Coloquio de Primavera

La escaramuza contra la revista Nexos y el Coloquio de Invierno ha sido culminada por Octavio Paz poniéndose al frente de algunos de sus colaboradores para escribir, en el número 185 de Vuelta (abril, 1992), una prolija colección de imputaciones. No deja de sorprendernos el espectáculo de este Premio Nobel mexicano, foco de todos los reconocimientos, regateando su lugar en un banquete que dice despreciar y al que, por lo demás, fue debidamente invitado. Su escaramuza ha convocado, fuera de Vuelta, otras jaurías. Son en parte las mismas que antes mordieron a Paz: en el tazón revuelto del antiintelectualismo y el rencor cultural, las vísceras son manjares.

Creemos que los lectores merecen algunas aclaraciones racionales en medio del ruido y también un intento de reflexión sobre ciertos temas de fondo de nuestra realidad cultural, vinculados a esta escaramuza. Hemos tratado de satisfacer ambas exigencias en las líneas que siguen, que son el compendio de dos rondas de conversación del Consejo Editorial de Nexos.

1. EL COLOQUIO DE INVIERNO

A fuerza de repetir su versión de los hechos, Paz ha terminado por dibujar el Coloquio de Invierno como una maniobra ideológica excluyente -izquierdista, sectaria, procastrista- financiada por el gobierno para favorecer a un grupo.

Invitados y autoexcluidos

El argumento de la exclusión que Paz esgrime es doble: hubo exclusión de personas y hubo exclusión de ideas. La exclusión de personas se funda en que no se invitó, o se invitó “tardíamente”, a Octavio Paz y, “en general a Vuelta” (Octavio Paz: “La conjura de los letrados”, Vuelta No. 185). La realidad es que, en lo particular, fueron invitadas al Coloquio de Invierno ocho personas vinculadas a la revista Vuelta. Por orden alfabético: Julieta Campos, Salvador Elizondo, Octavio Paz, Alejandro Rossi, Alberto Ruy Sánchez, Jaime Sánchez Susarrey, Ramón Xirau y Gabriel Zaid. Rehusaron asistir Elizondo, Paz, Zaid y Jaime Sánchez Susarrey -quien había aceptado en un principio y rectificó después su decisión-. Acudieron en cambio al Coloquio, Julieta Campos, Alejandro Rossi, Alberto Ruy Sánchez y Ramón Xirau. Cuatro de ocho. ¿Exclusión o auto-exclusión?

La “tardanza”

Tan “tardíamente” como se invitó a Paz al Coloquio, tres semanas antes, se invitó a otras personas que sí accedieron. Por ejemplo, Horacio Flores de la Peña y Alvin Toffler, quien aceptó la invitación en esas fechas, aunque pidiendo un pago muy superior a lo previsto para los conferenciantes del Coloquio. Por lo demás, igual de “tardíamente”, con tres semanas de anticipación, fueron invitados algunos miembros de Nexos a participar en el Encuentro de Vuelta, hace dos años. Todos los invitados aceptaron y a nadie le pareció que fuera una afrenta la “tardanza”, aunque Vuelta llevara varios meses cocinando su Encuentro. La invitación era a participar en el Encuentro, no a organizarlo: ¿para qué hacía falta saber de sus proyectos desde el principio?

Ideas y obsesiones

Por lo que hace al argumento de la exclusión ideológica, en el sentido de que todo el Coloquio fue la repetición del izquierdismo de siempre, los libros del Coloquio hablarán por sí mismos. El público, como siempre, juzgará. Serán tres libros que estarán en circulación, probablemente, antes de que termine la primavera. Recogen unas mil cuartillas, escritas por casi cien autores, treinta y siete de ellos extranjeros, ordenados según los temas del Coloquio: I. La situación mundial y la democracia, II. Las Américas en el horizonte del cambio, III. México y los cambios de nuestro tiempo. Presiden cada tomo los textos de las lecciones inaugurales de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Fernando del Paso, ninguno de los cuales forma parte del Consejo Editorial de Nexos.

Es absurdo pensar que, precisamente en este momento de derrumbe de las ideologías izquierdistas y gran avidez por nuevas respuestas a viejos problemas, nos hubiéramos dedicado a montar un coro de cien gentes para celebrar viejas ideas y tararear discos rayados. Paz exagera. No está hablando de lo que pasó en el Coloquio, sino de sus obsesiones ideológicas. Es su derecho y el de todo mundo: a cada quien su Coloquio -y su soliloquio- de Invierno.

