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Vivir lo que se piensa, llevar la razón hasta la médula, inyectar en cada célula la idea alcanzada. Simone Weil habitó su filosofía, dice Robert Zaretsky en una biografía reciente de esa mujer que alguna vez fue descrita como “el imperativo categórico en faldas”. Zaretstky, biógrafo de Camus, de Diderot y de Boswell, no reconstruye la vida de la filósofa siguiendo la secuencia de los años. Si en verdad vivió dentro de sus ideas, son éstas las que marcan las estaciones de su vida. En ellas está su aventura y su destino. Por eso su biografía de Weil, la subversiva, es una “vida en cinco ideas”. La mirada, el sufrimiento, la resistencia, la reverencia y el arraigo.

Ilustración: José María Martínez

La pista del historiador tiene sentido: la filosofía para Weil no era teoría sino vida. Escribir un tratado filosófico era para ella tan absurdo y tan complejo como redactar, en un manual, instrucciones puntuales para caminar.

Detecta Zaretsky que es común que los biógrafos de la filósofa sinteticen su vida en el nudo de sus múltiples contradicciones: una anarquista que abrazaba ideales conservadores; una pacifista que tomó las armas en España; una santa que rechazó el bautismo; una mística que era, al mismo tiempo, sindicalista militante; una judía francesa que fue enterrada en la sección católica de un cementerio inglés; una profesora que despreciaba las conclusiones del aprendizaje. El biógrafo desmadeja esas paradojas y encuentra una pasión que piensa y una vida que se entrega al pensamiento. ¿Cuánto tiempo dedicas cada día a pensar?, le preguntó en alguna ocasión a una enfermera atareada con aplicar vendajes, dando vasitos de agua para las medicinas, consolando heridos. La pregunta es reveladora: convaleciente en un sanatorio, Weil le preguntaba a la enfermera por el tiempo en que realmente vivía. Al momento en que dejamos de pensar somos cosas, materia inerte. Estar vivo, ser libre, ser humano era para ella pensar y subordinarlo todo a ese pensamiento. De ahí su radicalidad, su inocencia. También su arrogancia y su sacrificio. Su mirada, dicen algunos de quienes la conocieron, era insoportable: un taladro que entraba a lo más profundo exigiendo del otro tanto como ella se exigía a sí misma: congruencia absoluta.

De acuerdo con el biógrafo, la inteligencia de Weil se abrió en cinco surcos que, lejos de dispersarse, llegan a la misma fuente. Aflicción, resistencia, atención, arraigo, bondad. Visto a la luz de estas nociones, las paradojas que se advierten en su biografía son, en realidad, giros de su barrena espiritual. La primera de las sondas es la consciencia del dolor. La aflicción comprime la vida de tal modo que nos despoja de sentido. Nos lleva a preguntarnos constantemente: ¿por qué? Y a escuchar el silencio como respuesta. La aflicción nos arranca personalidad, nos hace cosa. Esa esclavitud nos niega el poder de decir “yo”.

No es fácil abrirse al sufrimiento de los otros. El instinto nos lleva a cerrar los ojos, a voltear la cara. Esa disposición a abrirse a la experiencia de la aflicción es casi un milagro, dice Weil. Prestar atención es otro de los caminos de Weil. La atención de la que habla no es simple concentración de la mente. Acoger el asombro es una forma de reverencia. Un ejercicio espiritual que consiste en la más pura e infrecuente forma de generosidad: entregarse al mensaje del mundo, abrir espacio para los otros colocándose uno mismo en posición subordinada. Hospedar la sorpresa, vaciarse de manías, empaparse de realidad. La atención que pide Weil, la atención a la que se entrega no es búsqueda, es espera. Hay que dar tiempo para que la verdad se asome por la tinta de la pluma. La verdad, dijo, es “la manifestación radiante de la realidad”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es La casa de la contradicción.