De la Cábala a las cartas del tarot de Mme. Sosostris, de los sueños bíblicos premonitorios a las profecías postapocalípticas de los poetas modernos, la historia de la literatura no consigue desprenderse de cierto halo de misterio. Y esto aún desde el último siglo en que la ciencia nos quitó el monopolio entero de la magia. Quizá porque, aunque preceptistas y académicos la encaucen, los caminos de las apropiaciones, diálogos e intercambios que hacen posible el arte literario siguen siendo inescrutables y asombrosos. Subvierten el orden lineal del tiempo, actualizan presencias inesperadas, acercan o disuelven fronteras —como las que separan a Boston de Zacatecas—, crean anacrónicos precursores o vuelven de pronto contemporáneos a Saint-John Perse y a Xenofonte.
Encuentros en el páramo
En uno de estos casos, Manuel Gutiérrez Nájera, sin saber que estaba citando, se lamentó del estado de las letras hispanoamericanas. Era 1883:
El castellano es un idioma infeliz. Fue rico y conquistador. Pero enterró sus tesoros, y las monedas que hoy extraemos de entre las piedras y la arena son monedas de museo que no circulan. No cultivamos sus heredades y hoy el diccionario está lleno de terrenos baldíos. Casi podría decirse que es un idioma empajado.
Como lo había ya mostrado José Martí un año antes en su famosa crónica sobre la visita de Oscar Wilde a Nueva York (“¿Por qué nos han de ser fruta casi vedada las literaturas extranjeras, tan sobradas hoy de ese ambiente natural, fuerza sincera y espíritu actual que falta en la moderna literatura española?”), Nájera tenía ansiedades cosmopolitas. Sus demás audacias y prisas no lo dejaron vivir más tiempo para comprobar que su idioma se liberaría de alguna de esa paja precisamente gracias a que la poesía cultivó los terrenos baldíos. Símbolo señero del mundo que Nájera no vio (murió en 1895, meses antes de Martí), las ruinas fueron pronto la imagen andante de un siglo que intentaba levantarse de la Primera Guerra —y, en México, de las cenizas de la revolución armada.
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