Sin recetas

Nosotros mismos tenemos una valoración inacabada del Coloquio de Invierno. Si hubiera que resumir su espíritu, diríamos que fue una invitación a repensar las cosas, más allá de las recetas heredadas del mundo bipolar de la posguerra. El leit motiv del Coloquio fue, sobre todo, la noción de que la historia no ha terminado. El horizonte de nuestro futuro está abierto a la imaginación, no hay fórmulas triunfadoras que puedan resolver mecánicamente los problemas de nuestras sociedades. Los viejos dilemas Mercado/Estado, Libertad/Igualdad, pueden y deben pensarse en un marco de matices más amplio que el del neoliberalismo ramplón o el estatismo de viejo cuño. Porque los grandes cambios de nuestro tiempo no han dado una respuesta satisfactoria a los nudos de siempre. Y muchísimo menos al mayor de todos: los abismos sociales del desarrollo. Ese fue el tema central del Coloquio, lo que nos propusimos hacer y lo que, al menos en parte, creemos haber logrado.

El público

El Coloquio fue, de eso estamos ciertos, un éxito de público y prensa. Quienes se glorian tanto de escribir sólo para los lectores, para la sociedad, y en ningún caso para el Príncipe, deberían aceptar con humildad este sencillo veredicto del público: durante diez días, en sesiones de ocho horas diarias promedio, los asistentes al Coloquio colmaron el Auditorio Alfonso Caso y en ocasiones ocuparon todos los espacios anexos al recinto, donde se habían instalado monitores para ver los debates. Sesenta instituciones públicas y privadas de educación superior recibieron la imagen de televisión. Doscientos periodistas acreditados cubrieron el evento. Sólo en los diarios de la capital, hasta la última semana de febrero, se habían publicado 585 notas informativas y 139 artículos de opinión sobre el Coloquio: más de 420 planas impresas.

El Coloquio fue un éxito de público también en otro sentido: mostró hasta qué punto hay en México una sociedad ávida de ideas y análisis, receptiva a la creación intelectual y dispuesta como pocas a la reflexión y al debate. La existencia estimulante de ese público, para quien la vida intelectual no es parte de los enredos abstractos de una élite remota, sino una cuestión urgente, parte inseparable y natural de su quehacer diario, es nuestra satisfacción mayor del Coloquio. Para atender a ese público -al que Paz llama “cascos de calabaza”- la fórmula del Coloquio de Invierno debiera propagarse a las demás estaciones del año y a las demás ciudades de la república. Ese público es el más sólido indicio del vigor cultural del país y la mejor de las noticias para escritores, intelectuales y creadores: la noticia de un mercado cultural en crecimiento y de un interlocutor inteligente en expansión.

El dinero

No ha sido el más noble argumento contra el Coloquio y sus organizadores, la pequeña idea de que fue ilegítimamente pagado con fondos públicos para favorecer a Nexos. Queremos repetir lo que informamos públicamente en su oportunidad, sin que los oídos acusadores dieran crédito pleno a la sencilla verdad de los hechos: junto con la idea original del Coloquio y su trabajo en el mismo, Nexos fue el gestor de una aportación privada que pagó 1,000 de los 1,170 millones de pesos que costó la organización del Coloquio de Invierno.

Repetimos: 1,000 de los 1,170 millones que costó el Coloquio vinieron no de los fondos públicos o los impuestos de los contribuyentes, sino de la aportación de patrocinadores privados, a quienes agradecemos una vez más su compromiso con las nuevas perspectivas de la cultura mexicana. El reconocimiento a su aportación acompañará como sello de origen todos los productos derivados del Coloquio, en título de igualdad, junto con la UNAM, el CONACULTA y Nexos. De nuevo: a ellos, muchas gracias.

Las instituciones

Quisiéramos advertir, no obstante, contra los riesgos de un criterio tan estrecho como el de censurar que una institución pública se una a un grupo cualquiera para realizar un acto cultural. Es absurdo exigir del CONACULTA y, menos aún, de la UNAM, cuya autonomía nadie ha regateado, que no gasten sus fondos precisamente en uno de los fines para los que estas instituciones fueron creadas: la organización de actividades intelectuales, culturales, artísticas y educativas, de las que el Coloquio de Invierno resultó una de las más exitosas.

El Coloquio de Invierno terminará generando excedentes en lugar de costar a las instituciones participantes. Pero si así no hubiera sido, si el Coloquio hubiera arrojado déficit, incluso un déficit total, CONACULTA y la UNAM no estarían en falta. No habrían hecho sino cumplir sus obligaciones institucionales al organizar el Coloquio de Invierno, con Nexos esta vez, como organizan cada semana actos culturales, con otros grupos, en mejor servicio del público y sin que nadie se llame a afrenta.

