Vecindad, historia y fatalidad

La idea más poderosa que define el imaginario de las relaciones entre México y Estados Unidos es la fatalidad. Un designio de la Providencia puso, para bien y para mal, a México en vecindad con la república-imperio de la modernidad. Ese sino le confiere fuerza al dictum canónico atribuido a Porfirio Díaz: “Pobre México: tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. El fatalismo también tiene una vertiente cultural en su versión estadunidense. En una carta de 1815 John Adams se expresaba así: “De entre todos los católicos romanos de la cristiandad, la gente de Sudamérica es la más ignorante, la más fanática y la más supersticiosa. Creen que la salvación sólo les está reservada a ellos y a los españoles de Europa. Apenas si se la conceden al papa y a sus italianos; ciertamente no a los franceses. En cuanto a la América inglesa y todas las demás naciones protestantes, nada pueden esperar sino inextinguibles llamas eternas y el azufre. Ningún católico en la tierra fue tan abyectamente devoto de sus sacerdotes, tan ciegamente supersticioso, como esas personas. Y estos curas tenían el poder de la Inquisición para apresar a cualquier sospechoso y suprimir cualquier movimiento. ¿Era probable, posible, que un plan como el de [Francisco de] Miranda de un gobierno libre y una confederación de gobiernos libres pudiera ser introducido y establecido en tal pueblo, en ese vasto continente o en alguna parte de él? [Ese plan] me resultó más extravagante que los proyectos de Condorcet y de Brissot de establecer una democracia en Francia; proyectos que siempre me han parecido tan absurdos como serían los planes para establecer democracias entre las aves, las bestias y los peces”.

El determinismo culturalista arraiga aquí. Dadas esas taras civilizatorias la posterior diferencia en desarrollo entre las dos naciones no podía haber sido diferente. Todo esto es sorprendente porque, como señaló John Coatsworth hace veinte años en estas páginas, en 1775 el PIB per cápita en dólares de la Nueva España era sólo ligeramente inferior al de las colonias británicas que estaban a punto de independizarse (40 vs. 60). La idea de que la historia, tal como ocurrió, era inevitable es una cómoda fantasía. Coatsworth hace un ejercicio de historia contrafactual para proponer que las cosas pudieron haber sido de otra manera. Si México se hubiera independizado de España entre 1776 y 1812, el resultado posiblemente habría sido otro muy distinto. Un levantamiento en la Nueva España en 1776 hubiera impedido la ayuda francohispana a los revolucionarios norteamericanos que resultó crítica para el éxito. En efecto: “Si México se hubiera rebelado entonces, ni Francia ni España hubieran podido intervenir para ayudar a los colonos británicos. Sin ayuda externa, los colonos británicos de Norteamérica hubieran perdido su guerra de independencia. Ya que el gobierno inglés tenía poco interés en asumir los costos de administrar vastos territorios en el continente americano, la Norteamérica inglesa hubiera quedado confinada a la costa atlántica y a la Canadá oriental por lo menos una o dos generaciones. Con sus colonias americanas sometidas, para 1770 o 1778, Inglaterra hubiera estado en excelente posición para ayudar a México a consolidar su independencia de España. Una o dos generaciones es lo que necesitan los nuevos Estados para consolidar su territorio y disolver las discordias internas. Si la lucha interna de México hubiera terminado en 1820 en vez de en 1867, su crecimiento económico hubiera podido empezar cincuenta años antes y en condiciones económicas internacionales más favorables”. De igual manera, si en 1812 los norteamericanos hubieran tenido éxito en conquistar Canadá, muy probablemente sus energías en los siguientes años habrían estado concentradas en la colonización y expansión en el norte, no en el sur, del continente. Según Coatswoth, “en esta historia contrafactual, Sam Houston hubiera ido a colonizar Ontario en vez de Texas y México no hubiera tenido que enfrentar la invasión estadunidense de 1846 o la ocupación francesa de 1862”.

Repensar de manera contrafactual la relación entre México y Estados Unidos abre la imaginación a otros futuros posibles. La necesidad histórica es una fantasía. La contingencia usualmente desempeña un papel de primera línea en los acontecimientos. Ello, sin embargo, no niega que los factores estructurales, lo que se conoce como path dependency (o el efecto en el presente de la secuencia de eventos o decisiones pasadas), exista. En algunas coyunturas críticas ciertos eventos pueden colocar a un país en un sendero u otro.

Además de la fatalidad, el otro sesgo notable en la narrativa dominante de la historia de la relación entre los dos países es el énfasis en las acciones de los gobiernos y la diplomacia. Sin embargo, desde el siglo XIX, una buena parte de esa relación ha sido el producto de fuerzas sociales, grupos de interés y minorías de diversa índole interactuando a pesar de los designios de los gobiernos nacionales. Por ejemplo, para ciertos grupos en conflicto con su sociedad, México ha sido, desde finales del siglo XIX y hasta el presente, un oasis de autonomía. No la “ciudad en la colina”, sino la colina misma donde construir enclaves para vivir de acuerdo a sus creencias o ideales. ¿En qué momentos pudo haber sido distinta la historia?

Ilustración: Patricio Betteo

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Publicado en: 2022 Diciembre, Ensayo