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Hace más de cien años (1915), Robert Michels escribió un poderoso ensayo, Los partidos políticos, en donde estudiaba “las tendencias oligárquicas de las democracias modernas” (Amorrortu, Buenos Aires-Madrid).

Ilustración: Alberto Caudillo

Su lógica, a primera vista, parece irrefutable. Va más o menos así: hay necesidad de organización. Es la única fórmula para lograr que la voluntad de una colectividad sea escuchada. La dispersión congela una fuerza potencial y sobre todo los débiles requieren de organización para hacer avanzar sus demandas. Pero una vez que la organización existe, la división del trabajo y la especialización que les son connaturales, va generando una escisión entre representados y representantes. Organización es sinónimo de delegación y, en el momento en que se activa, los representantes empiezan a vivir en un mundo diferente al de sus representados.

Está en la naturaleza de la cosa. Dado el número de asociados y la complejidad de la agenda, no hay posibilidades de una intervención cotidiana de los afiliados. Así, paulatinamente se emancipan los dirigentes de los dirigidos. Los dirigentes además adquieren una serie de conocimientos y destrezas que los distinguen aún más de los dirigidos.

Y como las organizaciones requieren actuar con rapidez si se quiere ser eficaz, entonces la centralización de decisiones y la disciplina van dando paso a una estructura jerárquica inescapable. Y añadía: si a ello le sumamos “las necesidades psicológicas” de las bases, entonces “la ley de hierro de las oligarquías” se soldaba. Esas necesidades, escribía, de reconocerse en algún líder, de sentir que él los expresa y defiende, conducía no sólo a la gratitud, sino incluso a la veneración. Se tiende a pensar que sus habilidades y prestigio son indispensables para alcanzar las metas fijadas. Se vuelven insustituibles.

Escribí a primera vista, porque la lógica de Michels es contundente y le asiste en mucho la razón. No obstante, no vio o no pudo ver que esa relación siempre asimétrica entre dirigentes y dirigidos (que en efecto es inescapable) puede estar modulada por diferentes disposiciones y fórmulas que hagan que entre unos y otros no necesariamente se construya un océano, sino que puedan existir mecanismos de participación para los segundos, y obligaciones normativas, división de poderes, mecanismos de fiscalización y límites temporales a su gestión para los primeros. Su premisa es que la democracia es directa o no es. Inspirado en Rousseau acuña que en el momento en que los representados delegan, la escisión entre dirigentes y dirigidos impide hablar de democracia. Y hoy sabemos que la democracia es representativa o no es.

Pero ya me desvié. Vuelvo al Michels que desmenuzaba, además, una serie de mecanismos a través de los cuales los liderazgos se perpetuaban y seguían concentrando poder. Y uno de ellos era el del chantaje que se hacía a sus seguidores amenazando con abandonar el cargo. Lo recordé ante el grotesco espectáculo que estamos contemplando: ninguna organización opositora al gobierno ha solicitado la revocación del mandato del presidente. Pero eso sí, sus seguidores andan recabando firmas para realizar una consulta para ello. Leamos entonces a Michels:

“Aunque estas actitudes tienen una buena apariencia democrática, difícilmente pueden ocultar el espíritu dictatorial de quienes las adoptan. El líder que pide un voto de confianza se somete —en apariencia— al juicio de sus prosélitos, pero en realidad está haciendo gravitar en la balanza todo el peso de su carácter de indispensable, real o supuesto, y así suele obligar a someterse a su voluntad (…) Declaran (…) que el más puro espíritu democrático determina su conducta, que es una prueba notable de sus buenos sentimientos, de su sentido de dignidad personal y de su deferencia hacia la masa (…) (No obstante) el acto constituye una demostración oligárquica: la manifestación de una tendencia a emanciparse de la fiscalización de la masa (…) Tienen siempre la consecuencia práctica de subordinar la masa a la autoridad del líder”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Contra el autoritarismo.