Fondos y proyectos

El escándalo levantado por Paz no debe inhibir este mecanismo ni someterlo a la torcida idea de que nadie, salvo las instituciones y sus burocracias, tiene derecho a gastar fondos públicos en proyectos culturales. Por el contrario, las instituciones culturales deben poner sus fondos públicos al servicio de proyectos que vengan de grupos y personas de la sociedad. Lo que urge, precisamente, es ampliar la canalización de recursos a proyectos, obras y grupos ajenos a las dependencias culturales del gobierno. Para ello sería conveniente, y es nuestra propuesta, reducir la discrecionalidad de las autoridades en esa materia y crear comités de pares que asignen recursos públicos a proyectos que vengan del público. El mecanismo funciona ya en algunos circuitos de la investigación científica para la organización de congresos y reuniones de diverso tipo.

Más, no menos grupos

Defendemos no sólo el derecho, sino la obligación de las instituciones públicas de cultura, de mantenerse abiertas a las propuestas de los grupos de la sociedad. Y reiteramos lo elemental: esas instituciones no toman partido, ni casan sus destinos con determinado grupo, por el hecho de asociarse temporalmente con él para realizar un evento. Por el contrario, la responsabilidad de tales instituciones, su función misma, y hasta su deber, es mantener sus puertas abiertas a propuestas de todos los grupos, juntos o separados, y ayudar por esa vía a hacer más rica y más habitable nuestra casa común, que es la cultura mexicana.

Sería un siniestro antecedente que tomara carta de naturalidad entre nosotros la peregrina idea de que los dineros de las instituciones culturales no deben gastarse en proyectos de grupos específicos. Y absurda sería la pretensión de que todo lo hecho por las instituciones públicas de cultura incluya, cada vez, a todo mundo: ¿todas las tendencias del teatro en cada obra de teatro? ¿Todas las personas notables del país en cada acto notable de la cultura del país? Sería ridículo. Las instituciones deben atender a todos los grupos, pero no al mismo tiempo, en el mismo simposio y en la misma mesa. Parte de nuestra pluralidad deseable es también la identidad propia -de estilos, ideas, tendencias, proyectos- en las actividades culturales, llámense revistas, teatro, seminarios, muestras, ciclos, encuentros o coloquios.

2. NEXOS

Paz ha descrito Nexos como una especie de nueva Compañía de Jesús, núcleo de una “conjura” que se propone, nada menos, secuestrar “los centros vitales de la cultura mexicana”.(*) Quisiéramos dedicar unas líneas al tema e intentar nuestro propio retrato, con el ánimo de introducir algunos rasgos de realidad en este aspecto del debate.

(*) Escribe Paz: “El grupo de Nexos está compuesto por gente de la misma generación, parecida educación, ideas e intereses semejantes. Todos son universitarios y muchos entre ellos participaron en las luchas de 1968. Unos pocos son escritores y otros científicos; la mayoría son profesores y su especialidad son las vagas ciencias sociales y políticas. Es un grupo de intelectuales que hasta ahora se han distinguido más por sus declaraciones y actividades sociales y políticas que por sus obras. Son una formación ideológica, militante. Predomina en ellos el espíritu de cuerpo. Son osados y cautos, perseverantes y flexibles, solidarios entre ellos e indiferentes ante el extraño, capaces de sacrificar una idea para guardar una posición, disciplinados en el ataque y en la retirada: virtudes todas más militares y políticas que intelectuales. En su caso, la frase evangélica debe modificarse un poco: no por sus obras sino por sus actos y conexiones los conoceréis. Por todo esto y por una tradición mexicana que, desde el siglo XVI hasta nuestros días, concibe al intelectual no como un crítico del poder sino como su intérprete y su vocero, no es sorprendente que el grupo, a través de una serie de alianzas y bajo la protección oficial se haya fortificado y extendido. Hoy es una red que envuelve a muchos centros vitales de la cultura mexicana y que domina a otros. Mencionaré algunas de sus plazas fuertes: Conaculta, la Universidad, el Instituto Indigenista y el de Antropología, la televisión gubernamental y el diario El Nacional, también del gobierno. Sobre su revista y su editorial llueven los favores oficiales”. (“La conjura de los letrados”, Vuelta No. 185).

Catorce años

Hoy, como en el momento de su fundación, hace catorce años, Nexos es y quiere ser lo que su nombre indica, un lugar de cruces entre disciplinas, ideas y personas que la especialización tiende a separar, incluso a oponer. La trama de los destinos personales ha convertido a los miembros de Nexos en algo más rico y difícil de reunir que un “grupo cultural”. Se trata, más bien, de una muy diversa colección de adultos que van y vienen por la revista cargando sus propios compromisos individuales, sus propias convicciones políticas, sus propios intereses profesionales, sus propias pasiones. Y, desde luego, sus propios textos.

