue más importante para el desarrollo de Estados Unidos que México.
Si bien la mayoría de los estadunidenses, presentada con un mapa de América del Norte, no dudaría en dibujar las fronteras que todos conocemos, la expansión continental de Estados Unidos fue un proceso lento y lleno de conflicto. En el momento de su fundación, Estados Unidos era una república decididamente atlántica. Sus confines se extendían desde la costa del Atlántico hasta el Mississippi al oeste, Massachusetts al norte y Georgia al sur. La mayoría de los euroamericanos —y de los africanos y afroamericanos esclavizados— de la época vivía al este de la cordillera de los Apalaches. El oeste más allá de esta cordillera era el hogar de miles de pueblos indígenas organizados en constelaciones de comunidades culturales y políticas. La política exterior de los primeros gobiernos estadunidenses giraba en torno a dos objetivos: evitar que las potencias europeas tuvieran injerencia en el Hemisferio Occidental (la famosa Doctrina Monroe de 1823) y la creación de lo que muchos llamaban “una república rodeada por océanos” que se extendería hasta el Pacífico. Tal visión excedía a la mera nación: era la idea de un imperio continental, quizás incluso hemisférico.
Tras la expulsión de Francia, Gran Bretaña y España del continente americano, los pueblos indígenas a ambos lados del Mississippi quedaron en la mira de esta visión imperial. Los ingleses fueron derrotados, primero en la Revolución norteamericana —como los estadunidenses nos referimos a nuestra guerra de independencia— y después en la Guerra de 1812; los franceses, en la Guerra de los Siete Años y en las enormes revueltas de esclavos en Saint Domingue (Haití), viéndose entonces forzados a vender la Luisiana a Estados Unidos en 1803. Por su parte, los españoles fueron derrotados en la Guerra de Independencia de México (1821) —apenas unos años después de ceder la Florida a Estados Unidos (1819)— y de nuevo en el malhadado intento de reconquista de 1829. La ausencia de una formidable alianza europea que pudiera poner límites al expansionismo norteamericano fortaleció a Estados Unidos al mismo tiempo que debilitó a los otros países del continente.
México, sin embargo, era igualmente formidable. En muchos aspectos importantes, México enfrentaba retos parecidos a aquéllos de los recién fundados Estados Unidos. Ambos países controlaban enormes territorios sobre los que tenían que gobernar. Las clases dominantes de las dos naciones se encontraban divididas entre los partidarios de concentrar el poder en el centro político y aquéllos que preferían la autonomía regional. Las vastas periferias tanto de México como de Estados Unidos vivían bajo la constante amenaza de revoltosas élites locales, así como de pueblos indígenas, tales como los fieros comanches, quienes tenían ideas muy diferentes sobre los límites a respetar y cuya economía dependía de incursiones periódicas en los asentamientos de los colonos. Si bien el Estado mexicano de la época podía presumir un ejército mucho más grande y experimentado que aquél de Estados Unidos, la extensión de tierra a cubrir era sencillamente demasiado grande. El resultado fue que los gobiernos mexicanos, como los españoles antes de ellos, se mostraron dispuestos a llegar a acuerdos con grupos de colonos anglófonos —liderados por figuras como Moses Austin y su hijo, Stephen— para permitir la formación de una colonia territorial en la provincia de Coahuila y Texas, con la esperanza de que el nuevo asentamiento ofrecería a los mexicanos de la región mayor estabilidad y seguridad.
Este artículo está disponible sólo para suscriptores
Si ya tienes una suscripción puedes iniciar sesión aquí.
Suscríbete
Suscripción plus
(impresa y digital)
1 año por $ 799 MXN
Entrega de la edición impresa*
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
*Para envíos internacionales aplica un cargo extra, la tarifa se actualizará al seleccionar la dirección de envío
Suscripción digital
1 año por $ 399 MXN
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
¿Eres suscriptor de la revista y aún no tienes tu nuevo registro?
Para obtenerlo, sólo tienes que validar tus datos o escribe a soporte@nexos.com.mx.