Ofrecemos un relato de Danza de las sombras (Lumen, 2022), el primer libro de cuentos, por primera vez traducidos al español, de la escritora canadiense considerada una maestra del género.

Después la madre, Leona Parry, se tumbó en el sofá, envuelta con un mantón, y las mujeres siguieron echando leña al fuego, aunque en la cocina hacía mucho calor, y nadie encendió la luz. Leona tomó un poco de té y no quiso comer nada, y empezó a hablar con una voz entrecortada e insistente pero aún no histérica: Si yo acababa de salir de casa, no llevaba fuera ni veinte minutos…
(Tres cuartos de hora, como mínimo, pensó Allie McGee, aunque en ese momento no lo dijo. Pero se acordaba, porque había tres seriales en la radio y ella estaba intentando escucharlos, los escuchaba todos los días, y no entendía ni la mitad; Leona estaba con ella en la cocina hablando sin parar de Patricia. Leona estaba cosiendo un traje de vaquera para Patricia con la máquina de Allie; le daba demasiado rápido al pedal y cortaba el hilo de un tirón tal como salía en lugar de echarlo hacia atrás, a pesar de que Allie le había pedido que por favor no lo hiciera porque se podía romper la aguja. Se supone que Patricia debía tener el traje listo esa noche para un concierto arriba en el valle; cantaba temas del oeste. Patricia cantaba con los Artistas del Valle de Maitland, que recorrían todo el país tocando en conciertos y bailes. A Patricia la presentaban como la Dulce Novia del Valle de Maitland, el Angelito Rubio, la Chiquitina de la Gran Voz. Era verdad que tenía una gran voz, casi alarmante en una criatura tan frágil. Leona había hecho que empezase a cantar en público con tres años.
Nunca se asustó, ni una sola vez, dijo Leona inclinándose hacia delante mientras le daba con brío al pedal, actuar es algo natural para ella. El quimono abierto revelaba su torso escuálido, sus pechos caídos y con unas grandes venas azuladas que se perdían en el camisón rosa palo. No le importa, podría estar viéndola el rey de Inglaterra y ella se levantaría a cantar, y cuando terminara de cantar se sentaría, así es ella. Hasta tiene nombre de cantante, Patricia Parry, ¿a que suena como si acabaras de oírlo anunciado en la radio? Aparte, tiene el pelo rubio natural. Tengo que rizárselo con tiras de trapo todas las santas noches, pero ese rubio natural auténtico es mucho más raro que el rizo natural. Y encima no se le oscurece, en mi familia hay una estirpe de rubias naturales que no pierden el color con la edad. Aquella prima mía de la que te hablé, esa que ganó el concurso de Miss St. Catharine en 1936, esa era una de ellas, y mi tía la que murió…).
Allie McGee no dijo ni pío, y Leona cogió aire antes de continuar: Veinte minutos. ¡Y lo último que le dije cuando salí por la puerta fue: échales un ojo a los críos! Tiene nueve años, ¿no? Sólo voy en una carrera al otro lado de la calle para coser este traje, tú les echas un ojo a los críos. Y salí por la puerta y bajé los escalones y llegué al final del jardín y justo al quitar el gancho de la verja algo me paró los pies, pensé: ¡Algo no va bien! Qué es lo que no va bien, me dije. Me quedé allí y me di la vuelta para mirar el huerto y lo único que pude ver fueron los tallos de maíz y que las coles se habían helado, este año no las cosechamos, y miré la calle de arriba abajo y lo único que vi fue al viejo sabueso de Mundy echado delante de su puerta, no venían coches de un lado ni del otro y todos los patios estaban vacíos, supongo que hacía frío y no había críos jugando fuera… Y pensé: Ay, Señor, a ver si me he confundido de día y resulta que no es sábado por la mañana, sino que es un día especial que se me ha olvidado… Entonces pensé que todo era por la nieve que venía, se notaba en el aire, y ya sabes el frío que hacía, en los charcos de la calzada había hielo resquebrajado, pero no nevó, eh, aún no ha nevado… Así que cruzo la calle corriendo a casa de los McGee y subo los escalones de la entrada, y Allie me dice: Leona, qué te pasa, estás muy blanca, me dice…
Allie McGee oyó esto también y no dijo nada, porque no era un momento para precisiones de ningún tipo. Leona había ido alzando la voz cada vez más al hablar y en cualquier instante se rompería y empezaría a chillar: No dejéis que se me acerque esa cría, no quiero verla, no dejéis que se me acerque.