A lo largo de nuestros catorce años de existencia, nos hemos visto cambiar y establecer los más distintos nexos con la realidad. En distintos trayectos personales, hemos ido y venido del pensamiento a la acción, de la academia al periodismo, del periodismo al puesto público, del puesto público a la reflexión crítica, de la ciencia pura a la adaptación de tecnología, de la historia a la novela, de la poesía a la crónica, de los medios impresos a los medios electrónicos, de la vehemencia a la moderación -y de la moderación a la vehemencia.

El nexo de Nexos

El único nexo invariable de Nexos con sus miembros ha sido ofrecer sus páginas, sin restricciones, a la inquietud intelectual de esos cambiantes destinos individuales. El compromiso explícito de la revista ha sido admitir en sus páginas los escritos de sus miembros, y los que llegan del público, sin otra limitación que el espacio, la calidad y el siempre tenso criterio editorial de cualquier casa: hacer la mejor revista cada vez. Nos reunimos hace tres lustros para crear una revista cuyos propósitos, impresos en el primer número, de enero de 1978, no han cambiado. Escribimos entonces:

Nexos quiere ser en lo fundamental lo que su nombre anuncia: lugar de cruces y vinculaciones (…) Es, sobre todo, un intento de exhibir y volver accesibles los conocimientos y recursos intelectuales de que disponemos para entender los problemas estratégicos de México. Se presenta a sus lectores como el esfuerzo mancomunado de muchas voluntades dispuestas a la comunicación recíproca, al diálogo razonado y a la búsqueda de alternativas fundadas en la reflexión. Nace con la certidumbre de que los estudiosos de la naturaleza y de la sociedad, así como los creadores de la literatura y las artes, deben unir sus esfuerzos y colaborar en el análisis exigente y amplio de los problemas pasados y presentes de nuestra sociedad.

Creemos no habernos separado de esta vocación original. Tratando de cumplirla hemos hecho pasar entre las tapas de 172 números de Nexos, unas 35 mil cuartillas, escritas por unos 2 mil autores, compradas en total por unos 3 millones 200 mil lectores. Los miembros de una publicación son los menos indicados para hablar de la calidad de su trabajo (“Elogio en boca propia es vituperio”, reza el dicho). No obstante, queremos pensar que la continua solidaridad de anunciantes y lectores indica que Nexos ha podido encontrar su nexo y su espacio en el paisaje cultural del México moderno.

Retrato

Si consideramos los puestos directivos y el Consejo Editorial, hasta la fecha han sido miembros de Nexos 48 personas, de las cuales sólo 5 trabajan de tiempo completo en la revista. Doce de sus miembros son académicos (antropólogos, historiadores, politólogos), siete son periodistas, cinco escritores, tres científicos y una musicóloga. Siete ocupan a la fecha cargos públicos, cinco ocupan posiciones de dirección en instituciones de educación superior, dos son embajadores y dos más, Carlos Pereyra y Guillermo Bonfil, son nuestros muertos.

Treinta y tres de los 48 miembros de nexos no han ocupado en su vida un puesto público, grande o pequeño, y entre todos han escrito alrededor de 150 libros, incluyendo varios clásicos modernos mexicanos, así como una cantidad innumerable de ensayos, artículos o comentarios, que dan cuenta de su pasión compartida: tocar las puertas de la opinión pública, estar en el debate de México, pensar, influir, expresarse.

Nos hemos consolidado como empresa y hemos ampliado nuestro radio de actividades al campo de la edición de libros, los estudios especializados y un programa de televisión que ha recibido reconocimientos profesionales en el medio. Tenemos planes de consolidación y crecimiento. Tenemos también la clara conciencia, adquirida con los años de esfuerzo, de que ninguna coyuntura externa favorable, por favorable que sea, suplirá nuestro trabajo, y ninguna coyuntura desfavorable, por desfavorable que sea, lo destruirá, si nosotros persistimos en ofrecerlo como un producto de calidad, deseable y oportuno, al público que lo busca y lo reconoce -como lo buscó y lo reconoció en el Coloquio de Invierno.

Publicidad y subsidio

El celo por esta consolidación es acaso uno de los factores de las diatribas de Paz: la explicación de los avances de nexos no como un fruto del trabajo de sus miembros, sino como una consecuencia del patrocinio oficial. “Sobre su revista y su editorial llueven los favores oficiales”, escribe Paz. No es así. La revista Nexos recibe páginas de publicidad de instituciones estatales de la misma forma que muchas otras publicaciones del país, del mismo modo y en las mismas proporciones en que las ha recibido, por ejemplo, Vuelta. Nada más. Acudimos a ese y otros mercados de publicidad con la certificación profesional de nuestro tiraje (que publicamos cada número), y de nuestra circulación efectiva, como lo hacen todavía muy pocas publicaciones de México -como no lo hace, por ejemplo, Vuelta.

