Historia de la indiferencia

Se confunde con apatía, pero sus cualidades son más propias del vacío que del rechazo. El desdén hermana a la indiferencia con su pariente apática, aunque la dosis de desprecio oculto hacia sus objetos, que en ocasiones carga la segunda, implica al menos una toma de postura. Ésta, a menudo dañina, no contiene el actuar indiferente. Ni siquiera eso. De ahí el lugar de la indiferencia entre los peldaños más bajos de calidad intelectual.

Con la indiferencia hemos hecho costumbre una versión de nuestras peores capacidades emotivas, el sustantivo en su actitud asocial se institucionalizó como modo de vida y condición. La superficialidad que politiza la vida sin hacer consciencia política, le sustrajo sus posibilidades benevolentes. Aquella mirada indiferente que se prestaba al coqueteo torpe ha desaparecido de los cánones aceptables para la modernidad. La mirada indiferente que llegó a pertenecer a los principios de la seducción es hoy una acepción exigua. Incluso en terrenos librescos, la indiferencia es ahora el reflejo de la falta de importancia del otro; sobre todo, en una época en la que el otro vuelve a sus instintos más gregarios: la seudopolítica de la tribu, donde no hay política necesaria porque la identidad impone el interés y desinterés a mansalva de los favores del grupo, sin detenerse en conjunto alguno fuera de sí. En una época en la cual logramos extender los sujetos de otredad y el entorno se suma a las nociones de relevancia y supervivencia. Ser indiferentes al individuo nos facilitó serlo con nuestro ambiente.

La indiferencia es una característica política tan propia de la especie como lo es la religión su ejercicio primario. Sin embargo, no ha evolucionado en paralelo. Se adecuó a la lucha contra el estado de naturaleza y los instintos, y encontró nuevos elementos sobre los que pronunciarse en su silencio. Pero no toda indiferencia es silencio. El deterioro discursivo, democrático y político la convierte en ruido, adopta su estridencia hasta anular aquello sobre lo que un proyecto civilizatorio exigiría atención. Ampliamos las preocupaciones que anteriormente admitían la indiferencia: la ecología, los derechos humanos, las preocupaciones de género, los comportamientos íntimos y violentos, etcétera. Es decir: la indiferencia es un hecho cuya esencia se ha mantenido, pero cuenta con más objetos sobre los que actuar. Sobre los que es inadmisible y, en simultáneo, en los que se abren puertas de relativización con tal de justificarla.

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Publicado en: 2022 Mayo, Ensayo