Y las mujeres en la cocina se agruparon alrededor del sofá, los cuerpos grandotes indiferenciables a media luz, las caras pálidas y recias se cernieron, cargadas con la máscara ritual del luto y la compasión. Ahora túmbate, dijeron con el tono ceremonioso del consuelo. Túmbate, Leona, no está aquí, tranquila.
Y la chica del Ejército de Salvación dijo, con su voz suave imperturbable: Debe perdonarla, señora Parry, solo es una niña. A veces la chica del Ejército de Salvación decía: Es la voluntad de Dios, nosotros no la comprendemos. La otra mujer del Ejército de Salvación, que era mayor, con una tez grasa y amarillenta, y una voz casi masculina, dijo: En el jardín celestial los niños se abren como flores. Dios necesitaba otra flor y se llevó a tu criatura. Hermana, deberías darle las gracias y alegrarte.
Las otras mujeres escucharon cohibidas mientras aquellas hablaban; las expresiones de sus rostros adoptaron una solemnidad pueril. Prepararon té y colocaron en la mesa las tartas y el bizcocho de fruta y los bollitos que la gente había mandado o ellas mismas habían hecho. Nadie comía nada, porque Leona no probaba bocado. Muchas de las mujeres lloraban, pero no las dos del Ejército de Salvación. Allie McGee lloraba. Era robusta, de cara plácida, pechugona; no tenía hijos. Leona encogió las rodillas debajo del mantón y se meció mientras sollozaba, meneando la cabeza de atrás hacia delante (mostrando, como algunas de las demás advirtieron con lástima, roña en los pliegues del cuello). Después se fue calmando y dijo con algo parecido a la sorpresa: Le di de mamar hasta los diez meses. Era tan bueno, además, que ni te dabas cuenta de que estaba en casa. Yo siempre decía que era el mejor que he tenido.
En la cocina oscura y caldeada las mujeres sintieron en sus propias carnes la dignidad del dolor de una madre, fueron humildes ante aquella Leona desaseada, aborrecida y desolada. Cuando entraban los hombres —el padre, un primo, un vecino, cargando leña o pidiendo avergonzados algo de comer enseguida sentían que se los excluía, que se les reprochaba algo. Salían y decían a los demás: Sí, siguen igual. Y el padre, que se estaba emborrachando un poco, se puso agresivo, porque sentía que se esperaba algo de él y que no estaba a la altura, no era justo, dijo. Y a Benny no le servirá de nada, por mucho que lloren a mares.
George e Irene habían estado jugando con sus recortes, recortando cosas del catálogo. Tenían una familia que habían sacado del catálogo, la madre y el padre y los hijos, y ahora les recortaban ropa. Patricia los observaba. ¡Mirad cómo recortáis, niños!, les dijo. ¡Mirad cuánto blanco queda alrededor de los bordes! ¿Cómo vais a conseguir que se aguante la ropa si ni le hacéis un pliegue para sujetarla? Cogió la tijera y cortó con mucha pulcritud, sin dejar nada de blanco en los bordes; ladeaba su carita pálida y astuta; apretaba los labios. Hacía las cosas como una adulta; no fingía nada. No jugaba a ser cantante, aunque iba a ser cantante de mayor, a lo mejor en las películas o quizá en la radio. Le gustaba ver las revistas de cine y las revistas de ropa y decoración; le gustaba mirar por las ventanas de algunas de las casas de la parte alta del pueblo.
Benny estaba intentando encaramarse al sofá. Agarró el catálogo e Irene le pegó en la mano. Empezó a gimotear. Patricia lo alzó en brazos con destreza y lo llevó hasta la ventana. Lo puso de pie encima de una silla mirando hacia fuera. Guauguau, Benny, mira el guauguau, le dijo. Era el perro de los Mundy, que se levantó y se sacudió y se fue calle abajo. Guauguau, repitió Benny con curiosidad, apoyando las manos e inclinándose hacia la ventana para ver adónde iba el perro.