La editorial Cal y Arena ha operado con éxito cuatro años sin ningún apoyo público, por la estricta aceptación de los lectores. No ha vendido siquiera parte de sus ediciones al sistema de bibliotecas estatales, como según la prensa hizo Vuelta -e hizo bien- con parte de los productos de su Encuentro.(*) Este año, Cal y Arena ha emprendido su primera aventura común: la coedición, con CONACULTA y la Universidad de Guadalajara, de los dieciocho tomos de la Historia documental del cine mexicano, de Emilio García Riera, una obra mayor cuyos costos financieros ninguna editorial mexicana podría asumir sola.

(*) Eduardo Camacho Suárez. “Sorpresivo cambio en la cúpula”. Excélsior. 28 de marzo de 1992. Sección Cultural.

La conjura

La idea de la ocupación, por gente de Nexos, de “muchos centros vitales de la cultura mexicana” y su dominio sobre otros, se evapora también en el aire al menor contacto con la realidad. “Mencionaré”, dice Paz, “algunas de sus plazas fuertes: el Conaculta, la Universidad, el Instituto Indigenista y el de Antropología, la televisión gubernamental y el diario El Nacional”. El único elemento relativamente sólido que tiene Paz para afirmar tal despropósito, es que distintos miembros de Nexos trabajan, o trabajaban cuando Paz escribió el artículo, en puestos de dirección de algunas de esas instituciones: Arturo Warman al frente del INI y José Carreño Carlón al frente de El Nacional. Que Nexos tenga, con Rolando Cordera, un programa semanal de una hora en el Canal 13, es suficiente “razón”, en la idea conspirativa de Paz, para afirmar que Nexos tiene en ese canal su “plaza fuerte”. Y que el CONACULTA, en la era de Víctor Flores Olea, haya coorganizado el Coloquio de Invierno junto con la UNAM y Nexos, es, desde luego para Paz, la prueba mayor de que el CONACULTA y la UNAM nos han rendido sus murallas.

En seguimiento de la misma lógica conspirativa, Paz tendría ahora que retirarnos más de la mitad de las “plazas fuertes” que en su ajedrez imaginario nos ha conferido: Víctor Flores Olea ha salido de CONACULTA, Arturo Warman del Indigenista, Carreño Carlón de El Nacional, que será privatizado en breve, al igual que el Canal 13, que teníamos tomado con un programa de debate de una hora por semana. La conjura era entonces un castillo de naipes. Caídos los naipes mayores, la libertad de la cultura mexicana se ha salvado.

Podemos seguir con esto, pero mejor volvamos a la tierra. Nexos no es una agencia de colocaciones, entre otras muchas razones, porque sus miembros no necesitan que lo sea. Tiene cada quien, y esto queremos subrayar ahora, su propio trayecto profesional que lo acredita. Estos trayectos, no la filiación a la revista, es lo que explica sus posiciones en la vida pública y en la vida cultural de México. No hemos inventado a nadie. La conjunción de voluntades soberanas inventó a Nexos. La revista se ha ido ampliando en el tiempo con nuevas inclusiones y se ampliará en el futuro con otras. Desde el punto de vista profesional, los miembros de Nexos no necesitan ayuda para nadar, ni vienen a buscarla a la revista, en compromiso de solidaridad y conspiración futura. Inversamente, la solidez alcanzada por Nexos no requiere la complicidad profesional de sus miembros fuera de la revista. Nexos camina sola, por su propio pie, tal como camina cada uno de sus miembros.

El Canal 22

Recordamos esto ahora que Vuelta llama nada menos que “secuestro” cultural al nombramiento de José María Pérez Gay como director del Canal 22. Vuelta no ve en ese hecho una distinción otorgada a la persona, sino una concesión más a la “conjura” del “grupo” Nexos. Pero la persona José María Pérez Gay -el maestro, el ensayista, el traductor, el autor de El imperio perdido- es una realidad de carne y hueso, mientras la “conjura” sólo es una hipótesis desmesurada que niega a otros la humanidad que reclama para sí. Según esta hipótesis conspirativa, Vuelta tendría en su causa sólo individuos independientes; Nexos, sólo soldados anónimos.

Nuevamente: no es así. Pérez Gay es miembro de Nexos, pero Nexos no posee el Canal 22, ni ha brincado sobre él para servir sus propios fines. Esperamos de Pérez Gay, por el contrario, la imparcialidad y el equilibrio que su nueva responsabilidad le exige -en un medio cultural difícil, fragmentado entre otras cosas por esta hipótesis conspirativa de Vuelta-. Esperamos de José María Pérez Gay, pluralidad y apertura genuinas. Nexos no reclama, ni reclamará, cuotas de ningún tipo en la programación y el desarrollo del Canal 22. No es nuestro canal, es el canal de la comunidad cultural mexicana. Tiene un proyecto amplio y cuidadoso, desarrollado por su Consejo de Planeación, tiene un director que responde por sí mismo y un plazo para estar en el aire.

