Fracturas de la democracia

¿Cuántos platos rotos habrá cuando concluya la administración de López Obrador en 2024? ¿Cuántos habrá cuando concluya el experimento populista de la llamada Cuarta Transformación? ¿Puede sobrevivir la democracia mexicana (en su acepción liberal) al ataque populista? ¿Será posible pegar los platos rotos para recomponer la ruta de modernización política del país?

A continuación, las principales fracturas de la democracia mexicana gestadas a partir de 2018.

La fractura de la deliberación democrática

La razón moral ha suplido a la razón democrática en el debate público. El presidente actúa como el epítome de una cuarta transformación de la vida pública que no sólo significa un cambio de los programas de gobierno, sino incluso una purificación de la vida nacional. Purificar implica superioridad moral, por eso López Obrador desenmascara y “castiga” a quien piensa diferente.

En contraste, la razón democrática o liberal asume que todos caben en el juego de la política y que el interés público se alcanza cuando una mayoría decide, pero con respeto a los derechos de las minorías. La razón moral impone y excluye; la razón democrática persuade, compite e incluye.

Con López Obrador la deliberación democrática se sustituye por la retórica de la aniquilación. El resultado es que los actores políticos y la sociedad se encierran en sus guetos y se cancela el aprendizaje colectivo.

La fractura del lenguaje

López Obrador manipula el significado de las palabras para adaptarlo a su propia narrativa polarizante. Por ejemplo: la visión simplista y tergiversada del siglo XIX del pleito entre liberales y conservadores que quiere proyectar en el México de hoy.

Dice una y otra vez que él es un liberal como Benito Juárez y se mofa de sus adversarios llamándolos conservadores. Pero liberal es quien predica la libertad en lo político y la iniciativa privada en lo económico y cultural. Y es claro que el estatismo, el nacionalismo y la orientación cristiana de López Obrador lo ponen más cerca de la figura de un conservador.

Otro concepto que López Obrador manoseó para adaptarlo a su narrativa victimista es “fraude electoral”. El entonces candidato presidencial expandió en 2006 su significado. Ya no era sólo la manipulación de los votos. Era todo. “Fraude” se convirtió en lo que Giovanni Sartori denominaba un concepto “atrapa-todo”, un término que a base de “estirarse” acaba por significar todo y por significar nada.

La destrucción del significado de las palabras destruye también las bases de la democracia. Sin referentes estables, las conversaciones públicas derivan en esgrima verbal y en gritos de propaganda. Así comienza la destrucción de la civilización.

Ilustración: Víctor Solís
Ilustración: Víctor Solís

La fractura de la rendición de cuentas

López Obrador se ha escabullido de su obligación política y legal para transparentar el funcionamiento de su gobierno y rendir cuentas al Congreso y a la sociedad, a pesar de que como político de oposición siempre lo exigió de los gobiernos a los que criticaba.

Cuando el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados en 1997, inició un proceso gradual de rendición de cuentas de los gobiernos. Vicente Fox (2000-2006) promulgó la primera ley de transparencia en 2002 y desde entonces mejoraron los instrumentos de planeación, evaluación, medición, fiscalización, y se gestaron de forma incipiente sistemas de combate a la corrupción.

Con López Obrador, la rendición de cuentas se ha sustituido por las conferencias mañaneras y por la fe ciega en las motivaciones honestas del líder. La “nueva” rendición de cuentas no mide resultados sino intenciones. No importa que las metas ofrecidas sean alcanzadas, sino que las motivaciones del nuevo gobierno son superiores moralmente.

Corolario: más opacidad, menos medición, menos memoria, menos planeación.

La fractura del pluralismo

Una narrativa populista requiere de dos bandos: un “pueblo” ultrajado y una élite rapaz. No hay puntos medios porque sin polarización la didáctica populista, “nosotros contra ellos”, se diluye.

Aunque López Obrador necesita destruir los matices y caricaturizar la historia política de México como el enfrentamiento entre dos bandos, navega en contra de una sociedad plural gestada a lo largo del siglo XX. No obstante, la pedagogía obradorista sí puede drenar los ímpetus plurales de la sociedad mexicana.

La efectividad de pintar al resto de los partidos como parte de una mafia del poder acaba por ser predictiva: porque separados son incapaces de vencer al nuevo ogro y tienen que ir de la mano como un bando que sólo protege sus intereses, cayendo así en la lógica de López Obrador.