Benny tenía dieciocho meses y las únicas palabras que sabía decir eran «guauguau» y «Bram». Bram era como llamaba al afilador que pasaba por la calle de vez en cuando; Brandon era su nombre. Benny se acordaba de él y salía corriendo a su encuentro cuando venía. Otros críos con sólo trece o catorce meses sabían más palabras que Benny, y sabían hacer más cosas, como saludar con la mano y dar palmadas, y la mayoría eran más monos. Benny era larguirucho, delgado y huesudo, y de cara se parecía a su padre: pálido, silencioso, paciente; sólo le faltaba la gorra sucia. Pero era bueno; podía pasarse horas mirando por una ventana y diciendo «guauguau, guauguau», ahora en un tono bajo y curioso, ahora canturreando, deslizando las manos por el vidrio de la ventana. Le gustaba que lo alzaras y lo llevaras en brazos, largo como era, igual que a un bebé; se quedaba tumbado mirando hacia arriba sonriente, con un poco de timidez o de recelo. Patricia sabía que era bobo; ella odiaba las bobadas. Pero él era la única cosa boba que no odiaba. Iba y le limpiaba la nariz, con destreza y desapego, intentaba hacer que hablara repitiendo las palabras que ella le decía, acercaba la cara a la suya y decía ansiosamente: Hola, Benny, ¡hola!, y él la miraba y sonreía a su manera lenta y ambigua. Eso la hacía sentir una especie de tristeza y cansancio, y se apartaba y lo dejaba para ir a hojear una revista de cine.
La chica había tomado una taza de té y un pedazo de bollo azucarado para desayunar; ahora tenía hambre. Rebuscó entre los platos sucios y los charcos de leche y gachas sobre la mesa de la cocina; cogió un bollo, pero se había empapado de leche y lo dejó donde estaba.
Esto apesta, dijo. Irene y George no le prestaron atención. Pateó un pegote de gachas que se había secado en el linóleo. Mirad. ¡Mirad eso! ¿Por qué siempre está todo hecho un desastre? Caminó alrededor pateando las cosas con desidia. En tonces sacó el balde de debajo del fregadero y un cucharón, y empezó a sacar agua de la paila de la cocina.
Voy a limpiar esto, dijo. Aquí nunca se limpia como en otros sitios. Lo primero que voy a hacer será fregar el suelo, y vosotros tendréis que ayudarme, niños…
Puso el balde encima de la cocina.
El agua ya está caliente, dijo Irene.
No lo suficiente. Tiene que estar hirviendo. He visto cómo friega su suelo la señora McGee.
Se quedaron en la casa de la señora McGee toda la noche. Llevaban allí desde que llegó la ambulancia. Vieron que Leona y la señora McGee y las otras vecinas empezaban a quitarle la ropa a Benny y parecía que partes de su piel se desprendían también, y Benny estaba haciendo un ruido, no era un llanto, sino más bien como el ruido que hacía un perro después de que le atropellaran las patas traseras, sólo que peor, y más fuerte… Pero la señora McGee los vio. ¡Marchaos, fuera de aquí!, les gritó. Id a mi casa, les gritó. Después de eso llegó la ambulancia y se llevó a Benny al hospital, y la señora McGee se acercó a decirles que Benny iba a estar un tiempo ingresado y que ellos se quedarían en su casa. Les dio pan con crema de cacahuete y pan con mermelada de fresa.
La cama en la que durmieron tenía un edredón de plumas y sábanas suaves planchadas; las mantas eran claras y esponjo sas y con un ligero perfume a naftalina. Encima de todo había una colcha de retales con la estrella de Belén; sabían que se llamaba así porque cuando se estaban preparando para ir a la cama, Patricia dijo: Madre mía, ¡qué colcha tan bonita! Y la señora McGee pareció sorprenderse y un poco distraída dijo: Ah, sí, es una estrella de Belén.
Patricia era muy educada en casa de la señora McGee. No era tan bonita como algunas de las casas de la parte alta del pueblo, pero el revestimiento exterior imitaba el ladrillo y por dentro tenía una chimenea decorativa, además de un helecho en un cesto; no era como las demás casas de la carretera. El señor McGee no trabajaba en el aserradero como los otros, sino en una tienda.
George e Irene se sentían tan tímidos y asustados en esa casa que se quedaban mudos cuando les hablaban.
Todos se despertaron muy temprano; se quedaron tumbados, incómodos entre las sábanas limpias, y vieron cómo la habitación se iba iluminando. Era un cuarto con cortinas de seda malva y persianas venecianas y rosas malvas y amarillas en el papel de la pared; era el cuarto de invitados. Hemos dormido en el cuarto de invitados, dijo Patricia.
Tengo que hacer pis, dijo George.
Te enseñaré dónde está el cuarto de baño, dijo Patricia. Está al final del pasillo.
Pero George no quería pasar por ahí para ir al cuarto de baño. No le gustaba. Patricia intentó que fuera, pero no quiso.
A ver si hay un orinal debajo de la cama, dijo Irene.