Le deseamos suerte.

El Presidente y el director

Las nociones de conjura, subsidio y otras insidias que rebosa el texto de Paz, descansan en una premisa oculta, fuente de todas las murmuraciones sobre los nexos de Nexos con el poder: la relación personal del director de Nexos con el actual Presidente de la República. El Presidente -dice esta premisa presidencialista por excelencia-, todo lo da y todo lo quita, incluidos los lectores. Y el Presidente, añade el argumento, todo lo estaría dando a la revista Nexos.

Con ortodoxo presidencialismo, Paz omite toda referencia al Presidente en su denuncia de la conjura de Nexos. En su texto no hay Presidente: hay sólo “autoridades”, “gobernantes” y desahogos personales, indignos de su pluma, contra el expresidente de CONACULTA. Pero una hipótesis tan desaforada como la de Paz, en el sentido de que una revista mensual se está apoderando de los “centros vitales de la cultura mexicana”, sólo puede ser creíble en México por la participación o el partidarismo del Presidente: sólo al amparo de una relación privilegiada con el Presidente, una revista mensual como Nexos podría conspirar con eficacia y avanzar con premeditación sobre los “centros vitales” de la cultura mexicana.

Tampoco es así. La relación personal del director de Nexos con el Presidente de la República no resume la posición de Nexos frente al poder público, ni condiciona la esencia de su proyecto: la libre convergencia de académicos, periodistas, escritores, científicos y servidores públicos en un espacio plural, que garantiza su libre acceso a la opinión y al debate. Nexos es un lugar más amplio que las relaciones, las simpatías y los compromisos políticos o ideológicos de sus miembros, incluso si ese miembro es el director de la revista.

Foro, no coro

El director de Nexos se ha encargado de precisar, en Nexos y en otros sitios, su posición personal, su punto de vista sobre el actual gobierno y sobre la situación de México. Son sus opiniones, y a ellas se atiene. Pero no son la línea, ni el credo colectivo de la revista Nexos, cuyos miembros tienen todos sus propios medios de expresar lo que piensan y sus propias ideas y compromisos con la vida pública del país. Nexos no es una revista de ideas obligatorias para sus miembros. Es una tribuna, no una corte. Es un lugar de encuentro de distintos caminos, no una calle de sentido único. Es un foro, no un coro. Las creencias y los puntos de vista de su director no han sido impuestos a los colaboradores de Nexos como un catálogo de creencias y lealtades -personales o políticas- que deban compartirse como seña de identidad, como boleto de acceso o como garantía de permanencia en la revista.

Creemos que cualquier mirada imparcial sobre la revista Nexos encontrará en ella la misma pluralidad de convicciones y puntos de vista que hay en su consejo editorial, y aún un poco más. Hallará pluralidad ideológica y política, pero también pluralidad generacional, periodística, de géneros y secciones, sobre prácticamente todos los temas de la vida contemporánea de México. Este año pondremos en circulación dos números antológicos que conmemoran los catorce años de salida de la revista. Estos números especiales hablarán por la pluralidad sostenida de Nexos más claramente que cualquier alegato. Pero si alguien revisa los números de la revista durante los años del actual gobierno, encontrará también esa pluralidad: textos a izquierda, a centro y a derecha, muchos nuevos temas, muchos nuevos colaboradores, y el espíritu y la diversidad de siempre -viejos y nuevos nexos.

Esta es la realidad, aunque el tono de la revista, alérgico a las estridencias que pasan por “crítica independiente” en buena parte de la prensa, pueda parecer poco crítico a lectores ansiosos de acusaciones y profetas. Pero ese tono es nuestra elección de origen: entender, razonar, documentar. Y no pensamos cambiarlo.

3. LOS INTELECTUALES Y EL PODER

Hay en las imputaciones de Paz, y en la gritería circundante, una última acusación, que es acaso la primera, porque es la descalificación esencial. Se refiere a la insinuación de la pérdida de la independencia de Nexos por la cercanía de algunos de sus miembros con el gobierno. Hay en esa conjetura una visión maniquea, y hasta infantil, según la cual, del gobierno sólo pueden venir sujeción y oprobio y de la sociedad sólo independencia y limpieza. Es otro falso dilema que debemos revisar, porque oculta más de lo que ayuda a entender.