Los ataques a ciertas universidades públicas para propiciar nuevos alineamientos y capillas culturales, la transformación de los medios de comunicación del Estado en espacios de propaganda política y los constantes embates retóricos a periodistas e intelectuales críticos forman parte de esta estrategia de polarización, cuyos resultados más palpables son la distorsión del debate público y la incapacidad para que los ciudadanos se escuchen entre sí.

La fractura del valor del mérito

Hay en la retórica obradorista una crítica constante al “mérito” como una vía para asignar recompensas económicas y profesionales a los integrantes de la sociedad. En su lugar el gobierno ofrece compensación: si has sido ultrajado, te devolvemos lo tuyo sin esfuerzo alguno.

La concepción de que el gobierno debe emparejar el piso para que el esfuerzo individual sea retribuido está siendo derruida por el gobierno de Morena a partir de la expansión de sus programas sociales, que no exigen el más mínimo requisito ni cuentan con evaluación de sus impactos mediante el ataque a las universidades públicas, como la UNAM o el CIDE, y la creación paralela de un fallido sistema de universidades Benito Juárez que no exige ningún esfuerzo de sus estudiantes para ingresar o ser graduado; y mediante el reclutamiento de personas sin experiencia ni conocimiento a altos cargos directivos del gobierno, pues “vale más la honestidad que la capacidad”.

Si el mérito y el esfuerzo se suplantan por la compensación, lo que resulta es una sociedad pasiva, entreguista, uniforme y peticionaria, todos ellos antivalores de la democracia liberal.

Dos riesgos inminentes

1. El crimen organizado como operador de campañas políticas. Aunque ha venido capturando muchos gobiernos municipales en las últimas décadas, fue hasta la elección del 2021 cuando el crimen organizado se convirtió claramente en inhibidor y movilizador del voto.

Durante décadas el enemigo a vencer para que hubiera piso parejo electoral fue el gobierno, quien distorsionaba la competencia e inclinaba la balanza a favor de los candidatos oficiales. Si nada se hace, el crimen organizado podría tomar ese lugar en pocos años. Rápidamente se daría un proceso de selección adverso en el que sólo quienes busquen hacer negocios con el crimen o representarlo querrán ser candidatos en algunas regiones del país.

2. La militarización. No sólo de la seguridad pública, sino de amplias actividades civiles que incluyen construcción de grandes obras públicas, operación de puertos y aeropuertos.

El riesgo es doble: por una parte, se corrompen las fuerzas armadas y de ser “pueblo uniformado”, como dice López Obrador, se convertirán en una oligarquía dorada, muy al estilo de las aristocracias castrenses de América Latina. Por la otra, el poder civil se vuelve rehén de los militares, quienes no requieren sentarse en Palacio Nacional para ser el verdadero factótum de la política nacional.

La suma de crimen organizado y militarismo pone en riesgo la sobrevivencia de la democracia mexicana.

Hacia 2025

La erosión de algunas prácticas e instituciones democráticas que ha sufrido el país desde 2018 son todavía restaurables, siempre y cuando en la elección de 2024 haya un reequilibrio de fuerzas políticas en el Congreso mexicano. La hegemonía es la semilla de la destrucción de las democracias, aunque sea fruto de un voto libre y democrático. Sin pesos y contrapesos entre poderes de gobierno, las fracturas democráticas serán el preámbulo de la destrucción del sistema democrático.

Si a partir de 2024, al margen de quien gane la presidencia, hay mayor equilibrio entre el Ejecutivo y el Legislativo, se puede restaurar el proceso político para llamar a cuentas al gobierno, para contener el ataque a las instituciones electorales, para exigir que se respete el significado de las palabras y de los datos.

Hay también una lucha que dar desde fuera de las instituciones políticas y de gobierno: la lucha para combatir la polarización, para vacunarnos del caricaturismo, para sembrar una nueva narrativa que combata la lógica totalizadora de López Obrador y englobe a quienes creen en la opción de construir gobiernos responsables, que actúen con base en la verdad, que valoren la pluralidad, el mérito y el piso parejo como elementos constitutivos de una sociedad abierta y democrática.

 

Luis Carlos Ugalde
Director general de Integralia Consultores

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Publicado en: 2022 Marzo, Agenda