Aquí tienen cuarto de baño, no tienen orinales, se enfadó Patricia. ¿Para qué iban a querer un orinal apestoso?
Imperturbable, George dijo que no pensaba ir hasta allí.
Patricia se levantó y fue de puntillas hasta la cómoda a por un jarrón. Después de que George se aliviara, abrió la ventana con mucho cuidado sin apenas hacer ruido y vació el jarrón y lo secó con los calzones de Irene.
Niños, dijo, ahora a callar y a quedarse quietecitos. No habléis fuerte, solo susurrad.
¿Benny todavía está en el hospital?, susurró George.
Sí, contestó Patricia sin más.
¿Se va a morir?
Os lo he dicho mil veces: no.
¿De verdad que no?
¡No! Solo se le quemó la piel, no se quemó por dentro, no se va a morir por un poco de piel quemada, ¿verdad? No habléis tan fuerte.
Irene empezó a mover la cabeza en la almohada.
¿A ti qué te pasa?, le preguntó Patricia.
Era horrible cómo lloraba, dijo Irene con la cara hundida en la almohada.
Bueno, es que le dolía, por eso lloraba. Cuando lo llevaron al hospital le dieron una cosa para no le doliera.
¿Cómo lo sabes?, preguntó George.
Porque lo sé.
Se quedaron un rato en silencio y entonces Patricia dijo:
Nunca en mi vida he oído que alguien haya muerto por tener la piel quemada. Se te podría quemar toda la piel del cuerpo y no importa, te crece otra y listo. Irene, deja de llorar o te arreo.
Patricia permaneció quieta tumbada, mirando el techo, el perfil de su cara blanca contra con el malva de las cortinas de seda del cuarto de invitados de la señora McGee.
Desayunaron pomelo, que no recordaban haber probado nunca, y copos de maíz y tostadas con mermelada. Patricia observaba a George y a Irene y los regañaba: ¡Se dice por favor! ¡Se dice gracias! Y al señor y la señora McGee les dijo: Qué día tan frío. No me sorprendería que hoy nevara, ¿y a ustedes?, pero ninguno de los dos contestó.
La señora McGee tenía la cara hinchada. Después del desayuno dijo: No os levantéis, niños, escuchadme. Vuestro hermanito…
Irene rompió a llorar e hizo llorar a George, que sollozan do le dijo triunfalmente a Patricia: ¡Se ha muerto, sí que se ha muerto! Patricia no contestó. ¡Es culpa suya!, sollozó George, y la señora McGee dijo: ¡Oh, no, no, no! Pero Patricia se quedó quieta, con una expresión educada y recelosa. No dijo nada hasta que el llanto se calmó un poco y la señora McGee se levantó con un suspiro y empezó a recoger la mesa. Entonces Patricia se ofreció a ayudar a lavar los platos.
La señora McGee los llevó al centro a comprarles a todos zapatos nuevos para el funeral. Patricia no iría al funeral porque Leona decía que no quería volver a verla mientras viviera, pero también tendría zapatos nuevos; habría sido una crueldad dejarla al margen. La señora McGee los llevó a la tienda y le explicó al dueño la situación; ambos asentían y murmuraban con ademán grave. El hombre les pidió que se quitaran los zapatos y los calcetines. George e Irene lo hicieron y alargaron los pies, con las uñas negras de porquería. Patricia le susurró a la señora McGee que tenía que ir al cuarto de baño, y ella le dijo dónde estaba, en la parte de atrás de la tienda, y fue hasta allí a quitarse los zapatos y los calcetines. Se limpió los pies lo mejor que pudo con agua fría y toallitas de papel. Al volver oyó a la señora McGee diciéndole en voz baja al tendero: Debería haber visto las sábanas donde han dormido. Patricia pasó de largo sin que advirtiesen que la había oído.
Irene y George se quedaron con unos zapatos de cordones, y Patricia eligió los suyos, con una cinta y una hebilla. Los miró en el espejo bajo. Caminó hacia atrás y hacia delante contemplándolos hasta que la señora McGee la llamó: ¡Patricia, ahora no es momento de mirar zapatos! ¿Será posible?, le dijo de nuevo en voz baja al dueño mientras salían de la tienda.
Cuando acabó el funeral se fueron a casa. Las mujeres ha bían hecho la limpieza y habían retirado las cosas de Benny. Su padre se había puesto malo de tanta cerveza en el cobertizo de atrás después del funeral y se quedó fuera. A su madre la metieron en cama. Se tiró allí tres días y la hermana de su padre cuidó de la casa.