El gobierno

Nos hemos pasado años reclamando, en Nexos y en otras partes, un cambio sustancial en la política de México: menos autoritarismo e impunidad, más justicia, más legalidad, más democracia. Y más tolerancia, eficiencia, honradez, generosidad, equilibrio. Hemos sostenido también que México requiere una mayor presencia de su sociedad, como contrapeso del gobierno; que existe en México una sociedad madura, dispuesta a asumir su papel, pero oprimida o contenida por el autoritarismo y por las inercias gubernamentales, las cuales empiezan en la ventanilla ineficiente y terminan en el fraude electoral. Pero no podemos endosar, sin más, la idea de que todos los males del país están en el gobierno y todos los bienes posibles en la sociedad. No podemos, entre otras cosas, porque hemos visto a algunos miembros entrañables de nuestra revista acudir al llamado de las tareas públicas con llana pasión y sincera vocación de servicio. Es posible no coincidir con sus opciones personales, como ellos no coinciden de hecho con las de otros miembros de Nexos, pero esta es su revista, como lo es de sus opositores, en el espíritu de tolerancia, pluralidad y diálogo que nos propusimos desde el inicio.

La reforma

Tampoco podemos señalar al gobierno como fuente única del mal, por razones intelectuales y políticas más profundas. En general, puede decirse que compartimos en Nexos la idea de que México necesita una reforma, no una revolución, y que debemos construir lo que venga aprovechando lo que está, no destruyéndolo. Creemos que no hace falta tirar enteros al gobierno y al país al cesto de la basura, para empezar todo de nuevo: hay tanto que recuperar como que transformar. Pero se ha propagado en distintos medios una subcultura política de la negación o la afirmación en bloque, que debemos revisar si queremos tener en el ámbito intelectual y periodístico lo que reclamamos a grandes voces del gobierno: equilibrio, espíritu democrático, menos autoritarismo y menos impunidad cultural.

El Estado en la cultura

Precisamente en el ámbito de la cultura debemos intentar un balance, más equilibrado y objetivo, de la actividad histórica del Estado. Nadie en su sano juicio pretenderá descontar de la política cultural y educativa del Estado los rasgos de burocratismo, subinspiración, nacionalismo vulgar, autoritarismo y llana ignorancia que a menudo la han presidido. Tampoco, mucho menos, es posible ignorar la pesada carga oficial que ha sido eje de su discurso y el diseño corporativo que ha obstruido y corrompido su despliegue.

Pero debemos admitir que la densidad cultural de nuestro país sería impensable sin la inversión sostenida del Estado en esa materia. Bien o mal, con proyecto respetable o sin él, las iniciativas estatales han echado casi todo el piso cultural del país: museos y zonas arqueológicas, universidades públicas e institutos de educación superior, escuelas de arte, orquestas y becas, los institutos de Antropología y Bellas Artes, los teatros del IMSS, el Fondo de Cultura Económica y un largo etcétera institucional, sin cuya presencia nuestra vida cultural sería casi un páramo.

Hombres de cultura en el Estado

La construcción de ese enorme piso institucional -una de nuestras mayores riquezas comparativas con otros países de la América Latina- ha sido el escenario de acción de algunos de nuestros mayores intelectuales, maestros y hombres de letras: José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Agustín Yáñez, Daniel Cosío Villegas, Jaime Torres Bodet, Salvador Novo, José Gorostiza, Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Carlos Chávez, Octavio Paz, José Luis Martínez, Fernando Benítez, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Jaime García Terrés, Alí Chumacero, Enrique González Pedrero. El más reciente eslabón de esa ilustre cadena ha sido Víctor Flores Olea, primer presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Todos ellos trabajaron en algún momento para el gobierno, añadieron la pala a la pluma y crearon, entonces y después, sin que su libertad se viera suprimida, ni su creación se volviera una mascarada de sumisión ante los gobiernos que sirvieron. De modo que no puede decirse que, en materia cultural, todo lo venido del gobierno haya sido sujeción y oprobio. Ha traído también al ambiente intelectual de México creatividad, estímulo, derechos y oportunidades culturales.

Independencia y dinero público

La experiencia indica, por otra parte, que conviene matizar ciertas ideas burdas sobre el vínculo que hay entre el financiamiento del Estado y la independencia crítica. Durante los últimos veinte años, todos los miembros de esta revista hemos ejercido alguna vez el periodismo crítico en diarios y publicaciones que no hubieran podido sobrevivir sin publicidad proveniente de fuentes estatales. Nos consta, sin embargo, en lo personal, que esos diarios y esas publicaciones desplegaron y despliegan en sus páginas, pese a sus muchos ingresos de origen estatal, algunas de las expresiones más intensas de crítica pública al gobierno que registra la última década del periodismo en México. Cosa semejante podría decirse de otros escenarios. Acaso el impulso crítico más sistemático de la conciencia del país siga alentando en las universidades públicas, que se pagan casi totalmente con recursos del Estado. De modo que tampoco puede decirse que el dinero público engendra por sí mismo sumisión crítica y falta de independencia. También ha servido para patrocinar libertades periodísticas y para estimular la conciencia crítica del país.

