Todos sabemos que a lo largo de los últimos 35 años, México se ha vuelto un país más abierto al mundo. La apertura de la economía, que comienza con la entrada al GATT en 1985, seguida por el TLCAN de 1994 y el T-MEC de 2019, constituyen el factor y el reflejo más connotados de esta evolución, pero no los únicos. La importancia hoy de las remesas en el bienestar nacional (más de 50 000 millones de dólares en 2021, casi cinco puntos del PIB) representan otra manifestación del mismo proceso. Las dimensiones de la inversión extranjera, del turismo y de la migración —más o menos una de cada diez personas nacidas en México vive en Estados Unidos— es una expresión adicional de esa apertura enorme de la sociedad mexicana, aunque nos encontremos en algunos aspectos por debajo de otros países de tamaño o de riqueza equivalentes. Si nos remitimos a la cantidad de mexicanos que viajan fuera del país, de los que estudian en el extranjero, del número de extranjeros que viven en México, de la penetración de internet, de la televisión de paga y de las plataformas de streaming, llegamos a la misma conclusión. El proceso de globalización del país durante estas tres décadas y media ha sido vertiginoso, profundo, amplio e irreversible. México hoy es una nación cada día más sensible a lo que sucede extramuros y, por tanto, la necesidad de seguir los acontecimientos externos, de tratar de influir en ellos, de aprovecharlos cuando nos favorecen y de protegernos de ellos cuando nos perjudican es cada vez más apremiante.
Supongamos una gráfica tradicional, con su eje vertical y su eje horizontal, y dos curvas. La primera consistiría justamente en el grado de globalización de México (todo: economía, sociedad, cultura). Coloquémoslo en el eje vertical (de la y), empezando en 1988, y terminando hoy. Ahora tratemos de medir el grado de globalización de las élites mexicanas en este mismo lapso, y fijémoslo en el eje horizontal o de la x. Enfrentaríamos de entrada un poderoso obstáculo: no existe un índice de “cosmopolitización” de grupos o de personas y, además, tendríamos que definir lo que entendemos por élites y por “cosmopolitización”. Procedamos entonces por proxy: el provincianismo de nuestros presidentes entre 1988 y 2018.

Con dos advertencias. En primer lugar, es un proxy imperfecto, aunque indicativo. El país no son únicamente sus élites; sus élites no son únicamente sus gobernantes; sus gobernantes no son únicamente sus presidentes. En segundo término, no es para nada evidente que un presidente cosmopolita resulte mejor que uno profundamente provinciano. Aunque Lula viajó extensamente por el mundo desde que emergió como líder sindical a mediados de los años ochenta, llegó a la presidencia sin haber terminado la primaria; fue un buen mandatario (salvo en el momento de escoger a su candidata a sucederlo). Abundan, por otro lado, jefes de Estado o de gobierno ilustrados y con mucho mundo que han sido desastrosos en la conducción de sus países.
Empecemos, pues, en 1988. Carlos Salinas fue un presidente más cosmopolita o globalizado que su sucesor, Ernesto Zedillo. Ambos obtuvieron doctorados Ivy League, pero por sus empleos anteriores, su historia familiar, sus orígenes regionales, Salinas tenía un mundo que Zedillo sólo adquirió durante su presidencia y, sobre todo, después.
Él, a su vez, fue un presidente más cosmopolita que Fox, no sólo por sus estudios y su tiempo vivido en New Haven, sino por su trabajo antes de ser presidente, sus amistades y colegas de estudio y empleo, y por su propia curiosidad intelectual. Pero Fox era mucho más cosmopolita que Felipe Calderón, cuya única exposición al exterior fue una breve beca de Mason Fellow en Harvard a los 35 años, cuando Fox además de su breve diplomado en la misma universidad, pasó un tiempo de internado en Estados Unidos y, sobre todo, trabajó durante veinte años para una de las empresas multinacionales más grandes y cosmopolitas del mundo. Hablaba un inglés correcto (Calderón si acaso lo aprendió durante la presidencia) y viajó extensamente durante sus cinco años como gobernador de Guanajuato.
Muchos podían pensar —injustamente— que después de Fox eran impensables mandatarios más rancheros, insulares o acomplejados que él y Calderón, pero se equivocaron. Peña Nieto carecía incluso del mundo de los dos panistas y no hizo ningún esfuerzo para superar esa tara. Viajó sin mayor curiosidad como gobernador, supimos de la calidad de su inglés en varias ocasiones y su cultura bibliográfica y su escaso interés por la discusión internacional o intelectual fueron notorios.
Cuando la mula no daba más, y parecía inconcebible que el país aguantara a un presidente más aldeano que Peña Nieto, llegó López Obrador. Su falta de curiosidad por el mundo alcanzó el grado de no viajar más que dos días a Washington durante la primera mitad de su sexenio y sólo recibir a homólogos extranjeros de países centroamericanos o bolivarianos. El único mandatario europeo en visitarnos ha sido Pedro Sánchez, de España, en los primeros días del sexenio; ni Japón ni China ni Estados Unidos ni Canadá ni la India ni Nigeria o Egipto ni Turquía o Irán se han dignado a viajar a México.
La gráfica es cristalina. La globalización del país crece (o sube) sistemáticamente; la de sus presidentes decrece (o baja) sistemáticamente. La sensibilidad, vulnerabilidad u oportunidad del país ante el exterior es cada vez mayor; la capacidad de sus presidentes de entender al resto del mundo, de aprovecharlo o de blindarnos frente a él es cada vez menor. Algún día, una de las dos curvas tendrá que enderezarse. Como es poco probable que el país se vuelva a cerrar, será del lado de los presidentes que deberá llegar la rectificación. Pero no parece inminente.
Jorge G. Castañeda
Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Profesor de política y estudios sobre América Latina en la Universidad de Nueva York. Entre sus libros: Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia y Sólo así: por una agenda ciudadana independiente