Leona dejó dicho que Patricia no se acercara a su habitación. No la dejéis subir aquí, lloró, no quiero ni verla, no me he olvidado de mi pobre bebé. Pero Patricia no intentó subir.
No prestaba atención a esas cosas; miraba las revistas de cine y se ponía sola las tiras de trapo en el pelo. Si alguien lloraba, ni se daba cuenta; con ella era como si nada hubiera pasado.
El hombre que hacía de representante de los Artistas del Valle de Maitland fue a ver a Leona. Le contó que estaban preparando el programa para un gran concierto y un baile campestre en Rockland, y quería que Patricia cantara, si no era demasiado pronto después de lo ocurrido y demás. Leona dijo que se lo tenía que pensar. Salió de la cama y fue abajo. Patricia estaba sentada en el sofá con una de sus revistas. No levantó la cabeza.
Vaya cabellera tienes, dijo Leona. Veo que has estado arreglándote el pelo sola. ¡Tráeme el cepillo y el peine, anda!
A su cuñada le dijo: ¿Qué es la vida? Hay que seguir adelante.
Fue al centro y compró unas partituras, de dos canciones: «May the Circle Be Unbroken» y «It Is No Secret, What God Can Do». Hizo que Patricia se las aprendiera, y Patricia cantó esas dos canciones en el concierto de Rockland. La gente del público empezó a cuchichear, porque se habían enterado de lo de Benny, había salido en el periódico. Señalaron a Leona, que estaba en el escenario bien vestida y arreglada, y lloraba agachando la cabeza. Alguna gente del público también lloró. Patricia no soltó ni una lágrima.
La primera semana de noviembre (y aún no había nevado, seguía sin nevar), el afilador apareció andando por la carretera. Los niños estaban jugando en los patios y lo oyeron llegar; cuando aún estaba lejos oyeron su canto ininteligible, triste y agudo, y tan extraño que si no sabías que era el afilador, podías pensar que era un loco que andaba suelto. Llevaba el mismo abrigo marrón manchado, con el bajo andrajoso descosido, y el mismo sombrero de fieltro sin copa; venía por la carretera anunciándose y los niños entraban corriendo en casa para buscar los cuchillos y las tijeras, o salían corriendo a la calle y lo llamaban entusiasmados: ¡Viejo Brandon, viejo Brandon! (porque ese era su nombre).
De pronto, en el patio de los Parry, Patricia empezó a chillar: ¡Odio al viejo afilador! ¡Lo odio!, chillaba. ¡Odio a ese viejo afilador, lo odio! Chillaba, plantada en el patio con una cara blanca y demacrada. Aquellos gritos penetrantes y temblorosos hicieron a Leona salir corriendo afuera, y a las vecinas; la llevaron dentro de casa, chillando aún. No conseguían que les dijera dónde estaba el problema; pensaron que le había dado una especie de ataque. Tenía los ojos cerrados con fuerza y la boca muy abierta; sus dientecitos puntiagudos eran casi transparentes, y se veían ligeramente picados en los bordes; parecía un hurón, un animalejo desquiciado de rabia o de miedo. Intentaron zarandearla, abofetearla, le mojaron la cara con agua fría; al final consiguieron que tomara una buena cucharada de jarabe balsámico con mucho whisky, y la acostaron en la cama.
Esa es la niña prodigio de Leona, comentaron las vecinas al irse a casa. La cantante, dijeron, porque ahora las cosas habían vuelto a la normalidad y Leona les desagradaba tanto como antes. Se rieron con pena diciendo: Sí, la futura estrella de cine. A grito pelado en el patio, cualquiera pensaría que ha perdido la cabeza.
Estaba esta casa, y las otras casas de madera que no se habían pintado nunca, con los tejados inclinados llenos de remiendos y los porches angostos y desnivelados, donde se veía el humo de la leña saliendo por las chimeneas y las caras borrosas de los niños pegadas contra los cristales. Detrás había una parcela de tierra, arada en algunas franjas, invadida por la mala hierba en otras, llena de piedras, y más allá unos pinos, no muy altos. Delante estaban los patios, los jardines muertos, la carretera gris que salía del pueblo. La nieve llegó y fue cayendo lentamente, a la par, entre la carretera y las casas y los pinos, en grandes copos al principio y luego en copos cada vez más y más pequeños, que no se derretían en los surcos de aquella tierra dura como la roca.
Alice Munro
Narradora canadiense, ganó el Premio Nobel de Literatura en 2013.
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