El tema de las relaciones del intelectual con el poder es amplio y apenas está investigado entre nosotros. Trataremos de abordarlo en próximos números de Nexos. Pero no parece la mejor de las perspectivas acercarse a él con un lente de sólo dos colores, según el cual todo contacto con el gobierno -y toda acción cultural del gobierno- pudre, y toda acción contra el gobierno o toda gesticulación independiente, Purifica.

Dinero público y dinero privado

La crítica antigubernamental puede ser necia y mojigata. La vinculación honesta y comprometida con tareas de gobierno puede ser fértil y estimulante. Así también, el dinero privado puede sujetar más y a reglas más exigentes para el creador y el pensador, que el reparto institucional del dinero público. Entre otras cosas, porque el dinero privado apenas empieza a entrar en estos años -aunque lo hace vigorosamente y hay que felicitarnos por ello- a las tareas de patrocinio y expansión de la cultura.

Habría que esperar de esos patrocinios privados tolerancia y amplitud de criterio similares a los que exigimos del dinero público. El criterio esgrimido por Paz según el cual, si se hacen cosas con dinero privado se puede excluir a quienquiera, pero si se hacen con dinero público, debe incluirse a todos, es fuerte, pero no es suficiente. Sobre todo, no es generoso. Puede conducir a intransigencias y exclusiones mayores de las que combate. Hecha con dinero público o con dinero privado, la creación artística e intelectual sólo puede propagarse en la diversidad y la libertad, en la aceptación democrática del otro y, en particular, del otro que me resulta intolerable. El criterio: si es con dinero privado puede excluirse a quien sea, no es la mejor divisa que puede ofrecerse a los patrocinios privados que empiezan a proliferar. Más bien lo que hace falta es un diseño público de amplio estímulo fiscal a esos patrocinios, a cambio, justamente, de un acuerdo general en ciertas reglas de pluralidad y equilibrio en los proyectos culturales que vayan a emprenderse privadamente, con exención de impuestos.

Nexos ¿para qué?

Es posible que una diferencia central de Nexos y Vuelta sea, efectivamente, como quiere Paz, nuestra respectiva convicción sobre las relaciones que deben tener los intelectuales y el poder. Pero la diferencia no es por las razones que Paz señala, a saber: porque nosotros pensaríamos que hay que crecer y trabajar a la sombra del Príncipe, y ellos creerían, añadimos nosotros, que hay que crecer y trabajar sólo a la sombra del Dueño. Podemos percibir una diferencia menos radical -que acaso no es siquiera una diferencia, sino de énfasis, por los trazos tajantes del debate-. Nosotros no creemos, como parecen creerlo Paz y algunos colaboradores de su revista, que el único interlocutor legitimo, el único objetivo sano de un intelectual, sea hablarle a los lectores, a la sociedad, a todo lo que no tiene que ver con el poder o el gobierno.

Nosotros creemos que hay que hablarle a la sociedad y hay que hablarle también al gobierno: a los súbditos y al Príncipe, lo mismo que al Dueño y a sus empleados. Hemos fundado esta revista con la vocación de participar en el debate público y queremos ser escuchados por quien quiera oírnos. Queremos ganar lectores, pero queremos influir también sobre el gobierno con lo que escribimos. Queremos estar en la opinión pública, dirigiéndonos a todos los que la componen, la sociedad y el gobierno, sus clases dirigentes y sus ciudadanos comunes. Esa es al menos nuestra intención, hoy, como en el editorial de nuestro primer número, hace catorce años: inscribirnos “en una línea de preocupaciones que incluya los problemas de todos, los factores múltiples que frenan, complican o deforman nuestro desarrollo, y ratifican o acrecientan privilegios y desigualdades” (Nexos, No. 1, enero de 1978).

Casa abierta

Unas palabras finales sobre una imagen falaz, que sólo puede dañar y reducir a la cultura mexicana. Nos referimos a la noción, bastante simple, de que la vida cultural del país pueda reducirse a los litigios de Vuelta y Nexos, dos grupos que, según esa noción, estarían representando las tendencias básicas de la vida intelectual mexicana, sus paradigmas, sus ambiciones, sus disputas y autores centrales. La cultura mexicana vive un momento de extraordinario vigor. Nexos y Vuelta son sólo dos revistas. Hay muchas más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña este otro dilema insostenible de nuestra bulla cultural: Nexos o Vuelta.

No es así. Queremos reconocer y celebrar la diversidad de la cultura mexicana y de sus creadores, una realidad mucho más vasta y rica que los directorios de Nexos o Vuelta. Queremos decirle también, a quien quiera oirlo, que Nexos no aspira albergar a todos, pero no tiene la cadena echada tras la puerta para nadie.

NEXOS

22 de abril de 1992